
Me encantan los enamorados de El triunfo de la Muerte. Los frescos altomedievales de la danza de la muerte están muy bien, pero hay que decir que Brueghel lo borda. Ese cuadro está lleno de detalles fantásticos. Pero a mí me encantan los enamorados del rincón.
Ellos van a lo suyo. Sin enterarse de nada. Todo es muerte y destrucción a su alrededor y ellos ni se inmutan. No sabemos si Brueghel estuvo alguna vez enamorado (aunque podemos suponer que sí). En cualquier caso enamorados como los de su cuadro hay en todas partes y en todas las épocas. Y todos nos hemos sentido así alguna vez: invencibles, poderosos, únicos, en un mundo aparte, protegidos de las inmundicias de la vida y de todo mal por obra y gracia de esa energía tan potente, ese chute de optimismo tan inesperado que trae eso que llamamos «amor». Y la Muerte nos mira burlona y por un momento parece que se va a apiadar de nosotros, que nos va a dejar en paz, que va a respetar nuestra felicidad. ¡Y una mierda! De eso nada, nos vamos a joder como todos, y de un plumazo. En el día del Juicio Final, seremos pasto de las llamas del infierno. Como todos. Pieter Brueghel nos mira a los ojos y nos avisa, nos amenaza, nos despierta a lo bestia. Pero nosotros queremos seguir cantando y soñando, y besándonos y amándonos, y cerrando bien fuerte los ojos, a ver si la muerte pasa de largo.
Nicolás II y su amada esposa Alejandra son los enamorados de El triunfo de la Muerte. Ellos también se creían superiores, invencibles, poderosos y únicos. Pero a diferencia del resto de los mortales, su delirio no era fruto de un pasajero subidón de endorfinas sino el resultado de una educación machacona y perfectamente aceptada por todo el mundo. Ellos eran el emperador y la emperatriz, eran los elegidos de Dios, eran los soberanos absolutos de su mundo. Tan capaces de nombrar santo a quien se les antojara como de mandar a la muerte a diez millones de personas por un caprichito tonto: poder pasar los veranos en un palacio de Estambul, pero no de invitados del sultán, que eso no mola, sino de dueños y señores de todo lo que veían sus ojos. Se puede pensar que no tenían bastantes palacios para pasar el verano, pero no, tenían de sobra…
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Ya que vamos de atención a los detalles, atención al mostacho que se gasta la señora de blanco de la izquierda de la última foto. Ni el Kaíser Guillermo.
¿Es que todo el mundo tenía que ser tan jodidamente feo en tiempos pretéritos?
No es que todo el mundo fuera jodidamente feo…. Es que entonces no había cámaras de 20 megapixels, ni photosop, ni rayos uva, ni cremas milagorsas.
Lo que ocurre hoy, es que todo el mundo parece asquerosamente guapo, cuando son iguales de feos que los prsonajes de la foto.
De eso nada, porque yo soy guapo de cojones.
Te quiero
El cuadro no es de El Bosco, es de Pieter Brueghel el Viejo
Pingback: Primero los cabrones, luego los necios…
Me gustaría decirle al autor de este artículo, Alfonso Vila Francés, que estoy bastante seguro de que El triunfo de la muerte (obra de la que se dice repetidamente que fue pintada por El Bosco) es realmente de Pieter Bruegel el Viejo.
Quizás no estaría de más cambiarlo si confirmáis mis sospechas.
Un saludo
¿Seguro que no lo pintó José María Beà…?
«…era un hombre de poca inteligencia, espíritu ruin, rastrero, honestidad dudosa, inepto y sin la menor idea de los asuntos de Estado».
Coño, clavaito a un gallego que a veces se nos aparece a través de una tele de plasma :O
Jaja, total… seguro que aquel también era registrador de la propiedad, por obra y gracia de dios.
Sí, sí, es cierto, había puesto El Bosco. Un fallo inexplicable, la verdad, porque he visto ese cuadro cientos de veces, pero son cosas que pasan. Por suerte ya está solucionado. Gracias a todos y perdón por el fallo…
Sinceramente … ¡Gran artículo! … sin más.
Cada nuevo artículo de Alfonso Vila me parece mejor, su prosa te lleva de un personaje a otro sin darte cuenta, con una naturalidad que pone de manifiesto su capacidad narrativa y para remate, la lectura del texto se hace amena e interesante. Felicidades .
¿En manos de quién estamos? Casi mejor no saberlo…
Hombre, los frescos sobre el tema de la muerte son más bien bajomedievales…
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la verdadera salvación ante la muerte y la destrucción no es el enamoramiento, sino el arte.