Un clásico incomprendido: The reality of my surroundings

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La de los años noventa fue la década en que finalmente hubo, después de mucho tiempo, música para todos los gustos. Al menos en el ámbito de la “música popular”, por llamar de alguna manera a la música de consumo mayoritario. Porque ya sabemos que la música clásica, el jazz y toda una pléyade diferentes músicas étnicas y folklóricas evolucionan paralelamente en sus propios microcosmos. Pero lo que ocurre dentro de esos microcosmos es casi más una cuestión de oyentes especializados que de verdadera cultura popular. A la mayoría de la gente, a fin de cuentas, la música que le llega es la que monopoliza las listas de éxitos, la que suena en las emisoras de moda o aquella de la que se habla en la prensa.

Durante los ochenta había existido una especie de Gran Cañón del Colorado que separaba esa música popular en islotes: el tecno-pop por aquí, el pop chicle por allí, el “arena rock” por allá, el heavy metal por acullá, etc. Por entonces todo estaba compartimentado. Todo el mundo era “algo” y tenía colgada una etiqueta, aunque a veces esa etiqueta no tuviese un significado demasiado claro e el aspecto meramente musical, si es que tenía alguno (¿”nuevos románticos”?). La música como producto de consumo estaba dividida en secciones, como los alimentos en las góndolas de un supermercado. Poco importaba que Michael Jackson invitase a Eddie Van Halen para que metiese su guitarra en las sesiones del famoso Thriller o que Prince fuese capaz de sonar en las pistas de baile repletas de chalecos pijos y hombreras, y al  mismo tiempo en las casas de los melenudos fans de Jimi Hendrix. Pese a que los propios músicos —los respetables, al menos— estas distinciones les importaban poco, en los ochenta y por resumirlo de algún modo, podríamos decir que los ritmos programados y los sintetizadores estaban a un lado y las baterías y las guitarras al otro. Un prejuicio que desgraciadamente ha renacido en tiempos recientes y mucha gente ha seguido manteniendo hasta hoy. Especialmente, todo sea dicho, en el mundillo del pop autoconsciente, donde un compás extra en un solo de guitarra sigue sirviendo para que lo califiquen a uno de “greñudo ruidoso” o aún peor, de “heavy garrulo”. Pese a los tópicos, la escena de rockeros greñudos siempre fue —y lo sigue siendo— más abierta.

Y así fue que —desde la supuestamente inmovilista horda de los inquisidores guitarreros—  esas fronteras empezaron a quebrarse a final de la década y se vinieron durante los noventa, gracias al inesperado triunfo comercial del rock “de fusión”. Y por una vez ese término —“fusión”—estaba plenamente justificado. Apareció una hornada de bandas que mezclaban sin ningún tipo de complejo todas aquellas músicas con la que habían crecido. Y lo hacían al margen de las modas, mezclando esos estilos fuesen o no fuesen considerados “compatibles” por la industria musical y la crítica del momento. No eran las primeras bandas en hacerlo, por descontado, ya que en décadas anteriores había existido esa libertad, al menos en momentos determinados. Pero sí hay que reconocerles un mérito: aquellas bandas de fusión que eclosionaron en los noventa apostaron por un eclecticismo bastante difícil de vender si no te llamabas Jackson o Prince, es decir, si  no podías ser etiquetado como “pop”. Para aquellos nuevos grupos, que surgieron sobre todo en Estados Unidos pero también en Europa, los calificativos preestablecidos resultaban bastante difíciles de aplicar. La mayoría de ellos, ciertamente, estaba más bien englobada dentro del ámbito del rock; quizá porque estaban influidos por músicos del pasado que también habían jugado con esas fusiones y que habían sido mayoritariamente cercanos al rock, como el mencionado Hendrix.

La crítica musical —especializada en fabricar etiquetas horteras—intentó englobarlos, y los englobó, bajo el horroroso calificativo “funk-metal”. La denominación sugería la idea de un grupo de “jevilones” del extrarradio intentando hacer versiones de James Brown, pero la realidad tenía muy poco que ver. Es cierto que la mayor parte de aquellas bandas combinaba guitarras fuertes con ritmos funk, pero aquello no tenía nada que ver con el “metal”. Quizá era una manera subrepticia de intentar desprestigiar al movimiento (en ciertos ámbitos de la prensa musical, cualquier mención a la palabra “metal” provoca sarpullidos). O quizá sencillamente una resistencia contumaz a emplear la etiqueta “funk-rock” (la palabra “rock” también provoca sarpullidos) que hubiese sido más acertada. Como si Funkadelic o Deep Purple no hubiesen practicado ya la fusión en los setenta, pero bueno.

Portada del disco
Portada de "The reality of my surroundings"

El caso es que varias de aquellas bandas obtuvieron diversos grados de éxito y de no haber sido por la explosión del “grunge”, el “rock de fusión” hubiese sido la mayor fuerza del momento. Bandas como Living Colour consiguieron el éxito a la primera gracias al padrinazgo de Mick Jagger y un single demoledor (Cult of personality). Jane’s Addiction crecieron algo más lentamente, pero se separaron prematuramente tras su segundo disco en estudio, justo cuando el público estaba empezando a entender su peculiar sonido y se barruntaba el éxito masivo. Los Red Hot Chili Peppers tuvieron que trabajárselo todavía más: saltaron al estrellato después de varios años de deambular por los escenarios, ignorados por el “mainstream” y considerados una rareza invendible (¿cuatro blancos que rapean sobre bases funk-rock?). Tuvieron cierto éxito con el disco Mother’s milk, y después grabaron Blood Sugar Sex Magik —uno de los mejores discos de la hornada— que los propulsó directamente a la cima del negocio. Faith No More abandonaron el underground cuando se hicieron con los servicios de Mike Patton, un cantante y “frontman” que podía llevar sobre sus hombros el paso de conducir su estrambótica música a las listas y los grandes escenarios. Incluso los retorcidos y abiertamente anticomerciales Primus, que basaban su sonido en la voz de dibujos animados y el martilleante bajo “slap” de Les Claypool, acompañados por las marcianísimas guitarras de Larry Lalonde, llegaron a ser un grupo de gran éxito… aunque en sus inicios y dado lo extraño de su música nadie hubiese apostado demasiado por verlos convertidos en estrellas. Estos son los ejemplos más conocidos, pero hubo muchos más, de bandas que lograron llegar muy alto durante aquella oleada de la “fusión”.

Fishbone no lo consiguieron. Ellos mismos siempre culparon de ello al hecho de ser un grupo compuesto íntegramente por negros. Y no por causa de los prejuicios de su público —que estaba formado principalmente por chavales blancos—sino porque la industria no los consideró un producto fácil de vender, como les había sucedido durante años a sus paisanos y amigos, los Peppers. O como les había sucedido a Living Colour, que necesitaron a todo un Jagger para que se les hiciera algo de caso. Fishbone lo tenían prácticamente todo para triunfar en aquel momento junto con las bandas que ya hemos citado: la música (grabaron algunos singles con auténtico potencial), una imagen llamativa, un directo demoledor, un frontman carismático e hiperactivo… todo, excepto el ser blancos. Si uno se sitúa en aquella época y los imagina con la piel clara… bueno, no hay motivo alguno para que no hubiesen sido más grandes que Faith No More e incluso tan grandes como los propios Peppers. Es cierto que la música de Fishbone podia ser por momentos difícil de asimilar y en muchos momentos estrambótica, pero ¿acaso no lo era también la de otros grupos con mayor éxito que ellos? Desde luego, lo que hacían Fishbone no era más raro que lo que pudiesen estar haciendo Primus.

Publicaron el que fue su tercer y mejor disco, The reality of my surroundings, justo en el momento indicado —1991—y durante un par de minutos a algunos nos pareció que iban a llegar a lo más alto. El disco sonaba a lo que estaba teniendo éxito entonces. O mejor. Era lo bastante raro y estaba lo bastante repleto de giros “anticomerciales” como para ganarse el respeto del público de entonces, ansioso de productos “auténticos”. Y al mismo tiempo era, por momentos, pegadizo y bailable. Además tenían prestigio: no se les podía acusar de buscar el éxito subiéndose a ningún carro, algo que en 1991 constituía un pecado mortal a ojos de la parte más autoconsciente del público —los ochenta habían muerto, por fortuna—y algo que jamás se les perdonó a pastiches como Extreme. Fishbone llevaban años haciendo lo suyo en la sombra (ya fuesen versiones guitarreras del sofisticado Curtis Mayfield o divertidas aproximaciones a la new wave en las que de paso homenajeaban a Devo), navegando contra la corriente como habían hecho los Peppers, así que combinaban la frescura de la novedad y el bagaje de quienes ya hacían lo que estaba de moda antes de que se hubiese puesto de moda, lo cual siempre inspira respeto.

Angelo Moore
El alocado Angelo Moore y su alter ego vudú.

Aquel disco fue una de las tres o cuatro obras cumbre de todo el movimiento de “fusión”. Otras bandas mezclaban funk, rock, heavy metal… pero Fishbone tenían un rango mucho más amplio de registros. Incluían elementos de jazz o de gospel junto con riffs metálicos o fiereza punk con una facilidad pasmosa. Algo que desde luego no estaba al alcance de la inmensa mayoría de sus coetáneos. The reality of my surroundings, de hecho, tocaba más palos que cualquier otro disco de “rock de fusión” del momento, y lo mejor de todo es que todo lo que hacían, absolutamente todo, les sonaba completamente natural. Era una banda capaz de que aglutinar las más dispares influencias en un único disco (¡y en una única canción!) sin que pudieras decir exactamente dónde empezaba lo heavy y dónde terminaba lo jazzy. Aquella era la grabación más caleidoscópica, imprevisible y enciclopédica que podía producir la época. Esa palabra, “enciclopedia”, es la palabra clave. The reality of my surroundings era como una Biblia donde había guiños a muchísimos estilos, desde estilos que hubiesen reinado durante los setenta y los ochenta hasta las propias raíces: rhythm & blues, Nueva Orleans, reggae, ska, soul… estaba todo allí, you name it.

Pero si ese disco no rompía en pleno 1991, donde la gente estaba más abierta que nunca a este tipo de cosas, no rompería jamás. Y no rompió. Fishbone tuvieron que resignarse a quedar atrapados por siempre en la segunda fila, contemplando cómo algunos de sus colegas se hacían ricos y famosos haciendo una música no necesariamente mejor. Grabaron otro gran disco —con un título sencillamente genial: Give a monkey a brain and he’ll swear he’s the center of the universe— como último intento de poner toda la carne en el asador para asaltar el éxito. Pero la fiebre de la fusión pasó, Fishbone se desanimaron y de ahí en adelante sus grabaciones fueron perdiendo fuelle; ya nunca han vuelto a maravillarnos con otro disco del calibre de The reality of my surroundings. No es extraño que perdiesen la fe, de hecho lo admirable es que encontrasen las fuerzas para seguir adelante como banda tras haber rozado el cielo con las yemas de los dedos… y haber caído sin haberlo podido tocar.

Reivindicar este disco veinte años después, cuando los prejuicios de los ochenta no solamente han regresado a la industria —y al público—sino que son incluso mucho peores que en peor momento de aquella década, es un ejercicio no tanto de nostalgia y justicia como de protesta. Esta clase de disco debería estar sonando a todas horas en todas partes. Al menos sus canciones más accesibles, que las tiene. En anuncios o películas. Los oyentes no deberían ser perezosos y acomodaticios. La gente debería hacer el esfuerzo de intentar asimilar la música de unos tipos que un segundo te estaban recordando a Louis Armstrong y al segundo siguiente a Frank Zappa, que después te recordaban a Metallica y seguidamente a Tower of Power. Digamos que esta versatilidad musical —par alo que se necesita un considerable talento, un nivel de ejecución elevado y un bagaje musical muy rico— no es algo que estaría al alcance de David Guetta. The reality of my surroundings fue la obra maestra de una época y en pleno 2012 uno sólo puede insistir en la idea: no ha vuelto a grabarse nada similar.

Eso sí, aunque incluyamos aquí los enlaces a algunas canciones, ningún MP3 o vídeo de Youtube puede hacer justicia al sonido de aquella grabación. Fishbone combinaban varios instrumentos de timbres muy diferentes con toda clase de locuras —gritos, risas, ruidos de todo tipo— y eso creaba una especie de “caos sonoro bajo control” que ningún archivo de sonido comprimido puede reflejar fielmente. La diferencia de sonido entre estas canciones escuchadas en el disco original y escuchadas en los enlaces de este artículo es (debería ponerlo en mayúsculas) brutal. Qué demonios, pongámoslo en mayúsculas: BRUTAL. Hay muy pocos discos que pierdan tanto al ser comprimidos en un archivo sonoro de uso común. Las mezclas de todos los temas eran una obra de verdadera artesanía, así que sirvan los enlaces como aperitivo que no hace justicia al verdadero manjar; y el manjar debería ser comprar el disco y disfrutarlo en toda su magnitud sonora.

Pero vamos allá con el disco:

The reality of my surroundings, canción a canción

Fight the youth: Primera canción y primera mezcla indivisible. Una melodía soul con tintes pop sobre una base de riffs metálicos, baterías progresivas y un solo de guitarra no menos progresivo ejecutado sobre una base funk, que a su vez da paso a un intermedio atmosférico, el cual vuelve a ceder ante ritmos bailables con sección de viento… y el amigo lector dirá: ¿es posible meter todo esto en una única canción sin que el conjunto suene a pastiche? Desde luego que es posible: Fishbone abren el disco con un improbable ensamblaje que no tiene tanto de rompecabezas como de auténtica fórmula alquímica en que resulta imposible separar unos ingredientes de otros, algo que será la tónica de todo el disco. He puesto el enlace al videoclip porque, pese a que en esa versión recortaron el solo de guitarra y el fragmento final, sirve para que quien no conoza su aspecto en aquella época los vea en acción, La canción entera, con el solo completo y mejor sonido, puede escucharse aquí. Es una lástima que bandas infinitamente más mediocres como No Doubt tuviesen el éxito del Fishbone no disfrutaron imitando, de manera mucho más pedestre, este mismo sonido. Aunque hay que reconocerle a Gwen Stefani que nunca escondió este hecho, siempre admitió abiertamente que su sonido se basaba en ellos y de hecho hizo lo posible por reivindicarlos, incluso llegó a grabar con ellos. Pero ni así.

fishbone
Fishbone en sus mejores años.

If I were a… I’d…: Más que una canción en sí, este sencillo pero alocado divertimento a medio camino entre el ska y el funk es una de las varias extravagancias del disco. Es una de las dos únicas canciones grabadas en directo, en la que explican qué harían si fuesen políticos, si creyesen todo lo que ven en televisión, etc. Este pequeño ejercicio sarcástico aparece varias veces a lo largo del álbum, dividido en brevísimos trozos, a modo de “cortinilla” entre una canción y otra. Representa una de las facetas predominantes en las letras de Fishbone; la crítica social. Escuchar en Spotify.

So many millions: Otra improbable mezcla (dificil de captar a la primera escucha, ya lo advierto) que tan pronto trae a la memoria a Curtis Mayfield —por ese estribillo “Your education can do me no good In my neighborhood, que podría perfectamente haber sido grabado por Mayfield en 1975—como a los Defunkt, por lo ordenadamente caótico del entrelazado de instrumentos y los coros. Un oscuro riff de guitarra levemente tenebroso sirve de base a la canción, combinado con arreglos y melodías soul, algo muy habitual en el sonido del grupo. Usuarios de spotify la pueden escuchar con un poco más de calidad aquí.

Housework: Tras unos sonidos de latigazos (que en el disco constan como una canción con título propio, titulada Asswhippin’… sí, Fishbone son así) empieza una de las joyas del disco, y una de las canciones más locas también. Housework es un maravilloso desmadre en una indefinible frontera entre el funk, el ska y el gospel. Si Fight the youth y So many millions eran más bien oscuras, aquí Fishbone deciden ponerse alegres y pegadizos, y ¡de qué manera! Melodías infecciosas, voces repletas de entusiasmo, pianolas, xilófonos, sonidos de feria y un increíble (¡increíble!) intermedio de vientos a lo Nueva Orleans que demuestra por qué esta banda estaba un escalón más allá de lo que podían hacer otros grupos de rock. Porque no contrataban a músicos de estudio para sonar como en las calles de Lousiana, no: es algo que tocaban ellos mismos. Toda la instrumentación del tema es realmente digna de estudio y el grupo suena como si realmente supieran que tenían algo grande entre manos, desprenden esa vibración prácticamente triunfal.  Después de tanta alegría, el tramo final de la canción es un apocalíptico delirio esquizoide repleto de berridos (“Do the housewooork! Do the housewooork!”) de los que tanto abundan en este disco. A Fishbone les gustaba volverse completamente locos al final de muchos temas, tal y como hacían en los escenarios, donde tenían fama de estar como una auténtica cabra… no estaban limitados por el “formato single” o lo que se dice “sensibilidad pop” precisamente.

Death march: otro divertimento que dura sólo medio minuto, si llega. Es una coda para Housework, la misma melodía de la parte final pero tocada con los vientos en plan marcha fúnebre de Nueva Orleans.

Behaviour control technician: oscuros riffs de guitarras duras que rayan lo metálico combinados con una agresiva sección de vientos, en la onda de So many millions pero más experimental, con algún fragmento a mitad de canción que parece sacado de alguna psicótica banda sonora cinematográfica.

Pressure: una nueva demostración de que Fishbone estaban como una cabra —pero lo estaban mientras tocaban sus instrumentos con verdadera maestría— es esta salvajada ska-hardcore, en la que no es que acaben berreando al final, no, ¡berrean ya desde el inicio! Energía en estado puro. Todo suena exagerado y rebosante de adrenalina, como a situación de emergencia, desde los monumentales “oh oh oh oh” del estribillo, hasta las veloces líneas de bajo o la desesperada urgencia en la voz de Angelo Moore, quien parece estar cantando mientras lo persigue la policía o mientras lo tienen colgado de un rascacielos a punto de dejarlo caer. Si lo que querían era transmitir una estresante sensación de presión, ¡misión cumplida!

Angelo Moore
Angelo Moore en pleno arranque de vitalidad... digamos que a Leonard Cohen le hubiese costado seguirle el ritmo.

Junkies prayer: un extraño experimento amusical, compuesto de diálogos y risas sampleadas, que suena a un cruce entre Gil Scott-Heron y el sonido de fondo de alguna pesadilla. Como digo, no es una canción en sí, y de hecho es la única concesión “arty” del disco, cuya intención es más hablar sobre un problema social que crear música en sí. El único corte prescindible del LP, que no es más que una introducción —algo más larga de lo debido, creo yo— para el siguiente tema.

Pray to the junkiemaker: Como contraste con una canción repleta de energía atómica como Pressure, Fishbone se relajan y nos conceden respiro con un reggae. Eso sí, siendo tranquilo, resulta bastante más animado que lo habitual entre los rastafaris. A fin de cuentas, es de Fishbone de lo que estamos hablando aquí; a estos tipos les salía la energía por las orejas. Además, el tema incluye algunos fragmentos soul que uno nunca esperaría encontrar en mitad de un tema de Bob Marley.

Everyday sunshine: ¿La canción más bonita de Fishbone? Sin duda, y la única que estuvo a punto de convertirse en algo parecido a un hit, aunque se quedó a las puertas. Luminosa, optimista, arrolladoramente contagiosa, repleta de bellísimos arreglos y un mágico aura gospel que siempre los distinguió de muchas otras bandas. Los elogios se quedan cortos para hablar de esta joya que debería haberlos llevado a lo más alto y, si Fishbone no alcanzaron el éxito masivo con algo tan apabullante maravilloso como Everyday sunshine, es que no estaba escrito en su destino. Todo en esta canción es impresionante: los vientos, las voces, las melodías, las líneas de bajo, y sobre todo ese apoteósico reprise final en el que uno ya no sabe si está escuchando a Fishbone o a una congregación protestante de alguna iglesia de Harlem. Nadie más en el pop-rock de los noventa (¡absolutamente nadie!) era capaz de grabar algo como esto. Tenían que ser Fishbone. ¿Por qué esto no es un clásico internacionalmente reconocido? No lo entenderé nunca. Si esto lo llega a grabar Christina Aguilera lo escucharíamos a todas horas en cualquier centro comercial… “todos los días luce el sol”.

Naz-Tee May’en: o lo que es lo mismo, “Nasty man” (algo así como “un hombre cochino”). Es la canción sexual del disco, con una letra bastante sucia pero repleta de ironía e humor. Musicalmente es otra absoluta maravilla que contiene funk en estado puro, bajo “slapping”, arreglos a lo Parliament, coros femeninos, y también algunos aires gospel. Bailable, cachonda, alegre, y que termina con otro de esos finales que ellos llamaban “música megaloca”, consistente en dejándose la piel tocando mientras berrean todos a la vez como si hubiesen perdido el juicio en el estudio. Si esta canción no te arregla es que tienes un problema. Prince ha escuchado esto en su casa cientos de veces, ¡estoy completamente convencido!

Babyhead: grabada en directo, es un extraño tema que, contrariamente al resto del disco, es bastante etéreo… en su primera parte al menos, porque hacia el final va incrementándose el nivel de intensidad. Puede resultar difícil de asimilar de entrada, en las primeras escuchas, por lo bizarro de su atmósfera, pero con el tiempo termina ganándote, cuando empiezas a captar que es una canción bastante más elaborada de lo que parece a simple vista.

Those days are gone: Aunque empieza a lo cafre con un alarido y una guitarra asesina, en realidad después es una canción de sonido bastante pulido. De hecho es uno de los pocos cortes tranquilos del disco. Una melodía melancólica, guitarras cristalinas cuando procede y distorsionadas cuando lo requiere el momento, coros doo-wop (¿cómo se les ocurrió meter ese tipo de coros en un tema así? Da igual, ¡quedan de maravilla!), teclados progresivos que llenan el tema de acelerados arabescos… una canción redonda, que probablemente hubiese tenido mejor suerte si la hubiesen grabado Alice in Chains, por ejemplo. Fue una de las canciones que menos me impresionó la primera vez que escuché el disco… y es de las que más me gustan ahora. Una maravilla que, como el vino, sólo gana enteros con el tiempo. Escuchar en Spotify.

Sunless Saturday: Aparte de Everyday sunshine, esta furiosa canción-protesta fue el único single del disco que gozó de cierta repercusión y cuyo videoclip fue emitido con cierta (relativa) asiduidad en televisión, incluso llegó a verse —aunque de manera fugaz— en algún programa musical español. También con este tema rozaron el éxito sin conseguirlo, aunque el sonido y el tono son totalmente opuestos a la optimista Everyday sunshine. Lo que allí era felicidad y luminosidad, aquí es furia y oscuridad. Sunless Saturday es una canción rabiosa en la que de nuevo mezclan lo inimaginable: guitarras distorsionadas con sintetizadores, solos progresivos con melodías soul… una vez más cuesta describir con palabras lo que suena aquí, porque la verdad es que resulta complicado encontrar un paralelismo para lo que hacían Fishbone en canciones como esta. El tema cierra el disco de manera impecable, y al final deja sonar una guitarra acústica con unas trompetas en plan Beatles, como queriendo decir: “si todo lo que habéis escuchado en este disco os ha parecido poco, aún podríamos meternos en nuevos terrenos”.

¿Uno de los mejores discos de las últimas dos décadas? ¡Sin duda! Fishbone han sido los auténticos herederos de toda una tradición musical; esa tradición les resultaba tan connatural que pudieron mezclarla con cualquier cosa y salir victoriosos del intento. Lástima que hoy en día palabras como «soul» o «rhythm & blues» sean utilizadas para darle un barniz de respetabilidad a lo que no es más que bubblegum para radiofórmulas. Fishbone, en cambio, lo han llevado en la sangre. Aún estoy esperando que alguna de las megaestrellas de la actualidad publique un single como Everyday sunshine. Creo que va para rato.

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18 comentarios

  1. Gran artículo!

    Tanto este «The Reality…» como el posterior «Give a monkey…» son fundamentales.

    Por cierto, de esa época también me impactó el primer disco -también una cocktelera de estilos- de Mr. Bungle, del demente Mike Patton.

  2. Victor

    Extraordinarios, he descubierto a los Fishbone gracias a este artículo, y estoy encantado, sus canciones son una inyección de energía, transmiten vitalidad, ganas de bailar.
    Gracias por esta recomendación.

  3. elbichoemboscado

    Gracias por recordarme una parte fundamental de mi juventud, y por hacerme ver que no estoy solo en mi admiración por Fishbone.
    Yo sí estuve allí, llegué a verlos en directo y eran abrumadores. Angelo Moore estuvo charlando con la gente que esperaba para entrar en el concierto más de, no sé, media hora o así y llevaba una borrachera monumental. Y a pesar de eso el concierto fure legendario.
    Completamente de acuerdo en lo de ‘Those days are gone’. Magnífica canción.
    Gracias otra vez.

  4. Pacoparker

    Me ha encantado el articulo, y comparto todas las opiniones sobre el disco y las reflexiones respecto a la música de aquella época. Sin embargo da la impresión de que fishbone están muertos y no, están mas vivos que nunca y aunque sus discos actuales no llegan al nivel de los que grabaron a finales de los 8O y principios de los90, siguen siendo una autentica apisonadora en directo. Hace un par de años editaron fishbone live in bourdeaux, un directo de mas de 2 horas de duración repasando toda su discografía y es espectacular.

  5. Muy buen repaso.

    Ha destapado una época musical de mi vida. La época que vi Living Color, a Jane’s Addiction, y les vi a ellos. Fue la gira del Monkey. Una desgracia que pillaran una taja de muy señor mío. Porque les salió un concierto penoso. Una decepción mayúscula, después del bolo que les había visto (por la tele) del Pink Pop Festival (gira Truth and Soul). Una desgracia de concierto y un pinchazo a nivel de público.
    Una pena porque tenían un directo demoledor.

  6. Agustin Stoy

    Buen artículo.
    Escuchaba mucho a Fishbone hace 20 años.
    Pero creo que el artículo sólo tiene sentido haciendo la aclaratoria que hablas de USA y nada más. 10 años antes de todo esto en Inglaterra ya estaban The Clash, Specials, The Beat, Pop Group, mezclando estilos y teniendo éxito (algo menos estos ultimos) . Y para cuando llegó el cambio de década 80/90 con sus RHCP, Faith No More, Jane`s Addiction, en UK estaba saliendo el Screamadelica de Primal Scream, llevando esta fusión más lejos que cualquiera de estos grupos que mencionas.
    Saludos

  7. Wow, no tenía ni idea de la historia de Fishbone pese a que me enamoré de su canción Bonin’ in the Boneyard gracias a la radio de Spotify. Le daré una escucha al disco que mentas.

    Muy buen artículo :)

  8. Correctisimo todo. Un articulón monumental para un disco perfecto. Respecto a lo de la etiqueta de funk metal, posiblemente el único grupo de cierta enjundia y relevancia de esa époce que sí se podría definir así serían los Infectious Grooves de Mike Muir y Robert Trujillo del brutal ‘The Plague That Makes Your Booty Move…It’s the Infectious Grooves’. Ahí queda la recomendación de Zorromono.

  9. Sin duda un buen disco variado,divertido y tecnico al mismo tiempo.
    Me gustaria que hicieras una critica a este nivel de detalle de algun disco de Primus.

  10. Pablo Barroso

    Pues seguid yéndolos a ver a sus conciertos, que a España vienen mucho y están muy necesitados los pobres (esto no es broma, les he visto dormir en su bus de gira en una acera de Carabanchel)

  11. Sin duda uno de los mejores discos del rock alternativo de los 90s !! DISCAZO !!! con un line up increíble !! para mí una de las cosas que hizo que fishbone perdiera el camino fue la salida de los miembros originales !! Chris Down y Kendall Jones eran clave en la compisición. me da mucho gusto encontrar un review de este álbum y encontrar gente como yo , apesar de los años seguímos apreciendo este álbum y a esta gran gran banda !! muy bueno review !!

    https://soundcloud.com/theultrainfidels nuevo proyecto de Chris Down ;)

  12. Those days are gone : muy de acuerdo este track me pone la piel de gallina !!!

  13. No es muy usual leer un artìculo sobre Fishbone por ahì! Muy bueno, soy fan a muerte de este grupo, mi favorito es Truth&Soul.

  14. Andres Misiak

    Leo muchas críticas de discos y esta puede estar en mi top-ten. Un excelente disco y una excelente crítica a la misma altura. Muchas gracias.

  15. blonsted

    Grande Fishbone, menudo LP ! En cambio no creo que Faith no More triunfase tanto. Al menos no como se merecían. Pero bueno, los RHCP despegaron cuando empezaron a hacer caca, así que…

  16. Directos al rock'n'roll

    El tipo que ha escrito el artículo sabe escribir, ¡qué forma tan genial de describir este gran disco! Fue de los primeros discos que escuché y con el paso del tiempo me he ido dando de lo bueno que es y de lo difícil que es grabar una cosa tan fuera de lo común y a la vez maravillosa. Y que gran fortuna que Fishbone a día de hoy sigan girando por ahí con Angelo y Norwood a la cabeza.

    Y muy bueno ver que Paco Parker ya dejó aquí sus impresiones 5 años atrás, jajaj.

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