Alberto Gordo: El libro que leería durante la película que no puedo perderme

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Al igual que Jay Gatsby, Amory Blaine tenía un sueño. O, por decirlo a la manera de Nick Carraway, una concepción platónica de sí mismo. Nacer, crecer, triunfar y tirar el dinero al aire mientras suena Cole Porter y las parejas bailan hasta el amanecer. La historia de Amory, hijo de Beatrice, comienza como la de cualquier vástago de la bonanza. «Su padre, un caballero inútil y desgarbado que unía la afición a Byron con la costumbre de dormitar sobre la Enciclopedia Británica, se hizo rico a los treinta años gracias a la muerte de sus dos hermanos mayores, afortunados agentes de bolsa en Chicago». El mimado Amory creció y se fue a Princeton, decidido a desplegar todo su talento, soñando con engañar a una chica guapa cada noche pero convencido de que su destino era casarse con la menos conveniente. El desarrollo de Amory, personaje principal de A este lado del Paraíso (1920), la primera novela de Francis Scott Fitzgerald, es el camino hacia el más estrepitoso de los fracasos, que no es sino el fracaso vital, el relato del efímero sueño americano que, antes de convertirse en tópico, se enquistó en la mente de los humildes gracias, entre otras cosas, a las frases vagamente poéticas de este autor superdotado, creador del último gran mito popular y bendito culpable de su perpetua resistencia a morir.

Me acordé de Amory —pero también de Gatsby y del propio Fitzgerald y de Zelda Sayre— el otro día, cuando leía el macabro baile final de Meridiano de sangre: “Su cráneo luce pálido bajo las lámparas y luego gira y gira y se apodera de uno de los violines y hace una pirueta y luego un paso, dos pasos, bailando y tocando. Sus pies son ágiles y ligeros. Él nunca duerme. Dice que no morirá nunca. Baila a la luz y a la sombra y es el favorito de todos”. Todo el que haya leído la novela de McCarthy sabrá que nada tiene que ver con el dinamismo, el color y la melancólica alegría de las narraciones de Fitzgerald, pero en ese final, en ese seguir bailando después de que se apague la música, cuando todo se derrumba, veo yo lo que de modo brillante representó en cada una de sus obras el autor de Suave es la noche.

Prefiero recomendar aquí A este lado del paraíso por la sencilla razón de que yo creo que es, en muchos aspectos, superior a El Gran Gatsby; al menos más meritoria, aunque contenga las zozobras propias de una novela de fundación —prueba todos los géneros, como buscando por dónde tirar el resto de su carrera—. Me gusta por eso y por la fascinante Rosalind, uno de los tres o cuatro personajes femeninos más atractivos de la literatura universal. Solo por su irrupción, el mismo día de su puesta de largo, el libro merece pasar a la historia. Y perdonen la cita, pero tienen que conocerla:

«Entra Rosalind. Rosalind es… Rosalind. Una de esas jóvenes que no necesita hacer el menor esfuerzo para que los hombres se enamoren de ella. Rara vez lo hacen dos tipos de hombres: los tontos a quienes asusta su inteligencia y los intelectuales a quienes asusta su belleza. Todos los demás le pertenecen por prerrogativa natural (…). Durante largos períodos odia cordialmente a toda su familia. Carece de principios; su filosofía es el ‘carpe diem’ para ella y el ‘laissez-faire’ para los demás. Le gustan los cuentos sucios, tiene ese punto de bastedad que a veces se da en las naturalezas grandes y finas. Quiere gustar; pero si no lo logra ni se preocupa ni cambia por ello.

De ninguna manera es un carácter modelo. (…) A Rosalind le han defraudado los hombres en cuanto a individuos, pero tiene gran confianza en los hombres en cuanto a sexo. Detesta a las mujeres. Representan las cualidades que siente y desprecia en sí misma: bajeza, orgullo, cobardía y mezquina deshonestidad.

Una vez dijo en el corro de amigas de su madre que la única excusa de la mujer es ser un elemento perturbador entre los hombres (…).

Pero toda crítica de Rosalind termina con su belleza. El brillo de ese glorioso pelo de oro, por cuyo afán de imitación se sostiene toda la industria del tinte. Esa boca eternamente besable, pequeña, ligeramente sensual y muy perturbadora. Unos ojos grises y una piel impecable con dos motas de desvanecido color. Esbelta y atlética, bien desarrollada, es una delicia ver cómo se mueve por una habitación, cómo se pasea por la calle, cómo levanta el palo de golf o cómo se mueve el volante. (…) El tono de Isabella era como un violín, pero aquel que oyera a Rosalind habría de reconocer que su voz era tan musical como una cascada”.

Naturalmente, Amory se enamora perdidamente de esta chica bien y los diálogos que mantiene con ella, tratando de conquistarla con la suficiencia de una estrella del rock, son sin duda lo mejor del libro. Fitzgerald potencia en este capítulo la importancia del talento bruto y lleno de asperezas, que es casi siempre una desgracia, y lo proyecta en su personaje, capaz de fascinar a la joven más deseada de la fiesta con ironías punzantes que desarman la impostura de las clases altas. Aquí se vapulea de la mejor forma posible —a través de una idealización exagerada que deviene caricatura— a esa burguesía fina ahíta de éxitos, a esos jóvenes que, espoleados por sus padres, prostituyen toda su capacidad intelectual y ahogan su talento con el fin de entender cómo funciona la bolsa, cómo el timo a gran escala y de qué forma si sumamos dos más dos podemos obtener cinco.

Amory y Rosalind viven un amor demasiado intenso e irracional que acaba apagándose en beneficio de la cordura. Rosalind deja a Amory y su huella lo empuja a un profundo vacío que purga en los bares, en una huida alcohólica pero inocente de la que, como los grandes guerreros románticos, nunca se arrepentirá: “Estoy contento por saber lo que se siente cuando te pegan una paliza”, dice poco después de su retorno quijotesco al mundo sensato. El protagonista obtuvo una victoria momentánea y euforizante, pues estaba condenado al fracaso de «una generación destinada a la pobreza y a la adoración del éxito; crecida sobre un montón de dioses muertos y creencias pulverizadas». Y por eso, porque nuestra generación está igual de puteada y sus esperanzas igual de rotas por el fracaso diario, es necesario leer a Scott Fitzgerald, al menos para comprobar —tristemente— que cualquier crepúsculo pasado fue mejor.

Aunque A este lado del paraíso se lee casi del tirón, sería bueno alternar su lectura con el visionado de Ciudadano Kane, la mejor película que se ha hecho nunca sobre la soledad a que conduce el éxito desmedido. Esta obra sería para consolarse. Además, la madre de Orson Welles, como la de Amory, se llamaba Beatrice.

Veamos. Ciudadano Kane es la crónica privada de un hombre público, o mejor dicho, la intromisión de un atrevido genio del cine en las miserias del hombre más poderoso de América. Con ella se produjo una simbiosis maestra de la literatura, la radio y el expresionismo, todo mezclado en la exuberante mente wellesiana y vomitado sobre Hollywood cuando aún Orson era el enfant terrible que había desatado el pánico en Nueva Jersey con La Guerra de los Mundos.

Lo realmente fascinante de esta película es que encontramos todo lo contrario al agit prop vertido en los guiones maniqueos de tipos como Oliver Stone. Porque para ser incisivo no es preceptiva la desfachatez. Ciudadano Kane es a la vez una apología del capitalismo y una diatriba contra sus consecuencias, un canto al sueño americano y un rechazo tajante de la adoración del éxito, un llanto por el último hombre inquebrantable y una exaltación de aquellos a los que oprimió. Es, en definitiva, y en palabras de Guillermo Cabrera Infante, un panegírico del ciudadano Kane y una execración de Charles Foster Kane en zapatillas. Y todo ello envuelto en una agobiante ambigüedad. Welles no muestra ninguna compasión al definir ese trasvase entre la figura pública y la privada que cristaliza en un materialismo atroz que corroe a todo aquel que se entrega al deseo de ser el más rico y poderoso entre los hombres.

Ciudadano Kane es, como A este lado del paraíso, la primera obra de un genio, el primer cortejo de un artista con su arte. Y aunque solo sea por eso merece la pena sentarse y disfrutar.

 

 

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