La teoría del todo: los agujeros negros

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Imagen: Working Title Films.
Imagen: Working Title Films.

En el terreno del biopic existen algunos factores que suponen obstáculos adicionales para aquellas películas que se atreven a pintar esas radiografías biográficas. Por un lado la reciente predisposición del público a establecer un baremo basado en las probabilidades que tendría la cinta para encontrar hueco en el atardecer televisivo del domingo, ese tipo de crítica ajada que se atreve a sentenciar el mohoso «parece un telefilm de Antena 3». La teoría del todo volatiliza ese riesgo a los pocos minutos, descubriéndose como una obra facturada de manera elegante por un James Marsh que viene de forjarse en las crónicas, hace unos años ya recogió un Óscar de la Academia al mejor documental por Man on wire. Un realizador que en este caso a la hora de transportar la realidad al terreno de la dramatización fílmica opta por hacerlo de manera profesional y cuidada, mimando el diseño de producción, tratando temas tan peliagudos como la infidelidad de una manera refinada que prefiere insinuar antes que amarillear, pintando con azules los primeros chispazos y embalándolo todo con la estupenda banda sonora del islandés Jóhann Jóhannsson.

El otro bache que suele interponerse en el camino del biopic es la fidelidad del relato que ocurre en la pantalla con la historia real, una comparación que afila su punta cuando el sujeto cuya carrera se repasa aún se encuentra en el mundo de los vivos: Mark Zuckerberg, Julian Assange, Patch Adams o Michael Oher arrojaron pestes y plagas contra sus biografías en formato celuloide. Pero la cinta también se las apaña para regatear ese escollo desde su propia premisa: es una película sobre Stephen Hawking, pero que no utiliza como eje al Hawking astrofísico sino al Hawking cónyuge, una faceta mucho más de entrañas que de cerebro que resulta desconocida por completo para la mayor parte del público, o al menos para todos aquellos que no se han casado con él. La raíz de este enfoque se encuentra en el material de partida ya que el film es la adaptación cinematográfica de Hacia el infinito. Mi vida con Stephen Hawking, el libro de Jane Hawking, la primera mujer del divulgador científico. Un texto que explora la relación de pareja entre ambos: cómo se originó, cómo funcionó durante años y cómo se iría deteriorando con el tiempo hasta desembocar en la separación. Un amorío difícil por culpa de una enfermedad motoneuronal implacable que sacudió al físico cuando este contaba con tan solo veintiún años. Y un relato que contiene el morbo suficiente como para pescar a una gran masa de lectores y espectadores, aquellos que inevitablemente se preguntan cómo es posible que sea tan longevo el matrimonio con una persona afectada por una dolencia de esas características. Por eso mismo conviene dejar a un lado las expectativas de recorrer la obra científica de Hawking o su concepción: el guion despacha los descubrimientos y logros del astrofísico durante la primera parte de la película con un estilo muy hollywoodiense, para a continuación dar todo el protagonismo a la vida conyugal y sentirse mucho más cómodo así, dejando a la ciencia aparcada en un segundo plano e incluso ignorando las posibilidades del enfrentamiento entre esta y la religión, algo que parecía insinuarse con aquella primera conversación entre los protagonistas. El relato descubre finalmente que no nos va a contar la historia de Stephen Hawking, sino la de Jane Hawking y su compañero, alguien que incidentalmente resulta ser Stephen Hawking.

Y en esa pareja está la clave, porque el libreto no lo hace nada mal y funciona de manera eficiente cuando traslada las páginas a la pantalla, salpicando la narración con anécdotas reales como esa apuesta que tiene por premio una subscripción anual a la revista Penthouse. Pero lo cierto es que el argumento tampoco se atreve a marcarse ninguna pirueta extraordinaria. El verdadero mérito de La teoría del todo no está en su guion sino en su reparto: Felicity Jones y Eddie Redmayne. Imparables y espectaculares como las dos caras de un proceso de deterioro agotador. Ella desgastándose psicológicamente en un matrimonio que requiere un esfuerzo constante: «No es una batalla, es una derrota», sentencia el padre de un joven Stephen a la futura esposa de este cuando la imagina incapaz de entender lo que se le viene encima, un sacrificio que supone ofrecer tanta dedicación a la vida de los demás como para abandonar por completo la propia, un agujero que irá creciendo en el interior del personaje. Jones es capaz de transmitir con eficacia esa sensación de erosión constante, hasta lograr anudar unos cuantos estómagos de la audiencia con una mirada perdida en el infinito tras el volante del coche que transporta a su inusual familia. En la esquina contraria Redmayne encara el reto de representar el otro tipo de devastación, aquella que no va exclusivamente por dentro: la destrucción física. Un papel que resulta peligroso desde el mismo momento en el que la figura a interpretar es tan conocida y las consecuencias de su enfermedad tan llamativas que elegir al intérprete equivocado podría arrastrar a la miseria toda la película. Porque colocar en el rol del astrofísico a un actor que se desviase un milímetro de la contención gestual o que no pudiese llegar hasta donde lo requiere la interpretación podría acabar degenerando en algo parecido a un Rowan Atkinson retorciéndose como un miembro del Cirque du Soleil sobre una silla de ruedas. Pero Redmayne lo clava con tornillos dorados, su mimetización con la figura popular de Hawking es rotunda y acojonante. Dicen que el actor conservaba la postura entre las tomas y su osteópata acabó comunicándole que como consecuencia de tanto forzar el cuerpo tenía la columna bailando samba; si además tenemos en cuenta que la historia no se ha rodado en orden cronológico, y que por tanto Redmayne ha tenido que saltar de un día para otro entre las diferentes fases de la enfermedad concluimos que el chaval se merece un ciclón de aplausos. El propio Hawking escribió al director del film para confesarle que en ocasiones creía estar viéndose a sí mismo, y nosotros nos lo creemos, porque cuando miramos a la pantalla no vemos a un actor contorsionándose, vemos al astrofísico en persona dentro de su propia historia.

Imagen: Working Title Films.
Imagen: Working Title Films.

La teoría del todo no es una película brillante, es una buena película dignamente facturada que tiene la virtud de contar un par de protagonistas cuyas actuaciones son brillantes. Solo por eso ya merece la pena, por comprobar que Felicity Jones y Eddie Redmayne están colocados en la posición perfecta de la línea de salida para comerse el mundo.

Tampoco es una película científica, es una historia de amor en la que la ciencia es un elemento que se descubre como algo no tan esencial como nos temíamos. Porque quizás los agujeros negros más destructivos y de mayor importancia no tienen lugar a años luz de la humanidad en medio de un espacio inabarcable, sino en una habitación de lo más vulgar donde una mujer se ve superada por tener que atender a un ser amado, que requiere de asistencia para algo tan sencillo como ponerse un jersey, y lidiar al mismo tiempo con las reclamaciones de sus hijos. Una habitación cualquiera donde la sensación de estar dejándose arrastrar por la desesperación comienza a crecer en el interior de esa mujer, absorbiéndolo todo como un agujero negro.

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4 Comentarios

  1. Estimado Diego Cuevas: Ojalá otros aprendan a escribir reseñas de películas como está escrita ésta. Y lo digo sin haber visto la película, que conste

  2. Pues será una crítica ajada y mohosa, pero sí, tiene el pestillo a telefilm de Antena 3 de domingo por la tarde. La diferencia es evidente, dos actores como la copa de un pino (Redmayne sobre todo) y mucho más presupuesto.

    Un par de cosas no me acabaron de convencer:

    La primera es que los secundarios a veces parecen más extras que otra cosa. Están ahí, pero como si no. Su amigo, los padres, los hijos… No sé como explicarlo exactamente, pero les falta «presencia».

    Y la segunda es el uso de recursos como el color y los planos para transmitir emociones. Me pareció como poco irregular. Planos exagerados mezclados con otros estáticos con poco gusto por el encuadre. Y escenas con colores cálidos y falsos reflejos de luz que me hacían sentir que estaba viendo un anuncio de colonias.

    Esta claro que son apreciaciones personales y que a otros les puede capturar la historia y olvidarse por completo de estos detalles. Para mí la película no pasa de un notable bajo, gracias sobre todo a los actores.

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