It was a very good year: 1969 o el mejor año en la historia del rock

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Creedence Clearwater Revival. Foto: Fantasy Records (CC)
Creedence Clearwater Revival. Foto: Fantasy Records (CC)

1969 no solo fue el año en que el hombre llegó a la Luna, sino que también supuso el que probablemente sea el mejor año para la música contemporánea, con permiso quizá de los años 1967 y 1975. Es complicado dar con un patrón definidor en dicho año, pues lo que podemos encontrar es un asombroso pastiche de géneros varios sin ton ni son aparente (rock, country, jazz, folk, etc.), y artistas (unos ya más que asentados, otros que apenas acababan de iniciar su recorrido) que publicaron algunos de los mejores álbumes de su carrera.

Dado que un número considerable de los artistas más destacados de 1969 publicó más de un álbum en ese año, algunos de ellos lo suficientemente buenos como para entrar en cualquier lista (los Led Zeppelin se dieron a conocer con I y II en apenas nueve meses, sin ir más lejos) nos limitaremos a un LP por artista para ser justos. A continuación siguen veinte de los mejores álbumes de esta magnífica época, fundamental para entender el devenir del rock y de la música contemporánea en general:

The Band – The Band

Pocos grupos han logrado destilar la esencia de la música tradicional norteamericana más convincentemente que The Band. El año anterior ya publicaron Music From Big Pink, con el que dejaron bien claro que no solo eran el grupo que acompañaba a Dylan, sino una entidad aparte por derecho propio cuyo principal cometido era sacar a relucir los cimientos musicales de the old, weird America. Y es que The Band no sonaban como si pertenecieran a la década de los sesenta; al contrario, su música, como las fuentes de las que bebía (roots rock, folk, country y bluegrass), lograba ese rasgo de atemporalidad precisamente debido a su fundamento en la tradición. El álbum está repleto de tremendas canciones de casi todos los estilos, siendo su momento estrella la emocionante «The Night They Drove Old Dixie Down», quizá la mejor canción de la banda (asombrosa su versión en directo en The Last Waltz, el documental de Scorsese sobre su concierto de despedida). Al margen de las modas imperantes y fieles siempre a sus cimientos, con su segundo álbum The Band consiguieron su obra más cohesiva y la que mejor aunaba sus innumerables influencias. Realmente, la mayor innovación de estos cinco canadienses campestres fue sonar anticuados, cosa que les venía como guante en mano y que desempeñaban mejor que nadie.

The Beatles – Abbey Road

Escribir sobre Abbey Road posiblemente sea el colmo de la redundancia, ya que poco más se puede decir acerca de un disco de semejante estatura, un disco que parece haber vivido en el subconsciente público desde tiempo inmemorial. Sea como fuere, más de cuarenta años después Abbey Road permanece como el testimonio artístico más completo y realizado de los Fab Four, si no el definitivo. Desde «Come Together» o la bellísima «Something» a la hipnótica «I Want You (She’s So Heavy)» que culmina en esa espiral de repetición, pasando por «Oh! Darling», con esa desgarradora voz de McCartney, o «Because», reflejo perfecto de las melodías vocales de las que eran capaces y con la que consiguieron una de sus creaciones más directamente bellas, los de Liverpool están tremendamente a gusto y en plena forma. Incluso «Octopus’ Garden», compuesta y cantada por Ringo, tiene su gracia (en cualquier caso, es infinitamente superior a «Yellow Submarine»). Abbey Road culmina con ese maratoniano medley final de diecisiete minutos, una joya sin parangón que por sí sola lo hace merecedor de su estatus de clásico. Conforme suenan las últimas notas de «Her Majesty» la sensación agridulce, pese a todo lo anterior, es inevitable; el final de lo bueno, tristemente, se aproximaba. Pero los Beatles ya nos han dejado con un mensaje claro, y eso es lo que importa: the love you take is the love you make.

Bill Evans – Alone

Como su propio título indica, Bill Evans está solo: solo ante el mundo y solo ante el piano, sin compañía o acompañamiento de ninguna clase. Grabado a finales de 1968, con estas cinco versiones interpretadas por él mismo Bill Evans se muestra tal y como era a base de un jazz desnudo, sin adornos. Se trata de música reflexiva y nocturna (escuchen «A Midnight Mood», es puro sentimiento) con las perfectas improvisaciones de siempre (la preciosa «Never Let Me Go», de más de catorce minutos, es la más representativa en este sentido), y con esa delicadeza y belleza tan propias de Evans. Un disco perfecto para una mañana gris o un domingo de lluvia, y sin duda el más honesto y personal del genial compositor de «Waltz For Debby», capaz de crear poesía y de iluminar los recovecos más oscuros del alma con tan sólo ochenta y ocho teclas.

Bob Dylan – Nashville Skyline

Nashville Skyline dio a conocer a este Dylan peculiar y hasta entonces insólito. Cierto es que parte de su nueva faceta se pudo entrever en el anterior John Wesley Harding, pero fue con Nashville Skyline donde Dylan optó por finalmente abandonar su característica opacidad y letras de inspiración surrealista. En su lugar, se decantó, con una de sus enésimas (pero no últimas) transformaciones, por una nueva voz de crooner, lejos de su alarido nasal de «arena y pegamento» (como diría David Bowie), canciones tranquilas y melodías típicas del country. Con este disco Dylan se desencadena de todo tipo de mitologías, interpretaciones y especulaciones, y se nos ofrece en su versión más sencilla y casera, pero no por ello menos enriquecedora. El álbum es testigo del Zimmerman más juguetón, sin pretensiones elevadas, capaz de escribir canciones tan directamente románticas como «Lay, Lady Lay» o la brillante «To Be Alone With You», y de permitirse el lujo de un instrumental tan divertido como «Country Pie». Y, cómo no, imposible olvidar ese dueto inicial con Johnny Cash en la fantástica versión de «Girl From The North Country», en la que sus voces se solapan torpe pero milagrosamente. En fin, descartar este disco por no ser suficientemente dylaniano o por el mero hecho de no mostrar al Dylan «de verdad» sería un gran error. A fin de cuentas, el Dylan de verdad no existe; todos son mentira y, por tanto, igualmente válidos.

Creedence Clearwater Revival – Willy and the Poor Boys

En 1969 los Creedence eran una apisonadora imparable: en el momento álgido de su breve carrera y en la cima de su popularidad, no solo actuaron en el festival de Woodstock, sino que también publicaron Bayou Country, Green River y Willy and the Poor Boys, consiguiendo que los tres llegaran al Top 10 y de los cuales cuatro canciones fueron hit singles. Willy and the Poor Boys es el mejor en tanto que sintetiza las habilidades e influencias del grupo más logradamente. Aparte del archiconocido himno anti-Vietnam de «Fortunate Son», el álbum está repleto de enormes canciones, una tras otra, como «Down On The Corner», «Don’t Look Now» o sendas versiones de Lead Belly, «Cotton Fields» y «The Midnight Special». Los de CCR, liderados por un gran John Fogerty (una de las mejores y más genuinas voces de los sesenta) dan así rienda suelta a ese rock que sonaba tan auténtica e inconfundiblemente americano.

Frank Zappa – Hot Rats

Frank Zappa, camaleónico y prolífico como pocos, siempre se dedicó a hacer lo que le viniera en gana, haciendo caso omiso de las modas y sin tener mínimamente en cuenta lo que se pudiese pensar de él o de su trabajo. En Hot Rats da lugar a una especie de jazz rock esquizofrénico que elude todo posible encajonamiento: en su mayoría instrumental (salvo por los grotescos berridos de «Willy The Pimp»), el álbum consiste en cinco creaciones alocadas propias de un genio igualmente alocado, pero sobre todo, un músico totalmente brillante y sí, único en todos los sentidos. Por otra parte, Zappa demuestra de nuevo que fue uno de los guitarristas más infravalorados de su época (atención a la guitarra en «The Gumbo Variations»). Para el no iniciado en la inabarcable discografía de Zappa, probablemente se trate de su álbum más accesible (dentro de lo complejo que era Zappa), aparte de ser uno de los más célebres.

Johnny Cash – At San Quentin

Entre uno de los muchos momentos memorables de At San Quentin destaca el siguiente: poco antes de empezar con «I Walk The Line» a petición del público, Johnny Cash se dirige a ellos y dedica un gran fuck you al establishment: The show is being recorded and televised for England. They said ‘you gotta do this song, you gotta do that song, you gotta stand like this or act like this’… I just don’t get it man, you know… I’m here to do what you want me to and what I want to do. Es aquí donde vemos al Johnny Cash más reivindicativo y rebelde, de ahí que no sea casualidad que el concierto se celebrase en la cárcel de San Quentin. Ciertamente, a Cash estos ambientes no le eran extraños, pues el año anterior ya había publicado el directo de At Folsom Prison, también en California. En este disco destacan grandes interpretaciones de algunas de sus canciones más conocidas como «Ring of Fire», «Folsom Prison Blues» (I shot a man in Reno just to watch him die) y la cruelmente cómica «A Boy Named Sue», además de un dúo con su mujer, June Carter, en «Darlin’ Companion», o «Wanted Man», que había compuesto junto a Dylan ese mismo año en Nashville. Inolvidable también la canción sobre San Quentin, causante de tal entusiasmo entre los presidiarios asistentes (San Quentin, I hate every inch of you!), que Cash se vio obligado a repetirla inmediatamente después, logrando de nuevo el delirio colectivo. En suma, estamos ante uno de los directos más míticos de la historia, con un Johnny Cash entregado, carismático y en plena forma, un disco que contribuyó aún más si cabe a forjar su legendaria persona.

King Crimson – In the Court of the Crimson King

Con su debut los componentes de King Crimson despojaron al rock de todo elemento convencional y lograron el que, junto con Dark Side of the Moon, probablemente sea el disco más influyente de la historia del rock progresivo. El álbum vendió mal y las críticas, en el mejor de los casos, fueron ambivalentes; sin duda, se trata de una obra exigente y muy por delante de su tiempo, repleta de estructuras poco ortodoxas y largas canciones, mezclando instrumentación atípica con composiciones sinfónicas. Comenzando con «21st Century Schizoid Man», caótica, hiperactiva y con esos repentinos cambios de tempo perfectamente manejados, el disco sigue con «I Talk To The Wind», de psicodelia casi ambiental —solo de flauta incluido—, que lleva al oyente a un paisaje de ensueño sonoro, tranquilidad que resquebraja la abrumadora «Epitaph». Por su parte, «Moonchild», onírica y quizá demasiado dispersa, actúa como un alargado interludio para finalmente dar paso a «The Court Of The Crimson King», apabullante y grandiosa. En definitiva, In The Court Of The Crimson King fue quizá el álbum que dio un impulso definitivo a lo que hoy conocemos como rock progresivo y que tanta presencia tendría en la década siguiente, con Pink Floyd, Yes o Genesis como máximos artífices.

The Kinks – Arthur or the Fall of the British Empire

Inexplicablemente, Ray Davies y compañía nunca obtuvieron la fama o el reconocimiento que realmente merecieron durante su apogeo. Claro que The Kinks son conocidísimos y que se les considera como uno de los grupos más influyentes de la época, pero de algún modo siempre estuvieron a la sombra de sus coetáneos. Puede simplemente que se deba al hecho de que eran imposiblemente británicos, pero en todo caso es una lástima, porque The Kinks fueron durante la década de los sesenta y parte de los setenta uno de los grupos más consistentes y fiables. Entre la publicación de The Kinks Are The Village Green Preservation Society y Lola Versus Powerman and the Moneygorund, publicaron este álbum, en el que nuevamente plasman su particular visión del pop: ingeniosa, elegante y muy, muy inglesa. Se trata de un concept album que se suponía iba a ser la banda sonora para una serie televisiva que nunca acabó por ver la luz. De cualquier forma, The Kinks nos deleitan aquí con su genial y variada visión de la música, no exenta de crítica y de ácido comentario social.

Led Zeppelin – Led Zeppelin I

Led Zeppelin irrumpió a finales de los sesenta de manera explosiva. Su propuesta era aparentemente sencilla: desenterrar el blues de toda la vida y mezclarlo con dosis de hard rock. Si a dicha fórmula añadimos el guitarreo salvaje y los solos imposibles cortesía de Jimmy Page, los bajos potentes de John Paul Jones, los mazazos de batería gigántica de John Bonham y, finalmente, los alaridos de Robert Plant, la combinación se convierte en letal cuanto menos. Ya desde los acordes iniciales de «Good Times Bad Times» es palmario que estamos ante un disco grande en todos los sentidos, idea que confirma el folk de «Babe I’m Gonna Leave You»; «Dazed and Confused» está a la altura de su más que merecida reputación como una de las canciones más conocidas del grupo, bassline mítica incluida, y «Good Times Bad Times» contiene uno de los riffs más reconocibles jamás, rebullendo con urgencia; «You Shook Me» y «I Can’t Quit You Baby» son ejemplos de blues pantanoso del bueno; «Your Time Is Gonna Come», es un retrato de dulce venganza con una intro de órgano épica, mientras que «Black Mountain Side», el único número acústico, otorga una necesitada tranquilidad; y finalmente, en «How Many More Times» (junto con «The Ocean» una de las más cañeras e infravaloradas del grupo), los de Led Zep se explayan con eficacia, sin renunciar a los interludios psicodélicos y solos extendidos, para finalmente culminar en un crescendo fulgurante y bestial con el que concluyen un set casi perfecto de nueve canciones. Ya con su primer álbum Led Zeppelin se revelaron como la esencia del rock ‘n’ roll personificada y dieron un paso de gigante con el que marcarían toda una época.

Leonard Cohen – Songs From a Room

El segundo disco del poeta/cantautor canadiense siguió la estela marcada por su debut en tanto que mantuvo esa atmósfera desoladora y tristona que parecía siempre acompañar a Cohen, que con su voz lacónica y guitarra en mano nos devuelve a su peculiar mundo de bella desesperanza. Con ese maravilloso canto a la libertad que es «Bird On a Wire» construye una de las canciones más poéticas de su catálogo, iniciando así un álbum de un sutil misterio, gris y evocador, cuyo escaso acompañamiento contribuye a ahondar la sordidez y sensación de vacío del universo de Cohen. Ciertamente, Cohen nunca fue un buen cantante, pero su voz limitada es perfecta para sus canciones, cargadas de un lirismo elegante y altas dosis de seducción (como ejemplo, «The Partisan», con su precioso estribillo en francés, o la desgarradora «It Seems So Long Ago, Nancy»). Al contrario del debut, el disco contiene algunas canciones más optimistas y uptempo, como «Tonight Will Be Fine» o «Lady Midnight». Si bien puede que no sea el mejor de sus tres primeros álbumes (a este le seguiría el devastador Songs Of Love And Hate), es de nuevo una perfecta muestra del genio de este gran artista.

Miles Davis – In a Silent Way

Don’t play what’s there, play what’s not there. La cita en cuestión es del mismo Miles Davis, y en gran parte de su extensa obra se dedicó precisamente a eso: descubrir nuevos sonidos, sonidos que parecían nunca haber existido y que se sacaba de la chistera con la habilidad de un experto mago. Definir In a Silent Way en pocas palabras, pues, supone una ardua tarea, dado que la música esquiva (conscientemente) toda posible clasificación; el término más aproximado que se me ocurre es el de música liquida, ya que, a lo largo de sus casi cuarenta minutos, no hay nada fijo ni sólido en estas dos largas composiciones. Más bien al contrario: todo es huidizo y maleable, esquivo y disperso, pero de algún modo sigue ahí insistente y concentradamente, ejerciendo una misteriosa fascinación proveniente de quién sabe dónde. Miles Davis ya había por entonces abandonado definitivamente las normas del jazz y del hard-bop y desde hacía años venía decantándose por una visión innovadora y, a su vez, incomparablemente ecléctica. Una vez más, Miles Davis logra trascender las barreras no solo del jazz sino de la música en general con un álbum audaz y misterioso. Sin ser propiamente ni jazz ni rock, ni mera fusión, esto es música inclasificable y única, y seguramente a eso se deba la tremenda impresión que produce.

Nick Drake – Five Leaves Left

Five Leaves Left es un disco poblado de belleza y lirismo, el primer manifiesto de un artista precoz (tenía solo veintitrés años), que veía el mundo con una sabiduría y sensibilidad impropia de alguien de su edad. Perfecto en su ejecución de folk barroco y preciosista, el álbum contiene algunas de las composiciones más bellas de Nick Drake, desde la enigmática «River Man» a la deliciosa «The Thoughts of Mary Jane» o «Saturday Sun», emocionante y esperanzadora. Como es bien sabido, Nick Drake apenas gozó de éxito alguno en vida y sus directos fueron escasos, hechos que contribuyeron a deteriorar su ya de por sí atormentado estado mental. Sin embargo, con los años Nick Drake se ha convertido en algo más que un mero objeto de culto, convirtiéndose póstumamente en uno de los cantautores más reconocidos del siglo pasado. Nick Drake moriría un 25 de noviembre de 1974. A este disco le seguiría Bryter Later (1970) y su obra maestra final, Pink Moon (1972), constituyendo así una trilogía inmaculada para un artista que, lamentablemente, se nos fue demasiado joven.

Neil Young with Crazy Horse – Everybody Knows This Is Nowhere

Acompañado por los infalibles Crazy Horse, en su segundo álbum Neil Young dio un salto cualitativo considerable respecto al anterior. Hay momentos geniales como el solo monótono (literalmente, solo tiene una nota) de «Cinammon Girl», bestial en toda su simplicidad, mientras que las dos composiciones épicas de «Down by the River» y «Cowgirl in the Sand», que actúan como sólido sustento del álbum en su conjunto, muestran a un Neil Young sin miedo a los riesgos, y con clara inclinación a su vertiente más puramente rockera. Pero también hay tiempo para la reflexión y la calma, como se ve en la balada folky de «Round and Round (It Won’t Be Long)», mientras que «Everybody Knows This Is Nowhere» nos remite al pasado de Neil con Crosby, Stills and Nash y Buffalo Springfield. Un gran álbum que, si bien no alcanza las alturas de otros posteriores como After the Gold Rush u On the Beach, dejó claros rasgos del prometedor futuro que le aguardaba al célebre cantautor canadiense.

The Rolling Stones – Let It Bleed

De acuerdo, es obvio que Let It Bleed está sobrevalorado en líneas generales, pero hay motivo para ello: en concreto, la primera y última canciones, que son de lo mejorcito habido y por haber, sencillamente grandiosas. Efectivamente, comenzar con una canción tan arrolladora como «Gimme Shelter» no puede ser una mala señal, aunque es cierto que el resto del disco no está a la altura y que deja algo que desear. La magnífica «You Can’t Always Get What You Want» pone un glorioso broche final a uno de los más reconocidos discos de la banda británica, en el que además Keith Richards cantó por primera vez, en «You Got The Silver». Superado con creces por Beggars Banquet y los posteriores Sticky Fingers y Exile On Main Street, fue además el último álbum en que colaboró Brian Jones, fallecido el 3 de julio de 1969. Dos días después el grupo daría un concierto gratuito en el Hyde Park de Londres en honor a su líder original.

Scott Walker – Scott 4

Antes de convertirse en ese hombre siniestro y macabro de hoy día, constructor de pesadillas y agobiantes paranoias musicales (véase: Tilt, The Drift), en la década de los sesenta Scott Walker no era sino un apuesto jovenzuelo inglés, proveniente de The Walker Brothers, que con una voz única y portentosa dominaba a las mil maravillas un pop barroco y elegante, como si de un Jacques Brel anglosajón se tratara (de hecho, en sus tres álbumes anteriores hizo versiones de este traducidas al inglés). El mayor activo de Scott Walker era sin duda su tremenda voz: poseía un barítono portentoso, una voz potente y refinada que en Scott 4 actúa como cimiento de estas diez canciones, evidencia de un pop orquestal que queda retratado a la perfección en canciones como «The World’s Strongest Man» o «The Seventh Seal». Con esta última, en la que Walker narra la epopeya del caballero de la película homónima de Bergman, Walker abre el disco de forma espectacular y nos deja una de sus mejores canciones.

The Stooges – The Stooges

El primer álbum de The Stooges es un debut electrizante y visceral que, sin ser el mejor dentro de la corta carrera de la banda (Raw Power se lleva los honores), constituye un documento esencial para entender el rock tardío de los sesenta y la influencia que este tendría en el punk. No es más que rock tosco y primario, agresivo (genial el momento en que estalla la guitarra en «Ann» o el riff ominoso de «I Wanna Be Your Dog»), con el que Iggy Pop y compañía desatan su rabia y nihilismo existencial (como queda patente en «1969», que abre el disco: Another year with nothing to do). Sin miedo a cortar cabezas por el camino, The Stooges emplean guitarras salvajes y ritmos avasalladores bañándolo todo en un frenesí constante de distorsión y una actitud desafiante y alocada. La excesiva «We Will Fall» (con sus más de diez minutos de duración parece ser un mero capricho del productor John Cale) podría haber sido recortada y por desgracia rompe el ritmo de lo que por otra parte son ocho canciones que cumplen su propósito a la perfección.

Townes Van Zandt – Townes Van Zandt

Townes Van Zandt fue uno de los mejores cantautores del siglo pasado y, lamentablemente, también uno de los menos reconocidos. Van Zandt apenas gozó de popularidad en vida y su biografía está repleta de historias de drogadicción y alcoholismo, fantasmas que le acompañaron durante casi toda su vida y que tiñen sus letras de esa tristeza tan característicamente suya. Con escribir una canción tan preciosa como «Colorado Girl» ya le habría valido a cualquiera para pasar a la posteridad, pero la suerte nunca fue compañera del tejano. «For The Sake Of The Song» abre su disco homónimo, en el que exhibe su genial dominio del folk y del country con canciones intimistas y melancólicas en las que narra historias de pérdida y desamor. Con escasos arreglos y marcado todo ello por la voz del Van Zandt y su delicado fingerpicking, sus canciones, como la preciosa «I’ll Be Here in the Morning» o la atormentada «Waiting Around To Die» (Lots of booze and lots of ramblin’…), son honestas a más no poder. En ese mismo año también publicó otro de sus mejores discos, Our Mother the Mountain, que de nuevo plasma sus demonios más íntimos.

The Velvet Underground – The Velvet Underground

Tras The Velvet Underground & Nico y White Light/White Heat, los Velvet cogieron al mundo por sorpresa con la publicación su tercer álbum en apenas dos años. Y es que parecían haber aparcado su faceta más vanguardista, especialmente si tenemos en cuenta que la última canción de su disco anterior era esa bestia destructora de diecisiete minutos, la demoledora «Sister Ray». Es sorprendente ver cómo los primeros segundos de «Candy Says» no guardan relación alguna con su material anterior, sino que entroncan con el lado más suave e intimista del grupo. ¿Adónde han ido esos volcánicos noise freakouts? ¿Dónde queda la distorsión y las constantes referencias a drogas? En definitiva, The Velvet Underground muestra el lado más tierno y calmado de Lou Reed y compañía. Es un álbum sosegado y nocturno, con una belleza comedida, ritmos pausados y melodías contemplativas, como se ve en canciones como la preciosa «Pale Blue Eyes». Aún así, también hay espacio para su acostumbrada experimentación («The Murder Mystery»), y para canciones más puramente rockeras («What Goes On», «Beginning to See the Light»), aunque sin llegar a extremos. El disco acaba con la tierna y naïf «After Hours», cantada por Maureen Tucker, batería del grupo, con la que ponen final a un disco que, sin ser el más representativo en conjunto, probablemente sea el más sincero y humano compuesto por Lou Reed y compañía.

The Who – Tommy

Componer una obra de proporciones épicas sobre un niño sordo, mudo y ciego no siempre es sinónimo de éxito inmediato, pero tratándose de The Who la cosa cambia drásticamente (en su caso, con Tommy lograron vender más de veinte millones de copias en todo el mundo hasta la fecha). The Who cosecharon así la primera rock opera de la historia y, si bien es discutible que el producto final sea un éxito rotundo (Pete Townshend tendía a dejarse llevar en demasía por sus pretensiones artísticas, muchas de ellas desmesuradas), por su novedad, influencia e impacto es uno de los discos clave de la época. Además, contiene la genial «Pinball Wizard», que no es poco, pero en cualquier caso lo que distingue a Tommy es su valentía y ambición. Muchos dicen que en el fondo The Who siempre fueron un grupo de singles (afirmación que comparto en gran medida; eso sí, lo hacían mejor que nadie) y en cuanto a sus álbumes dobles me decanto por Quadrophenia. De todos modos, lo mejor de The Who aún estaba por llegar: tres años después alcanzarían su cima particular con Who’s Next.

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