Un idealista en la Casa Blanca

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Carl Von Clausewitz es conocido por aquella frase que rezaba “la guerra es la continuación de la política por otros medios”. Sin embargo este escritor y soldado prusiano, combatiente en las guerras napoleónicas y muy amado por los jerifaltes nazis, sostenía también que la política era en realidad un juego de azar, un cúmulo de casualidades, solo un factor más a la hora de encarar el conflicto armado. Para Clausewitz, como para el general Patton, la guerra era una criatura a la que podía (y debía) amarse y la política algo que servía para no aburrirse en los tiempos de transición, un medio para un fin.

Sorkin concibió El ala oeste con esa misma premisa (un medio para un fin) y con el mismo ardor guerrero del amigo Carl Von: se proponía descodificar de algún modo el intríngulis político de su país. Para ello empezó a diseccionar el núcleo de esa madeja de hilos que convergen hasta formar la telaraña del poder ejecutivo de los Estados Unidos de América. Naturalmente, no era tarea fácil: un país de 350 millones de habitantes es como un gigantesco jeroglífico en el que es fácil perderse y esto implicaba un ánimo didáctico incontestable que mal llevado podría traducirse en un show de mínimos, en los que una voz en off se encargaría de ir guiando al espectador por los recovecos de la Casa Blanca: “aquí el jefe de comunicación; aquí el jefe de staff” y así hasta el infinito.

¿Cómo se cuenta lo que pasa en los despachos de la institución política más poderosa del mundo sin que parezca la obra de un profesor de primaria visitando un museo con sus alumnos? Sorkin optó por tirar los dados: así pues, el azar (o una variación hiperverbalizada del mismo) es el que arranca la trama. No hay presentaciones, ni un piloto de cortesía, sino más bien uno de esos inicios made in David Mamet durante los cuales uno pasa media hora tratando de entender quién es quién y de qué demonios están hablando. Como un espectador invitado a una partida de póquer en la última ronda, sin haber podido estudiar a sus contrincantes, obligado a jugar sus cartas a ciegas. Así entra el respetable en la Casa Blanca de Sorkin, a pulmón, sabiendo que —de algún modo— no hay formula alguna para discernir lo que es relevante y lo que no (aunque con Sorkin cada diálogo parece una X que marca el lugar donde enterraron el tesoro) y debe ser el espectador el que juegue a rellenar esos espacios en blanco.

Así pues El ala oeste arranca con una —severa— declaración de intenciones: no habrá tregua, ni nota a pie de página, ni guiño cuando nadie mire. La serie se come cruda y esa es su naturaleza. Por supuesto, todo forma parte de una estrategia de bombardeo que irá cediendo espacio a la normalidad a medida que vayamos conociendo a los habitantes del ala oeste. Después del piloto, queda claro que el show será una alegoría en clave política de la propia política: implacablemente espesa, brutalmente hermética, llena de trampas, pegas, códigos y campos de minas; pensada para enloquecer al personal a base de datos y más datos. Sin embargo el temor de darnos contra el muro del cripticismo desaparece en cuanto la maquinaria de Sorkin empieza a funcionar y los seres humanos alzan el telón.

El ala oeste habla —sobre todo— de la política americana, de sus mecanismos de supervivencia, de la importancia de la opinión pública, de la ética del poder, de las relaciones humanas y de eso tan sencillo de visualizar y tan difícil de ver: la justicia. La serie se construye de arriba abajo (y no al revés) y empieza por un presidente demócrata (una suerte de Bill Clinton, mucho más honrado y transparente), economista por más señas, católico y con un amplísimo bagaje cultural y un inquebrantable sentido de la piedad. A su lado, su jefe de staff, un hombre enfadado con el poder pero que lo ejerce sin cortapisas y que vive entregado a él. Y por debajo cuatro figuras monumentales: el hombre que marca el tempo literario, el cerebro con galones, el eterno vigilante y la incansable domadora de fieras. Estas seis figuras, encarnadas —respectivamente— por Martin Sheen, John Spencer, Rob Lowe, Bradley Whitford, Richard Schiff y Allison Janney, son el alma de una serie que pronto pierde el miedo a adentrarse en un mundo tan sumamente específico (y en este sentido, como en otros, se puede comparar a The wire) y convierte ese paisaje de mesas, discursos y pasillos en una metáfora (compleja, pero metáfora) del complicado funcionamiento de las relaciones sociales y de su encaje con el poder. El ala oeste viene a decir que el poder no es legítimo según quién lo ostente sino que esa legitimidad emana del propio poder y de cómo se usa. Tal reflexión —de talante humanista— se extiende por toda la serie y se vehicula en asuntos tan distintos como la llegada a Estados Unidos de una embarcación de disidentes chinos, el asesinato de varios soldados americanos en Colombia, el aborto, la educación sexual, el adulterio o el conflicto en Oriente Medio. El matiz es importante porque muchos han acusado a Sorkin de ser buenista, ingenuo, de haber creado una política profundamente naíf y poco conectada con la realidad. No les falta razón para pensar que esto pueda ser así, pero en ficción nunca puede olvidarse la premisa de Truman Capote (“la única diferencia entre realidad y ficción es que la ficción debe ser coherente”). Cierto, no hay ningún presidente como Jed Bartlet, un tipo coherente, con principios, leal y valiente. No existe porque un hombre como él duraría cinco minutos en el gran teatro de la política moderna y porque para ser como Bartlett debería tener un equipo igualmente imposible: inteligente, arriesgado, capaz y con mucho bemoles.

De la misma manera que no hay Bartlet (un hombre equiparable a Winston Churchill, colérico e insoportable en ocasiones pero capaz de mantener al pueblo en pie con un solo discurso —el historiador británico Andrew Roberts afirmaba que Churchill consiguió que Inglaterra siguiera unida en la Segunda Guerra Mundial gracias a su impresionante oratoria—, tampoco habría Josh Lyman o CJ Cregg o Sam Seaborn. En los tragaderos de la alta política, donde el engaño se da por supuesto (no estaría mal recordar aquella frase del Cardenal Richelieu: “la traición es una cuestión de fechas”), se hace difícil visualizar a personajes de la envergadura moral de los mencionados moviéndose con ese descaro entre tiburones de todo tipo y pelaje para los que la verdad es anatema. Sin embargo, que los habitantes de El ala oeste sean marcianos no significa que en su caja de cristal no sean perfectamente plausibles (y coherentes) y su altitud de miras, un acicate para pensar que otros universos (socio-políticos y hasta humanos) son posibles, que la actual política no tiene por qué ser la única política. Podemos acusar a Sorkin de ser un idealista (como hacía el nefasto Jeff Riley —ex funcionario de la Casa Blanca con Bush y Clinton— en sus críticas de la serie para la Findlaw), pero solo si le otorgamos a la palabra una connotación negativa que no debería de tener. El idealismo es algo noble siempre y cuando no lleve al ensimismamiento y en el caso de Sorkin parece claro que eso no va a suceder. Su Ala oeste es una perfecta reproducción de lo que debería ser el poder político: una amalgama de librepensadores, bien preparados y sobre todo conscientes de la enorme responsabilidad que recae sobre sus espaldas. Tipos/as con conciencia que asumieran con naturalidad el ejercicio de su trabajo dentro de un marco de control popular.

Sorkin no entiende (y ese es un mensaje transversal en toda la serie) la ausencia del pueblo en el gobierno diario: por eso sus periodista son metomentodos y sus debates siempre tienen una pata en el poder que emana de aquellos que depositan su confianza en los que la reclaman. Por eso El ala oeste es un producto brillante en contenido, definición y factura: empeñado en contarnos lo que debería ser la política, Aaron Sorkin acaba contándonos lo que no es la política. Y la política, en un giro de tuerca que no debería molestar a Clausewitz, no debería ser la continuación de la guerra por otros medios y sin embargo —solo hace falta poner estos días el telediario— lo es.

La Casa Blanca de Sorkin es un nido de demócratas apasionados, de seres humanos que no se callan ni debajo del agua, de hombres y mujeres conectados 24 horas al día al enchufe del servicio público, para los que servir es el mayor de los honores. El cinismo, el escepticismo, la indiferencia, son enemigos del “menos malo de los sistemas políticos” (Churchill de nuevo), así que en El ala oeste cada discusión, cada matiz (por colateral que sea) es destripado —en andanadas de brillantísima oratoria— hasta la extenuación. Ya se trate de la compensación del estado a los descendientes que en su día fueron esclavos o de la emancipación femenina. Esa visión expansiva de la democracia, sublimada a través de episodios tan emotivos como el que se ocupaba del 11-S, es una de las grandes aportaciones de El ala oeste de la Casa Blanca al mundo de la televisión. No solo su ambición a un nivel puramente conceptual sino esa voluntad de llevar al espectador un mensaje de sello puramente sorkiniano donde el cambio, la (r)evolución, está al alcance de los dedos: no es únicamente la sensación de que el sistema solo puede perpetuarse si lo permitimos, sino de que ese aparato que se abre por encima por nuestras cabezas es tan frágil como el más vulnerable de sus ciudadanos. De alguna forma, lo que Sorkin reivindica en esta serie es lo que Platón (otro idealista sin remedio) denominaba “el Gobierno de los mejores” en el que la política y la felicidad se cogen de la mano. Ese “arte de gobernar” que el filósofo propugnaba es el núcleo central del universo político del guionista, un universo donde ética e intelecto se empeñan en pegarse el uno al otro como martillo y yunque. Probablemente tengan razón los que siempre han reprochado a Sorkin su desapego existencial, esa negación constante de la realidad que se traduce en cosas como Newsroom, una serie con periodistas tan fieros e íntegros que a más de uno le entra la risa. Sin embargo en esa visión distorsionada de la vida está la auténtica magia de este neoyorquino de 51 años: si hay que perseguir utopías y cazar mariposas a cañonazos, ¿quién mejor para liderar que un hombre que sigue creyendo en la honradez, el trabajo duro y el talento? Puestos a soñar, que sea a lo grande.


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15 Comentarios

  1. Gran serie. En este momento me viene a la memoria una escena en la cual uno de los asesores le decía a Bartlett (nobel de economía, nada que ver con ZP) que debía recortar un discurso y poner ciertas frases fáciles pues si no, la gente no lo iba a entender. A lo que éste respondió: ¡PUES QUE APRENDAN!

    No sé por qué, pero también me he acordado de los profundos y sesudos discursos de Rajoy.

  2. Posiblemente mi serie favorita de siempre, quizá no la mejor que he visto (esa sería The Wire), pero la que más me ha emocionado, seguramente por ese idealismo que comentas, Toni. Gracias

  3. Decía Pablo Kurt de Filmaffinity sobre la serie:

    “Un placer para el intelecto. Declarar de cualquier obra artística, especialmente en el campo audiovisual, que es “la mejor de la historia” es, aparte de bastante pretencioso, inexacto, a no ser que hayas visto todo aquello que sentencias ya de golpe como inferior. Así pues, precisemos: a quien esto escribe “The West Wing” le parece no sólo la mejor serie que haya visto jamás en la televisión, sino la obra audiovisual que más interés y emoción le ha proporcionado en toda su vida… Un 10. (Pablo Kurt: FILMAFFINITY) ”

    ¿Saben una cosa? Pablo Kurt se quedó corto.

  4. Creo que lo más interesante de “The West Wing” esta en las 2 últimas temporadas. Curiosamente en las que Sorkin ya no estaba al mando. Se ve a un Bartlet enfermo y cansado, dubitativo con su legado, cuando aparece el último gran personaje de la serie, el candidato republicano Arnold Vinick (enorme Alan Alda). Ya no hace falta ser Demócrata para tener grandeza, se puede llegar a objetivos parecidos por caminos muy distintos y el “buenismo” de Sorkin ya no está tan presente.

  5. Maravillosa! No he encontrado aun cosa igual… he visto 155 de sus 156 capitulos; solo me he dejado sin ver el ultimo de los capitulos (temporada 7 episodio 22) en forma de guardarle tributo! asi siempre me quedara la ilusion de que nunca acabe West Wing y dentro de 20 años la podre volver a ver completa!

  6. De las series que he visto es la que más me ha gustado, más allá de Baltimore y New Jersey.
    No es el buenismo lo que a mi parecer prima en la serie, los ejes son el bien y el mal y, sobre todo, el gobierno de los más capaces.
    Una republicana es contratada por los demócratas. Al personal de guardia en inteligencia no se le pregunta a quien vota.
    Y fue bastante premonitoría en muchas cosas, los paralelismos entre M. Santos y el presidente Obama empiezan en el lema de campaña y terminan en que el no deseado por el partido gana las primarias.

    Es una serie de la que se puede escribir hasta el infinito, y para dejar alguna pincelada, por llevar en algo la contraria al autor, el presidente no es tan bueno; miente, y mucho, y dice la verdad cuando no queda más remedio; y la solucion que plantea al problema que supone Abdul ibn Shareef, pues es de aquella manera.

  7. Veo un paralelismo muy interesante entre ese capítulo que comentáis de las Torres Gemelas en ‘The West Wing’ y el de la caida de Bin Laden en ‘The Newsroom’. En ambos creo que se plasma muy bien esa emoción proamericana con la que podemos estar más o menos de acuerdo o nos puede parecer más o menos absurda, pero que existe. Siendo por supuesto el caso del primero mucho mejor que el ya brillante segundo

    • En efecto, mi escena favorita es… toda la serie, de principio a fin.

      Ésta en particular resume perfectamente todo lo que siente alguien cuando está en la cima del mundo y todo el poder recae sobre sus hombros:

      http://www.youtube.com/watch?v=cYQdogPMuRc

      Y no olvidar que al compositor de la banda sonora W. G. “Snuffy” Walden le dieron el Emmy por ella.

  8. Momentos emblemáticos de la serie, cuando le habla de la Biblia a una periodista, cuando renuncia a su cargo por su hija, cuando rechaza las enmiendas de los republicanos. Hay demasiados.
    Lo cierto es que las últimas temporadas entre Santos y Vinnie y sus debates presidenciales y campañas fueron de lo mejor que he visto en la tele. The Wire es una obra maestra y después de ella viene The West Wing.

  9. Me parece, sin ninguna duda, lo mejor que he visto. Una maravilla. Exquisita, brillante, divertida…
    No me pararé en decir todo lo que me gusta de esta genialidad para el intelecto (para eso ya está el artículo) pero sí diré cuál es su mejor cualidad, qué es lo que más me gusta de ella.
    Sin ninguna duda me quedo con ese criterio que acaba por generar en el espectador. Esas lecciones de objetividad, de autocrítica, de valentía, de esfuerzo por ser mejor y hacer(lo) mejor. Después de verla te das cuenta que el 99% de los juicios que se hacen sobre política hoy por hoy son muy ligeros y simplistas. Que todo es mucho más complicado y atiende a más recovecos, intereses y bienestares de lo que parece. Que la gente ve esto como un juego de buenos y malos y no es así.
    Evidentemente la serie peca de idealista y patriótica, al menos en tanto en cuanto se solucionan los problemas. Pero los problemas son reales y actuales, y los vemos todos los días. Todas esas discusiones, diálogos, posturas sobre temas que tendemos a dilemizar, son una buena demostración de lo que digo. Su gran valor es ese, enseña sin adoctrinar.

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