Touch, metadona para los huérfanos de Michael Landon

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Foto: Fox
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Ahora que aprieta el calor y —al menos las personas de sangre mediterránea— tenemos más bien pocas ganas de pensar, es buen momento para repasar algunos entretenimientos ligeros de esos que se pueden ver en vacaciones sin temor a perdernos algún capítulo. Aquí tenemos una serie que probablemente activará algunos resortes entre quienes vivieron los años ochenta; un programa que fue cancelado después de solamente dos temporadas, pero que aun así puede servir como agradable ruidillo de fondo para la siesta o como pretexto para consumir palomitas durante las horas más inclementes de la canícula, como comentábamos con The Last Ship. Yo he decidido darle una oportunidad aprovechando que las altas temperaturas me tienen el cerebro derretido, y les cuento mis impresiones.

Kiefer Sutherland se ha hecho internacionalmente famoso interpretando al duro policía Jack Bauer en la exitosísima serie 24, pero aquí se mete en la piel de un personaje muy distinto, porque hablamos de una serie radicalmente diferente. Martin, su personaje, es un atribulado viudo que intenta sacar adelante a su hijo Jake, de once años, autista en grado severo. Jake no habla, aparentemente no escucha, no parece mantener ataduras emocionales con nadie, ni siquiera con su padre, y no muestra jamás signos de emoción alguna excepto súbitos ataques de rabia y ansiedad cuando alguien se atreve a tocarle. Está obsesionado con los números y se pasa el día anotando interminables secuencias de cifras en una libreta o en cualquier cosa que tenga a mano. Pues bien, un buen día Martin descubre que esos números que tanto obsesionan a su hijo parecen encerrar un mensaje, que son la manera en que el pequeño Jake trata de comunicarse. Es más; descubre que esos mensajes parecen adivinatorios, anticipando inexplicablemente hechos que están por suceder. Cuando Martin comienza a seguir la pista de esos números, termina inmiscuyéndose directa o indirectamente en la vida de varias personas, solucionando mágicamente sus problemas como si estuviese escrito que él va a ser una herramienta del destino. Dado que esta es la única manera que tiene de comunicarse con su hijo, Martin decide aceptar que su misión en la vida va a ser la de ayudar a los demás en función de lo que dicten los misteriosos y proféticos mensajes de Jake.

Desde ese momento, cada episodio de la serie adopta un esquema similar: Martin sigue las pistas numéricas proporcionadas por el pequeño hasta solucionar situaciones de lo más diverso en la existencia de varios desconocidos. Este esquema me ha recordado mucho al de antiguas series de los ochenta particularmente aquella entretenida y sentimental Quantum Leap, en la que el protagonista viajaba por el tiempo una y otra vez, condenado a ejercer como restituidor del karma en vidas ajenas y solucionando la vida de un desconocido en cada nuevo capítulo. Como en aquella, Touch prima el elemento melodramático y sentimental por sobre la trama de ciencia-ficción, y en algunos momentos lo fuerza tanto que casi creeríamos estar viendo Autopista hacia el cielo. Aunque admito que esta ocasional sobrecarga de sentimentalismo puede fastidiarnos a algunos, es bastante posible que otros la disfruten. En todo caso no sería el único problema del guión, que en ocasiones fuerza demasiado el «salto de fe» que debe dar el espectador para encontrar verosímil la trama. Puedo admitir que Touch es relativamente entretenida dentro de sus repetitivos esquemas; o mejor dicho, que aburrirá a algunos mientras que para otros, imagino, resultará suficientemente satisfactoria como divertimento ligero en el que no haya que pensar demasiado y donde se pueda recurrir de vez en cuando a la caja de pañuelos de papel. Para gustos, colores. Pero tendremos la sensación continua de que faltan unos buenos cimientos, de que nos hallamos ante una fábula moralizante y por momentos gratuita, más que ante una historia de ciencia-ficción o fantasía bien construida. Como decíamos, el espíritu de Michael Landon llega a planear ocasionalmente sobre Touch, y esto no era del todo deseable. Es decir: Landon era bueno haciendo lo que hacía, eso no lo niega nadie, y de ahí el enorme éxito que cosechó durante el último tramo de su carrera. Pero otra cosa muy distinta es que aquello que Landon hacía siga estando vigente en pleno 2014, cuando nos estamos acostumbrando a que los dramas televisivos trasciendan el cuento bienintencionado para toda la familia. En pleno 2014 cuesta mucho más identificarse con este tipo de melodrama lacrimógeno que en los años ochenta, donde el drama televisivo adulto era generalmente más inocentón. Los espectadores nos hemos acostumbrado a un tratamiento menos naif de las historias, de los personajes y de las relaciones entre ellos, hasta el punto de que hoy resulta bastante más difícil hacer que nos interesemos por una pura fábula. De hecho, Touch arrancó con muy buenas audiencias producto de una gran expectación, pero fue perdiendo público rápidamente a lo largo de sus dos únicas temporadas, hasta que la cadena Fox decidió cancelarla.

Todo esto no significa que la serie no contenga momentos apreciables o que los misterios planteados carezcan por completo de interés. Siempre que uno no pida demasiada coherencia argumental, el enigma del niño autista que parece conocer los secretos del universo funciona bien a ciertos niveles. Cuando el melodrama lacrimógeno o directamente cursilón no está reinando en pantalla, podemos llegar a contemplar secuencias y giros dignos de cierta atención… aunque por desgracia van escaseando cada vez más. Las interpretaciones son correctas, Kiefer Sutherland está bien en un papel tan alejado del estereotipo de Jack Buer, y el niño que interpreta a su hijo autista es un inquietante acierto de casting. Los secundarios también cumplen, por lo general. La cinematografía, sin ser descollante, es correcta. Y el ritmo, hay que decir, es casi siempre muy bueno. Como producto artesanal hace gala de un considerable oficio. El problema es que falla su parte artística.

Conociendo y aceptando sus defectos, Touch, insisto, puede servir como pasatiempos ligero siempre que bajemos nuestras expectativas a niveles de sesteo canicular. A algunos les mantendrá atentos a la pantalla. A otros, probablemente la mayoría, les parecerá una buena idea tristemente arruinada por un tono equivocado. Y otros más directamente les producirá sarpullidos, náuseas, subidas de azúcar y dolor de cabeza. Pero lo dicho: si no quiere usted calentarse las neuronas durante las horas de la digestión y lo que necesita es algo con lo que quemar minutos antes de zambullirse en la playa o en la piscina, podría darle una pequeña oportunidad a esto. Comprobará que es un planteamiento interesante echado a perder y que es la clase de serie que se ve y se olvida. Pero durante el verano no siempre estamos lo suficientemente centrados para ver las mejores series del momento. Es decir, si todavía no ha visto la descomunal Fargo, por ejemplo, sepa que se está perdiendo algo grande. Aunque yo la reservaría para el otoño/invierno, como las rebequitas, y dedicaría el verano a relajarme echándole un vistazo a series fallidas pero que nos permitan pensar, mientras saltamos de ola en ola, cómo la podrían haber hecho mejor. Y lo dicho, si es usted adicto al melodrama azucarado y cursilón, ¡no se la pierda! Podrá grabarla y guardarla junto a sus queridos DVD (eso que ahora llaman deuvedés los Michael Landon de la ortografía) de La casa de la pradera y Heidi.

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4 Comentarios

  1. Es un puto rollo además de que el infante tiene una mala follá importante. ¡Menuda «pedrá» tiene el niño en el ojo! ¡Vamos, que vas viendo el truño y te va poniendo de un nervioso – el nene – que no sabes cómo el Kiefer Shuterland no le da puerta pegándole esquinazo.

  2. «Early edition» quizás sería otro referente. Cambién el gato por el niño y los «numericos» por el diario, y zas, ya tienen la misma trama.

  3. No lamento haber pasado ampliamente de Autopista Hacia El Cielo, algo que no pude hacer con La Casa De La Pradera, que nos la metían con calzador eucarístico entre las banderas ajedrezadas de la salida y la llegada de la F1, pero que podían interrumpir por causa mayor, como ocurrió con el accidente de Lauda, y por tanto había que tragársela sí o sí, o te perdías lo más fuerte si, como yo, tenías adicción las carreras de coches (o, para ser sinceros, de las minifaldas de las modelos con paraguas que se paraban sonrientes junto a ellos al empezar). Así que no puedo hablar de la autopista hacia el truño, pero sí que Touch y Believe siguen el esquema de El Fujitivo: alguien que huye mientras busca algo y en cada capítulo soluciona los problemas de quienes se encuentra. Siendo muy correctas y entretenidas ambas adolecen de sacarosa, es cierto, por eso no me atrevo a revisar la serie de David Janssen, no sea que me encuentre con el mismo problema en una serie que me tenía cogido por los cataplines. En cualquier caso pienso que se trata más bien de un problema de la industria del entretenimiento norteamericana, en la que es posible que ni se salve The Wire (o quizá sí, no sé). Sí, vi El Fujitivo… y Los Invasores; no me importa revelar mi edad.

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