La lucha contra las barbas: una perspectiva histórica

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Imagen: Cortesía de beardtoken.

Les confesaré una cosa: no me gustan las barbas. Nada. Ni un poquito. Tranquilos, no se asusten, no se vayan tan rápido. Soy tolerante en lo que a una descuidada barbita de tres días se refiere. Lo que no soporto es la invasión de las barbas tupidas, de semanas, ¡meses incluso! a la que nos vemos sometidos últimamente. Pueden imaginarse que con la fiebre barbuda que coloniza nuestra sociedad de un tiempo a esta parte, por la cual se ha negado a las mujeres el derecho a conocer el rostro de quien las corteja, mi postura no es especialmente popular. Barbas con flores, artículos sobre por qué enamorarse de un hombre con barba, material y más material online sobre cómo cuidar, recortar, acicalar y mantener perfecto el peludo accesorio nos acechan por todas partes, y aquellos felices años en los que la imagen del hombre atractivo incluía siempre un perfecto afeitado se alejan tristemente hacia el pasado.

Dadas las circunstancias, parece que la lucha contra la invasión velluda podría ser propia de unos cuantos pognófobos exaltados (pognofobia: persistente, anormal e injustificado miedo a las barbas). ¿Pero y si les digo que nombres tan importantes para la historia como pudieron serlo Alejandro Magno, Enrique VIII de Inglaterra, o el zar Pedro I el Grande fueron también simbarbistas, y gobernaron en consecuencia? Les invito a hacer conmigo un repaso de la historia y a conocer a quienes pusieron su granito de arena por conseguir una sociedad afeitada.

Comencemos nuestro recorrido por la cuna de nuestra civilización: la antigua Grecia. Pero antes de observar directamente a sus habitantes, hagamos un pequeño rodeo para ver qué encontramos por el Olimpo. Es cierto, Zeus era quien manejaba el cotarro y poseía sin duda una frondosa barba. ¿Pero se pararían ustedes ante una estatua suya, salivando ante su abrumador atractivo? Quiero pensar que no. ¿Y si les hago esta misma pregunta, pero sustituyendo a Zeus por Apolo? ¿A qué entonces cambian las cosas? Díganme ahora… Este tal Apolo, ¿lleva barba? Exacto. El dios de la belleza masculina de la antigua Grecia lucía un perfecto afeitado. Y ahora, dejemos tranquilos a los dioses para volver al mundo terrenal.

La barba era común en la sociedad griega, donde su existencia se consideraba un símbolo de sabiduría, y su ausencia una señal de afeminamiento. Los grandes sabios y filósofos de la época solían llevar largas barbas, y en ocasiones, se utilizaba el afeitado como castigo para los delincuentes, al ser este visto como una forma de humillación. Las tornas comenzaron a cambiar ante la aparición del primer simbarbista de la historia: el gran conquistador Alejandro Magno. El soberano macedonio, a quien al contrario que a sus antecesores siempre vemos representado afeitado, fue entre muchas otras cosas el fundador del simbarbismo, al hacer que todo su ejército se armase… de navajas de afeitar. Alejandro consideraba que el vello facial podía poner a sus soldados en situación de desventaja en las batallas, ya que si sus enemigos tiraban de sus barbas en pleno combate cuerpo a cuerpo esto distraería la atención del combatiente, y podría ser aprovechado para asestar un golpe mortal. Espero que si usted está leyendo esto mientras se atusa la barba, corra raudo y veloz a su proveedor de cuchillas de afeitar más cercano. Recuerde: es por su seguridad, estar afeitado no solo le hará más guapo, sino que alargará su vida.

Caricatura del Siglo XVII, sobre el impuesto de llevar la barba. (DP)
Caricatura del Siglo XVII, sobre el impuesto de llevar la barba. (DP)

Existen muchas similitudes entre la cultura griega y la romana, pero precisamente las barbas fueron uno de los símbolos que los habitantes del Imperio romano utilizaron para diferenciarse, y es que en Roma el hecho de ir afeitado pronto se convirtió en un signo de ser ciudadano romano y no griego. Esto no fue así desde el principio, sino que debemos agradecer tal cambio a Publius Cornelius Scipio Aemilianus Africanus (Escipión el Joven para sus amigos), conocido por haber sido elegido cónsul por aclamación pese a ser demasiado joven según la legalidad vigente que las leyes duerman por esta noche», se dijo entonces), y por haber llevado a cabo la conquista de Cartago. Su verdadero legado para la historia, sin embargo, no es otro que el de haber sido en el siglo II a.C. el primer cónsul que se afeitaba a navaja a diario. Pronto se impuso la sensatez, y Escipión no hizo sino crear una tendencia que duraría siglos, hasta que el emperador Adriano (casualmente un tipo tirando a feo cuya cara estaba repleta de cicatrices), que gobernó el Imperio entre el 117 y el 138 , decidió volver a la barba, imponiendo con esto una nueva moda que permanecería durante casi dos siglos. Señal de que los romanos eran simbarbistas de corazón es la anécdota que nos cuenta que, cuando el senador M. Livius volvió a Roma tras años retirado de la ciudad, solo fue autorizado a entrar en el Senado cuando se hubo librado de su aspecto poco higiénico y, por supuesto, de su barba.

Uno de los argumentos más repetidos por los amantes de las barbas hoy en día, es que el vello facial contribuye a dar a quien lo porta un aspecto más masculino que si llevase el rostro al descubierto. Sin embargo, en la sociedad romana se sostenía todo lo contrario, siendo tradición el que los adolescentes dejasen crecer su barba hasta el momento de proclamar su entrada en la edad adulta. El pelo recortado era entonces ofrecido a los dioses, y el nuevo afeitado se interpretaba como un símbolo de masculinidad. En esta línea está también la tribu germánica de los Catti, cuyos jóvenes no estaban autorizados a afeitarse hasta haber matado a su primer enemigo y ser verdaderos adultos.

Recapitulando: la ausencia de barba aumenta la esperanza de vida, hace que los hombres sean más apuestos, da un aspecto limpio y, es además, señal de masculinidad.

Es hora de avanzar en el tiempo hasta la Inglaterra del siglo XVI, y concretamente hasta la corte de Enrique VIII. El monarca inglés ha pasado a la historia por haberse casado con hasta seis mujeres, separando la Iglesia anglicana de la católica de Roma por el camino. Sin embargo, los libros de historia tienden a olvidar que fue el primer soberano en establecer un impuesto sobre las barbas. Ya en 1447 Enrique VI había impuesto la prohibición de los bigotes, decretando el afeitado obligatorio del labio superior al menos una vez cada dos semanas, pero no sabemos si esta ley aplicaba al resto del vello facial. Es en 1535 cuando Enrique VIII, pese a ser portador de una frondosa barba, establece una sumptuary law por la cual se imponía una sanción monetaria a los ciudadanos que se negaran a afeitarse. Esta ley seguirá vigente hasta ser derogada en el año 1560, ya durante el reinado de Isabel I, aunque se desconocen los motivos por los que dejó de aplicarse.

El impuesto más famoso que conocemos en contra de las barbas se estableció en la Rusia de principios del siglo XVIII. Su artífice fue el zar Pedro I, el Grande, quien se ganó este sobrenombre no solo por su altura (medía dos metros y cuatro centímetros), o por haber occidentalizado en gran medida su país durante su zarato, sino sobre todo por la expansión de la cultura simbarbista a lo largo y ancho de su imperio. En 1697, el soberano ruso emprendió un viaje de incógnito por Europa con el objetivo de buscar aliados contra el Imperio otomano. Su empresa como tal fue un fracaso, ya que los países del oeste europeo estaban por aquel entonces entretenidos con la Guerra de Sucesión española, y tampoco les convenía renunciar a la paz establecida con el sultán otomano. Sin embargo, el viaje fue fructífero ya que propició que el Zar entrase en contacto con las más avanzadas costumbres occidentales, entre las que se contaba, cómo no, el afeitado regular. Así, a su regreso, ordenó a toda su corte afeitarse sus largas barbas, para que tuvieran un aspecto más europeo. Esta medida fue aceptada en su mayoría sin protestas, salvo por parte de los boyardos, que estaban al parecer muy orgullosos de ir por la vida con felpudos en la cara. Entra así en vigor el primer impuesto simbarbista del zarato, que gravaba con cien rublos anuales a los boyardos que quisieran guardar sus barbas.

En 1705, Pedro decide ir más lejos, y exige que todos los hombres se afeiten y se vistan de modo occidental. Esto disgusta profundamente a un grupo de fieles tradicionalistas, más conocidos como los viejos creyentes, que comienzan a referirse a él como «Pedro Belzebubovich»: Pedro, hijo del diablo, y se niegan a afeitarse. Lejos de echarse hacia atrás, Pedro comienza a poner en práctica una serie de medidas para quitar poder a la Iglesia ortodoxa, lo que enfada aún más a los viejos creyentes. Tras años de disputas, en 1722 se establece finalmente un impuesto anual para todo aquel que quisiese continuar llevando barba; que obligaba además a quienes lo pagasen a llevar un medallón con la inscripción «las barbas son ornamentos ridículos».

Medallón simbarbista. Imagen: Cortesía de beardtoken.com
Medallón simbarbista. Imagen: Cortesía de beardtoken.com

Nos acercamos ya hacia nuestros días, y al evento que supuso la democratización del afeitado: la invención a finales del siglo XIX de la maquinilla de afeitar por King Camp Gillette. Hasta entonces, los hombres que deseaban afeitarse debían hacerlo utilizando navajas, lo cual requería especial destreza y podía provocar más cortes de los deseados. En el año 1901 se crea la American Safety Razor Company (posteriormente Gillette Safety Razor Company) y se comienzan a popularizar las primeras maquinillas. Durante la Primera Guerra Mundial, el ejército americano llega a comprar hasta tres millones y medio de maquinillas, y treinta y dos millones de cuchillas de afeitar. A partir de este momento, asistimos a grandes campañas de marketing que promocionan la imagen del hombre afeitado, y las barbas descienden en popularidad, comenzando a relacionarse solo con sectas y grupos marginales. Héroes de películas, grandes estrellas, políticos y otros referentes de la sociedad lucían un perfecto afeitado. La sociedad había visto la luz.

Casi un siglo más tarde, y pese a la irrupción de grandes avances como el acero inoxidable o las cuchillas de hoja múltiple en el mercado de las maquinillas, las barbas amenazan con volver. Pero estemos tranquilos. Siempre habrá un simbarbista esperando para luchar contra las tinieblas de la Oscuridad Velluda.

Patente de la maquinilla de afeitar. (DP)
Patente de la maquinilla de afeitar. (DP)

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