Pablo Mediavilla Costa: Moro solo

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«‘Las horas alegres, las horas alegres del poder. Con ironía. Una ironía que proviene de lejos: amarga, ahora, y dolorosa».

El caso Moro, pág. 121.

Leo El caso Moro de Leonardo Sciascia de un tirón noctámbulo y en la penumbra de sábanas recalentadas vuelve la sensación tan escasa no de cerrar un libro y posarlo en la mesilla, sino de que el libro es el que ha dejado la habitación a oscuras en su exacto lugar en el mundo. Le doy vueltas al detalle de que el siciliano firmó la última página en su natal Racalmuto un 24 de agosto de 1978, sólo 108 días después de que el cuerpo de Aldo Moro, presidente de la Democracia Cristiana, secuestrado y asesinado por las terroristas Brigadas Rojas, apareciera en el maletero de un Renault aparcado en la romana calle de Caetani. Pienso en la valentía de Sciascia para adentrarse en la espesa niebla de su tiempo, al calor del momento como suele decirse, y ser capaz de levantar un faro que guía el rumbo todavía hasta esta noche.

Puede sonar disparatado, pero Sciascia se va a por ese tipo de lenguaje que construye la realidad, el más difícil de desentrañar sin duda. Las palabras cristalinas de las cartas que Moro enviaba al exterior desde su cautiverio en «la cárcel del pueblo», las enrevesadas y pueriles de los comunicados de las Brigadas, las dignas de la familia Moro y las no pronunciadas por el poder. La realidad resultante es trágica y sucia porque acaba con un tiro y un maletero. Sciascia, con su inteligencia, con su humanidad, acompaña al «hombre solo» que agoniza y que se ha visto súbitamente emparedado —él, todo un presidente de la Democracia Cristiana— entre la psicopatía infantiloide de las Brigadas Rojas y una pétrea y corrupta razón de Estado que los Andreotti, Cossiga, Zaccagnini y demás prebostes de su propio partido, los de «las horas alegres», aducen para no negociar su liberación. Los patricios del imposible Estado italiano de la época —y de todas, podría decirse— usan la tragedia de Aldo Moro como el pegamento con el que soldar, por un tiempo, sus mil y una piezas de aristas cortantes que sajarán en el futuro otras vidas, como las de los jueces Falcone y Borsellino, entre muchos otros.

Entre la niebla del relato destaca la figura jorobada de Giulio Andreotti, magistralmente retratado por Paolo Sorrentino en la película Il Divo, el conspirador de lenguaje torcido, que en las horas que se asoman al asesinato, escribe: «se observa, sin embargo, desde ahora, que es sabida la actitud del gobierno de no hipotetizar la más mínima derogación de las leyes del Estado y de no olvidar el deber moral de respeto hacia el dolor de las familias que lloran las trágicas consecuencias de la acción criminosa de los subversivos». En la última referencia a los cinco escoltas de Moro que cayeron en el día del secuestro está la sentencia de muerte de Moro que ejecutarán las Brigadas.

Sciascia termina el libro con una cita de Borges y una idea que, de repente me di cuenta, había estado sonando en el fondo como el rumor de un ventilador moribundo: que Moro fue víctima de un cálculo más oscuro, que su intención de incorporar al Partido Comunista Italiano al gobierno le costó la vida y que el poder italiano, por mano interpuesta, se lo quitó de en medio.

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4 Comentarios

  1. Lea a Sciascia cuanto pueda, porque pocos como él dejan en cada traza de sus textos la hondura de lo aparente que no es, como sucede en Italia. Pero no olvide tampoco que Sciascia metió considerablemente la pata en su empeño contra la mafia, desacreditando a gente valiosa sólo porque pertenecía a la derecha. Fue el caso de Borsellino, al que fustigó con ceguera sectaria y sin motivo. El cáncer le ahorró a Sciascia la vergüenza de vivir el asesinato de Borsellino.

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