Hotel Silken Puerta de América, Avenida de América 41, Madrid
Teléfono: 91 744 54 00
Hay una confabulación contra la Navidad. Es algo que todo el mundo sabe desde hace mucho tiempo, pues esta maquinación no se preocupa en permanecer oculta. No quiere permanecer en la sombra. Es conspicua. Es descarada. Y está por todas partes: ya ha llegado hasta el Vaticano, y es dudoso que queden otras Tierras que se encuentren a salvo de su devastación, ni siquiera en perdidas dimensiones de Calabi-Yau o similares ficciones cientificistas, esa nueva fe. Quizá el mal ya sea definitivo.
Podemos fijar el comienzo de esta masacre navideña en 1985, con el estreno de la película Gremlins de Joe Dante; una cinta que ha dejado decepcionada, hasta el momento, a dos generaciones de amantes de las mascotas. Dos generaciones que pasaron parte de su infancia y toda su adolescencia despertando después de la medianoche a perros que dormitaban plácidamente, a perros de tamaño grande, mediano y pequeño, todos soñando con collares revestidos de púas pero de tacto aterciopelado, con collares unidos a correas fabricadas con el cuero más flexible y exquisito, correas de Cordovan u otras pieles aún más caras, soñando con punzantes azotes exigiendo sumisión y obediencia ciega, perros con sueños HUMANOS, obligados a levantarse y deglutir kilos de repugnante comida enlatada y restos de las meriendas más odiadas por sus dueños como si fueran ocas del Languedoc, mientras se esperaba con expectación una metamorfosis que nunca llegaba. Dos generaciones de jovenzuelos que lanzaban sus distintas variantes de animales peludos —gatos, hámsters, comadrejas, hurones; los más atrevidos y socialmente disfuncionales aportaban raras clases de mofetas— a piscinas, lagunas, lagos y otras superficies acuáticas lo bastante profundas como para garantizar la total inmersión del animal, muchas veces acompañados por sus padres, que hacían sugerencias al respecto —una piedra de tamaño respetable unida a una cuerda atada al cuello del animal era la más extendida—, muchachos y muchachas que veían frustrados sus sueños de ruina y caos urbano al no obtener el resultado esperado. Dos generaciones de adolescentes que un día vieron que la protagonista de Gremlins odiaba la Navidad y les pareció una actitud adulta, madura, original y con ese carácter vagamente intelectual que sin duda les acarrearía el éxito social necesario para cumplir sus expectativas vitales de reproducción o destrucción, según fuera el caso. Y así hasta hoy.
Pero hay que amar la Navidad. Para recuperar la senda perdida, una buena opción es salir de casa la última noche del año, cruzar el umbral de un hotel de cinco estrellas categoría superior y ver qué sale de la cocina de su restaurante. De cómo saldar la cuenta de la que cada uno se haga merecedor es algo de lo que no podemos dar detalles, pero encontrarán ingeniosas alternativas en cualquiera de los noticiarios de la noche. Sí les podemos dar fe de que hacerse pasar por un miembro de una rama perdida de la realeza patria ya no cuela, ni siquiera ayuda ir convenientemente pertrechado con monóculo, capa y bastón; pero en cambio fundar una revista y proclamar a los cuatro vientos o en las redes sociales que es uno de los pilares más sólidos de la cultura de occidente, sí que da resultado.
Este artículo de nuestro archivo está completo para lectores registrados. Registrarse es gratis y solo lleva un minuto.







Me encanta la separación de personas y gourmet («precio por persona o gourmet»). Como persona me alegro de que nos separéis de esa gentuza que se autodenomina gourmets. Eso sí, como persona humana también os digo que no me gasto 150 euros en comer una sola comida con la que está cayendo ni aunque el sábado me toque la lotería (bueno, si supiese con certeza que el viernes se acaba el mundo, lo mismo me lo planteaba…).
Hoy me pediré medio de persona y medio de gurmet, que no vengo con hambre.
«Arroz verde de marisco con carabinero y jugo de su coral».
Una pregunta, ¿el coral del que saca jugo el cocinero (y no puedo ni imaginarme un vaso de zumo de coral) es del arroz, del marisco o del carabinero?
De todas maneras el plato ganaría en impacto si se sustituyera «coral» por «putamadre».
Muchas gracias por su respuesta y Feliz Navidad.