Música

Political Rock n’ Roll

the clash

1939, Estados unidos. Todavía humean los rescoldos de una nación arrasada por la gran depresión y las hambrunas que le siguieron, el paro desbocado, las migraciones de los ockies que John Steinbeck describiese en Las uvas de la ira. Los años 30 y 40 fueron jodidos en yankilandia. A los efectos de las grandes expropiaciones agrarias llevadas a cabo por la banca de Wall Street se sumaban la escasez de productos de primera necesidad, la crisis del sector agrícola y un insoportable nivel de desempleo, síntomas de algo más que un bache pasajero, todo un cambio de un modo de vida que arrasaría desde entonces y hasta mediados de los 60 con una parte importante de los profesionales autónomos que poseían y explotaban la tierra, laboraban en sus talleres o dirigían sus negocios lo mejor posible en un momento en el que el mundo parecía caerse a pedazos, no muy diferente —si obviamos las lógicas divergencias de grado y forma— a lo que sucede ahora mismo en Europa.

Fueron tres décadas de ajuste social, económico y político que todavía hoy surten de abundante material de análisis para que profesionales de todas las ramas se mesen la perilla y pierdan pelo a expensas de miles, quizás de millones de vidas echadas al WC. Todavía escuchamos el eco de la cisterna. Siempre y cuando una voz no lo ahogue con su cantar, no con un profundo grito de dolor sino con una sencilla y alegre tonada. Su herencia, las viejas canciones populares francesas e irlandesas traídas a lo largo del Atlántico y maduradas en el árbol del nuevo continente: All you fascists bound to lose.

América hace la digestión, se tira pedos y sale caldo

Este sencillo estribillo de Woody Guthrie nos sirve para dar pie a una cuestión que viene planteándose desde hace tiempo en el mundo del arte: ¿debe la estética meter el hocico en la turbulenta vida política de su tiempo? ¿debe ser el arte portavoz de reivindicaciones de signo ideológico? La música, y más concretamente la música popular, ha sido y es un campo de batalla en el que la implicación de los autores en la problemática social es puesta en tela de juicio constantemente, siendo objeto de disputas sin fin que acaban con la paciencia del espectador, la extenuación de los contendientes o con alguien metiéndose una recortada en la boca. Afortunadamente, ajenos a esta compleja cuestión, autores como el mentado Guthrie o Pete Seeger aceptaron cargar con el laúd del pueblo y convertirse en modernos trovadores de las desdichas de la clase obrera.

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2 comentarios

  1. Pingback: Politikal Rock n' Roll

  2. Estaba leyendo muy interesado hasta que he llegado a la frase «más visto que el potorro de Maribel Verdú». ¿Es necesario eso? ¿Hay que hacerse el graciosillo para hablar de cualquier tema? No es porque no sea políticamente correcto, es que de verdad es muy cansino ese tono de listillo cada vez más extendido en la era de internet.

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