Antonio Vega: ni con hoy es suficiente, ni mañana es demasiado

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Antonio Vega en una escena de Tu voz entre otras mil. Imagen: Rodando Voy.
Antonio Vega en una escena de Tu voz entre otras mil. Imagen: Rodando Voy.

La primera vez que vi a Antonio Vega fue en Barcelona, posiblemente 2002 o quizás 2003. Vestía de negro: camisa negra, pantalones negros, zapatos negros. Alguien en el público contaba a voz en grito que Antonio ya no se tenía en pie, que la droga se lo había llevado todo. Curioso que el tipo hubiera pagado veinticinco euros por ver a un yonqui en las últimas, pero la raza humana se esconde en los lugares más insospechados.

«El Antonio», como le llamaba aquel imbécil, apareció puntual en el escenario: no arrastraba los pies, ni parecía acabado. Eso sí, su piel blanca contrastaba con todo ese negro que andaba con él. Se le veía cansado, como si alguien le hubiera puesto un piano de cola en la espalda y le hubiera enviado a cantar para una sala llena hasta los topes.

En el centro del escenario había un taburete y a sus pies una guitarra. Vega se colocó el instrumento en ristre, se acomodó en el taburete, y sin decir nada tocó «Lucha de gigantes». Pocos artistas hubieran sido capaces de explicar tanto en tan pocos acordes: esa sensibilidad desarbolada, su amor por meter palabras en recovecos donde era imposible que encajaran y —sobre todo— la delicadeza de una voz dulce y sencilla que parecía esconder más sombras que la cueva de Platón.

Antonio Vega nació en 1957 en Majadahonda en el seno de una familia bienestante gracias a su padre, un famoso traumatólogo leonés. Dicen que fue un niño como (casi) todos los niños: juguetón, ruidoso y feliz. También dicen que le fascinaban las matemáticas y la astronomía y que pronto se sintió atraído por la música, probablemente el amor de su vida, junto a Teresa y Marga, las dos mujeres que más le amaron (y sufrieron) en un mundo —el de Antonio Vega— donde a veces solo parecía haber sitio para Antonio Vega. «El problema de su hija no es la adicción a las drogas, el problema de su hija es la adicción a Antonio Vega», contaba la madre de Marga en el documental Tu voz entre otras mil. La misma Marga que murió después de sufrir un grave problema vascular en 2004 y cuya partida sumió al cantante en una depresión inimaginable.

Luego está la mitología, los distintos retratos y enfoques que pintan un cuadro de colores oscuros al hablar de ese tipo, al que muchos llamaban «poeta maldito» y otros, simplemente, «drogadicto». Su romance con la heroína, sus cambios de temperamento, su vocación de vagabundo cuya vida residía en una maleta que las malas compañías le robaban una y otra vez: en Antonio Vega hay espacio para un sinfín de leyendas urbanas que nadie parece confirmar o desmentir. Y lo que es peor, parece que su adicción a las drogas pesara más que su inmenso (infinito) talento en esa balanza imaginaria que se inventan los que solo pecan con la luz apagada.

La verdad, guste o no, reside en las canciones de Vega, un cantante y compositor mayúsculo, probablemente uno de los más talentosos letristas que ha visto nuestro país en décadas (podría decir siglos, pero no se trata de ofender a nadie) y sin embargo un hombre olvidado, casi defenestrado; el único caso que un servidor conoce en el que se homenajeó al difunto antes de su muerte, aquel disco llamado Ese chico triste y solitario, fue una demostración de lo cutres que podemos llegar a ser cuando nos empeñamos en rendir tributo a los vivos tratándoles como un cadáver al que ya no le llega ni para apretar el mástil de la guitarra.

En aquel concierto de 2002 o 2003 los gritos eran mayormente «Te queremos, Antonio». Será que temían que el cantante no tuviera el afecto que necesitaba y puede que no se equivocaran, pero a Vega no se le vio especialmente cómplice ni interesado por aquel amor de generación espontánea, limitándose a esbozar una sonrisa diminuta cuando alguien a voz en grito decía «guapo».

Poco después (y por recomendación de un amigo) me suscribí al club de fans del cantante, que no era nada sofisticado y cuyos miembros eran (en su mayoría) treintañeros y cuarentones que sentían rendida admiración por el cantante y gustaban de discutir sobre las referencias, las influencias y —en general— la espiritualidad de un hombre que parecía fascinarles por razones que iban más allá de «La chica de ayer». De hecho, era escuchar el maldito nombre de la maldita canción y torcer el gesto: a nadie le importaba un pito «La chica de ayer». Como si aquella canción fuera una especie de terreno contaminado, la puerta de entrada al mundo de Antonio Vega de los que cantan la canción en los envelados, cubata de garrafa en mano. De hecho, si uno observa detenidamente las interpretaciones que Vega hace del tema casi se puede adivinar ese descontento, como si aquella canción que compuso en la playa de la Malvarrosa «con un cabreo de mil demonios» se hubiera convertido en su particular viaje a las galeras, el remo al que estaba atado hasta que se hundiese el barco. A veces parece a punto de tirar la guitarra al suelo y decir «Mira, que os den».

«Una décima de segundo», «Océano de sol», «El sitio de mi recreo», «Estaciones» eran otra historia, ahí sí se podía discutir sobre metáforas, hipérboles, analogías y otras especies y tratar de averiguar a qué se refería Antonio, y sobre todo, ¿por qué?

En ese foro se dio la noticia de la muerte de Marga y la del propio Antonio, aquejado de un cáncer de pulmón que acabó llevándoselo por delante en 2009, a los cincuenta y un años. Vega había conseguido sobreponerse (o eso decían sus allegados) a la muerte de su musa y a su propia visión de la vida: había empezado a componer de nuevo, a sonreír de nuevo, a escribir de nuevo.

No hay recomendaciones especiales para acercarse a la música de Antonio Vega, ni instrucciones de uso, pero no debería hacerlo si no se encuentra en su mejor día, si siente los ojos nublados o si nota las velas rasgadas. Espere y disfrute de algunas de las mejores canciones que oirá en su vida, algunas tristes, otras melancólicas y otras bañadas con una nostalgia capaz de dividir el átomo, pero todas como firme recordatorio de que —al final— no se trata de las palabras que uses sino del uso que haces de ellas: las canciones de un tipo curioso, meticuloso, talentoso y —a veces— oscuro. Un sietemesino, con siete hermanos y siete maneras distintas de agarrarte por el cuello con unas pocas palabras.

Espere, porque Antonio Vega puede hacerle sonreír sin venir a cuento o asombrarle tres veces por minuto, pero —del mismo modo— puede multiplicar su inquietud por mil, cogerle de la mano y llevarle a lugares de nieve, huracán y abismos. Él lo llamaba el sitio de su recreo y usted puede llamarlo como quiera, pero no olvide que con Antonio Vega no se aplica esa máxima que él mismo cantaba: «Que con hoy es suficiente, que mañana es demasiado».

Porque, cuando uno se acerca a Antonio Vega, ni el hoy es suficiente, ni el mañana es demasiado.

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20 comentarios

  1. Pingback: Antonio Vega: ni con hoy es suficiente, ni mañana es demasiado

  2. Increíble texto para este increíble músico. Enhorabuena

  3. silvia

    Un articulo precioso. Gracias por escribirlo. Sólo un pero, una persona que vio a Antonio por primera vez en 2002 no puede entender porque algunos le insultaban al salir al escenario. No le insultábamos, le queríamos y odiábamos ver como se iba dejando morir, no podíamos soportar ver esto y nuestro único recurso era gritarle como lo hubiera hecho su madre. Si no entiendes esto no entiendes lo que sentíamos todos hacia Antonio, todos los que le quisimos de verdad. No conozco a aquel tipo de tú primer concierto en Barcelona pero sé lo que sentía y sé que no era un imbécil.

  4. Precioso texto…siempre Antonio

  5. Pingback: Jot Down Cultural Magazine – Antonio Vega: ni con hoy es suficiente, ni mañana es demasiado | EVS NOTÍCIAS.

  6. Susana Rapado

    Grande, grande Antonio Vega!!!
    Gracias por el artículo y abrazos.

  7. Del artículo me quedo especialmente con la parte de «No hay recomendaciones especiales para acercarse a la música de Antonio Vega, ni instrucciones de uso, pero no debería hacerlo si no se encuentra en su mejor día, si siente los ojos nublados o si nota las velas rasgadas.»

    Personalmente creo que fue uno de los más grandes letristas, otro maldito como el señor Urquijo. Ambos olvidados e ignorados por demasiada gente. Antonio Vega siempre fue un ser de cristal y eso se nota en sus canciones. ¿A quién no se le ha erizado la piel con determinados temas?

    #Silvia: ¿querer a alguien implica llamarle imbécil? no querida. Igual que tampoco hace falta haber visto 300 conciertos de Antonio para entender y sufrir su proceso. Es todo lo contrario. Si como tú dices «le quisimos de verdad» lo que tenías que haber hecho era admirarle por seguir saliendo al escenario cuando físicamente era una piltrafa, cuando estaba tan encorvado que apenas se le veía la cara y su voz temblaba levemente.
    Es en los momentos más bajos de la vida – y sobre todo si lo que se sufre es irremediable- cuando debes estar al lado, no juzgando a la persona que te sigue regalando sus letras, su voz y su música a pesar de su debilidad física y emocional.
    Y te lo dice alguien que disfrutó de Antonio en más de 15 conciertos, a las buenas y a las malas.

  8. francis

    Artículo genialmente escrito. En cuanto a la redacción nada que objetar. Sin embargo suelo recelar de los que se molestan porque los demás no idolatran a sus idolos. Algo asi como, si no te gusta lo que a mi eres gilipollas.

  9. Marián

    Felicidades por el artículo.
    [email protected] le echamos de menos, a pesar de poder seguir disfrutando de sus canciones enlatadas.
    Fui a todos los conciertos que hizo en Barcelona y, aunque hubo épocas en las que su dicción estaba muy perjudicada, era capaz de seguir transmitiendo esa sensibilidad tan especial que sólo él sabía hacer.
    Antonia Vega for ever!

  10. «Porque, cuando uno se acerca a Antonio Vega, ni el hoy es suficiente, ni el mañana es demasiado» Gracias Toni por tu bello relato. Amé y seguiré amando sus letras, su voz, su guitarra y su gran sensibilidad.

  11. iñaki

    Gracias. Un buen recordatorio para volver a escucharlo.

  12. Hermoso artículo, pero no nació, sino que murió en Majadahonda. Nació en Madrid.

  13. Creo que mi canción favorita suya y una de las canciones mas bonitas que conozco en español es su versión del «Romance de Curro El Palmo» de serrat. Ocho minutazos. Enormísimo. Se me hace un nudo en la garganta cada vez que la oigo.

    https://www.youtube.com/watch?v=HfM48F_p3Y4

    Brillante artículo.

  14. Increíble Antonio Vega, su voz y sus guitarras destilan sensibilidad, y como comentaís muy infravalorado, no se si por sus «éxitos» mas sonados, esa chica que para mi esta sobrevalorada, pero en realidad a mi no me llegaron sus canciones hasta hace muy poquito, aparte de un directo de NACHA POP en el que mas alla de relojes en la oscuridad nunca me engancho niguna canción.
    Seguro que es uno de mis descubrimientos mas intimos en los últimos años, y revisando su proceso a posteriori, todavía es mucho más intenso el escuchar sus músicas y sus letras. Me hace sentir como pocos compositores lo han conseguido.
    Gracias por el articulo.

  15. Carlos

    El cantante más sobrevalorado del pop español. Una gran canción, «La chica de ayer» y ya está.

  16. Israel

    Azucarillo para Carlos, que ha hecho la gracieta del dia.

    • Bender rodriguez

      Sí, a mi me ha dejado desolado y acabo de tirar todos los discos a la basura. Cómo he podido estar tan ciego! Gracias Carlos!

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