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Periodismo gonzo en Las Vegas, o cómo un fotorreportaje de 250 palabras se convirtió en el mejor libro de la década de la droga

Periodismo gonzo en Las Vegas
Raoul Duke y el doctor Gonzo en una escena de la película ‘Miedo y asco en Las Vegas’. Imagen: Universal Pictures.

Algo pasó en el periodismo estadounidense de los sesenta. De repente, surgieron redactores que querían demoler la pirámide invertida; reporteros que pretendían saltarse a la torera las cinco uves dobles; cronistas para los que el concepto de objetividad había perdido su autoridad rígida y atávica, y ya no veían razón alguna para seguir sometiéndose a él, honrarlo y venerarlo como si fuese una reliquia sagrada. Aparecieron corresponsales que tenían la intención, incluso, de convertirse en los protagonistas de su propia noticia. ¡Herejía!, clamarían los viejos elefantes del oficio en las redacciones. ¡Es el fin!, anunciarían estupefactos los académicos desde su atalaya universitaria.

Mientras tanto, los Wolfe, Talese, Didion, Capote y compañía seguían adelante con un experimento que, si bien no era genuinamente nuevo —lo que en Estados Unidos bautizaron como «nuevo periodismo» ya lo habían puesto en práctica Ramón J. Sender en los años 30 o Manuel Chaves Nogales en los 40—, sí tuvo el impacto suficiente como para poder considerarlo un movimiento, y creó una nueva tendencia en la manera de escribir las piezas periodísticas que más libertad estilística e interpretativa admiten, como son los reportajes, las crónicas o las entrevistas.

«La mejor ficción es mucho más verdadera que cualquier tipo de periodismo»

Es 1971. Un periodista y un abogado recorren a toda velocidad en un descapotable rojo la interminable carretera que une Los Ángeles y Las Vegas a través del desierto. ¿Realmente hicieron el trayecto en coche? Resulta que sí, al menos la primera vez —hubo dos viajes—. ¿Recogieron a un autoestopista por el camino? Probablemente. ¿Llevaban en el maletero dos bolsas de marihuana, setenta y cinco pastillas de mescalina, cinco láminas de ácido lisérgico (LSD) de alta potencia, un salero medio lleno de cocaína, estimulantes y depresores de distintos colores, tequila, ron, una caja de cerveza, un frasco de éter puro y dos docenas de cápsulas de nitrito de amilo? Parece que no, aunque tampoco está claro. De todos modos, ¿qué más da? Esto es periodismo gonzo: los detalles, la veracidad y lo real no son lo más importante para contar una historia. Si queda bien se mete, si es verosímil aunque suene disparatado se mete, si te cuadra de primeras se mete, da igual si después te paras a pensarlo y te parece lo más surrealista y descabellado que has leído nunca. Se supone que tú estabas allí y la demás gente no, ¿por qué no tomarse algunas licencias? Nadie sabrá si de verdad vomitaste en el armario de la habitación del hotel mientras la camarera te observaba atónita desde la puerta, ni si vacilaste a un policía después de que te diese el alto por conducir muy por encima del límite de velocidad y con una cerveza en la mano. El único requisito —o no, porque ya saben aquello de no dejar que los hechos te estropeen una buena historia— es que haya una base verídica, una viga maestra de realidad fáctica y verificable. Solo así todo este embrollo de opiniones, sensaciones e impresiones, toda esta locura de prosa desbocada, podrá seguir llamándose periodismo.

Periodismo gonzo en Las Vegas
Raoul Duke y el doctor Gonzo en una escena de la película ‘Miedo y asco en Las Vegas’. Imagen: Universal Pictures.

Pues bien, centrémonos en los hechos. Separemos el grano de la verdad de la paja narrativa y psicodélica que es Miedo y asco en Las Vegas. Se sabe que, además de lo del descapotable rojo —un Chevrolet—, quienes iban a bordo eran el periodista Hunter S. Thompson y el abogado Oscar Zeta Acosta. Thompson no era doctor en periodismo, y Zeta Acosta no era samoano. En ese momento Thompson estaba escribiendo un reportaje para la revista Rolling Stone sobre el asesinato del periodista Rubén Salazar a manos de la policía de Los Ángeles durante una protesta contra la guerra de Vietnam. Además de abogado, Zeta Acosta era activista por los derechos civiles, y se convirtió en la fuente principal del reportaje y en un enlace muy valioso para conseguir testimonios de otros activistas del Movimiento Chicano (las personas de origen mexicano que viven en Estados Unidos).

Hasta aquí todo claro, pero ¿qué tiene que ver esta tragedia racial y antibelicista ocurrida en California con un relato estrambótico sobre dos seres prácticamente infrahumanos que se pasan un número indefinido de días en Las Vegas consumiendo en exceso «casi todos los tipos de droga conocidos por el hombre civilizado desde el año 1454 d. C.»? Absolutamente nada. Las Vegas es aquí un suceso fortuito, un acontecimiento aislado y a la deriva que de repente se cruzó en la trayectoria de ese primer reportaje, pero sin estar conectado a él de ningún modo. Miedo y asco en Las Vegas no fue el resultado de un viaje de placer alucinógeno, sino el producto de dos encargos periodísticos que dieron lugar a algo mucho más potente que cualquier reportaje convencional.

A principios de 1971, la revista Sports Illustrated le propuso a Thompson cubrir en Las Vegas la Mint 400, una carrera anual de motos, todoterrenos y camiones por el desierto de Nevada. La idea era que el periodista hiciese un texto de entre doscientas cincuenta y quinientas palabras que acompañase a las fotografías. Sin embargo, Thompson no se limitó a hacer una introducción de la carrera y poner pies de foto. Para él, las experiencias del viaje a la Ciudad del Pecado merecían ser recogidas exhaustivamente en su cuaderno. Y eso fue lo que hizo, o al menos lo que empezó a hacer. Mientras terminaba el reportaje sobre el asesinato de Salazar, aquellas anotaciones rápidas se transformaron en varios miles de palabras de puro torbellino creativo, donde irremediablemente comenzaron a mezclarse lo cierto y lo inventado, los detalles reales y las exageraciones. Thompson presentó ese géiser incalificable a los editores de Sports Illustrated, y estos lo rechazaron impetuosamente. «No podemos publicar esta basura», le dijeron.

Unas semanas después, Thompson regresó a Las Vegas de nuevo con Acosta. Esa vez Rolling Stone había pedido cubrir la Conferencia sobre Narcóticos y Drogas Peligrosas organizada por la Asociación Nacional de Fiscales de Distrito —LOL—. «Si los cerdos [los policías y fiscales] se reunían en Las Vegas para una conferencia de alto nivel sobre la droga, considerábamos que la cultura de la droga también debía estar representada allí», razona Raoul Duke (el alter ego de Thompson en la novela).

Ese viaje le sirvió al periodista para desarrollar más la narrativa de aquel primer boceto e introducir las reflexiones sobre la estafa del sueño americano y el desmoronamiento de la generación que se había pasado buena parte de los años 60 drogándose y manifestándose contra la segregación racial y la guerra de Vietnam, que aparecen a lo largo del libro. En noviembre de 1971, la revista Rolling Stone publicó el texto en dos entregas ilustradas firmadas por Raoul Duke bajo el título Miedo y asco en Las Vegas: «Un viaje salvaje al corazón del sueño americano», y un año después salió convertido en libro.

Periodismo gonzo en Las Vegas
Los números de la Rolling Stone de noviembre de 1971 donde se publicaron las dos partes de ‘Miedo y asco en Las Vegas’ con ilustraciones de Ralph Steadman.

Las Vegas, el decorado del capitalismo

Podría haber sido St. Louis, Reno, Denver o Baltimore. Podría haber sido cualquier otra ciudad de Estados Unidos y quizá Hunter S. Thompson no se habría sentido tan estimulado para dejar por escrito lo que iba viendo y pensando en el recorrido. Paradójicamente, en la novela no hay tanto un interés por describir Las Vegas en sí como por utilizarla como un reactivo químico, un ácido corrosivo que disuelve cualquier buena intención e idea noble en su cosmos cerrado de luces de neón y moqueta reluciente.

El centro de la ciudad, donde están los hoteles de lujo, los casinos y las limusinas; donde Robert De Niro fuma con su traje impecable en la puerta del Tangiers mientras Sharon Stone le roba fichas a los cincuentones ludópatas y salidos de las mesas de blackjack, es el capitalismo en todo su esplendor, con su exceso sin objetivo, su abundancia sin sentido, su espectáculo sin contenido. En el Strip, como en la cultura materialista del consumo, todo brilla y promete, pero nada dura más que lo que tarda el croupier en recoger las cartas y repartir la siguiente mano. Hace mucho que el sueño americano se convirtió en un souvenir.

La droga es el opio del pueblo

Las drogas, su tenencia, su consumo y sus efectos forman el corpus lisérgico de Miedo y asco en Las Vegas. Su alma estupefaciente. Se habla de drogas en cada uno de los capítulos. En las aproximadamente doscientas páginas que tiene el libro hay casi trescientas referencias directas o indirectas a ellas. No obstante, en la historia la droga no expande la conciencia de los protagonistas, no los ilumina ni les revela verdades ocultas. Por el contrario, los desorienta, los confunde, hace que tropiecen y tengan alucinaciones terroríficas y desagradables, los arrastra al borde de la psicosis.

Thompson presenta así las drogas intencionadamente, como el residuo de una revolución cultural fallida. Su consumo en Estados Unidos se volvió tan habitual y desmedido que dejaron de ser un elemento transgresor para acabar constituyendo un inabarcable problema social. Lo que empezó como una huida momentánea de la realidad hostil, bélica y reaccionaria bajo el mandato de Nixon se acabó transformando en un lastre que silenció e inmovilizó a las clases trabajadoras, a quienes protestaron contra la guerra y la corrupción: «Todos aquellos fanáticos del ácido patéticamente ansiosos creían poder comprar paz y entendimiento a tres dólares la dosis. Pero su fracaso es también el nuestro […] Quedó una generación de lisiados permanentes y buscadores fallidos que nunca comprendió la vieja falacia mística básica de la cultura del ácido: el desesperado supuesto de que alguien (o al menos alguna fuerza) se ocupa de sostener esa luz allá al final del túnel».

El «mal viaje» es también político, y no se trata de una experiencia individual, sino colectiva. Pasarse con las drogas es el síntoma de una sociedad que, incapaz de procesar sus propias promesas frustradas, necesita anestesiarse. Thompson entiende muy rápidamente que la fiesta de los sesenta ha terminado, que la contracultura fue absorbida, empaquetada y revendida por el propio sistema, y que la vieja utopía de paz y amor, esa «sensación de victoria inevitable sobre las fuerzas de lo viejo y lo malo», yace ahora muerta en el hall repleto de máquinas tragaperras de un casino con aire acondicionado.

Raoul Duke y Hunter S. Thompson; Oscar Zeta Acosta y el doctor Gonzo. Individuo y alter ego se solapan, la frontera que separa a la persona del personaje se difumina y ya no es posible afirmar quién hizo qué ni si sucedió de verdad, porque todo forma parte de la narrativa legendaria que rodea a la novela. Acosta desapareció en 1974 y se le da por muerto. Unos dicen que el abogado iba por Las Vegas armado con un revólver Magnum .357 y que bebía tequila a palo seco hasta que vomitaba la sangre de su úlcera de estómago. Otros han escrito que Thompson en realidad abusaba de la Dexedrina. Toda la aventura está rodeada de mitos y verdades que crecen y se deforman cuantas más veces se cuentan. Hay muchas cosas que no se han podido confirmar y que ya nunca sabremos, pero eso da igual, porque los detalles no son lo más importante en esta historia.

Periodismo gonzo en Las Vegas
Raoul Duke y el doctor Gonzo en una escena de la película ‘Miedo y asco en Las Vegas’. Imagen: Universal Pictures.

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Un comentario

  1. Brutal

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