Wilhelm Steinitz, jaque mate a Dios

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Foto: Royalty-Free/Corbis.
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Más allá del mundillo del ajedrez probablemente se le asocia, si es que se piensa en él alguna vez, con los aspectos más trágicos de su vida: que murió prácticamente en la pobreza tras una vida marcada por desgracias personales y un grave trastorno mental que lo tuvo entrando y saliendo de instituciones psiquiátricas durante sus últimos tiempos. Quizá a algunos les suene la anécdota más famosa relacionada con él, cuando en alguno de sus momentos de locura afirmó que había jugado una partida de ajedrez contra Dios… y que le había hecho jaque mate.

Es cierto; su trayectoria vital fue novelesca, pero hay algo más importante que las deprimentes circunstancias de su declinar, incluso más importante que el haber lucido el título mundial. Steinitz fue el padre de la estrategia ajedrecística moderna. Como hicieron Isaac Newton y Albert Einstein en la física o Johann Sebastian Bach en la música, Steinitz fue capaz de captar la complejísima naturaleza de su disciplina, distinguiendo lo esencial en mitad de un caos de ideas inconexas. Resumió esa esencia en unos principios básicos —podemos llamarlos las leyes de Steinitz— y probablemente no existen adjetivos para glosar la magnitud intelectual de su aportación; si al ajedrez se lo llama el «juego-ciencia», quizá nadie fue más responsable de añadir la palabra «ciencia» a ese calificativo que Wilhem Steinitz.

Wilheln Steinitz, primer campeón mundial de ajedrez (Foto: DP)
Wilhelm Steinitz, primer campeón mundial de ajedrez (Foto: DP)

A mediados del siglo XIX los mejores ajedrecistas del mundo se parecían muy poco a los estudiosos profesionales de hoy. Eran un puñado de caballeros que se jactaban de practicar el ajedrez como un arte intuitivo. Generalmente muy cultos y a menudo —aunque no siempre— de posición acomodada, los tableros eran para ellos un noble hobby, no una profesión. Ni siquiera era una materia de estudio. Consideraban que una partida consistía en demostrar quién tenía un ingenio más afilado, una mayor capacidad para sorprender con jugadas visualmente brillantes, inesperadas y espectaculares. Estaba mejor visto perder una partida usando tácticas arriesgadas y vistosas que ganarla de manera excesivamente conservadora, algo considerado impropio y que ni siquiera pasaba por la mente de aquellos gentilhombres. Era lo que hoy conocemos como «ajedrez romántico»: dos rivales que prueban su imaginación sobre el tablero, jugando ambos al ataque y sin demasiada preocupación por la corrección matemática de sus jugadas. Y desde luego sin un trabajo de estudio teórico detrás. La teoría existente sobre el juego era por entonces escasa y arcaica. Es cierto que algunos grandes jugadores habían tratado de estudiar los principios del ajedrez ya desde la Edad Media. Por nombrar solamente a uno, durante el siglo XVIII el francés Philidor aplicó una visión sistemática propia de músico profesional al ajedrez, tratando de sintetizar ciertos principios generales. El más famoso de esos principios decía que «los peones son el alma del juego», algo que —en una de tantas coincidencias mágicas entre la evolución del ajedrez y la evolución de la sociedad— casi parecía anunciar una Revolución francesa en la que los peones, efectivamente, terminaron por cortarles la cabeza al rey y la reina del tablero. Pero principios como los de Philidor no eran lo suficientemente comprensivos como para crear todo un nuevo sistema de juego que desplazase a los duelos de ataques que dominaron el siglo XIX. La esencia misma del ajedrez estaba aún por destilar. El ajedrez romántico era en esencia un ajedrez asilvestrado.

El principal representante del juego romántico y uno de los más creativos genios de la historia de los tableros fue Adolf Anderssen, un modesto profesor de instituto que vivía con su madre y que tenía tan poca ambición que tuvo que ser descubierto para la competición por los pasatiempos ajedrecísticos que enviaba a algunas revistas. Los jugadores consagrados que se topaban con los ingeniosos pasatiempos de Anderssen se preguntaban quién demonios era aquel ignoto individuo que demostraba tanta imaginación y si sería capaz de jugar de manera brillante. Lo invitaron a participar en algún torneo y viéndolo jugar en directo no tardaron en darse cuenta de que tenían ante sí a un genio de magnitud inusitada, cuya fantasía ajedrecística no parecía tener límites. Así, surgido del más gris de los anonimatos, Anderssen empezó a batir a prácticamente todo el que se le ponía por delante. Eso sí, aparecía muy de tarde en tarde en los torneos importantes —que de todas formas eran bastante escasos por entonces— y si jugaba era porque le pagaban la estancia y además coincidía con sus vacaciones. Pero cuando aparecía, ¡ah, amigos! Anderssen era capaz de cualquier cosa. Su partida más famosa, la «Partida Inmortal», bastó por sí misma para hacerlo pasar a la historia: en solo veintitrés movimientos dio jaque mate al rival después de sacrificar medio tablero (un alfil, las dos torres y la dama) y dejar a su propio rey completamente indefenso. Tal fue el impacto de aquella partida en el mundo del ajedrez que desde entonces se bautiza así a la mejor o más asombrosa partida de muchos jugadores: la Inmortal de Kasparov, la Inmortal de Fischer, etc. Otra de las obras magnas de Anderssen fue la «Siempreviva», en la que sacrificó un caballo, una torre y la dama para poder dar otro jaque mate en solamente veinticuatro movimientos. Este tipo de alardes de fantasía ofensiva lo convirtieron en el ajedrecista a quien todos querían imitar en aquellos años.

Incluso emergiendo ocasionalmente de su rutinaria vida como profesor en un remoto pueblo centroeuropeo, Anderssen dominó el ajedrez durante bastante tiempo. Durante sus mejores años únicamente un rival pudo vencerle de manera convincente: el jovencísimo estadounidense Paul Morphy. Pero Morphy se retiró súbitamente a los veintiún años de edad, tras una fugaz carrera ajedrecística que duró solamente unos meses. Y jamás volvió a jugar. Pese a la brevedad de su carrera, Morphy fue unánimemente loado como el mejor jugador que había conocido el siglo XIX y el mismísimo Anderssen tuvo que admitir su superioridad. Pero Morphy era también considerado una anomalía. Su estilo —más equilibrado que el de Anderssen y hasta cierto punto inusual según los cánones de la época— era, se pensaba, el producto aislado de unas capacidades únicas, no un modelo a seguir por otros ajedrecistas que no fuesen él. Así que tras la súbita retirada de Morphy, Anderssen no solamente recuperó la corona y continuó siendo el hombre a batir, sino también el hombre a imitar. Continuaba dejando tras de sí partidas de una belleza pasmosa y en ausencia de Morphy tardó en surgir alguien a quien pudiese llamarse rival.

El genial Adolf Anderssen fue el rey de la imaginación sobre los tableros.
El genial Adolf Anderssen fue el rey de la imaginación sobre los tableros. (Foto: DP)

Pero la edad, lógicamente, tenía que pasarle factura y finalmente apareció un nuevo rey. Wilhelm Steinitz se convirtió en el mejor continuador del ajedrez de ataque de Anderssen. Tenía, como Anderssen, un origen más bien modesto —era el menor de los trece hijos de un ferretero—pero desde muy pequeño destacó por su aguda inteligencia. Estudió matemáticas, aunque su gran pasión era el ajedrez y durante su juventud empezó a destacar torneo tras torneo hasta que en 1866, al cumplir la treintena, pudo por fin enfrentarse al rey Anderssen, que por entonces se acercaba a los cincuenta años de edad. Steinitz ganó. Aquella victoria supuso un relevo en el trono, pero no un cambio de paradigma ajedrecístico. No todavía. Steinitz aún jugaba con el estilo de su época, esto es, básicamente como un Anderssen en versión más joven.

Al igual que durante sus mejores años Anderssen no había tenido rival (a excepción de Morphy), Steinitz también reinó sin apenas oposición. Parecía que nadie podía vencerle. Y también como Anderssen estuvo largas temporadas ausente de la gran competición, más centrado en intentar salir adelante como escritor de ajedrez en periódicos y revistas, o publicando ensayos. No era muy bueno manejando sus finanzas pero se honraba de pagar siempre sus deudas, por lo que inevitablemente nunca gozó de una buena posición económica. El trabajo como escritor le daba más y mejor de comer que la propia competición. Recordemos que la figura del ajedrecista profesional ni siquiera existía por entonces.

Además de sus constantes problemas monetarios, la gran espina que Steinitz tenía clavada era la ausencia de Paul Morphy. Aunque parezca extraño, esa ausencia le impedía lucir el título de «campeón mundial de ajedrez», título que oficialmente no existía pero que de manera extraoficial se le seguía atribuyendo al americano. Pensemos que cuando Steinitz ascendió al trono, con treinta años, Morphy tenía solamente veintinueve y al menos en teoría podía reaparecer en cualquier momento. Así que para casi todos Morphy seguía siendo el campeón in absentia, curioso paralelismo con lo que sucedería mucho más adelante cuando el también prematuramente retirado Bobby Fischer fue considerado por muchos campeón sin corona, amargándole los primeros años de reinado al pobre Anatoly Kárpov. Referirse a Steinitz como «campeón mundial» hubiese parecido casi un desaire hacia Morphy.

Y esto a Steinitz no le gustaba, pero por respeto a Morphy aceptaba la situación. Eso sí, era de las pocas situaciones que Steinitz aceptaba fácilmente. Físicamente no era un hombre imponente: robusto pero de muy corta estatura, caminaba cojeando y la verdad es que no resultaba muy impresionante. Pero su carácter era otra cosa. Poseía un ego descomunal, mucho mayor que el del joven Morphy o el maestro Anderssen. Y muy poca diplomacia o mano izquierda. Decía siempre lo que pensaba, sentase bien o no; en consecuencia tenía pocos amigos en el mundo del ajedrez y sí bastantes enemigos. Aunque a la hora de juzgar el juego de sus rivales solía ser bastante objetivo, en los aspectos personales podía mostrarse despiadado y cruel: pronto se hicieron célebres los vitriólicos ataques que lanzaba a diestro y siniestro, cual puñales, en sus artículos de ajedrez. A sus rivales, lógicamente, les fastidiaba su ego y su mal carácter, y a menudo con bastante razón proque Steinitz era presuntuoso y despectivo… aunque hay que admitir que algunas de sus ocurrencias eran tan geniales como insolentes. En una ocasión le preguntaron cuál pensaba que era el factor decisivo que le daba ventaja sobre los demás en un torneo. Ni corto ni perezoso, respondió: «mi principal ventaja al empezar un torneo es que soy el único que no ha de enfrentarse a Steinitz».

Durante un tiempo el principal aspirante a derrocar a Steinitz —y uno de los rivales con los que se llevaba a matar— fue el polaco-británico Johannes Zukertort, que había estudiado ajedrez con Anderssen. Como el austriaco pasó una buena temporada ajeno a la competición y no existía un campeonato mundial reglamentado, Zukertort tuvo que esperar varios años la oportunidad de intentar destronar al odiado Steinitz. En 1872 se enfrentaron finalmente, pero Steinitz le dio una auténtica paliza: +7-1=4 (esto es, siete partidas ganadas, una perdida y cuatro empates). Lo hizo jugando en el estilo típico de la época: ataque y más ataque, aunque quizá se intuían ya nuevos rasgos en su estrategia. De hecho, durante sus años de ausencia había estado estudiando el ajedrez como nadie lo había hecho antes en miles de años de historia. Algo había estado rumiándose en su cabeza. Algo muy grande, porque era básicamente toda una nueva forma de practicar aquel antiquísimo juego.

Steinitz había empezado a hacerse preguntas. Por ejemplo: si una partida de ajedrez era un mero duelo de ingenios atacantes, ¿por qué unos ataques funcionaban y otros no, siendo aparentemente igual de ingeniosos? ¿Por qué a veces los jugadores con el mayor talento ofensivo no lograban que sus ataques tuviesen éxito? Y, ¿por qué los jugadores que atacaban primero pero veían ese ataque frustrado solían después perder la partida? Observó que cuando un jugador montaba un buen ataque sus piezas parecían coordinarse perfectamente en función de ese ataque… pero desde el momento en que el ataque fallaba, esas mismas piezas aparecían repentinamente descoordinadas. Este repentino desorden tenía que responder a una lógica subyacente. Si una posición parece buena mientras se ataca pero deja de parecer tan buena cuando llegaba el momento de defenderse, es que quizá esa posición nunca había sido realmente buena.

Estudiando el sentido del equilibrio del retirado Morphy, pero también leyendo toda la teoría existente a su alcance y reflexionando mucho sobre el juego en sí, Steinitz pensó que una buena posición tenía que servir lo mismo para el ataque que para la defensa. Dedujo que la posición podía analizarse según determinadas leyes que todavía no habían sido enunciadas por nadie. Desde un punto de vista objetivo, pensó, el ajedrez no era una lucha de talentos como creían sus contemporáneos, sino una confrontación de dos estrategias. Dicho de otro modo: ya no había jugadores mejores o peores, sino estrategias mejores y peores. El jugador «menos talentoso» podía ganar a un jugador supuestamente superior si empleaba la estrategia correcta. Así, Steinitz desarrolló una nueva filosofía de juego, completamente opuesta al juego de ataque predominante con el que él mismo llevaba años reinando. Esa nueva filosofía podía expresarse en cierto número de principios. Por citar una fuente, David Hooper resumió algunos de los más importantes en su libro La teoría de Steinitz:

1. Al inicio de una partida las dos fuerzas están en equilibrio.
2. Un juego correcto en ambas partes mantiene el equilibrio y conduce inevitablemente al empate.
3. Por lo tanto, un jugador solamente puede ganar como consecuencia de un error del oponente. No existen «jugadas ganadoras».
4. En tanto que se mantenga el equilibrio, el ataque —sin importar cuán hábil sea— nunca puede tener éxito frente a una defensa correctamente ejecutada. Dicha defensa tarde o temprano forzará la retirada y reagrupamiento de las piezas atacantes, con lo que el jugador que hasta entonces atacaba sufrirá una inevitable desventaja.
5. Por lo tanto, ningún jugador debe iniciar el ataque hasta que haya obtenido previamente una ligera ventaja causada por un error del oponente, ventaja que justifique la decisión de atacar.
6. Así, al inicio de una partida el jugador no debe buscar un ataque inmediato. Lo que debe hacer es buscar alterar el equilibrio en su favor induciendo al oponente a cometer un error. Esto debe preceder a cualquier ataque.

De estos principios se deducía otro más universal: podía obtenerse la victoria no solamente mediante un ataque directo sino también mediante la acumulación continua de pequeñas ventajas producto de los errores del rival. Así, Wilhelm Steinitz acababa de crear el «estilo posicional». Esto es, la base del ajedrez moderno.

Blackburne: alcohólico, violento, rival ajedrecístico y enemigo visceral de Steinitz.
Blackburne: alcohólico, violento, rival ajedrecístico y enemigo visceral de Steinitz. (Foto: DP)

En su día esto era una idea revolucionaria, por no decir una blasfemia. Para el ajedrecista romántico el principal objetivo de la partida es dar jaque mate al rey rival, así que el ataque directo sobre el rey rival debería ser la fórmula de preferencia para obtener la victoria. Además de ser la manera más vistosa, ingeniosa y admirable de ganar, también parecía ser la más rápida. Pero las nuevas ideas de Steinitz relegaban el ataque a un segundo plano y defendían conceptos tan aberrantes en su tiempo como el que no existían jugadas ganadoras per se. Ahora lo importante era la armonía entre las piezas, estuviesen atacando o no. Desde luego no puede decirse que Steinitz se hubiera dormido en los laureles: pocas veces, si alguna, un campeón que domina una disciplina decide que necesita cambiar de estilo precisamente cuando está en lo mejor de su carrera. Los cambios de estilo suelen ser producto de las derrotas y de la necesidad de seguir siendo competitivo ante nuevos desafíos, pero Steinitz vio cómo su extraordinaria capacidad de análisis le obligaba a llegar a la sorprendente conclusión de que tenía que jugar a otra cosa, a un ajedrez revolucionario que ni siquiera existía aún. Así, se dispuso a contradecir el sensato dicho de «cuando algo funciona bien, no lo cambies».

El escenario que eligió para poner a prueba el nuevo estilo no pudo ser más delicado. En 1873, solo unos meses después de haber vencido a Zukertort, Steinitz acudió al gran torneo de Viena, donde estarían varios de los principales nombres del momento. No iba a participar Zukertort, pero sí Anderssen, los británicos Blackburne y Bird, el polaco-francés Rosenthal y el alemán Paulsen. Completaban el plantel diversos maestros austrohúngaros de menor entidad. El torneo constaría de rondas entre todos los participantes, que se decidirían al mejor de tres partidas y Steinitz era el gran favorito, seguido de Blackburne (el gran Anderssen, como decíamos, era ya muy veterano y afrontaba el declive de su carrera).

La primera ronda no fue una sorpresa. Sabiéndose superior a un poco renombrado rival, Steinitz se impuso fácilmente con el estilo atacante de siempre. En la segunda ronda se las vio con Blackburne, quien además de ser la nueva estrella en alza era también su gran enemigo ajedrecístico y personal (un poco más adelante veremos hasta qué punto de mala sangre llegaba la enemistad entre ambos). Steinitz decidió que era momento de empezar a aplicar sus nuevos principios, pero quizá no estaba completamente seguro de su efectividad porque lo hizo de manera dubitativa. Un brillante Blackburne refutó rápidamente lo que los observadores percibieron como un juego timorato de Steinitz. Dos victorias para Blackburne y un empate certificaban el tropiezo. ¿Estaba Blackburne en condiciones de destronar al imbatible austriaco? Aquella segunda ronda puso en entredicho la superioridad de Steinitz. Todo el mundo entendió que había jugado de manera extrañamente ramplona, sin atacar y sin buscar la victoria con su ímpetu habitual. Nadie entendía lo que estaba pretendiendo hacer y muchos atribuyeron ese juego conservador al miedo a perder. Y aunque en las siguientes dos rondas Steinitz se deshizo de sendos jugadores inferiores, no consiguió despejar las dudas.

El siguiente rival importante del torneo fue Rosenthal. Para asombro de muchos, Steinitz volvió a emplear aquellas aburridas maniobras posicionales que no parecían conducir a ninguna parte. Pero esta vez algo cambió, porque Steinitz se sentía más seguro con el nuevo estilo. Rosenthal, en cambio, se mostró completamente desconcertado cuando sus ataques al mejor estilo romántico se antojaron precipitados e inútiles frente al «aburrido» pero efectivo orden impuesto por Steinitz. Pese a las derrotas iniciales con Blackburne, el ajedrez posicional de Steinitz estaba empezando a resultar incontestable.

Sus siguientes rivales tomaron buena nota. Los ajedrecistas no se caracterizan por ser gente poco inteligente y les resultó obvio que Steinitz estaba jugando de aquella manera por una buena razón, no simplemente por miedo a perder. Paulsen, por ejemplo, intentó adaptarse a las maniobras posicionales… pero sin ningún éxito, hasta el punto de que Steinitz se permitió atacar abiertamente en la segunda partida entre ambos, venciendo de manera convincente. El motivo era sencillo: Steinitz conocía las leyes del ajedrez posicional, unas leyes descubiertas por él, y Paulsen estaba moviéndose en terreno desconocido. Luego llegó el momento de jugar contra Anderssen y el viejo maestro también fue lo bastante perspicaz como para entender que Steinitz había hallado la manera de poner en práctica otro estilo de juego menos ofensivo pero tanto o más eficaz. Supo que Steinitz estaba agazapándose a la espera de errores en el ataque rival. Anderssen, como Paulsen, también intentó adaptarse renunciando a su característica agresividad y permitiendo que Steinitz simplificase el juego, pero también se metió en un terreno donde Stenitz tenía las ideas mucho más claras. Anderssen perdió de manera incontestable, si bien sabemos que ya había dejado atrás lo mejor de su carrera. A su edad ya no estaba en condiciones de hacer frente a las nuevas teorías. Pero, para ser justos, ni Anderssen ni nadie, porque desde aquel instante el torneo se convirtió en un festival Steinitz: todos los siguientes rivales fueron cayendo, uno por uno. El mejor jugador del mundo, que había recuperado la confianza en sí mismo, consiguió nada menos que ¡catorce victorias consecutivas! Las cuales forman parte de una racha de veinticinco victorias seguidas que todavía hoy es una marca imbatida (en 1971, casi cien años después, Bobby Fischer llegó a las veinte victorias contra rivales de primer nivel) y que seguramente lo será por siempre.

Eso sí, también Blackburne había hecho un torneo excelente, por lo que ambos quedaron empatados a puntos en el primer lugar de la tabla. Como había que decidir el título, jugaron otra ronda extra. Pero Steinitz ya había superado los titubeos iniciales, ahora confiaba ciegamente en el nuevo estilo posicional que tenía a todo el mundo atónito y se mantuvo fiel a esos principios: posicionar sus piezas y no atacar si no se daban las condiciones para ello. Blackburne, en cambio, siguió jugando como jugaban todos por entonces… y esta vez fracasó. Steinitz ganó las dos partidas del desempate —aumentando su racha de victorias a dieciséis consecutivas— y se llevó el trofeo a su casa. La victoria de Steinitz en Viena fue un shock. No porque ganase, ya que todo el mundo lo consideraba el mejor jugador en activo desde hacía años, sino por cómo lo había hecho, jugando de aquella manera tan distinta a su propia naturaleza y al estilo de la época. Esto hacía que los cerebros de muchos entrasen en cortocircuito. ¿Qué estaba pasando? ¿Cómo era aquello posible?

Dado que Steinitz tenía tantos enemigos, muchos criticaron ácidamente su nuevo estilo sin importar que le hubiese reportado la mayor racha de victorias nunca vista en el ajedrez de alto nivel. Para algunos, era como si estuviese desvirtuando la nobleza del ajedrez, reduciendo la vistosa pelea de ingenios a una mera cuestión de aburridas matemáticas. Y Blackburne era uno de sus más ácidos críticos. El británico, con su juego imaginativo, seguía siendo uno de los grandes favoritos de los aficionados, mientras que poca gente había entendido el repentino giro de Steinitz hacia una estrategia poco arriesgada. Pero entre Blackburne y Steinitz existía algo más que una lucha de estilos: protagonizaban una rivalidad muy agria que venía de tiempo atrás y que estaba plagada de feos incidentes. El inglés era un tipo temperamental, pendenciero y por lo visto bastante propenso a perder el control cuando bebía (y bebía mucho, hasta se decía que en algún torneo ¡le habían pagado directamente con whisky!), lo cual lo hacía especialmente temible dada su gran fuerza física. En el mundillo del ajedrez se crearon dos bandos, con una mayoría en contra del antipático Steinitz, a quien apodaban «Quasimodo». Sirva como ejemplo esta cita en una revista de ajedrez de la época: «Otra razón por la que no seguimos el consejo de algunos amigos de tratar a Quasimodo con silencioso desdén es que él mismo no es lo bastante caritativo como para esperarlo de aquellos a los que constantemente maltrata». Es decir, incluso había quienes veían bien que Blackburne se pusiera violento con Steinitz, aunque solo fuerse para aplacar su inmenso ego. Todavía más ilustrativa es la respuesta que el propio Steinitz publicó para desmentir o matizar algunas afirmaciones del anterior artículo, dándonos una buena perspectiva de hasta qué punto estaba emponzoñada la relación entre dos de los mejores jugadores del mundo:

Aquí está mi versión. (…) En una ocasión en Pursell’s, sobre 1867, tuvimos una disputa y Blackburne me dio de lleno con el puño en el ojo, que quedó completamente negro, y bien podía haberme noqueado. Y aunque él es un hombre muy fuerte, tiene prácticamente el doble de mi tamaño y podría haberme matado con unos pocos golpes, me enorgullezco de decir que tuve el coraje de intentar escupirle a la cara. Y me gustaría haber dado en la diana. En una segunda ocasión, en París, ocupábamos habitaciones contiguas en el mismo hotel. Yo ya estaba desvestido y me había metido en la cama cuando él vino completamente borracho y empezó a montar bronca. Tras unas palabras, se tiró sobre mí y me pegó en la cara y en los ojos con toda su fuerza, una docena de veces, hasta que mis sábanas y mi ropa de dormir estaban cubiertas de sangre. Pero finalmente tuve la fortuna de liberarme de él y rompí la ventana con su cabeza, lo que le hizo despabilar un poco. (…) Y puedo decirte más, que este valiente Blackburne, cuyos asaltos pugilísticos quiere usted glorificar a mis expensas, nunca ha atacado a un hombre de su misma estatura que yo sepa, excepto aquella vez en un barco durante su viaje a Australia, por lo que fue multado en los juzgados nada más poner pie en Melbourne.

Así estaban las cosas en el mundo del ajedrez en la década de 1870. Por un lado, los arrebatos violentos de Blackburne. Por otro, el menosprecio de Steinitz hacia las capacidades de sus rivales. Palizas, escupitajos, ventanas rotas con la cabeza del otro… el ambiente no podía ser más envenenado.

Después de la consagración del nuevo estilo posicional en Viena, Steinitz siguió centrándose en sus tareas como escritor de ajedrez y casi no participó en grandes competiciones. En 1876 se organizó un match contra Blackburne para decidir de una vez por todas quién era el mejor (ambos ya se habían enfrentado antes y Steinitz había ganado dos matches, aunque podía aducirse que se habían producido cuando Blackburne aún no estaba en su mejor momento). No hubo competencia. Steinitz seguía en estado de gracia, jugando el mejor ajedrez de su carrera —por más que su nuevo estilo siguiera siendo mayoritariamente incomprendido— y el match arrojó un resultado antológico: +7-0=0 para el austriaco. Blackburne no pudo obtener ni siquiera unas tablas. Para que nos hagamos una idea de la magnitud de la paliza, semejante resultado no se ha vuelto a repetir entre grandes maestros excepto dos veces en 1970 (o sea casi cien años después) cuando Bobby Fischer le hizo sendos +6-0=0 a Mark Taimanov y Bent Larsen en las eliminatorias para el campeonato del mundo. Es decir: lo de 1876 supuso una humillación sin paliativos para Blackburne. Aquello, claro, avinagró todavía más la nefasta relación entre ambos.

Tras otro hiato competitivo, Steinitz retornó en 1882, una vez más en el torneo de Viena, donde se llevó la primera plaza pese a perder su aura de invencibilidad. Allí cosechó varias derrotas inesperadas contra rivales teóricamente inferiores. Quizá es que a sus cuarenta y siete años estaba afrontando el inicio del declive, como le había sucedido a Anderssen más o menos a la misma edad. Sea como fuere, seguía siendo el rey y esto era muy meritorio.

A pesar de haber jugado solamente unos meses, para muchos Morphy fue el mejor hasta su muerte.
A pesar de haber jugado solamente unos meses, para muchos Morphy fue el mejor hasta su muerte. (Foto: DP)

Pero incluso tras haber despedazado a Blackburne continuaban las comparaciones desfavorables con Paul Morphy. Algo muy llamativo, dado que en 1882 Morphy llevaba la friolera de veinticinco años retirado y el reinado de Steinitz duraba ya tres lustros en los que nadie le había ganado un match. Aun así, el nombre de Morphy seguía en boca de todos. Steinitz era muy consciente de que no podía luchar contra la aureola legendaria del estadounidense. Tampoco lo intentó. Como todos los demás ajedrecistas del mundo, sentía hacia Morphy una admiración rayana en la adoración religiosa y, de hecho, el que Morphy continuase vivo era la única razón que lo había moderado a la hora de empeñarse en que su condición de campeón mundial se hiciera oficial. Seguir considerando a Morphy como campeón era casi una cuestión de tradición, especialmente sabiendo que el estadounidense llevaba años descendiendo por una espiral de triste decadencia personal y lo único que los ajedrecistas y aficionados podían hacer por él era mantener vigente el recuerdo de sus pasadas glorias.

Steinitz quería conocer personalmente a Morphy, pero no era tarea fácil. El americano permanecía en su casa de Nueva Orleans, casi completamente aislado del mundo, rechazando las visitas y el contacto social. Las noticias sobre su estado emocional no eran alentadoras. En sus más de veinticinco años de retiro no había hecho el más mínimo amago de retornar a los tableros, ni había escrito comentarios sobre ajedrez, ni nada de nada. Huraño, huidizo y paranoico, todo el mundo decía que Morphy —entonces considerado uno de los mayores genios intelectuales del siglo XIX— presentaba claros síntomas de trastorno mental. Aun así, se organizó un encuentro gracias a las antiguas amistades de Morphy, quienes confiaban quizá en que una entrevista con Steinitz podría remover cosas en su interior. Morphy, educado con maneras prácticamente aristocráticas, aceptó recibir a Steinitz… pero puso la condición previa de que no se hablase de ajedrez en su presencia. Así pues, la entrevista fue breve y Morphy ni siquiera se dignó comentar el nuevo estilo que Steinitz estaba imponiendo en el mundo de las sesenta y cuatro casillas. Si el austriaco albergaba alguna esperanza de que el gran icono estadounidense tuviese un gesto de aprobación y reconocimiento por su revolucionaria aportación al ajedrez, se quedó con las ganas. Por lo que sabemos, el diálogo discurrió por cauces más bien convencionales, duró apenas minutos y a Steinitz le sirvió poco más que para decir que había podido conocer personalmente al genio a tiempo. Porque Paul Morphy murió un año después.

La muerte de Morphy cambió las cosas. Steinitz se sintió finalmente legitimado para reclamar oficialmente el título de campeón. Zukertort, que había vuelto a desplazar a Blackburne como principal aspirante, sería el rival en lo que —ahora sí— iba a convertirse en el primer campeonato mundial oficial de ajedrez, celebrado en 1886. Steinitz venció de manera convincente (+10-5=5) y por fin se convirtió en el primero de la lista de campeones mundiales. Así que todo le iba de maravilla.

Pero tras conseguir (o confirmar, según se mire) el título mundial, empezaron a llegar las desgracias personales. En 1888 murió su única hija, que apenas tenía veinte años de edad. Cuatro años más tarde murió su mujer. Durante aquel funesto periodo no participó en torneos, aunque sí defendió su título tres veces; dos frente al ruso Mijail Tchigorin, y una frente al anglo-húngaro Isidor Gunsberg. Ganó los tres enfrentamientos pero ya se percibía una mayor igualdad entre el antaño intocable Steinitz y los nuevos aspirantes, una señal de que con el tiempo, inevitablemente, jugadores más jóvenes empezaban a alcanzar su nivel. Sus nuevas leyes del ajedrez habían sido estudiadas y adoptadas por una nueva generación de ajedrecistas y el propio Steinitz admitió que esto era un proceso lógico e irremediable. Incluso parecía sentirse orgulloso de pensar que tarde o temprano sería derrotado por alguien que estaría empleando sus mismas ideas revolucionarias. Y ese alguien fue el alemán Emmanuel Lasker, quien en 1894 le arrebató finalmente el título. Steinitz, a los cincuenta y ocho años de edad, perdía por primera vez en su vida un encuentro importante.

Encajó peor de lo previsto la pérdida de la corona. No tuvo inconveniente en reconocer su estado de ánimo ante un periodista: «Estoy verdaderamente destrozado». El ajedrez había sido su refugio frente a una existencia repleta de sinsabores emocionales y económicos, pero ahora no solo era derrotado en la vida, sino también sobre el tablero. En 1897 trató de recuperar esa corona en una revancha contra Lasker en Moscú pero el tiempo, efectivamente, no perdonaba: Lasker le barrió por +2-10=5. El estado mental del antiguo campeón se vino abajo. Poco después de aquella segunda derrota, algunos periódicos publicaban un inquietante titular: «Campeonato de ajedrez: Steinitz seriamente enfermo». Las noticias sobre una severa crisis psicológica empezaron a circular velozmente. En efecto, Steinitz fue internado durante cuarenta días en una institución mental moscovita. Aunque al salir dijo amargamente que aquel internamiento había sido «injusto» y que su único problema era haber estado «nervioso por el resultado del encuentro», cuesta creer que en el mundillo del ajedrez se permitiese el internamiento en una celda psiquiátrica de semejante campeón por un simple ataque de nervios. Y más teniendo en cuenta lque el genial Paul Morphy había pasado sus últimos años sumido en la paranoia, haciendo que la gente y la prensa estableciesen una relación falsa entre talento para el juego y locura, relación que molestaba mucho a los ajedrecistas. No había manera de maquillar lo que le estaba sucediendo a Wilhem Steinitz: si lo habían internado era porque realmente había perdido el control. Incluso el cónsul estadounidense en Moscú —Steinitz se había mudado a América y se había nacionalizado estadounidense— tuvo que echar una mano para reducirlo durante su arrebato de locura, por lo que el furibundo excampeón juró venganza… aunque por fortuna nunca llegó a hacerle nada al diplomático.

Tras la muerte de Steinitz, el nuevo campeón Lasker reconoció su importancia como padre del ajedrez moderno.
Tras la muerte de Steinitz, el nuevo campeón Lasker reconoció su importancia como padre del ajedrez moderno. (Foto: DP)

Su estado mental empeoraba progresivamente y pronto ni siquiera él podía pretender disimularlo con la excusa de los nervios o la ansiedad. Estaba mentalmente enfermo, esto era un hecho. No están del todo claras las causas. Tras la trágica pérdida de su primera familia había rehecho su vida, volviéndose a casar y teniendo otros dos hijos, así que había dado muestras de ser un hombre fuerte. Pero los síntomas de depresión causados por la derrota parecían exagerados, más en un hombre acostumbrado a bregar con constantes problemas económicos, a ser el blanco de muchos odios en el enrarecido ambiente de una competición repleta de enemigos y sobre todo a superar una amarga existencia personal plagada de sinsabores. Así que esos síntomas debieron de ser no tanto una consecuencia de la derrota como él pensaba, sino una mera coincidencia con la aparición de una enfermedad sobrevenida. A menudo se dice que sus problemas pudieron estas provocados por la sífilis. Es posible. Lo único seguro es que había empezado a perder el contacto con la realidad.

La anécdota de su imaginaria partida contra Dios es un buen ejemplo de ello. Steinitz, como otros muchos hombres cultos de su época, creía en cosas que hoy nos parecen meras elucubraciones mágicas pero que a finales del XIX no resultaban descabelladas ni siquiera entre personas inteligentes y educadas. Por ejemplo, la idea de que la electricidad pudiese servir para contactar con esferas extraterrenales compuestas no de materia física sino de puras ondas electromagnéticas, incluyendo quizá la posibilidad de contactar con el propio Dios. Una idea entonces en boga por el intento de desarrollo de la telefonía sin hilos, en el que el propio Steinitz se había puesto a trabajar una vez decidió retirarse de la competición.

Así pues, la idea de comunicarse con Dios mediante el electromagnetismo era una hipótesis que lógicamente no estaba comprobada pero que resultaba relativamente razonable. El problema era que el viejo campeón empezó a ir más allá de la hipótesis. Afirmaba que podía telefonear a cualquier persona a voluntad, sin necesidad de cables… ni de teléfono. Incluso hizo «demostraciones» de aquellass supuestas capacidades telepáticas ante sus amigos, que lo contemplaban con un más que comprensible encogimiento de corazón. El genial Steinitz iba perdiendo la cabeza por momentos y pasaba horas enteras encerrado a solas en una habitación, intentando comunicarse telepáticamente con conocidos suyos de Europa. Todo esto explica que Steinitz pudiese llegar a creer que podía comunicarse directamente con Dios. Y si se comunicaba con Dios, qué menos que desafiarlo a una partida de ajedrez. Y si jugaba al ajedrez contra Dios, qué menos que darle ventaja de peón… al fin y al cabo él era Wilhem Steinitz, el hombre que había creado las nuevas leyes del ajedrez. Así pues, por lo que cuentan quienes lo conocían, Steinitz creyó haberle dado jaque mate al mismísimo Creador. Quizá fuese aquel delirio uno de sus últimos momentos felices.Porque la cuesta abajo era ya imparable.

Su última crisis grave se produjo después de que la imprenta devolviese una tirada de uno de sus libros. Steinitz llevaba mucho tiempo padeciendo apuros económicos y resultaba lógico que se sintiera disgustado, pero la reacción al contratiempo fue tan desmesurada que quienes lo rodeaban se vieron completamente incapaces de tranquilizarlo y recurrieron de nuevo al internamiento. Volvió a pasar una temporada encerrado, esta vez en un sanatorio estadounidense. Fue finalmente dado de alta, pero ya no existía salvación posible: solamente aguantó dos semanas en casa antes de que tuvieran que internarlo de nuevo. El primer campeón mundial de ajedrez pasó sus últimos días en el Manhattan State Hospital, como un paciente más de aquellos que tenían pocos recursos. Allí murió el 12 de abril de 1900.

Podemos suponer que más allá de su imaginación, Steinitz nunca jugó al ajedrez con Dios. Pero sí sabemos que ideó toda una serie de principios cuya certeza y belleza poco tienen que envidiar a los propios principios de la creación. Sí, tal vez Dios creó el universo… pero se le olvidó legarnos unas leyes universales del ajedrez. Tuvo que ser Wilhelm Steinitz quien nos las diese en su lugar, así que el pobre campeón no iba tan desencaminado en sus últimos y trastornados días. Él hizo algo que Dios no había hecho. Da igual que aquella fantástica partida nunca se hubiese celebrado. Por lo que al mundo de los tableros respecta, el marcador está bien claro: Steinitz 1, Dios 0.

SteinitzHz

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21 comentarios

  1. Pingback: Wilhelm Steinitz, jaque mate a Dios

  2. Aquí hay un biopic estupendo.

  3. Sergio Zimnik

    Después de releerlo un par de veces sólo puedo decir que lo releeré otro par más.

  4. Espero tus artículos como agua de Mayo. Muchas gracias y enhorabuena.
    Un pregunta. ¿Conocéis buenas películas sobre ajedrez? No entiendo como personajes como éstos (Morphy, Steinitz) o relaciones como Capablanca/Alekhine no tienen una buena película.

  5. Buen artículo, ¿para cuándo una nueva entrega de Fischer?

    • Eso, eso, que nos tienes abandonados. Nos has dejado colgados con Nube Roja y con Fischer una buena temporada.

      • Miguel Arvizu

        Ya lo habia comentado antes en el articulo de E.J. sobre el nuevo campeon Magnus Carlsen:

        «Yo tambien espero la siguiente entrega de Fischer pero consideren esto; cuando Fischer logro ser campeon se recluyo y guardo silencio por 20 años. No creo que E.J. nos haga esperar tanto pero si que la espera ya ha sido larga y nos da una pequeña muestra de lo que Fischer hizo sentir a toda una generacion, una gran desesperacion de que no se enfrentara a Karpov y perdiera el titulo pero peor aun el negarnos mas obras de arte ajedrecisticas».

        Aqui solo quisiera agregar que uno puede facilmente adivinar de la serie de articulos sobre Fischer que E.J. siente una gran admiracion por Bobby y no dudo que le resulte complicado y hasta doloroso abordar la parte mas peliaguda de la vida del genio de Brooklyn.

  6. Javier

    El artículo es realmente sensacional, me ha encantado como todos los que escribe este autor sobre ajedrez. Ojalá llegue pronto la continuación del de Fisher

  7. Roi RIbera

    Gran artículo, como siempre.

  8. menta verde

    Gracias por un estupendo artículo

  9. Steinitz fue el único campeón mundial que no eludió a ningún aspirante que le retó. Su revolucionario concepto del juego posicional fue similar a la evolución de la caballería napoleónica a la guerra de trincheras, y todo en apenas diez años. Interpretó como nadie las partidas de Morphy y dedujo que su brillantez se basaba en la armonía, no en deslumbrantes ataques surgidos de la nada. Y se despidió con una asombrosa partida ante Bardeleben, en el mítico torneo de Hastings de 1895, una obra maestra de ataque y combinación donde quiso recordar a todos su fabulosa capacidad de cálculo. Fue el jugador más admirado por Fischer, y uno de los reyes indiscutibles del ajedrez. Gran artículo.

  10. Juan C.

    Los artículos de ajedrez de E.J.Rodriguez son de lo mejor de Jot Down. Fantástico artículo. Felicidades.

  11. toni Chacel

    Excepcional!! Si no lo comento reviento. Fantástico!

  12. Tatlez

    E.J ¿Para cuándo el artículo sobre Tal? ¿Para cuándo? Vamos, hay que hablar de Tal. Por cierto, muy buen artículo, como los demás sobre ajedrez.

  13. Diego Leandro

    Excelente, qué bueno sería un artículo como este para cada uno de los campeones mundiales….

  14. Efrain Andrade

    Ser una luminaria en lo que te gusta hacer, y a la vez ser exclavo de lo que gozas hacer…que ironía.

  15. Otro que murió a los 64 años (tantos como escaques tiene el damero).

  16. Pingback: Otro campeón de ajedrez | Los juegos son cultura

  17. Alberto

    Fantástico articulo, acabo de encontrarlo y me ha enganchado. Felicidades y por favor ¡mas entregas¡

  18. Rinozeronte

    Un texto buenísimo. Buena documentación, un tema más que interesante y un estilo sencillo y biográfico muy conseguido. Solo una tontería: en el párrafo de al lado de la foto de Lasker, se ha colado un «estas», en vez de «estar».

  19. Tremendo, felicitaciones Sr. Rodríguez

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