Arte y Letras Literatura

Inencontrables, la literatura en el margen: Notas al pie

Ilustración de Pablo Amargo. notas al pie
Ilustración de Pablo Amargo.

Notas al pie
Secundino Gurriarán
Imprenta Municipal, Écija, 1990, IV tomos.

Hasta que Richard Grondorsky, catedrático emérito de la Universidad de Maine, publica en el año 2005 un artículo —que él llama paper— en la revista de la universidad, Notas al pie, más que una obra de fuste descomunal, es considerada una broma literaria. Publicada en 1990 en Écija, lugar donde Gurriarán ejerce como notario durante más de treinta años, en una edición de doscientos ejemplares que costea él mismo en la imprenta municipal, la única referencia de esta obra colosal en cuatro volúmenes, de este ejercicio literario entre lo abisal y lo descabellado, es una reseña aparecida en Citas, el suplemento literario del Diario de Jerez, a cargo de Juan Bonilla y José Mateos. Y, dada la dificultad de acceso al original y, sobre todo, al espíritu entre gamberro y juguetón —si es que no son la misma cosa— de los autores de la reseña y directores del suplemento, todo el mundo piensa que se trata de un invento suyo; el tono hiperbólico en la loa al libro y las propias características del proyecto de Gurriarán rematan el equívoco hasta despejar toda duda.

Gurriarán, hijo de notario y padre de notario, premio extraordinario de licenciatura y número uno de su promoción, encuentra en Écija, su primer destino en lo que estaba llamado a ser una carrera fulgurante, su lugar en el mundo, y nunca pide un traslado. Lector sin mesura, su prodigiosa memoria —la misma que le permite, como a Funes, sacar la oposición— contiene generosos versos interminables de casi toda la tradición occidental, que Gurriarán recita con voz impostada y aditamento teatral en la tertulia del Café Labrador, cuando el alcohol saca, impertinente, de él aquello que con tanto celo guarda. Porque, a diferencia del resto de inevitables próceres locales de la tertulia —don Hilario el farmacéutico, el doctor Vallespín o don Higinio el alcalde—, cuyo vicio oculto es un modesto prostíbulo de carretera llamado Oasis, el de Secundino es la literatura y solo la literatura. Y, en efecto, esconde su desmedida afición hasta que el alcohol y la memoria hacen aflorar esa pasión, para sorpresa de todos al inicio, aunque luego es convenientemente jaleada cuando ya se ha agotado el tema de conversación o han empezado a surgir las muy inevitables desavenencias entre los tertulianos.

Cada uno de los cuatro volúmenes de Notas al pie empieza con una frase (todo libro empieza con una frase), pero la particularidad reside en que al final de esa frase hay una nota al pie, y esa nota al pie es la novela. Ninguno de los volúmenes tiene más título que Notas al pie, con el añadido de la numeración romana que le corresponde. Y, como quien no quiere la cosa, o como quien la quiere y eso es la cosa, Gurriarán traza en esas novelas un retrato minucioso y despiadado, prolijo y brutal, de la sórdida España de la posguerra. Grondorsky lo compara con acierto con otro maldito o marginal, Miguel Espinosa, con obras como La fea burguesía o Escuela de mandarines, por lo exacto de la prosa, por el retrato brillante de un mundo irrespirable o por el carácter casi quirúrgico de sus largas descripciones. Los adjetivos son todos de Grondorsky y no míos. Y, por acudir directamente al texto, conviene precisar que la frase del primer volumen es «Amanecía como si el mundo fuera nuevo en Ondarreta»1, mientras el segundo comienza con «El cielo amenazaba lluvia en Fuengirola»2. «La noche acechaba ya ominosa en la playa de Gandía»3 es el arranque del tercer volumen, y la serie se concluye con el cuarto, que abre así: «Se consume en calor infernal la tarde de agosto en un pueblo de Toledo»4.

La fama última de Gurriarán, al menos en los círculos literarios, pero sin salir de ahí ni para asomarse a la ventana, se la da otro raro, Rafael Sánchez Ferlosio, que, aunque no llega a escribir nunca sobre ello, menciona en varias entrevistas Notas al pie como la obra cumbre de la narrativa española de la segunda mitad del siglo XX. Cuando alguien le pregunta, insistente, sobre El Jarama para tratar, chismoso, de averiguar por qué ese abandono de la ficción para consagrarse, entusiasta, a la lingüística y a la anfetamina, Ferlosio replica siempre: lean Notas al pie, ese es el camino que yo no seguí. Pero Gurriarán nunca sabe de esa fama relativa ni tampoco de Grondorsky, ni siquiera de la Universidad de Maine, porque fallece, pobrecito, de un infarto muy poco después de la publicación de la obra, dejando toda su biblioteca al Antiguo Casino de Artesanos de Écija, donde hoy puede consultarse Notas al pie, que espera como agua de mayo una edición en la Biblioteca Castro para ocupar al fin el lugar que se merece en la muy chata literatura española del siglo XX.


Notas

(1) La nota al pie son trescientas cincuenta páginas que describen al minuto pero con ritmo frenético un día gris en la vida gris de un funcionario de prisiones.

(2) Las cuatrocientas páginas de esta segunda nota relatan con el mismo detalle pero con varias voces distintas una tarde normal en la vida de un empleado del ayuntamiento.

(3) La cena de cumpleaños de una bibliotecaria es descrita por Gurriarán en cuatrocientas cincuenta páginas en las que el lector no puede dejar el texto aunque nada ocurra, o nada al menos relevante llegue a ocurrir.

(4) El último volumen es la sublimación del proyecto, más páginas, quinientas, menor ámbito temporal, el momento de la siesta en la casa de labor de un campesino manchego, y un manejo del idioma y de los tiempos que obliga al lector a permanecer de nuevo pegado al texto, esperando un desenlace que es en verdad solo un final.

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2 comentarios

  1. Absolutamente desconocido para mí, a la vez que se ha tornado interesante.
    También parece ilocalizable me temo.

  2. Tengo unos ejemplares que compré en el rastro en Madrid y los atesoro en la parte noble de mi biblioteca, al lado del Necronomicón y del Ars honeste petandi in societate, en una estantería bajo la cual si te acomodas debidamente, torso flexionado, rabadilla orgullosamente enhiesta y rodillas juntas, mirando hacia Cuenca, puedes observar un aleph.

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