Los dos alicantinos que Washington enterró

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«¿Morirá Hyde en el patíbulo? ¿Hallará el valor suficiente para librarse de sí mismo en el último momento? Solo Dios lo sabe. A mí no me importa. Esta es, en verdad, la hora de mi muerte, y lo que de ahora en adelante ocurra ya no me concierne a mí sino a otro. Así pues, al depositar esta pluma sobre la mesa y sellar esta confesión, pongo fin a la vida de ese desventurado que fue Henry Jekyll».

Último párrafo de El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde de Robert Louis Stevenson

Los dos nacieron en Petrel, provincia de Alicante, a las seis de la mañana del día 23 de julio de 1713. Casi sesenta y siete años después, el 28 de abril de 1780, ambos fallecían a causa de una pulmonía en la mansión Ford, residencia del general George Washington en Morristown, Nueva Jersey. Por qué la Historia ha preferido ignorar prácticamente sus vidas, es algo que quizá este artículo nos pueda ayudar a comprender.

Juan de Miralles y Trayllon, espía

El primero de estos dos hombres, hijos ambos de Juan de Miralles, capitán de infantería galo al servicio del duque de Anjou en la Guerra de Sucesión, y Gracia Trayllon, natural de la población francesa de Arbus, fue bautizado como Juan de Miralles y Trayllon. Actualmente, su infancia en Petrel todavía continúa siendo una gran incógnita. Lo único que sabemos con seguridad es que en 1728, a la edad de quince años, se mudó con parte de su familia a la mansión de Manaud, en el Bearne, una vez hubo fallecido su abuelo. Su padre, que compartía su procedencia bearnesa con la mayoría de los franceses radicados en el levante español en aquella época, se había mudado a Alicante como oficial de las tropas felipistas para liderar los combates contra los partidarios del archiduque Carlos de Austria que se estaban librando en las inmediaciones de Petrel. Habiendo heredado la hacienda familiar, cercana a la villa de Monein, regresó a la Navarra francesa con la intención de restaurar la mansión —todavía se puede leer la inscripción “1731” en la clave del arco de entrada— e instalarse definitivamente en ella con su familia. Algo con lo que el joven Juan no parecía estar muy de acuerdo, pues cuatro años más tarde retornaría a España para no volver nunca más a Manaud.

De nuevo, se desconocen los particulares de la vida de Miralles hasta 1740, cuando 8.500 pesos atesorados en España a lo largo de ocho años lo convierten en uno de los vecinos más acomodados de la ciudad en la que residiría durante las siguientes tres décadas y media: La Habana.

El destino elegido no era casual. Ese mismo año se había creado la Real Compañía de Comercio de La Habana, que controlaba la distribución y el transporte de tabaco y azúcar desde la isla hasta España, y habiéndose convertido en el principal puerto del Nuevo Mundo debido a su idónea situación geográfica para el tráfico mercantil en el Caribe y el Golfo de México, su elección como residencia por parte de un joven aspirante a comerciante es más que comprensible. Miralles no tardó en iniciar sus negocios de exportación y representación de empresas británicas, y cuatro años después de desembarcar en la isla, el 22 de agosto de 1744, contrae matrimonio con María Josefa Eligio de la Puente y González-Cabello, perteneciente a una de las familias más importantes tanto de La Habana como de la Florida, posibilitando así la expansión de los intereses económicos del alicantino al continente americano.

Desde la Guerra de Sucesión, las Coronas española y británica mantenían una severa aunque discreta pugna por el dominio del comercio marítimo en el Atlántico. La incipiente Revolución Industrial en Gran Bretaña provocaba la necesidad de encontrar nuevos mercados que pudiesen asumir el aumento de su producción, y el riesgo de ocupación de los territorios españoles de ultramar era notable. Como medida preventiva, España dictó la prohibición de mantener actividades mercantiles más allá de los límites de su imperio y de establecer acuerdos económicos con cualquiera que no fuese uno de sus súbditos o súbdito de un estado leal. En este marco de tensión y hostilidad, las misiones diplomáticas comenzaron a recaer en aquellos que, en palabras de Manuel Belgrano, no conocen más patria, ni más rey ni más religión que su interés. En aquellos cuyos servicios a la Corona no fuesen siquiera sospechados: los comerciantes.

Que Juan de Miralles actuaba en secreto a las órdenes de Carlos III de Borbón se demuestra, por ejemplo, en una de las cartas que escribió antes de fallecer, en la que refiriéndose a la colonia británica de Jamaica afirmaba haber estado en la isla “más de nueve meses con comisión pública del Real Servicio”. De igual modo, su labor como informador real quedó de manifiesto durante los dos años de ocupación británica de La Habana. En 1761 la fiebre amarilla diezmaba la población de la isla y el gobernador Juan de Prado Mayera Portocarrero y Luna encargó a Miralles la conducción de provisiones desde Jamaica. Ante la escasez de mercancías, el alicantino continuó hasta Gran Bretaña, donde su don de gentes le permitió relacionarse con diversas personalidades de su misma condición social. Al descubrir que Inglaterra pretendía conquistar La Habana se apresuró a comunicarlo por carta al rey de España y personalmente al gobernador de la isla, pero la escuadra del almirante George Pocock apresó su barco antes de que lograse llegar al Caribe. Una vez hubo pisado tierra firme, no obstante, informó de la estrategia y los planes enemigos, pero era demasiado tarde. Tras un bienio de sitio británico, el final de la Guerra de los Siete Años supuso en 1763 la recuperación del control de La Habana por parte de España —así como la anexión al imperio de la Luisiana francesa y la pérdida de la Florida a favor de Gran Bretaña— que castigó implacablemente a quienes habían colaborado con los ingleses en la ocupación. La actuación de Miralles, que en los años siguientes aumentaría sus negocios en el continente a través de Nueva Orleans, capital de la Luisiana, había servido sin embargo para que la Corona española depositase en él su confianza como espía. El gran encargo estaba aún por venir.

El 4 de julio de 1776 se produce la Declaración de Independencia de los Estados Unidos. Las colonias británicas de la costa atlántica de Norteamérica aprueban una resolución en la que declaran que “son, y por derecho deben ser, estados libres e independientes”. Un año antes, la instauración del Congreso Continental en Filadelfia y la formación de un ejército propio bajo el mando de George Washington supusieron la ruptura definitiva de relaciones comerciales entre las posesiones británicas en el Caribe y las Trece Colonias, lo que favoreció el tráfico mercantil entre los futuros Estados Unidos y La Habana, controlado fundamentalmente por Juan de Miralles. España —que veía en la Guerra de Independencia y el posible debilitamiento de Gran Bretaña una oportunidad para recuperar tanto la Florida como su estatus de primera potencia europea en el comercio atlántico— comenzó a tolerar la presencia de navíos norteamericanos en el puerto de La Habana, que bajo el pretexto de haber sufrido una avería o de necesitar alimento y agua, aprovechaban para llevar a cabo toda clase de actividades comerciales.

Ante la sospecha de las posibles opciones de victoria por parte de los insurgentes, la corte madrileña decidió enviar agentes secretos a Jamaica, Haití, la Florida y las Trece Colonias. Era vital determinar si la posición de la Corona debía continuar siendo la aparente neutralidad que garantizaba un cierto pacto tácito de no agresión con Gran Bretaña o si urgía el apoyo a las Trece Colonias para asegurar las posesiones españolas al otro lado del Atlántico en caso de victoria. Juan José Eligio de la Puente y Regidor, primo de la esposa de Miralles, fue enviado clandestinamente a la Florida para investigar los movimientos de las tropas británicas e intentar forzar una revuelta entre las poblaciones indígenas. Con similares funciones de espionaje se destinó al coronel Antonio Raffelin y al comerciante Luciano de Herrera en Haití y Jamaica. En reconocimiento a los servicios prestados a la Corona, Juan de Miralles fue recompensado con el posicionamiento clave de los intereses españoles: Filadelfia.

De nuevo, la condición de comerciante en un escenario de conflicto y colisión entre los grandes poderes europeos y norteamericanos fue determinante en la transgresión pacífica de fronteras. Tras hacer testamento en La Habana, Miralles embarcó el 31 de diciembre de 1777 en el bergantín Nuestra Señora del Carmen dejando bien claro a todo aquel a quien pudiese interesar que su destino era Cádiz y sus intenciones, por supuesto, puramente comerciales. Haciendo uso de la vieja práctica de la arribada, desembarcó en Charleston, Carolina del Sur, con la excusa de que el mal tiempo no permitiría a su embarcación continuar el viaje a través del océano. Cuando por fin cesó el temporal y las supuestas averías de su barco fueron reparadas, este partió hacia España dejando en tierra a Miralles y su acompañante, quienes se hicieron pasar por simples comerciantes cubanos hasta despistar a los espías de la Corona británica. Extraoficialmente, el 21 de enero de 1778 Miralles fue nombrado por Real Decreto “observador y representante en Estados Unidos”, lo que le convertía en comisionado español con un presupuesto de 39.000 pesos para desarrollar su labor como espía. Fue acogido por el gobernador de Carolina del Sur, Edward Rutledge, e inmediatamente comenzó su investigación al servicio de la Corona española enviando cartas con descripciones estratégicas, noticias sobre posibles ataques británicos e informes sobre posiciones y movimientos de las fuerzas armadas inglesas. Cuando Francia se une en febrero a la guerra, Miralles asiste por fin como representante oficial de España al banquete celebrado en Charleston con motivo del reconocimiento francés de la independencia de las Trece Colonias.

En mayo de ese mismo año, tras entrevistarse con Abner Nash, gobernador de Carolina del Norte, y visitar en Virginia a su homónimo Patrick Henry, Juan de Miralles llega a Filadelfia para iniciar su relación con el Congreso Continental, valorar la viabilidad de una posible declaración de guerra a Gran Bretaña y comenzar las negociaciones para la recuperación de la Florida en caso de apoyo manifiesto a la revolución norteamericana. La ayuda de la Corona española era innegable —dos meses antes, el ejército estadounidense había recogido en Nueva Orleans una donación consistente en nueve mil varas de paño azul, dieciocho mil varas de paño tinto de lana, mil setecientas varas de paño blanco y casi tres mil varas de estameña blanca provenientes todas ellas de las fábricas de Alcoy, lo que significaba que toda la ropa de los uniformes del ejército de George Washington procedía de Alicante, así como otros envíos españoles consistentes en docenas de cajas y barriles con medicina, pólvora y fusiles—, pero era necesario guardar las apariencias con Gran Bretaña hasta que Madrid decidiese unirse oficialmente a la guerra.

Cuando el diplomático Conrad Alexandre Gérard de Rayneval llegó a Filadelfia en agosto de 1778 para desempeñar el recién creado cargo de embajador francés en los Estados Unidos, la proximidad de sus funciones y las de Miralles pronto derivó en el estrechamiento de sus relaciones personales. Al poco tiempo, el alicantino ya había entablado amistad con las personalidades más importantes de la ciudad. En la Navidad de ese mismo año, y aprovechando la estancia en Filadelfia de George Washington y su Estado Mayor, Miralles ofreció una fiesta en honor del general el día 31 de diciembre a la que asistieron, entre otros, La Fayette, Friedrich Wilhelm von Steuben y Johann von Robais. El matrimonio Washington comenzó a asistir habitualmente a las cenas organizadas por Juan de Miralles y la amistad entre el español y el estadounidense no tardó en surgir, como demuestran los numerosos informes y cartas al capitán general de Cuba Diego José Navarro en los que alababa las virtudes del militar y recomendaba a la Corona española la defensa de la causa independentista. Como ha señalado el profesor Portell Villá, una buena prueba del afecto que los unía es el hecho de que el santo y seña en el campamento de Washington solía ser “Don Juan y Gérard”, en homenaje al representante español y al francés.

El 12 de abril de 1779, como renovación de los Pactos de Familia entre los monarcas de la Casa de Borbón —que habían conducido a la intervención de la Corona española en la Guerra de los Siete Años en 1761—, Francia y España acuerdan la intervención de ésta en la Guerra de Independencia mediante la firma del Tratado de Aranjuez con el objetivo último de recuperar la Florida, Menorca y Gibraltar, fundamentalmente. Dos meses más tarde, España declara oficialmente la guerra a Gran Bretaña, aumenta considerablemente la ayuda económica al joven país norteamericano —es justo mencionar que, a pesar de que la mayoría de los historiadores han atribuido esas ayudas a Francia debido a que las transferencias de dinero se efectuaron a través del conde de Aranda, embajador español en París, era bastante común escuchar hablar de los “spanish milled dollars”— y encarga a Juan de Miralles la propuesta formal de actuación conjunta sobre los territorios británicos ante el Congreso Continental. Como recompensa por su labor, Carlos III hace saber al alicantino que será nombrado ministro plenipotenciario de España en Estados Unidos, y éste decide trasladarse a Morristown para discutir con el general Washington los pormenores del ataque de los ejércitos español y estadounidense en la Florida.

Cercano a cumplir los 67 años, Miralles no logró vencer al frío del invierno siguiente. Cuando el 19 de abril llegó a Nueva Jersey, una pulmonía acompañada con vómitos de sangre le postraron en una cama durante más de una semana. Los médicos personales del mandatario y su propia esposa se encargaron de sus cuidados, pero fue imposible salvar su vida. Juan de Miralles exhaló su último aliento el día 28 de abril de 1780 en la mansión Ford, residencia del futuro primer presidente de los Estados Unidos de América. Fue enterrado con las ropas más lujosas y la pedrería más valiosa en la iglesia protestante de Morristown, en una ceremonia que siguió el protocolo correspondiente a un entierro nacional y que el propio Washington se ofreció a sufragar a pesar de las críticas que la celebración de una misa católica le podría suponer. Al funeral asistieron, además del militar y su esposa, el gobernador de Pensilvania, un representante del gobierno francés, algunos miembros del Congreso Continental y varios oficiales del ejército.

Las palabras que el general Washington dirigió en sus cartas al embajador francés —“Las atenciones y los honores rendidos al Sr. Miralles fueron dictados por la sincera estimación que siempre le tuve”—, a su viuda —“Todas las atenciones que me fue posible dedicar a su fallecido esposo fueron dictadas por la amistad que sus dignas cualidades me habían inspirado”— y a Diego José Navarro —“Con el mayor placer hice todo lo que un amigo podría hacer por él durante su enfermedad” y “debe ser de algún consuelo a sus familiares saber que en este país se le estimaba universalmente y del mismo modo será lamentada su muerte”—, son quizá el testimonio más evidente de la profunda amistad que le unía al alicantino y de la importancia de su colaboración con la causa independentista, sin la cual es muy posible que la revolución de las Trece Colonias hubiese fracasado.

Juan de Miralles y Trayllon, mercader

En el análisis de la vida de nuestro segundo hombre, me temo, no encontrarán ustedes hechos cercanos a lo heroico ni dignos de admiración. El nombre de este alicantino, cuya infancia continúa siendo una incógnita salvo por el hecho de que con quince años se mudó con su familia al Bearne para volver a la edad de diecinueve, es Juan de Miralles y Trayllon. Tal vez le suene.

Tampoco existen hechos documentados sobre la vida de Miralles entre su regreso a España y 1740, cuando se traslada a La habana con veintisiete años. Su familia era muy conocida entre los comerciantes franceses radicados por aquel entonces en Alicante, y si atendemos al descubrimiento efectuado por Arturo G. Lavín consistente en un testamento que Miralles otorgó en el año 1752 a causa de una grave enfermedad en el que indicaba que cuando se casó con María Josefa Eligio de la Puente su capital ascendía a 8.500 pesos, es de suponer que sus lucrativas actividades tras su retorno de Francia se habían centrado esencialmente en el comercio. Sin embargo, ni su nombre ni el de su familia figuran en la nómina de comerciantes de Alicante, ni consta en ningún registro que se hubiese dedicado a actividad mercantil alguna. Habida cuenta de que es imposible que atesorase tanto dinero en el Bearne y sabiendo en qué consistieron sus negocios en La Habana, podemos dar por buena la tesis del profesor Vicent Ribes y concluir que se dedicó al tráfico de esclavos.

Una vez hubo contraído matrimonio, los contactos de la importante familia de su esposa le sirvieron de base para ampliar su actividad económica en el Caribe. Como ya se ha dicho, Gran Bretaña no cesaba en sus intentos de controlar el tráfico mercantil trasatlántico, y España no dudó en adoptar una política proteccionista que impedía los acuerdos comerciales con súbditos de estados con los que no guardase buena relación. Consciente de la fantástica ubicación geográfica de La Habana, próxima tanto a las colonias británicas como a las francesas —la Luisiana y las Antillas, fundamentalmente—, Miralles organizó un sistema de representación en territorio español de empresas extranjeras, abriendo la puerta a un provechoso negocio de contrabando internacional. Hasta 1740, la actividad económica de la isla había consistido en un escaso intercambio de productos con el Virreinato de Nueva España y el Nuevo Reino de Granada. De la mano de Miralles, el tráfico ilegal de mercancías con las Trece Colonias a través de la Florida y en todo el Caribe gracias a la estratégica situación de La Habana desplazó implacablemente al tímido mercado anterior.

No obstante, una parte importante de los negocios de Miralles era el comercio negrero. Si bien es cierto que desde el Tratado de París el contrabando entre La Habana —cuyo control había sido recuperado por España— y las colonias británicas —entre las que a partir de entonces se incluía la Florida— había aumentado notablemente, y con él las ganancias del alicantino, es innegable que el tráfico de esclavos era una de sus mayores fuentes de ingresos. En palabras del profesor Ribes, “Miralles fue la pieza clave en el comercio negrero hispánico durante los años sesenta y setenta del siglo XVIII, y su nombre aparece asociado a cualquier empresa negrera de mayor o menor envergadura, actuando por sí mismo o a través de prestanombres de la ciudad de Alicante”. Es cierto que la esclavitud no fue abolida por completo en España y sus territorios de ultramar hasta la segunda mitad del siglo siguiente —en concreto, en Cuba, en 1880—, pero eso no significa que el comercio negrero no consistiese, en cualquier caso, en el tráfico desalmado de seres humanos. Cuando en 1766 se creó la mayor empresa negrera del imperio español, la Compañía Gaditana de Negros, Miralles se convirtió en uno de sus máximos accionistas adquiriendo setenta de las novecientas sesenta acciones de la sociedad, así como en el representante de la misma en La Habana. Diez años más tarde, presentó un proyecto para sustituir a la compañía de Francisco de Aguirre y Lorenzo de Arístegui en el monopolio de la introducción de esclavos en territorio español, en el que garantizaba el precio de 225 pesos por cada esclavo, lo que mejoraba considerablemente la oferta de Aguirre y Arístegui. A cambio, solicitaba 200.000 pesos anuales durante la duración del asiento. Su intención era introducir en La Habana la inhumana cifra de tres mil negros al año. La razón por la que el Consejo de Indias no aceptó la propuesta de Miralles fue la consideración del alicantino como un “hombre de más tramoya y apariencia que solidez y sustancia”. Tal vez fuese una decisión adoptada para que la Corona británica no posase su mirada en un hombre que por aquel entonces ya estaba desarrollando su labor como espía real. Tal vez Miralles fuese exactamente un hombre de más tramoya que solidez y sustancia. Quién sabe.

Sea como fuere, es posible que su actuación durante la ocupación británica de La Habana años atrás arroje algo de luz sobre esta cuestión. Anteriormente se ha mencionado que en 1761 la población de la isla se había visto afectada por una epidemia de fiebre amarilla. Quienes más sufrieron esta enfermedad fueron los esclavos que estaban construyendo una muralla alrededor de la ciudad, y ante sus numerosas muertes, Miralles encontró una nueva oportunidad para lucrarse. Decidió hacerse con más esclavos en Jamaica para venderlos en Cuba, pero al descubrir que no serían suficientes, optó por poner rumbo a Gran Bretaña. Allí descubrió los planes de ocupación de la armada inglesa, y en su regreso a La Habana fue apresado por el almirante George Pocock. Es sabido que envió cartas tratando de avisar de las intenciones enemigas y que una vez en tierra intentó poner sobre aviso a las autoridades de la isla, sin embargo extraña mucho a los historiadores que la escuadra británica le liberase varias millas antes de llegar a su destino. Y les extraña aún más que durante los dos años que duró la ocupación británica, Miralles pudiese llevar a cabo sus negocios sin ningún tipo de restricción. Las sospechas de un posible pacto con Pocock a cambio de información sobre los puntos estratégicos y las posiciones militares de los españoles en La Habana son, en todo caso, comprensibles. Hay quien sostiene que el hecho de que no fuese castigado junto a los demás habaneros y españoles que colaboraron con los ingleses demuestra que, de haber existido tal pacto con Pocock, la información entregada a los británicos no era más que un engaño. Que fuese designado como informador al servicio del rey parece corroborar esta teoría. Sin embargo, también hay quien opina que semejante encargo real tal vez no fuese efectivamente un reconocimiento sino una penitencia obligatoria. Al fin y al cabo, en aquellos tiempos convulsos, desarrollar tales tareas de espionaje en territorio británico era sinónimo de arriesgar la propia vida en el intento. Tal es así, que en una carta de 1776 Miralles confesaba “haber expuesto muchas veces mi vida y expedido mi caudal” en servicio a la Corona. Baste añadir que en 1774, encontrándose con su antiguo amigo Manuel José de Urrutia en la casa de Francisco Javier Rodríguez, Miralles fue literalmente barrido a bastonazos entre acusaciones de traición a Carlos III. Pero la función de juzgar corresponde a los jueces. No a mí…

Una vez se hubo producido la Declaración de Independencia de los Estados Unidos en 1776 y habiéndose roto las relaciones comerciales entre las Trece Colonias y los territorios británicos, el mercado brindó a Miralles una nueva ocasión parece hacerse de oro con el tráfico de buques, armas, pólvora, medicinas, etc. Tras haber desembarcado clandestinamente en Charleston para cumplir su misión de investigación e información acerca de los planes británicos y las opciones de los insurgentes, y habiendo sido designado en enero de 1778 como comisionado real en Estados Unidos —aunque de forma extraoficial, para eludir sospechas—, Juan de Miralles vuelve a aprovechar su situación para incrementar su volumen de negocio. Incluso podríamos afirmar que un eventual acercamiento entre Estados Unidos y España le convenía no solo políticamente, sino sobre todo económicamente. Y no cabe duda de que a ello se entregó. Poco tiempo después de llegar a Filadelfia comenzó a colaborar con Oliver Pollock, comerciante de Nueva Orleans y responsable de gran parte del tráfico marítimo entre La Habana y el continente. En verano de ese mismo año, Pollock le puso en contacto con Robert Morris, un traficante de esclavos proveniente de Liverpool que supo pescar en un río revuelto por la guerra y terminó siendo el ministro de Hacienda de Estados Unidos. Conocido como el “financial wizard of George Washington”, se convirtió en el compañero ideal de Miralles. Unos meses después, el alicantino ya había importado desde La Habana azúcar, tabaco, vino, pasas y chocolate en concepto de regalos diplomáticos pagados por España por valor de 3.842 pesos. A finales de año, y a través de la compañía que fundó con Morris, ya era el principal abastecedor del ejército estadounidense y uno de los más importantes exportadores del país, con la importancia que ello suponía para une economía tan inestable como la norteamericana. Sirva de ejemplo que en noviembre de 1778, Morris y él habían enviado a La Habana un total de dieciséis mil barriles de harina.

Mientras tanto, el alicantino continuaba desempeñando el cargo de “observador y representante en Estados Unidos” a la vez que sus lazos de amistad con el general George Washington seguían estrechándose y la ayuda de España continuaba incrementándose —el carácter extraoficial de las aportaciones españolas hace que actualmente no podamos calcular las enormes cantidades de dinero enviadas a través de Miralles, pero los datos que se han ido aportando pueden ayudar a hacernos una idea—. Tal llegó a ser la admiración que sentía por Washington que incluso compró varios retratos del general firmados por Charles Willson Peale y los envió al capitán general de la Habana y a varios de sus amigos elogiando la causa independentista. Algunos autores como Light Townsend Cummins opinan que su entusiasmo por la revolución norteamericana era absoluto. No se correspondía con el talante neutral de un representante diplomático. Es probable que sus informes a la Corona española recomendando el apoyo a las Trece Colonias en la guerra contra Gran Bretaña respondiesen más bien a su deseo personal de defender la independencia estadounidense antes que a los intereses del país al que servía, pero hoy en día es muy difícil llegar a una conclusión justa sobre ese extremo. En cualquier caso, que dedicase gran parte de su propia fortuna a sostener económicamente la causa es un hecho que, a primera vista, parece confirmar esta hipótesis.

El suyo fue, prácticamente, un Funeral de Estado. El afecto que le unía el jefe del ejército estadounidense y el apoyo moral, político y económico que brindó a los revolucionarios fueron definitivamente tenidos en cuenta en su inhumación. Las salvas de artillería que acompañaron al cortejo fúnebre hasta la iglesia de Morristown denotaban la distinción, honor y respeto que los asistentes profesaban al difunto. No obstante, llama la atención que la historiografía norteamericana haya ignorado en buena medida la figura de Juan de Miralles. Tal vez se deba al carácter secreto de su misión en las colonias sublevadas o al desapego que lo estadounidense siempre ha tenido por lo católico y por lo español, pero es algo que llama indudablemente la atención. Llama la atención que Alexander Hamilton, secretario personal de George Washington, apenas mencionase en sus textos la importancia de la colaboración de la Corona española ni comentase la amistad que unía a Washington y a Miralles. Llama la atención que Washington no insistiese en destacar la importancia de un hombre a quien él mismo se había referido como alguien estimado universalmente. Llama la atención que Robert Morris, su socio y confidente, vendiese los caballos de un negocio de Miralles por 27.432 pesos y que sin embargo no intercediese por la hija del alicantino cuando ésta se desplazó a Nueva York para cobrar la deuda que Estados Unidos había contraído formalmente con su padre en concepto de préstamos a la causa independentista. “Ese momento no llegará nunca”, dijo Morris cuando su hija le preguntó cuándo cobraría. Es algo que, desde luego, llama la atención. Llama la atención que Francisco de Rendón, secretario de Miralles, al negociar directamente con Robert Morris tras la muerte de su principal socio, advirtiese a Madrid de que estaban ante el contrabandista más grande de textiles y de harina. Llama la atención que Oliver Pollock fuese detenido en La Habana por falsedad de declaración, intento de soborno a un oficial de la Corona española y negocios ilegales por valor de 25.000 pesos. Son muchos los detalles que llaman la atención. Para ser un hombre enterrado con la mayor de las solemnidades en una ceremonia presidida por el futuro primer presidente de los Estados Unidos y a la que asistieron congresistas, diplomáticos, gobernadores y oficiales del ejército, que la Historia haya preferido dejarlo atrás junto a sus secuaces, es algo que evidentemente llama la atención. O bueno… quizá no tanto.

 

 

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8 comentarios

  1. Cojonudo

  2. Pingback: Los dos alicantinos que Washington enterró

  3. Muy bueno, ¡sí señor!. Como alicantino me gustaría darte la enhorabuena y las gracias por descubrirme una de las muchas historias que envuelven esta provincia y que aún no han salido a la luz o no han aflorado como debían.

    Un saludo

  4. Francesc

    No es por ser tocapelotas, pero el nombre del pueblo oficial es Petrer. Que la wikipedia castellanice cualquier nombre de pueblo no significa que esos nombre sean válidos, o que no siquiera existan! Incluso los castellanohablantes de la Comunidad Valenciana lo llaman Petrer!

    Francesc

    • Lo sé, pero en todos los textos de la época que consulté para documentarme (y no fueron pocos) se usa la forma castellana del topónimo. Ha sido, sin más, una cuestión de coherencia.

    • Antonio

      Efectivamente lo es, no quiero quitarle la razón en eso. El nombre oficial será Petrer como el de la ciudad de Manhattan es New York, pero en español estas ciudades tienen su propio nombre, a saber, Petrel y Nueva York.

    • Manuel

      Siempre estamos con la misma polémica, ridícula por otra parte… Cuando estamos hablando en español lo normal es decir los topónimos en español, y no en otras leguas.
      ¿No resulta del género tonto decir: «Mañana viajo a London»?. Uso el topónimo con la lengua del lugar, es decir, inglés, pero no es forma de hablar. Lo mismo es aplicable a los pueblos y ciudades de España que tienen lengua vernácula.
      En los distintos informativos de la televisión nacional, y como regla general, se hace lo mismo, y se cae en el ridículo, ya que no se usan las palabras Gerona, La Coruña, Lérida, Orense, etc, etc.,, y sin embargo se está hablando en español. Muy mal.
      Además, con ese peloteo a los nacionalismos lo único que se consigue es complicar las cosas.

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