
Hay dos novelas recientes protagonizadas por seres artificiales que intentan comprender lo humano. Una es Klara y el sol, de Kazuo Ishiguro, publicada en 2021. La otra es Canon de cámara oscura, de Enrique Vila-Matas, publicada en 2025. Las dos ponen a un androide a observar el mundo desde una conciencia limitada pero extrañamente lúcida. Las dos exploran la empatía como anomalía, la memoria como construcción y el amor como aquello que justifica una existencia programada para no durar —lágrimas en la lluvia, ya saben—. Ahí terminan las coincidencias, porque una de ellas es una obra maestra y la otra es un ejercicio de autocomplacencia literaria disfrazado de novela.
Klara es una AA, una Amiga Artificial, expuesta en un escaparate, que observa el mundo exterior con una atención casi devocional. Su narración en primera persona tiene la precisión de quien mira sin los filtros que da la costumbre. Ishiguro construye su voz con una economía expresiva que produce un efecto devastador porque Klara describe lo que no entiende con la misma exactitud con la que detalla lo que sí entiende, y el lector siente en esa brecha algo que se parece mucho al corazón humano. Klara no sabe que está siendo conmovedora. Esa ignorancia es su grandeza. El sol, para ella, no es una metáfora, es una fuente de energía y de bondad, y su fe solar es tan genuina que el lector, sin darse cuenta, empieza a creer con ella. Ishiguro no necesita citar a nadie para construir esa emoción. Le basta con que Klara le diga a Josie «No te guiaré. Te cargaré.» para que se te encoja algo dentro.
Vidal Escabia, el protagonista de Vila-Matas, es un Denver-7, un androide barcelonés con recuerdos implantados, que ha heredado la biblioteca de su maestro muerto y se dedica a construir un canon literario seleccionando 71 libros al azar en un cuarto oscuro de su casa. La premisa tiene gracia y podría haber dado lugar a algo interesante. Pero Vila-Matas, en lugar de explorar la condición androide de Escabia como una lente narrativa con la que mirar el mundo de otro modo — que es exactamente lo que hace Ishiguro con Klara —, la convierte en un pretexto para seguir haciendo lo que lleva haciendo desde Bartleby y compañía, que es enjaretar citas, reflexiones sobre la escritura, referencias cruzadas y digresiones metaliterarias que giran sobre sí mismas con la elegancia autocomplaciente de un gato persiguiéndose la cola en un salón de Pedralbes.
El androide de Ishiguro mira hacia fuera. El androide de Vila-Matas mira hacia dentro de una biblioteca. Klara observa a los niños jugar, a la madre sufrir, al padre desaparecer, al sol ponerse, y de esa observación extrae un conocimiento del dolor humano que ningún humano de la novela es capaz de articular. Escabia observa a Kafka, a Montaigne, a Handke, a Benet, a Klee, a Melville, y de esa observación extrae más citas. Klara arriesga su propia existencia por amor a Josie, la niña a la que acompaña. Escabia diserta sobre que 71 le gusta «porque sumar 7 con 1 da 8, que es número que tiene algo de místico» (Ay). Klara termina en un vertedero, olvidada por todos, y esa imagen final tiene la fuerza de una elegía. Escabia termina en un taxi escuchando a Cigarettes After Sex, y esa imagen final tiene la fuerza de un story de Instagram.
El problema no es que Vila-Matas escriba sobre libros. El problema es que a estas alturas escribe solo sobre libros, y lo hace como si el gesto de citar fuera en sí mismo un acto de creación. Ishiguro crea un mundo nuevo con cada novela; Vila-Matas redecora el mismo salón con los mismos muebles y nos invita a admirar la nueva disposición. Canon de cámara oscura es, como han señalado varios críticos, una repetición de la fórmula de Bartleby y compañía, pero sin la frescura ni la sorpresa de aquel libro, que en 2000 parecía abrir un camino y que en 2025 revela que el camino era un callejón sin salida a menos que alguna empresa aeroportuaria lo saque de él en volandas. La subtrama del androide Denver-7, lejos de aportar tensión narrativa, funciona como un decorado de ciencia ficción de bajo presupuesto que recuerda más a Cortocircuito que a Blade Runner. La emoción genuina del libro, la relación con su hija Ryo y el suicidio de Aiko, la madre japonesa, queda sepultada bajo capas de erudición que actúan como mecanismo de defensa: Vila-Matas se protege del sentimiento con citas del mismo modo que su protagonista se protege del mundo encerrándose en un cuarto oscuro.
Ishiguro, en cambio, no se protege de nada. Klara y el sol es un libro que se atreve a ser sencillo, a contar una historia con principio, nudo y desenlace, a construir personajes que existen más allá de sus referencias culturales, y a provocar en el lector una emoción que no necesita notas a pie de página. Cuando Klara decide sacrificarse por Josie, entendemos algo sobre el amor que ninguna cita de Montaigne podría articular mejor.
La diferencia entre estas dos novelas es, en el fondo, la diferencia entre dos concepciones de la literatura. Para Ishiguro, escribir es construir un mundo y habitarlo hasta las últimas consecuencias. Para Vila-Matas, escribir es hablar sobre escribir. Para Ishiguro, un androide es una forma de mirar la condición humana. Para Vila-Matas, un androide es una forma de mirar su propia biblioteca. Uno de estos libros te cambia. El otro te confirma que su autor sigue leyendo mucho. No es lo mismo.








Como el jurado del premio AENA decida que está es la obra ganadora se van a cubrir de gloria. Esperemos que esté galardón lo gane cualquiera de los otros cuatro finalistas o va a quedar como el tongazo del siglo.
Acertada la descripción de los libros de Vila-Matas como: «acumulación de digresiones metaliterarias que giran sobre sí mismas con la elegancia autocomplaciente de un gato persiguiéndose la cola».
La imagen es muy sugerente, señora Linares. He leído varios de los últimos libros de Vila-Matas y, con perdón, creo que ese gato que persigue su cola ejemplifica literariamente a la perfección a un escritor, Vila-Matas, que se empeña en cada libro es hacerse una felación a sí mismo y no lo consigue.
Una y otra vez. Con mucha elegancia, pero siempre lo mismo.
Qué cansancio.
Pero la referencia sexual es cosa mía, doña Laura.