Si quieres la vida, prepara la muerte

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otograma de Un asunto de mujeres.
Fotograma de Un asunto de mujeres.

Si vis pacem, para bellum

Cuando el marido de Isabelle Huppert, en Un asunto de mujeres (1988, Claude Chabrol), pregunta qué es lo que hace durante el día, a qué vienen esas visitas, tantas mujeres, algunas adineradas, otras no tanto; esta responde que se trata de un affaire de femmes. La ley del aborto, en cambio, parece ser un asunto de hombres, un asunto social, un asunto —casi— clerical. Pero no voy a empezar, digamos, desde arriba: volvamos a la película.

Francia está ocupada, años de la Segunda Guerra Mundial. La vecina de Marie Latour (Isabelle Huppert) quiere interrumpir su embarazo y le pide ayuda. Marie la ayuda, y pocos días después recibe su recompensa —un regalo sobre la mesa, en agradecimiento. A partir de aquel momento, entre violaciones y maridos en el frente, muchas mujeres requieren las atenciones de Marie, que no duda en prestar sus servicios: se convierte en una experta de abortos clandestinos, usando solamente una sonda. De diferentes clases sociales y niveles económicos, las mujeres se acercan a Marie, que ve estabilizarse su economía y su estatus. Aunque todas las clientas piensan que se trata de algo inmoral y desagradable, los motivos que tienen cada una de ellas son válidos para Marie, que no se cuestiona nada en absoluto. De la misma manera que la joven de Cuatro meses, tres semanas, un día (2007, Cristian Mungiu) tampoco se plantea si está bien o está mal; lo único que le preocupa es que no puede ser, que no debe, que no lo desea. Basta. No necesitan nada más. Ni siquiera si ha pasado el tiempo que delimita la vida de la no vida, el crimen del no crimen. Gabita quiere abortar en una Rumanía prohibitiva, y busca su propia Marie Latour: alguien que no pregunta, que le facilita las cosas.

Entonces, bien: ¿prohibir el aborto, restringirlo, limitar la libertad de la mujer, sirve para que se aborte menos? No: sirve para que se aborte peor. Si de lo que se trata es de ponerlo más difícil, lo único que se consigue es que sea más mortal. Ni las mujeres de la Francia ocupada ni las adolescentes de la Rumanía comunista se plantean tener un hijo, lo único que buscan es la manera de deshacerse de la maternidad cuanto antes, y lo peor: como sea. Dentro de ese como sea están las condiciones lamentables y poco higiénicas en las que la mujer aborta, dentro de ese como sea se contempla la muerte.

Las satisfacciones de abortar

Ahora, analicemos: ¿alguien desearía algo tanto como para morir?, ¿ese algo puede estar prohibido tratándose de un derecho?, ¿qué vida nos preocupa y hasta dónde?, ¿quién pone los límites de lo sagrado? Vayamos a los extremos, para después volver a la normalidad y ver que, en cuanto al aborto o la maternidad, hay una línea muy poco definida entre dramatismo y sensatez. Porque no estamos hablando de algo placentero por lo que morir en caso extremo: el aborto, no nos olvidemos, por favor es muy importante que no nos olvidemos, es desagradable para la mujer —de todo menos placentero.

El aborto, abortar, será siempre la última opción para la mujer. A veces, cuando escuchamos a los políticos o a los antiabortistas o a la Iglesia hablar del aborto, parece que están hablando de algo que la mujer desea hacer, es una prioridad. No se trata de que el sexo no esté bien visto y la mujer se salte las normas para disfrutar de su cuerpo. Se trata de acabar, también, con una parte de ti misma. ¿Por qué la mujer iba a estar dispuesta a morir en un aborto ilegal y clandestino, por algo que no le va a reportar ni una sola satisfacción? Ni una sola, garantizado. ¿Por qué la mujer se empeñará en poder abortar —hay que marcar muy bien el verbo, PODER, porque no implica obligación— cuando el aborto es desagradable incluso en las condiciones higiénicas y médicas más favorables? ¿No será, señor ministro, que la mujer tiene motivos suficientes para arriesgarse y tomar una decisión así? ¿No será, señor ministro, que la mujer no necesita ser violada para no desear un hijo que, lamentablemente, ya tiene dentro de sí?

Pero no nos centremos en las medidas legales y los ministros que las toman: el tema del aborto, a medida que se trata, se va ramificando, se estira y se deforma en cuanto intentas acotarlo —es inabarcable. Olvidemos, por un momento, que la mujer tiene razones de peso para querer desprenderse de un feto. Olvidemos que existe la sociedad laica que no necesariamente se guía por los preceptos de la Iglesia. Pongamos que todos pensamos igual, que la vida es absolutamente sagrada y en todos los casos debe ser una prioridad. ¿Qué ocurre con las mujeres violadas? Que pueden abortar. Y ahora, señor ministro, dígame, qué culpa tiene la mujer de ser violada, y también qué culpa tiene ese hijo de ser fruto de una violación. Si la vida es sagrada y nos saltamos la ley del hombre ante un acto tan despreciable como la violación, ¿por qué permitimos que un inocente muera en el vientre de una madre inocente? ¿No sería más honesto, según lo sagrado, dar a luz a ese hijo y entregárselo a quien no pueda tener hijos? ¿Por qué matarlo, según la medida con la que se determina cuándo sí y cuándo no la mujer puede abortar?

No hay respuesta.

Manifestación en Madrid el 20 de diciembre de 2013 contra la nueva ley del aborto. Foto: Gabriel Pecot / laif / Cordon Press.
Manifestación en Madrid el 20 de diciembre de 2013 contra la nueva ley del aborto. Foto: Gabriel Pecot / laif / Cordon Press.

Nos sobran los motivos

He dicho que no me iba a poner tremendista, así que voy a recurrir a otra película: Revolutionary Road (2008, Sam Mendes). Basada en la novela de Richard Yates, esta otra historia nos ofrece un distinto punto de vista —el de una situación límite familiar: April (Kate Winslet) no tiene la vida que soñaba tener, Frank (Leonardo di Caprio) es infeliz e infiel. Se han convertido en aquello de lo que huían y no se gustan: ni entre ellos ni individualmente. Viven acomodados en un barrio, con amigos acomodados en vidas acomodadas. Están desesperados, de esa desesperación que no se nota hasta que ha calado, de esa desesperación que muchos comprenden mejor que la Francia ocupada o la Rumanía comunista: la desesperación de vivir por debajo de las propias aspiraciones, un círculo vicioso por el que se avanza sin querer, asfixiante. Una desesperación silenciosa y, de todos modos, bastante soportable. Entonces, en estas condiciones aceptables pero decepcionantes, April se queda embarazada de un hijo que no desea, al que repudia, mientras Frank, que le ha sido infiel, la presiona para que confíe en él, en la familia, en la maternidad: en una felicidad que construirán, que no han sabido construir. Parece un caso extremo, pero no lo es tanto. Son dos personas que se han querido y que ya no se quieren, que no son felices pero lo fueron, que avanzan sin mucha convicción y que, por encima de todo, no desean un hijo que han concebido: podría no ser un dilema dentro de la inercia de tantas y tantas familias, pero sí lo es para April.

No todas las mujeres tienen a su marido en el frente ni son víctimas de un embarazo adolescente, ni tienen un feto con malformaciones, ni todas las mujeres corren riesgo de muerte si dan a luz: pero sí hay mujeres (señor ministro) que no quieren tener hijos, que no están preparadas, que no es el momento; sí hay mujeres que no necesitan un caso hipotético para tomar la decisión; sí hay mujeres que, aunque no lo parezca, toman la decisión desde la madurez y la franqueza. ¿Qué ocurre con ellas? ¿Qué ley las ampara, las protege?

De qué hablamos cuando hablamos de vida

¿Qué ocurre si el aborto no es legal, si es un crimen? En la mayoría de casos, que se abortará de todos modos pero se hará en condiciones lamentables. En el resto, que se tendrá un hijo que no se desea, que la madre no será madre, que el padre no será padre, que será una imposición, que todo partirá de una mala premisa. Italo Calvino, en una carta a Claudio Magris (que había hecho pública su opinión sobre el aborto y era contrario), dice: «Traer a un niño al mundo tiene sentido solo si el niño es deseado consciente y libremente por sus padres. Si no, se trata simplemente de comportamiento animal y criminal». ¿Es una exageración? No. Traer un niño al mundo, a un mundo como este, sin tener claras tus convicciones, sin desearlo y sin haberte concienciado de que es tu hijo y no un hijo del Estado, no tiene sentido —es antinatural. Cuando hablan de la vida, ¿a qué vida se refieren? ¿A la de un niño con malformaciones, retraso severo, dolores y operaciones? ¿A la vida de un niño al que sus padres no quisieron en un primer momento y al que acaban resignándose, aceptando como un mal empleo o un recorte en la nómina? ¿A la vida de una madre adolescente que no puede hacerse cargo? ¿A la vida de una familia rota que no ha podido acceder al aborto legalmente? ¿O a la vida, el velo, que nos encomienda la religión?

Nacer no es mérito de nadie, dar a luz no es nada —el aborto es esa marca. Las mujeres están preparadas biológicamente para dar a luz (con excepciones), pero no para ser madres. ¿Se trata de que la maternidad en España no esté bien vista, o de que laboral y socialmente la madre no dispone de privilegios? No: se trata de una mujer que no quiere tener un hijo y acaba teniéndolo, asumiendo las consecuencias no de una decisión, sino de una imposición. Lo que hace que una vida sea una vida no es el nacimiento, sino todo lo que viene después: el amor, la protección, el sacrificio de los que rodean a esa vida. Sin eso, el humano es menos humano, y todo es menos todo, y la vida es sólo un comportamiento animal.

Un asunto de hombres

Pero olvidemos todos los puntos anteriores y centrémonos en algo esencial: la ley del aborto es una vulneración al cuerpo de la mujer. A veces en las manifestaciones y en las pancartas feministas parece que se está simplificando y que la vida sea algo de lo que la mujer quiere apoderarse —se adueñan del cuerpo, del bombo, del mundo. No, es cierto que este es un asunto que nos afecta a todos, pero no nos olvidemos de que es la mujer quien, en caso de dar a luz o abortar, ofrece su cuerpo. Es cierto que hay maneras de evitar este punto, llegar tan lejos, pero ya estamos del otro lado: ya estamos del lado de la embarazada —el arrepentimiento, la balanza. Entonces, si es la mujer quien está expuesta en mayor medida, ¿por qué se toman estas decisiones al margen de ella?

Italo Calvino, lúcidamente, le habla a Claudio Magris de las diferencias, esas diferencias entre ser hombre o mujer, que lo cambian absolutamente todo:

También para cualquier hombre con conciencia cada aborto es dilema moral que deja una marca, pero ciertamente aquí el destino de una mujer se encuentra en una situación desproporcionada de desigualdad con el hombre, que cada hombre debería morderse la lengua tres veces antes de hablar de estas cosas. Justo en el momento en que intentamos hacer menos bárbara una situación en la cual la mujer está verdaderamente aterrada, un intelectual usa su autoridad para que esa mujer permanezca en este infierno.

Y sigue, sin pudor, hablándole con honestidad, con absoluto respeto por el cuerpo, la mente y la vida de la mujer: «me encantaría ver tu cara si te forzaran a una operación en la mugre y sin los recursos que hay en los hospitales». A mí también me encantaría ver a todos aquellos (y aquellas) que están a favor de esta ley prohibitiva, ver cómo afrontan una operación sin recursos: por eso, (señor ministro), si quieres la vida, y la quieres a cualquier precio, prepara también la muerte de las francesas de la Segunda Guerra Mundial, las rumanas en época comunista y ahora, también, la muerte de la española.

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106 comentarios

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