Kate Bush: clave de música y magia (I)

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Imagen: EMI.
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El regreso de Kate Bush a los escenarios ha sido uno de los acontecimientos de 2014. La artista no había actuado en directo desde 1979, y gracias a estos conciertos, por primera vez en la historia de la música pop, una cantante femenina ha visto ocho de sus discos en el Top 40.

Que Kate Bush no haya ofrecido una actuación hasta el presente es tan peculiar como el resto de su mundo artístico. Hay diversas explicaciones sobre esta decisión, por ejemplo, el shock que le produjo la muerte accidental de un técnico de luces durante su primera y única gira, un ambicioso espectáculo que tenía una planificación muy parecida a lo que se ha podido ver en los conciertos del año pasado.

Pero hay más rarezas. Con el estatus de estrella pop, su discografía es muy escasa. Apenas diez discos oficiales. Alguno se ha hecho esperar décadas y, de momento, es una de las pocas cantantes cuyas grabaciones siguen igual que cuando se editaron. No hemos tenido que asistir al desfile de cofres, remasterizaciones y versiones expandidas interminables. (Solo publicó una caja, This Woman´s Work, 1999, con caras B de singles y los seis primeros elepés).

Conocemos a los músicos excéntricos. Sin embargo, una cantante pop muy rara era asunto complicado en el panorama de los años setenta. Qué decir ahora, donde ya no se sabe si las mujeres que triunfan, quienes por otra parte son las que ocupan los números uno y las grandes ventas, son quizá hologramas u objetos prefabricados en una factoría de androides. Kate Bush era una debutante que componía sus temas, escribía las letras, tocaba varios instrumentos, bailaba de forma poco ortodoxa y añadía a su música, anclada entre el rock de los setenta pre y post punk, un corpus muy personal de elementos alejados de las tendencias de entonces. Reivindicaba la cultura victoriana (historias de apariciones y jardines encantados, la música de Gilbert & Sullivan…), el folk anglosajón (las canciones tradicionales y los grupos del revival de los setenta), el esoterismo (entre Gurdjieff y las brujas celtas), el mimo, el guiñol… Y un elemento inédito, la forma en que abordaba las relaciones sentimentales y sexuales, no como se acostumbra en el pop rock, marcado por los tópicos masculinos, sino de forma muy desinhibida, y a veces, explícita. Esto último le acarreó muchas críticas y la incomprensión de parte del público y de los medios, masculinos en la mayoría, que la han tratado hasta el día de hoy como una mera curiosidad, sin querer concederle el valor que merecen su talento y su trabajo («Esa chica hippie a la sombra de Peter Gabriel», es una de las definiciones que más se usa, y con más desprecio). Una razón más para que la mujer introvertida que es, sin muchas habilidades sociales, diese la espalda a los focos. Hace lustros que no concede entrevistas, lo que ha avivado leyendas de todos los colores. Por eso, los conciertos de este verano se esperaban con impaciencia de décadas, aparte del vil elemento de la nostalgia y la fiebre retro comercial.

Kate Bush ha creado un universo propio y un camino por el que transita gran parte de la música actual. Hay una legión de cantantes y músicos que han escuchado con adoración sus discos. Incluso, si no son fans, han estudiado al personaje y sus decisiones como artista autónomo, desde The Knife a Lykke Li, pasando por Amanda Palmer o Björk. Hasta la propia Lady Gaga, pero es difícil equiparar a alguno con su música, delicada y terrible, onírica y sensual. Su discografía es ejemplo contradictorio, como toda su personalidad, de la voluntad de conducir esta música desconcertante al público mayoritario. Las canciones son sinceras y profundas, pero al tiempo producto, juego y delicia pop que no quieren plegarse al estándar. Son el destilado de su música preferida (de los Beatles a Captain Beefheart, de Alan Stivell a Zappa, pasando por Bowie y Pink Floyd). Equilibrio difícil, que empieza en el rock progresivo y la psicodelia, aderezado en demasía por el pop dulzón, se interna en el postpunk y los sintetizadores, y lo culmina con la imaginación portentosa de sus letras y la búsqueda incansable de nuevos sonidos y efectos chocantes. Rareza. Belleza y humor, lo sublime y lo grotesco. Temas que empiezan de una forma pegadiza y de repente se adentran por un camino imprevisto, con arreglos sorprendentes. Por encima de todo, la voz de su intérprete, capaz de alcanzar octavas que pocas cantantes se atreven a acometer en el pop. No se encontrará en sus composiciones la huella del rock norteamericano, pero sí la de los clásicos de Hollywood. Hay elementos muy importantes del rock sinfónico, el glam… Kate tiene una gran deuda con el folk inglés, con sus raíces irlandesas y celtas. Pero también hay menciones a músicas en el margen: los ritmos africanos, brasileños, el reggae… hasta toques flamencos.

Pero lo principal está en el fondo: Kate Bush es una de las primeras artistas que ofrece música comercial sin filtro masculino. Es ella la que escribe y canta sobre sus obsesiones, en un mundo lleno de referencias que escapan al esquema tradicional. En él, ella se transforma, según su deseo, en un hombre, un bebé, un fantasma, un ser asexuado o un animal, adelantándose a otras propuestas poliformas más o menos chocantes. Con el uso del baile tan particular y las coreografías teatrales, se niega a ser encasillada como chica pop, y se siente libre para escribir a partir de películas, leyendas, historias fantásticas, transformándose en el personaje que canta en cada tema, como lo haría una actriz. Ya no es la eterna chica del cliché pop que ama y se deja amar, sino un sujeto activo que es capaz de parir hijos o matarlos, ser perversa o una mujer bondadosa, líder de una revolución o testigo del fin del mundo. Eso es lo que la convierte en una referencia constante para las artistas desde los años ochenta. Como las mujeres del punk, pero con su imagen tan peculiar, entre hada victoriana, como un personaje de Mary de Morgan, y estrella del vodevil británico, Kate Bush ha animado a varias generaciones a cantar y componer siguiendo sus propios instintos, rompiendo tabúes de la música popular respecto a la mujer.

Sin ningún miedo al ridículo, este talento precoz llegó al n.º 1 con su primer single en 1978. «Wuthering Heights», canción hipnótica, fue la primera de una larga lista, y un gran éxito en todo el mundo.

Cumbres borrascosas. La  trilogía del debut 

Había adoptado como nombre artístico Kate, pero aquí se transfiguraba en otra Cathy, que volvía de la tumba para golpear la ventana de su gran amor, Heathcliff. Con la ayuda de su profesor de mimo, Lindsay Kemp, Kate ponía en escena un baile que no tenía nada que ver con la coreografía pop. Era una danza ritual, como la cuarta vía o los giros derviches. Mucha gente se reía, (ya no digamos en España), no entendía las volteretas ni el falsete, pero no podían dejar de mirarla, aquella chica menuda de ojos inmensos que cantaba en el tono en el que ella había imaginado que tendría que sonar el grito de un espíritu. Kate no había leído a Emily Brönte cuando escribió la canción. Solo había visto el final de la adaptación para la tele, y quedó impresionada por el personaje femenino, tan fuerte, capaz de volver de la tumba y reclamar a su amante.

Una personalidad así no nace de la nada. La familia de Kate es crucial en su carrera. El típico grupo de bohemios de clase acomodada, apasionado por la era de acuario, vivía en una granja del s. XVII a las afueras de Londres, con bosque y terrenos donde cultivaban sus propias verduras. Los Bush apoyaron sin reservas a la pequeña en su deseo de hacerse artista, incluso cuando renunció a los estudios. Mientras que Kate aprendía a tocar el piano con la ayuda de su padre, sus hermanos, más mayores, tuvieron una gran influencia en su afición a la música tradicional. El mediano, Paddy, es lutier profesional, y tanto él como Jay, el mayor, participaron en la escena del revival folk en Londres. Los dos han tocado en los discos de su hermana, asesorando con mano de hierro, no solo en lo musical. Kate firmó en 1976 con EMI, después de escuchar las maquetas que le había pagado David Gilmour, quien apostó por la voz de la niña en 1973, a través de un amigo de Jay.

Para la grabación de The Kick Inside (1977), el famoso productor, Andrew Powell, reclutó músicos de los grupos Pilot y Cockney Rebel. Así consiguió un resultado soft rock, pero ella no responde a este sonido, ni al estereotipo de cantautora. Kate Bush es como las artistas de su generación, masculina en su propuesta: con su voz aguda, punteada por el piano, expresa el despertar sexual femenino con todo su poder, dentro de corrientes místicas («Strange Phenomena», «Them Heavy People»), historias de forajidos («James and the Cold Gun»), la maternidad como grandeza («Room for the life») o instrumento de terror, como en el tema que le da título al elepé, «The Kick Inside», una murder ballad de incesto, embarazo y muerte. Kate realiza polémicas declaraciones de amor: por los hombres más mayores que ella («The Man With The Child In Their Eyes») o por el sexo a través de un rito indio y los objetos de lencería («L’amour looks something like you», «Feel It»).

El lado teatral se refuerza en el segundo disco, Lionheart (1978). Kate posa como en El mago de Oz, con un disfraz de león y el pelo frito. También de Andrew Powell, este elepé entra de lleno en el AOR. Las letras mantienen la tensión entre el mundo de fantasía («In Search of Peter Pan»), las influencias de la niñez («Symphony in Blue») y un toque de ópera brechtiana («Coffee Homeground»), pero con reflexiones mucho más negativas en torno al mundo del disco («Full House»). Los dos éxitos de este elepé son canciones mágicas. El single «Wow» es un número dedicado al mundillo del espectáculo con un subtexto claramente sexual. En el segundo, «Hammer Horror», Kate relata la historia de un actor poseído por otro. Inspirado en «El hombre de las mil caras», donde James Cagney daba vida a Lon Chaney, tiene un famoso vídeo.

Muy influida por «The Wall» de Pink Floyd y por Peter Gabriel, a quien había hecho coros en su tercer elepé, Kate escribió Never for Ever (1980). En la portada, un dibujo de Kate, quien se levanta el vestido y debajo de este sale una cascada de animales fantásticos, algunos angelicales y otros monstruosos. Es el primer paso en la transformación de Kate Bush en una autora que va a controlar todo el proceso de elaboración de su música, sin necesidad de la ayuda de celebridades. Con un comienzo duro —docenas de tomas en el estudio de Abbey Road— es esencial el descubrimiento de los sintetizadores. De la mano de los componentes de aquel grupo, Landscape, expertos en programación (Richard Burgess y John Walters) con quienes produce, Kate Bush descubre las posibilidades de hacer música con máquinas. El primer single, «Breathing», es un tema sinfónico, sobre un feto en el vientre de su madre que se niega a nacer en un mundo devastado por la guerra nuclear. Sin embargo, el siguiente single, «Babooshka», la devuelve a los primeros puestos de las listas, canción pegadiza de traiciones y asesinatos, inspiración de la balada tradicional. Más popular si cabe gracias al vídeo, donde Bush aparecía bailando como guerrera divertida y extravagante en unas imágenes que deben parecer a estas alturas, efectivamente, de otro siglo.

Fue un hito: el primer número uno de una solista femenina. «Never for Ever» tiene más definición. Entre arreglos de sintetizadores y piano, se muestran, como siempre, elementos biográficos: su pasión por la historia del compositor Frederick «Delius», un recuerdo al técnico que murió en la gira mundial («Blow Away»). Son estupendas las dos canciones inspiradas por el cine: La novia vestía de negro de «The Wedding List», y «The Infant Kiss» (escrita tras ver Suspense de Jack Clayton. Kate, que no es una artista pedante en sus referencias, no conocía entonces el texto de Henry James). Entre una y otra, una canción sobre espíritus, «Violin». Cierra el disco «Army dreamers», otro gran éxito, vals sobre la guerra desde el punto de vista de la madre que pierde al soldado. Kate despliega sus dotes, no solo de cantante, sino de actriz: canta con acento irlandés para enfatizar el tema.

La reacción de los medios fue desmesurada. La prensa se cebó con la jovencita que respondía de forma ingenua sobre las experiencias paranormales, que reconocía que fumaba más de un paquete de cigarrillos al día y se alimentaba de café, al tiempo que defendía las recetas vegetarianas. Los papeles criticaban su origen de clase, y el hecho de no tener un bagaje más contestatario que otros músicos de éxito de su misma edad. En aquellos años de thatcherismo, las firmas de NME o Melody Maker incidían en que Bush era una cantante atontada con sus cosas de fantasía, sin contacto con la realidad, y se lo echaban en cara constantemente. Ella, en su bisoñez, contestaba que lo suyo era el arte, no la política. Pero el hecho diferencial era el género. Tenía un potencial enorme y no era (o no parecía ser) consciente de la carga sexual de su presencia y su música, que estaba en quienes la diseccionaban y la fotografiaban, empapelando la ciudad con pósters de Kate en leotardos y camiseta transparentes.

Esta presión publicitaria, además de la desgraciada experiencia de la gira, provocó que Kate Bush tomase una decisión radical. Salvo apariciones como invitada en conciertos de otros músicos o en alguna gala benéfica, no volvería a actuar hasta este verano pasado. Pero eso no influyó en su deseo de componer. Aunque algo debió resentirse, porque tras Never for Ever sufrió un bloqueo que tardó meses en superar.

The Dreaming

Kate barajó la posibilidad de realizar su siguiente disco con la ayuda de Tony Visconti, pero decidió que prefería las posibilidades que ofrecía la consola SSL 4000 B de los Estudios Townsend, un superordenador que podía hacer prácticamente de todo. Con este cacharro y la ayuda del ingeniero de sonido Nick Launay , un veinteañero que venía de producir Flowers of Romance a Public Image Ltd., ambos disfrutaron como críos, creando ruidos y efectos. Kate quería seguir repitiendo tomas y añadiendo colaboraciones inesperadas, como la del grupo de música irlandesa Plantxy, algunos miembros de The Chieftains, y la ayuda de Paul Hardiman, que había trabajado en discos de EL&P y de Wire, y que puso el broche final en esta grabación.

The Dreaming (1982) es un disco enrevesado y muy coyuntural (la obra de Byrne y Eno, My life in the bush of ghosts, está omnipresente). Surcado de efectos de Fairlight, duelo de instrumentos y máquinas, es un despliegue acrobático de voces y coros que frasean, gritan e impostan personajes. También aparecen ecos primitivos —muy de moda también—, como el sonido de instrumentos exóticos junto a los violines irlandeses. Pero por debajo de este castillo de artificio hay diez canciones redondas, más sombrías y dramáticas que lo que habíamos escuchado antes en ella. Kate suma su experiencia como autora a sus progresos en la programación, y el resultado es brillante, ecos de la tradición con arreglos futuristas, resumidos en dos historias: la que titula del disco, un recuerdo a los ritmos aborígenes de un viaje infantil a Australia, y la otra, la vida del escapista Houdini y su relación con el espiritismo, una pieza que, como toda su música, da sonido a una pequeña película en movimiento, y la lleva a la portada. Kate se fotografía abrazada al mago, y enseña en la lengua la llave con la que Houdini abría las cadenas, tras recibir el beso de su mujer.

El deseo de alcanzar la felicidad y, a cambio, verse atrapada en un laberinto sin salida, se repite en el baile indio de «Suspended in Gaffa», en los ritmos exóticos de «Leave it Open» y en la plegaria del soldado vietnamita de «Pull Out The Pin». La fantasía se descontrola en «All the love» (una conmovedora canción de despedida, salpicada con mensajes de contestador) y «Night of the Swallow» (esta incursión en la música irlandesa se adelanta a los Waterboys varios años). «Get Out Of My House» es un tributo a El resplandor desde una pesadilla ochentera, convertido el cuerpo de Kate en una casa poseída por los demonios, que cierra el disco con un coro de chimpancés.

Esas voces de monos que imitaba Kate fueron el colmo para la discográfica. Tras dos años y una fortuna invertida, no tenían un mal single para lanzar, sino un trabajo conceptual que no podía competir con los éxitos saltarines y frívolos. The Dreaming se encuentra en ese grupo de música que en el año 82 estaba más interesada en la experimentación, como los discos de The Cure o Siouxsie and The Banshees. Es curioso que Peter Gabriel, cuya carrera entonces iba por un camino muy similar, fuese honrado (lo sigue siendo todavía) como un supergurú de la mezcla de world music y tecnología, mientras que a Kate Bush se la considerase una especie de histérica. The Dreaming es una obra maestra, por las canciones, la ambientación y el empeño de su autora. Un disco que siempre se queda fuera de las listas que los archiveros del rock hacen de los mejores discos de los años ochenta.

Serían necesarios más de dos años para volver a saber de Kate Bush. Arrasada física y psíquicamente por The Dreaming, nadie imaginaba lo que estaba por venir.

(Continua aquí)

Imagen: EMI.
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14 comentarios

  1. Margarita

    Mi adolescencia estuvo marcada por los viajes a la costa gallega escuchando las canciones de Kate Bush

  2. ThrashJazzAssassin

    Gran artículo sobre una de las mejores cantantes ever, aunque no entiendo la insistencia en la comparación con Gabriel, que tal vez se diera en los inicios de su carrera, pero que yo nunca he visto en boca o dedos de crítico serio alguno. Hace ya años que Kate Bush figura entre lo más granado de los 80 en cualquier lista, tanto en las de los críticos profesionales como en las del público.

    Otras dos grandes divas del histerismo (dicho sea con cariño) por las que me pirro son Nina Hagen y Lene Lovich.

  3. QWERTY

    «I heard Stevie Nicks is a witch … She casts spells on people. I heard she cast a love spell on Lindsay Buckingham.»

  4. Totoro

    Kate Bush me ha gustado desde chico… De hecho mi primera polución nocturna llegó después de ver su video de Wuthering Heigl. Y la recuerdo con mucho agrado…

  5. Dani Bonzo

    Grace Morales y Kate Bush; No hay mejor forma de empezar el finde.
    Segunda parte ya!

  6. kilgore

    Wuthering heights es una carta de presentación, cuanto menos, hipnótica.

  7. RiverThames

    Tuve la suerte de ir a verla el pasado septiembre a Londres. El concierto fue mágico, increíble. Los músicos, la escenografía, la iluminación, la voz de Kate…Nunca lo olvidaré. Siempre he escuchado a Kate Bush, desde que tenía 14 años, y siempre la escucharé. Por cierto, el Támesis esos días estaba precioso. Vaya atardeceres. El paseo desde Putney Bridge hasta Chiswick es impresionate. Nunca olvidaré ese viaje.

  8. RiverThames

    Por cierto, la primera parte del concierto fueron 6 canciones sueltas de varios LP. Luego la cosa se puso seria: The Ninth Wave enterito con escenografía y , después del descanso, A sky of Honey, también entero, menos oscuro y mucha más optimista. En total más de 3 horas con un par de bises (entre los que estuvo Among Angels). Y actuó 4 semanas seguidas. La verdad es que se lo curró. A ver si sale el DVD. Genial Kate Bush!

  9. Maestro Ciruela

    Excelente artículo que me ha abierto más los ojos sobre el motivo de que me gustara siempre a rabiar desde que la oí hace ya tantos años en «Wuthering Heights», tema que jamás me canso de escuchar. Es una de las realmente grandes, sin duda alguna. Especialísima y con portentosas condiciones para el canto y la interpretación. La amo y la amaré siempre.

  10. serpico

    Gran artículo, espero con ansias la segunda parte. Para mí Kate Bush está a la altura de los Beatles, Pink Floyd y David Bowie. Hounds Of Love es uno de los discos más grandes que existen.

  11. DavidM

    ¡Burros! Lo que imita al final de Get out of my house (una canción extraordinaria, la única entre todas sus canciones que no intenta ser bonita, por tanto la canción con más espíritu rock que ha hecho) son burros. Una estrella que cierra su disco REBUZNANDO.

  12. En el top 40? Qué importancia tiene?

  13. Pingback: Jot Down Cultural Magazine – Kate Bush: clave de música y magia (y II)

  14. Excelente artículo. Cuánta ilusión me ha hecho descubrir un texto en español así sobre ella.
    Solo he de decir que no estoy de acuerdo con tu apreciación de The Red Shoes. Bien es cierto que es el disco más comercial y fácil de escuchar de Kate Bush. Oídos que tengan pocas expectativas.. deberían empezar por él. Pero creo que los matices rock que tiene sí que vienen a cuento.. y canciones como Lily, The Song of Solomon o And so Is Love son para mí de sus mejores canciones… Además la estética que creó para The Line The Cross and The Curve me ayudó mucho a entender el mundo fantástico que siempre nos describe en sus canciones.

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