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Fernando van Reigersberg interpreta los silencios de Kennedy

Fernando van Reigersberg interpreta los silencios de Kennedy 3
Fernando van Reigersberg (izquierda) y John F. Kennedy (derecha). Archivo Fernando van Reigersberg.

Las relaciones diplomáticas entre Bolivia y EE. UU. están a punto de restablecerse completamente, con intercambio de embajadores, luego de dos décadas de fricciones. Pero hubo un tiempo en el que la cooperación norteamericana significó no solo los millones de dólares inyectados desde Washington a La Paz, sino, además, visitas de personajes tan relevantes como el astronauta Neil Armstrong o el presidente de la Corte Suprema de Justicia, Earl Warren. Esta es la voz de uno de los personajes invisibles en algunos de los episodios de dicha relación.

Busán, Corea del Sur, abril de 2015

Fernando van Reigersberg es un tipo elegante y parsimonioso. Tiene la barba ceniza bien cuidada, a juego con su corbata y chaleco de punto. Unta un trozo de pan con mantequilla y se lo lleva a la boca sin dejar caer migas sobre su traje azul. Al fondo, al lado del jamón, del zumo de naranja y las tostadas, posan bandejas con comida coreana con un penetrante olor a kimchi. Ha sido convocado por el Banco Interamericano de Desarrollo para oficiar como intérprete español-inglés en la reunión anual de la institución en Busán, polo portuario de crecimiento económico de Corea del Sur. Allí pasarán unos días un puñado de ministros de Economía, Planificación y Hacienda de América Latina y el Caribe, hablando de infraestructura, bancarización y desarrollo productivo.

A sus casi ochenta años, Fernando no se siente un experto en economía ni en política, aunque domina el lenguaje de la gestión pública como pocos. Después de una semana decodificando y traduciendo ideas ajenas a gran velocidad, ya relajado y con su misión cumplida, recuerda con más precisión a quienes ha interpretado que los países que visitó durante su dilatada vida. Antes de cumplir la mayoría de edad ya había vivido en su ciudad natal, Nueva York, y en Países Bajos, Francia, Marruecos, Portugal y España, de donde proviene su madre, la baronesa Julia Peña y Camus, responsable de su dominio del castellano con acento peninsular.

Su padre fue el barón Frans van Reigersberg-Versluys, portador de un apellido neerlandés que alude a una «montaña con garzas», aves observadoras, silenciosas y viajantes por antonomasia. La saga familiar se remonta al siglo XVII, días de esplendor en Flandes, y desciende de capitanes de la Compañía de las Indias Orientales, hombres de mar y frontera. Pero el siglo XX torció ese impulso: en la Holanda ambivalente de 1944, el padre de Fernando fue detenido por presuntos vínculos con la inteligencia alemana, la SD. Aun así, el linaje cosmopolita pareció salvarse del naufragio cuando, ya instalado en América, The New York Times anunció en 1968 el matrimonio del hijo mayor: un joven refinado, políglota y discretamente integrado en el engranaje diplomático estadounidense.

Poco antes, tras una etapa secundaria turbulenta estudiando en un colegio español en Tánger y en Tetuán cuando todavía era un protectorado, en 1957 Fernando se mudó a Fort Knox, Kentucky —territorio conocido por tener en sus bóvedas las reservas de oro más importantes de EE. UU.— para cumplir el servicio militar, escuchando bluegrass a todas horas. Allí se convenció de que la vida rural y solitaria no era para él. Volvió a la costa Este para estudiar en la escuela del servicio exterior de Georgetown, una de las universidades católicas con más tradición, donde conocería a su futura esposa, Stephanie, quien años más adelante llegaría a liderar la división de traducción e interpretación del Departamento de Estado.

La sensibilidad lingüística y cultural acumulada entre viajes, lecturas y sobremesas terminó por concretarse en una llamada telefónica de un profesor bien conectado: había una vacante como intérprete en el gobierno federal y no se le ocurría mejor candidato. Unos días antes, recién separados sus padres y con la urgencia de conseguir dinero para terminar sus estudios, Fernando se había acercado a la oficina de empleo universitario. Le aconsejaron hacer de guía cultural, y aceptó sin saber que ese trabajo sería su primer ensayo como traductor de mundos.

Tras repetir prestaciones, obtuvo una habilitación de seguridad —security clearance— para trabajar en asuntos reservados del gobierno norteamericano y terminó con una plaza en el Departamento de Estado como oficial de interpretación simultánea. Su primera misión fue interpretar al secretario de Estado John F. Dulles, quien daría nombre al aeropuerto más importante de Virginia. Ya como funcionario a tiempo completo, se estrenó de verdad al traducir en directo, con veintidós años, al presidente Dwight Eisenhower, que en 1959 solidificaba su doctrina contra la «amenaza comunista» en Cuba y Guatemala. Para ello desempolvó su libreta Moleskine, compró un traje oscuro y empezó a frecuentar salas donde se decidían asuntos de consecuencias irreversibles, como guía silencioso de algunos de los principales líderes de la política continental del siglo XX.

Su percepción del lenguaje no solo transfería códigos y conceptos concretos —a veces procedentes de complejos tratados de geopolítica y otras de simples chascarrillos concebidos para romper el hielo—, casi siempre intraducibles al pie de la letra. Podría haberse permitido la ruta de la irreverencia o de la licencia creativa, como Juan Ranz, el intérprete ficcional de Corazón tan blanco, de Javier Marías, que jugaba con el sentido al traducir caprichosamente un intercambio entre dos líderes que recuerdan a Felipe González y Margaret Thatcher. Fernando más bien tomó el camino de la fidelidad obstinada, que lo anclaba a su misión de ser voz ajena sin dejar de ser invisible.

Más allá de su función utilitaria, Fernando ofrecía a sus clientes otro valor añadido, mucho más preciado: la creación de un vínculo de complicidad y la certeza de que la propia voz estaba en manos de alguien con la lealtad a prueba de torturas. El otro, impagable, residía en las pausas que la interpretación consecutiva regalaba a políticos como Eisenhower, John F. Kennedy o Lyndon Johnson en plena Guerra Fría, cuando una media sonrisa o una metáfora mal entendida podían parecer tanto una señal de acuerdo como una afrenta mortal. Enfrente tuvo a jefes de Estado a quienes evaluaba según su lenguaje: Alessandri, de Chile, parecía un tipo austero, pero tecnócrata; a Villeda, de Honduras, lo reconocía como conciliador, pero reformista; a Haedo, de Uruguay, como una persona moderada con apego a su corsé institucional; al efímero Bosch, de República Dominicana, como un intelectual y poeta, y, posteriormente, ya sin telones de acero, al primer ministro canadiense Chrétien lo percibía como alguien pragmático y resoluto.

Pero entre todas las reuniones en las que participó, hubo una que recuerda con persistencia: la de Víctor Paz Estenssoro, presidente de una Bolivia posrevolucionaria, quien realizó la última visita de un jefe de Estado a Kennedy en Washington apenas treinta días antes de su asesinato, en noviembre de 1963. Por entonces, Paz gobernaba Bolivia en su segunda presidencia (1960-1964) y Kennedy impregnaba la Casa Blanca con un halo renovador que no duraría demasiado (1961-1963). Las motivaciones entre ambos países tenían un tono ambiguo, de amistad sostenida por una necesidad mutua, aunque nada equivalente. Kennedy veía en la Revolución Nacional boliviana un campo de ensayo para su Alianza para el Progreso, su intento de levantar diques de contención para que los países latinoamericanos no escucharan los cantos de sirena soviéticos ni la épica cubana. Para Fernando, Bolivia era menos un mapa geopolítico y más una sala llena de silencios que él debía administrar.

En los años previos a la ejecución del Che Guevara, Bolivia se había convertido en un escenario donde las superpotencias afinaban sus relatos. Washington buscaba proyectar estabilidad y progreso; Moscú, la posibilidad de una chispa insurgente en los Andes. Cada misión diplomática, programa de ayuda o gesto público venía sobrecargado de intención y pasaba por el filtro inevitable de las interpretaciones subjetivas. Allí, casi siempre fuera del foco mediático, estaban Fernando y su esposa Stephanie, también intérprete simultánea, acompañando procesos desde la penumbra técnica de la traducción, sosteniendo con su voz ajena el decorado de la Guerra Fría.

La década del sesenta comenzó con buenos augurios para los intereses del ala tecnócrata del gobernante Movimiento Nacionalista Revolucionario. El presidente Víctor Paz, más cómodo con esta facción, sabía que la supervivencia política del país —minero, convulso y recién salido de una revolución—, y la suya propia, dependían de mantener abierta la vena de la cooperación estadounidense. Desde que Fernando salió de la base de Andrews, Maryland, con los pilotos del presidente Kennedy hasta llegar a Paracas, Perú, para recoger a Paz Estenssoro, todo transcurrió como un intercambio casi teatral, una suerte de partida de póker en la que él actuaba como crupier involuntario. Su única lealtad era a la exactitud y a la neutralidad: máxima velocidad mental y, al mismo tiempo, una férrea capacidad de contención para no intervenir ni un milímetro en el sentido político de lo que transmitía.

En el otro espectro estaba la facción sindical del partido de gobierno, a la que los brazos de la doctrina exterior norteamericana buscaban minimizar. Su cabeza era el vicepresidente y dirigente minero Juan Lechín Oquendo. Mientras Fernando evoca, con una sonrisa nostálgica, el carácter seductor de Lechín, recuerda que en enero de 1961 viajó como intérprete en una excursión por la «China libre», a Taipéi. Lechín, más amigo de los viajes de campo que de las veladas diplomáticas, quedó impresionado al caminar por el copioso entramado de galerías subterráneas que conectaban los búnkeres de seguridad taiwaneses, comparándolos por deformación profesional con los socavones mineros de Oruro y Potosí, donde había cerrado pactos a oscuras con los sindicatos. El periplo incluía una escala en Washington D. C. y otra en las minas del estado de Montana, donde Lechín se sorprendió menos por las técnicas de negociación que por la edad de un minero asturiano con quien conversó: sesenta años, cifra imposible para sus colegas bolivianos. El viaje terminó con una parada en Londres, donde Don Juan —como era conocido— se dio el gusto de comprarse una camisa de lino en Harrods, mientras Fernando tomaba nota muda del acto que le tocaba traducir.

Fernando van Reigersberg interpreta los silencios de Kennedy 3
Presidente Víctor Paz Estenssoro (1); Fernando van Reigersberg (3); Presidente John F. Kennedy;en la Casa Blanca. Fuente: John F. Kennedy Presidential Library.

La visita de Paz a Washington en octubre de 1963, la moderación discursiva y las altas expectativas bolivianas confirmaban que el plan con América Latina avanzaba según lo planificado en Washington. Kennedy no quería otra escalada conflictiva como la de Vietnam y necesitaba contener los brotes populistas y sindicales de Paz. A la vez, observaba con recelo los escarceos marxistas de Lechín y desconfiaba del embajador estadounidense en La Paz, Ben S. Stephansky, ucranio soviético de origen, muy apreciado en Bolivia, cuyo entusiasmo por el país inquietaba también a algunos sectores del Departamento de Estado.

El idilio americano-boliviano excedía la diplomacia formal, aunque tampoco era incondicional. No obstante, con la muerte de Kennedy y el golpe de Estado propiciado por el general del ejército boliviano —a la sazón vicepresidente electo de Paz aquel 1964— René Barrientos, el cenit de la emergente relación sufriría un congelamiento en la confianza mutua, aunque la cooperación continuó, como un viejo matrimonio sin la pasión de aquel otoño del 63. Algunos sectores en La Paz interpretaron aquella indiferencia velada como un apoyo de Washington al gobierno militar boliviano, pero la correspondencia desclasificada años más tarde por el historiador Thomas Field1 demostró que, más bien, la carta preferida por Kennedy para detener el avance cubano era la de Paz, mientras que la administración Johnson aceleró la influencia militar una vez que el Che Guevara decidió retomar las armas después de su experiencia como burócrata en La Habana.

Para 1964, Bolivia difícilmente podía sobrevivir sin el dinero de EE. UU.: era el segundo país del mundo en asistencia per cápita, y los fondos de USAID representaban una quinta parte del PIB nacional y cerca del cuarenta por ciento del Tesoro disponible. Los lazos entre ambos países también se desplegaban en registros más excéntricos sin quererlo. Fuera del circuito diplomático, el periodista más polémico y provocador, Hunter S. Thompson, en febril exploración psicotrópica, visitó Bolivia en 1963, mientras, desde la oficialidad, el Departamento de Estado abría el programa Young Leaders: jóvenes bolivianos enviados a Washington de los que Fernando hacía de chaperón, y que a menudo lo identificaban como un sacerdote, fuera por su acento o por el eco de la tradición colonial española. Al mismo tiempo, el Museo Smithsonian estrechaba vínculos con el pueblo de Tiwanaku en su misión de rescatar el monolito Bennett, una escultura de grandes dimensiones y rico valor arqueológico, cuyo traslado también necesitó traductores de idiomas y de sensibilidades.

Finalmente, tuvo enorme repercusión la llegada a La Paz del Gemini Goodwill Tour, una misión terrestre de la NASA en 1966, con los astronautas Neil Armstrong y Richard F. Gordon a la cabeza, que buscaba conquistar simpatías a golpe de embrujo tecnológico. Meses después, Armstrong pisaría la Luna y se convertiría en uno de los personajes centrales de la cultura popular global. Fernando lo interpretaría ante miles de jóvenes admirados en el Parque Nacional Mallasa, conocido desde entonces como Valle de la Luna por sus paisajes erosionados. Allí, traduciendo a un astronauta que relataba otros cráteres y tierras escarpadas, Fernando constató lo que había imaginado de Bolivia, la patria de Paz Estenssoro y Lechín, además de lo que suponía ponerle voz inglesa a un paisaje que ya parecía hablar solo.

Las positivas referencias de quienes administraban el protocolo de la Casa Blanca, sumadas a sus ademanes sobrios, su manejo impecable de la etiqueta y su desempeño filológico sin tacha, le abrieron a Fernando una sucesión de trabajos con personajes dispares y un retorno inesperado a Bolivia. Uno de ellos fue el presidente de la Corte Suprema Earl Warren, histórica figura jurídica que lideró fallos unánimes que ampliaron derechos civiles y libertades individuales en Estados Unidos. Sus sesiones de trabajo exigían precisión absoluta: un desliz léxico podía sembrar dudas o crear precedentes nefastos en la jurisprudencia. En 1967 viajaron juntos en misión a Colombia, Ecuador, Perú y Bolivia a bordo del Air Force One presidencial de Lyndon Johnson. En La Paz sufrieron un percance con un motor del avión que los retuvo un día más de lo previsto, ante la serena reacción de uno de los hombres más poderosos del mundo y el pánico del resto de la tripulación. Una vez en Sucre, sede de la Corte Suprema boliviana, Warren fue recibido por el presidente René Barrientos y distinguido como doctor honoris causa por la Universidad de San Francisco Xavier, en medio de una muchedumbre congregada para el evento. Así, Fernando completaría la estela de otro Goodwill Tour en Bolivia, acompañando a Warren y a un grupo de varones sabios encorbatados a hablar de derecho comparado. Finalmente, para diluir la erudición, hubo un acto público con la diseñadora boliviana Daisy Wende, en un lenguaje que también afinaba milimétricamente.

Tras la muerte del Che y la posterior llegada de una nueva dictadura estable a Bolivia, la de Banzer, a quien interpretó en alguna cumbre antes de la muerte del militar boliviano, la relación bilateral perdió fuelle, con alguna posibilidad no concretada en la administración Carter. Fernando tradujo en alguna ocasión algún viaje esporádico del canciller Guillermo Bedregal —hombre cercano a Paz Estenssoro y figura clave en su último gobierno, en 1985, a quien llegó a tener en buena estima—. Finalmente, la relación boliviano-americana se rompió abruptamente durante la presidencia de Evo Morales, en la primera década del siglo XXI, lo que devino en la expulsión de sus embajadores y el fin de las traducciones de Fernando a personajes bolivianos, lo que coincidió con su jubilación en 2005.

McLean, Condado de Fairfax, julio de 2015

Desde su casa del barrio acomodado de McLean, a media hora de Washington D. C., se escucha un suave jazz de fondo y las paredes están pobladas de libros, souvenirs de viajes, fotos históricas en las que van Reigersberg es protagonista, un viejo diccionario y varios cuadros, que lo retrotraen a sus comienzos, sabiendo que le quedan pocas historias por contar.

A sus más de ochenta años, Fernando conserva una agilidad sorprendente para narrar episodios de su carrera y de la de su esposa. Stephanie van Reigersberg entra y sale de la conversación ofreciendo té y café. También intérprete, ella comenzó en Naciones Unidas con misiones en Europa, África y América Latina, y también acabó dirigiendo los servicios de traducción del Departamento de Estado. Interpretó a los presidentes Carter —mientras pescaba— y Ford en momentos complejos como las negociaciones del Canal de Panamá, la crisis de los rehenes de la embajada canadiense en Irán durante los años de la administración Carter y las conversaciones secretas de largo aliento con Fidel Castro, con quien estuvo en al menos veinticinco viajes a la isla.

En sus últimos años, los esposos van Reigersberg, ya jubilados, eligieron con cuidado sus apariciones públicas. Después de haber prestado su voz a Kennedy, Paz y Lechín, Fernando acabaría interpretando a migrantes en el vecino condado de Arlington, traduciendo dolores más cotidianos —dolores de espalda, dolores de no tener papeles, dolores de soledad— en la Arlington Free Clinic. Muchas de las personas con las que colaboró sin pedir nada a cambio eran bolivianos, quizá parte de esa diáspora que empezó a llegar a Washington y sus suburbios desde los años ochenta. Entre las camillas, los formularios médicos y las salas de espera, Bolivia volvía a su vida en otra escala: ya no como laboratorio de la Guerra Fría, sino como un murmullo en español que gritaba socorro.

Al cerrar su vieja libreta, recuerda, melancólico y con cierta dificultad para escoger sus ejemplos, episodios con figuras tan dispares como el papa Francisco o Lance Armstrong, el ciclista que lo ganó todo antes de perderlo todo por dopaje. «De eso hace muchos años», dice Fernando, quien también recuerda que fue relevante su relación con la cultura popular y el mundillo deportivo cuando le tocó trasponer los discursos del presidente del Comité Olímpico Internacional, Juan Antonio Samaranch, durante los Juegos de Atlanta 1996 o ver al cuerpo diplomático de Corea del Norte observar las estaturas de las jugadoras de voleibol peruanas: «Si ellas pueden, nuestras jugadoras también», pensaron. A momentos se muestra enigmático y a ratos nostálgico, como con remordimiento de no haber podido torcer los guiones de la historia, aceptando la insignificancia del ser humano.

Fernando van Reigersberg vivió una vida apacible y culturalmente activa en su casa de McLean, el barrio donde residía su esposa antes de casarse, hasta su muerte en 2021. Aquel suburbio, hoy cercado por autopistas y por los rascacielos recientes de Tysons, conserva todavía la calma que él parecía buscar después de una vida entera al borde de la historia: siempre silencioso e invisible, a pocos centímetros del poder, con sus cuadernos Moleskine y sus recuerdos ordenados en las paredes, pero sin abandonar jamás su puesto en la sombra.

Reston, Virginia, marzo de 2026.2

Fernando van Reigersberg interpreta los silencios de Kennedy 3
Primera dama de EE. UU. Jacqueline B. Kennedy (1), Fernando van Reigersberg (2), John F. Kennedy (3) y el presidente de Honduras Ramon Villeda Morales (4). Archivo Fernando van Reigersberg.

Notas

(1) Thomas C. Field Jr., From Development to Dictatorship: Bolivia and the Alliance for Progress in the Kennedy Era (Ithaca: Cornell University Press, 2014).

(2) Para la elaboración de esta crónica, el autor ha entrevistado a Fernando van Reigersberg en 2015 y a Stephanie van Reigersberg en 2026.

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