
Estamos en Nueva York, en el primer tercio del siglo XX. Un pequeño equipo de operarios se sitúa en una de las entradas del famosísimo Brooklyn Bridge, por entonces uno de los dos símbolos más internacionalmente reconocibles del país junto a la Estatua de la Libertad. El puente se erige sobre el East River, conectando el barrio de Brooklyn con la isla de Manhattan, así que constituye una arteria esencial en el movimiento interno de la metrópolis. Los operarios depositan sus materiales y comienzan lo que parece la construcción de una cabina de peajes con barrera incorporada, todo ante la atenta mirada del hombre que les está pagando el sueldo. El individuo observa los trabajos con aire satisfecho, pensando ya en la lucrativa tarifa que planea empezar a cobrar a todo aquel que pretenda atravesar el puente: en la populosa y transitada ciudad neoyorquina, un peaje situado en la entrada constituirá una más que redonda fuente de ingresos y supondrá la recaudación de una pequeña fortuna diaria. Qué mejor y más fácil manera de hacer dinero a espuertas que controlando una de las entradas al corazón de la urbe y cobrando a quien intente entrar o salir de ella. Negocio seguro. No puede fallar.
Pero no tardarán en aparecer unos agentes de policía y plantarse ante los operarios. ¿Qué demonios creen que están haciendo? Los obreros se encogen de hombros y señalan al hombre que los ha contratado; ellos solo están haciendo su trabajo. Los policías se dirigen entonces al jefe de la improvisada obra, pero este se muestra ufano, acercándose a ellos con actitud condescendiente: “¿Sucede algo, agentes?” Naturalmente que sucede algo: está construyendo una cabina en la entrada del puente, ¿quién se supone que le ha dado permiso? El tipo responde algo parecido a “yo me he dado permiso” y, sonriente, les enseña un documento que parece estar en toda regla: el título de propiedad. Están ustedes, señores agentes, hablando con el legítimo dueño del Puente de Brooklyn de Nueva York. Y como dueño que es, puede permitirse cobrar el acceso a quienes tengan la intención de atravesarlo, así que por ello se dispone a construir la cabina de peajes. Aunque parezca mentira, esta escena fue bastante habitual en Nueva York durante una época y no una, ni dos, sino bastantes veces tuvo que intervenir la policía local para impedir que alguien se empeñase en construir —otra vez— un puesto de cobro a los viandantes.
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Muy buena historia.
Si hay gente para todo…
Super interesante el articulo!
Me gustaria leer mas de gente que hace este tipo de engaños! algun libro en particular para recomendar?
Muy interesante. Genial historia.
http://nuevayorknoseacabanunca.com
Pingback: Se vende Estatua de la Libertad: en buen estado, precio de amigo
Curiosa y divertida historia
El provecho de la codicia.