Jordi Pérez Colomé: Otro mundo es posible, pero tú no estarás

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Redacción del New York Times en 1942 (CC)
Redacción del New York Times en 1942 (CC).

Nos gusta soñar un mundo mejor. Es un mundo que siempre fue —qué bien se estaba entonces o será llegarán tiempos mejores. Me dedico a un oficio donde veo a menudo estos discursos rollistas: tanto sobre periodismo como sobre otros ámbitos. Pero voy a hablar del que conozco mejor: con la crisis, el periodismo tiende a idealizar el pasado.

Hace poco leí un artículo de Carlos Elordi en eldiario.es: «¿Por qué lo que pasa en el mundo interesa cada vez menos?». El título implica que hubo una época en que interesaba más. En el artículo no hay ningún dato que lo respalde. Elordi da percepciones como esta (siento la cita larga, pero es una sola frase):

Lo que no se ha valorado suficientemente es que esos recortes han privado al periodismo de la capacidad de conocer directamente lo que ocurre y, por tanto, de informar, sin la intermediación de instancias casi siempre vinculadas a los círculos del poder occidental, que con sus consignas o interpretaciones interesadas suplen las tareas de profundización que antes realizaban con independencia los profesionales.

Hubo una época, dice Elordi, en la que los profesionales «sin recortes» conocían «directamente» lo que ocurría. Pero ahora solo lo hacen «instancias» interesadas, no sabemos cuáles. En aquellos años angelicales, el mundo interesaba más y se conocían mejor las trampas y trasfondos. Preguntaré al menos a mis padres a ver qué me dicen de las causas de Tiananmen y del Irán-Contra.

Los recortes en periodismo son evidentes. Pero en algunas capitales los corresponsales siguen aún con su trabajo y envían crónicas. Antes no sabíamos cuántos lectores de La Vanguardia leían toda la sección de internacional. Ahora en la web, sí. La Vanguardia tiene, según el Estudio General de Medios, setecientos cincuenta y dos mil lectores diarios. La crónica de la muerte de Mandela en su web la vieron veintidos mil. Los días siguientes, las crónicas sobre el funeral rondaban las dos mil y pico visitas —que no lecturas. ¿Quién impedía al periodista creer en 1995 que esas mismas crónicas internacionales las leían setecientas mil personas? No dice mucho en favor de nadie. Mejor callemos. La pregunta ¿por qué pasa? requeriría descorrer demasiados velos. Mejor no preguntar, pero al menos no busquemos edades doradas inexistentes.

Hay más ejemplos. Infolibre publicaba hace unos días «Reporteros de guerra, un oficio en extinción» y uno de los destacados era: «Reporteros denuncian la falta de voluntad de las empresas informativas y el desinterés de la opinión pública». ¿Cómo se combate ese desinterés? Es verdad que los medios dejan de invertir en internacional, pero no hay quejas en la calle.

Un análisis bastante visto sobre la muerte de Nelson Mandela fue de la periodista Sara Carbonero en Elle. Es fácil reírse, pero es menos fácil explicar el poco interés que despierta Mandela. A mí lo único que me decepciona es que Carbonero no distinga entre el punto y los puntos suspensivos.

En otro mundo, nos gustaría leer mejor información. En este, con decir en Twitter que nos gustaría ya basta.

*

Hace unas semanas publiqué un artículo donde animaba al director de El Mundo, Pedro J. Ramírez, a jubilarse. Su periódico debía cambiar no solo de piel, sino de algo más, sugería. ¿Cómo?, me preguntaron algunos. No sé cómo está estructurada la redacción ni qué talento hay. Seguro que más del que se intuye. Pero un periódico de la magnitud de El Mundo no puede decir solo «ahora se va a pagar también en web» y verlas venir. Hoy la competencia es distinta. Ya no vale publicar tres artículos especiales de ochenta. Es mejor tener solo veinticinco buenos. Internet no es lo mismo que bajar al kiosco y escoger una cabecera.

Me gustaría que la apuesta de la dirección fuera algo así:

No hay duda de que estamos en un tiempo de evolución rápida y a menudo temible para las compañías de medios que se especializan en escritura de calidad. Pero en medio de tantos cambios, vemos la oportunidad de tomar lo mejor de nuestra herencia y combinarlo con una sensibilidad digital que reconozca que un periodismo inteligente es más fuerte cuando es accesible y disfrutable.

Pero esto lo dice Chris Hughes, propietario de New Republic. El presidente de Unidad Editorial, editora de El Mundo, Antonio Fernández-Galiano, dice a El Confidencial: «A nadie que tenga dos dedos de frente se le ocurre pensar que es igual un mercado de dos mil millones que uno de seiscientos». El pastel se reduce y hay que resistir. Fernández-Galiano ve el fin de los problemas: «No hay mal que dure cien años y, afortunadamente, espero que hayamos llegado al fondo de esos deterioros». Además, 2014 es año de Mundial. Todos salvados y sin grandes sobresaltos.

Es una esperanza irreal, pero comprensible. En un mundo de nervios para sostener una empresa con cientos de trabajadores, las trincheras son una opción. Sin muchas exigencias con Mandela ni Siria, una solución es, por ejemplo, «Los diez mejores traseros de las famosas españolas» (con un anuncio que se dispara con audio y una galería con diez fotos que suman diez clics). También es lógico que ganar en visitas al segundo periódico español suponga una alegría tremenda. Pero diría que es pan para hoy. (Yo creo que hay más interés y oportunidades de lo que parece, aunque quizá no para sostener redacciones de cientos).

*

La responsabilidad de no tener medios con más ambición no está siempre en el mismo bando. No sirve de nada soñar con el pasado. Las exigencias de la sociedad con el periodismo cambian despacio. ¿Por qué un país que tiene a presidentes del gobierno o la alcaldesa de la capital que no saben inglés o donde la corrupción es criticada pero aceptada con resignación va a tener solo grandes profesionales en otros oficios? Hay buenos políticos, claro. Igual que hay buenos periodistas. Pero España no está para dar grandes ejemplos.

El problema no son por tanto solo los políticos y los periodistas. Son también los ciudadanos. Los alumnos que flaquean en Pisa luego son adultos. Las generaciones anteriores no tienen nada de qué presumir.

Otro mundo será posible, claro, pero despacio. Solo podremos dejarlo preparado.

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12 comentarios

  1. Pingback: El nuevo periodismo | Lucía Lara

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