Una sobremesa

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El Gambinos es un bar extraño, y el centro de producción y distribución de la empresa de reparto de pizza del mismo nombre. Está escondido del tráfico y el gentío en un cruce de calles secundarias. En las esquinas un colegio, un supermercado, un bar y el bloque de pisos donde vivía Alina. Dentro las paredes son verdes, todo tiene tono de madera y la decoración está consagrada al Estados Unidos de la mafia, allá por los años 20.

Hace un suave día primaveral raro para noviembre. Es domingo y no pasan coches. Sobre la acera frente al Gambinos hay mesas puestas como terraza. Nos sentamos en la calle y pedimos crema de patatas con salmón, una sopa y una pizza Capriciosa para los dos. Bebemos coca-cola y agua. Del local se escucha música de Elvis, y le digo a Stefan que me recuerda al anticuario de la playa de Tel Aviv, que tiene siempre puesta música de Elvis y una raída bandera pirata ondeando en la entrada. Allí me compré dos fotos enmarcadas del primer ministro Begin, en una sonriente rodeado de mujeres felices, en la otra con mirada firme de estadista al horizonte, detrás un impresionante paisaje desierto. Tenían también un busto de Ben Gurion, un retrato al óleo de Sharon, un sombrero mexicano e incontables tesoros mínimos de la historia de Israel.

Ya hemos comido. Bebemos coca-cola y café y sin saber cómo hemos llegado a hablar del amor romántico, por usar una de esas magníficas expresiones de Pla. Me cuenta Stefan que hizo su trabajo de final de carrera sobre el erotismo y el amor en el cine. Sostiene en la tesis que fueron las películas las que nos enseñaron a decir te quiero, y lamenta que ya desde Shakespeare los directores se hayan dedicado casi exclusivamente al amor primero, nuevo. Las películas, coincidimos, nos han enseñado un modelo, que intentamos reproducir siempre y determina lo que es deseable en las relaciones, por encima a menudo de nuestras propias necesidades. Ceñirnos al canon del cine nos lleva a descartar muchísimas formas de afinidad y amor romántico y sexual que nos harían felices, pero que no cabrían en las películas.

A propósito del molde empobrecedor de la tele le hablo de la foto del emigrante gallego que tan bien han glosado Espada y Jabois. Ya no hay despedidas así desde que nos sabemos filmados. Y las despedidas de ahora son más iguales que las de antes.

Otro de los efectos del cine sobre el amor es la idealización: descartamos lo que no saldría en las películas, y queremos que lo que hacemos se parezca a las películas. Así esas cenas románticas que salen el Facebook, una vela pero aún dos zopencos. Para acercarnos el ideal forzamos la realidad y la memoria, y en este punto me acuerdo de un episodio reciente del Facebook, en el que un amigo pone la foto de la casa en que parece que nació su madre. Respiro paz y aire puro, escribe en el pie, y dos comentarios más abajo un vecino que tiene asma: ¿aire puro? Mala humitat.

Pagamos, unos veinte euros entre los dos, por copiar a los desayunos de las contraportadas de El País, y camino a casa hablamos de Facebook. Miles de posts cada semana denuncian la voracidad de Zuckerberg, cómo viola nuestra privacidad y sus pérfidas maniobras con nuestros preciosos datos. Y nadie le da las gracias a Mark por ofrecernos gratis esta incomparable herramienta para divertirnos, conocer gente, recuperar contactos, saltarse cafés con las chicas y mantener relación con los amigos lejanos. Esta misma mañana, tan negra, me han alegrado el día dos conversaciones en el chat. Con Adina, que escribía desde Holanda, y con Eija de Finlandia. Y un like desde Israel.

Apunta Stefan la paradoja de que sea el pueblo el más hostil a los inventos capitalistas que le han permitido emanciparse. Y no —por citar sus palabras— el señorito rico que ya tenía acceso a la cultura, el teléfono y los billetes de avión y va perdiendo poco a poco sus preciados monopolios.

El juez de De vidas ajenas de Carrère dijo cuando murió su compañera de juzgado, la cuñada de Carrère, que lo que realmente lamentaba es que habría cosas que ya nunca podría decirle a nadie. Cuánto añoraré estos encuentros con Stefan si algún día me voy de Rumanía.


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One Comment

  1. A vuela pluma. Me imagino que entre los cachibaches liberadores se encuentra la blackberry. Los asalariados le damos la razón. Qué jartá de emancipación, oiga, sin solución de continuidad.

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