Lo mejor y lo peor de El Ministerio del Tiempo

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Fotografía: TVE / Onza Partners / Cliffhanger.

(Al grano: El Ministerio del Tiempo ha pegado el petardazo más sonado en la ficción televisiva española desde, seguramente, Crematorio. Y pensamos que para bien. Por esa razón dedicaremos este artículo a señalar algunos de los valores que hacen de la criatura de Javier y Pablo Olivares una serie singular, novedosa y valiosa en la industria televisiva española y reseñaremos después los puntos por los que más se tambalea. Y habrá SPOILERS).

Lo mejor

1. Un cuento diferente sobre lo público

Atención, pregunta. ¿Le parece que lo verdaderamente fantasioso sobre El Ministerio del Tiempo es que se trate de una institución secreta que custodia unas puertas subterráneas que conducen al pasado, descubiertas en el siglo XV por un rabino toledano, y que solo funcionan en los territorios que fueron españoles en su día, y que además lleva siglos operando con la complicidad de muchas figuras insignes de la historia, y que algunas se peinan raro, y todo esto sin sucumbir a la tentación de manipular el propio curso histórico del país y llevarlo, qué le diría yo, al liderazgo en el concierto de las naciones y a ser, en suma, la jodida pera limonera? Porque, si lo piensa, a lo mejor es lo de menos. A lo mejor la novedad, lo verdaderamente inverosímil, es que un ministerio español funcione bien. En general.

No es un chiste. Los viajes por el tiempo entran en las convenciones del género fantástico y la ciencia ficción, y por eso le resultan digeribles al televidente. Pero lo segundo no. En la mente colectiva —la mente colectiva española, se entiende— también existen convenciones sobre cómo es lo público y tienen poco que ver con lo que nos están contando los Olivares. España tiene uno de los índices de percepción de la corrupción más altos de la Unión Europea, superado solamente en Italia y Grecia. Y aunque políticos y cargos electos se llevan la palma, un vistazo al Eurobarómetro ilustra la pobre imagen que tenemos también de los profesionales de la Administración y los funcionarios. Se ajuste o no a la realidad —no entraremos en ese jardín—, la imagen que tenemos de ellos es, bueno, la que es.

Fotografía: TVE / Onza Partners / Cliffhanger.

Y por eso El Ministerio del Tiempo incorpora una refrescante novedad, o lo hace el hecho de que se haya ganado la simpatía generalizada de los espectadores. Ahí están las audiencias explosivas de Aída, de La que se avecina y de la muy reciente Allí abajo, una serie al rebufo del fenómeno Ocho apellidos vascos. O la misma Ocho apellidos vascos, la película más vista de la historia del cine español, que comparte la condición de gran blockbuster con varias otras caricaturas de lo nacional, entre ellas Torrente y Mortadelo y Filemón. En España, las ficciones que incorporan un relato sobre lo español que verdaderamente contentan al público son las parodias. Por eso se celebra cuando ocurre, y este es uno de esos casos, que los narradores nos cuenten un cuento sobre nosotros mismos sin complejos y sin ir pidiendo perdón por adelantado, aunque solemos olvidar que no se debe disparar al pianista. Quien no respalda las apologías no es el creador, es el espectador.

Pero los Olivares, empeñados en contarnos la historia de una institución secreta española que no sea la T.I.A., han comprendido que, para ello, deben primero engañarnos y hacernos creer lo contrario. Por eso los chistes sobre la picaresca o esa inclinación tan patria, según el personaje de Salvador, hacia la improvisación. Y su forma de abundar en el verdadero cuento español contemporáneo: la crisis y los demás jinetes que cabalgan en su cortejo, que son la corrupción, la venida a menos, la pobreza y los recortes. Pero siempre, ojo, verbalmente. Con la forma de un aderezo superficial, de un chiste o de una broma que busca satisfacer puntualmente la visión convencional sobre lo español que cimentan decenas de títulos de ficción previos. Para naturalizar lo que, a fin de cuentas, es una historia verdaderamente inaudita: la de una institución pública española que funciona con una integridad y un rigor casi —casi— escandinavos.

2. Servicio público en la televisión pública

Y la convicción de los creadores no debe extrañar, porque eso es precisamente lo que están haciendo ellos: aspirar a la excelencia en un medio público.

¿Cuántas veces han escuchado —o incluso han dicho— lo buena que era la TVE de los ochenta? ¿Diez? ¿Cien? Pues regocíjense porque, a todos los efectos, El Ministerio del Tiempo es La Bola de Cristal. No, ni salen electroduendes ni Kiko Veneno disfrazado de monstruo de Frankenstein, pero sí hace aquello que echábamos de menos del formidable programa de Lolo Rico: enseñar sin que nos demos cuenta. Y lo deja bien clarito desde los estupendos créditos iniciales, que ilustran otro de los objetivos que se marca El Ministerio del Tiempo: impartir una lección de historia de España disfrazada de serie de aventuras.

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Fotografía: TVE / Onza Partners / Cliffhanger.

Y a fe nuestra que lo consigue. Si no, ¿de qué iba a aparecer Lope de Vega en los trending topics de Twitter? ¿O Isabel II, el Lazarillo de Tormes o Torquemada? Que sepamos, no ha caído del cielo ningún rayo culturizador que haya llevado a las hordas de tuiteros a congregarse para asaltar las bibliotecas armados con gafas de cerca en busca de Fuenteovejuna, ni para inundar las hemerotecas anhelosos de interés por la reunión en Hendaya entre esos dos entrañables coleguitas que fueron Franco y Hitler. Más bien ocurre que El Ministerio del Tiempo ha servido eficazmente el tema de conversación, por cierto asistido por una impecable campaña en redes y online —además de contenidos adicionales sobre cada capítulo, la web de TVE ha ofrecido cada nuevo episodio a la vez que era emitido en televisión—. A lo mejor no es la manera más académica de aprender historia, pero es una manera. Y una manera es mejor que ninguna manera. Más de uno, y de diez y de cien espectadores de La Primera, conocimos a Juan Martín «el Empecinado» gracias a El Ministerio del Tiempo, y para nosotros siempre tendrá la cara de Hovik Keuchkerian.

3. No diga siglo XVI, diga Alatriste

Hay que notar, además, que El Ministerio del Tiempo ha conseguido todo esto sin batallas, sin grandes congregaciones de figurantes y sin demasiadas pirotecnias con los efectos especiales. Seguramente su despliegue de medios está por encima de los estándares de la casa, pero le ocurre lo que a casi cualquier producto televisivo: que siempre agradece más producción. A pesar de eso, la serie ha conseguido evocar con eficacia épocas, localizaciones y personajes, y de nuevo ha sido gracias a la maña de los hermanos Olivares y sus guionistas, Anaïs Schaaf, José Ramón Fernández y Paco López Barrio. Y es buena idea, en este punto, preguntarse cómo demonios lo han hecho.

Sin rodeos, que duele menos: «referencia», «autoconsciencia», «metatelevisión». Tres chorritos de ácido, chuf, chuf, chuf, directamente en sus ojos. Y sabemos que escuece, no crea que no. Estamos en 2015 o,  si prefiere un calendario más apropiado, en el año 11 d.K.B. —después de Kill Bill—. Del boom de la metaficción y del atracón de prefijos que nos dimos entonces —«meta», «post», «auto»— hace ya unos cuantos años. Ahora atravesamos el segundo ciclo del hype: la reacción, la negación por empacho. Entre otras cosas porque lo meta, con frecuencia, es una propiedad que se le atribuye alegremente a historias que no la tienen. Si le pedimos que aguante —y puede agarrar en este punto la tapa de su portátil, quizá quiera seguidamente cerrarla de un portazo— es porque lo decimos completamente en serio.

Fotografía: TVE / Onza Partners / Cliffhanger.

Eso sí: El Ministerio del Tiempo ha sido también víctima de esa ligereza con la que se celebra lo metaficcional. En particular porque lo que han aplaudido muchas reseñas ha sido únicamente el efecto humorístico de sus referencias. Empezando por la que se hacía, vía Rodolfo Sancho, a Curro Jiménez, el crossover con Isabel o el cameo de Jordi Hurtado, entre otros. O ese chiste tan comentado al inicio del tercer capítulo, cuando Velázquez se quejaba amargamente de que, después de restauradas en nuestra época, sus obras están demasiado iluminadas y parecen «una serie española de televisión». ¿Divertido? Sí. ¿El recopetín? Pues no. Pero sí lo es aquello que consiguen los Olivares usando estas bromas como instrumento: que miremos al pajarito mientras ellos, con la otra mano, hacen su prestidigitación.

Porque hacía falta verdadera prestidigitación, y no solo para invocar siglos distintos y realidades remotas. Piense en el perfil del espectador medio de TVE —cof, cof, Acacias 38, cof, cof, Alfombra Roja Palace—, y díganos: ¿cómo se consigue que ese espectador, cuyo mayor contacto con la ciencia ficción es cuando a Mariló Montero se le acaba el teleprompter, se coma sin rechistar y hasta disfrute de tramas más bien complicadas sobre viajes en el tiempo? Bien sencillo: haciendo que, cuando la cosa se parezca a la primera de Terminator, nuestro protagonista nos lo advierta así: mencionando «la primera de Terminator». Y que haga lo propio cuando la cosa vaya de loops en el tiempo, anunciando que aquello que vamos a ver será «como El día de la marmota». Los creadores de la serie recurren a la misma técnica referencial no solo para aclararnos los intríngulis de sus tramas, sino para transportarnos eficazmente a una determinada época: nos están llevando, en realidad, al universo ficcional que ya ha construido otro título, uno bien conocido por el espectador. No diga siglo XV, diga Isabel; no diga siglo XVI, diga Alatriste; no diga principios del XIX, diga Curro Jiménez.

Olivares ha definido El Ministerio del Tiempo como «una serie pop» y eso, que tantas veces no ha sido estrictamente cierto, lo es de forma rigurosa en su caso: explota los conocimientos que acumula el espectador sobre otras ficciones populares y los pone a su servicio, construyendo a partir de ellas sin quedarse meramente en su enunciación.

4. Fantasía, pero. Ciencia ficción, pero.

Por veinticinco maravedís, díganos: ¿es El Ministerio del Tiempo ciencia ficción o fantasía? Pista: la pregunta no tiene truco. Solo hay una respuesta correcta.

Parece ciencia ficción. Parece. Las convenciones a las que recurre, empezando solamente por la ubicuidad de la tecnología, son las de la ciencia ficción. Y la dialéctica policial y detectivesca emparenta muy bien con ese género. Pero no. Es una serie de fantasía. Una serie de fantasía, quizá, con la retórica de una de ciencia ficción. Pero fantástica.

Y eso, si nos lo permiten, es cojonudo. Abracemos la fantasía como un niño abrazaría una gran nube de algodón de azúcar: poniéndose hasta arriba de pringue. Porque no siempre tiene que ver con gnomos, orcos y hadas. Fantasía es cualquier narración que incorpora elementos sobrenaturales sin una explicación científica, y de eso no hay mucho en El Ministerio del Tiempo. ¿Cómo funcionan las puertas? Ni idea, pero funcionan. ¿Cómo funcionan el wifi o los teléfonos móviles en las distintas épocas de la historia? Cualquiera sabe, pero a los personajes no parece intrigarles. ¿Cómo es posible que unas puertas estén en barcos, otras en confesionarios, otras en monasterios, unas sean fijas y otras avancen en el discurrir del tiempo? Ni lo sabemos ni lo queremos saber ni a la serie le importa un pepino. La apuesta de los Olivares tiene mucho más que ver con la aventura y la diversión que con la verosimilitud científica. Al fin y al cabo, no es Looper ni Primer ni Predestination, ni ninguna historia que gire en torno al problema de la paradoja. Por mucho que Javier Olivares no lo admita, El Ministerio del Tiempo se parece más a Doctor Who, que de ciencia ficción tiene poco y preocupación por las paradojas, aún menos. Y él mismo, cuando le preguntan por las referencias de su serie, no cita a Larry Niven ni Robert Heinlein, sino a Tim Powers y Mark Twain.

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Fotografía: TVE / Onza Partners / Cliffhanger.

Por desgracia, Twain, remedando a Lord Byron, también dejó un aforismo muy recordado: «Por supuesto que la realidad es más extraña que la ficción: la ficción debe tener sentido». Lo cual nos lleva al primer problema de la serie que reseñar y con él, al bloque de crítica.

Lo peor

5. No future

Porque en la ficción no vale todo, por más que se trate de fantasía. Fantasía, sí; Jauja, no. Y El Ministerio del Tiempo no es una excepción.

El que sigue uno de los temas que más ha dado que hablar a los seguidores de la serie, para algunos porque constituye un enigma y para otros porque se trata de un punto inconsistente en el planteamiento mismo de la historia. Las puertas que custodia esta institución conducen al pasado y permiten regresar de él, pero no llevan al futuro. Se nos aclara en el primer capítulo de la serie, cuando Salvador revela a Julián la naturaleza de las puertas del tiempo. El segundo pregunta entonces si se puede viajar al futuro y el subsecretario responde que no, aportando como explicación que «el tiempo es el que es». Llámalo aportar una explicación, llámalo no aportar ninguna en absoluto.

Pero no. Si Amelia o Alonso hubieran estado en esa misma secuencia —y he aquí la razón por la que no estaban—, podrían haber replicado que sí se puede viajar hacia el futuro, porque de hecho ellos acaban de hacerlo. Han viajado desde sus respectivas épocas hacia adelante. Y en ese mismo episodio, el primero, dos personajes secundarios —un general de Napoleón y un español afrancesado— harán lo propio para conocer el resultado de la Guerra de Independencia, viajando hacia adelante desde 1808, de nuevo, hasta 2015. Salvador dice que no se puede viajar hacia el futuro pero no es cierto: simplemente ocurre que la barrera del presente, de 2015, no se puede rebasar.

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Fotografía: TVE / Onza Partners / Cliffhanger.

Hubiera sido sencillo explicarlo así, sin más, y aportar un motivo que lo justificase. Sencillo porque esto es ficción; era tan fácil como inventar una razón técnica o científica, o incluso anunciar que este es un enigma cuya razón se desconoce, como el funcionamiento mismo de las puertas. Motos peores se han vendido solo porque alguien las pinta en una pizarra —aquí una, aquí otra, aquí otra–. Pero no. La cuestión, en lugar de enfrentarse y resolverse, se eludió. Y la escurrida de bulto que implica el aforismo de Salvador, por lo visto, no era otra cosa que eso, una forma lírica de dar la cuestión por zanjada. En una reciente entrevista —aquí a partir del minuto veintinueve—, el mismo Olivares revela que «cada serie o cada novela tiene sus propios códigos», que la suya tiene «el tope en el presente» y que eso es todo. Chimpún.

Y sí, claro. Cada ficción sobre viajes en el tiempo tiene sus propios andamios, a falta de unos universales. A esta, como a cualquier otra, no se le reprocha la forma o el color de los suyos, pero sí lo que a todas: que se vean. Y si el asunto ha dado que hablar a los espectadores, sacándoles de la historia para obligarles a especular sobre sus resortes y engranajes internos, la conclusión es clara: es que se le han visto.

6. El problema de Mecano

En este país no veíamos un trío de dos hombres liderados por una mujer desde que Ana Torroja y los hermanos Cano aterrorizaban nuestros oídos y destrozaban la confianza en nuestro vestuario hace ya treinta años. Y eso mola. Mola que la persona más inteligente y más preparada sea la cabeza de nuestro particular comando y que los otros dos agentes del tiempo respondan a especialidades diferenciadas. Vamos, como con Mecano. El problema es que, al igual que pasaba con el trío de tecno-pop-con-hombreras, la calidad de los personajes y de los intérpretes también es dispar.

Si el preferido del público es Alonso de Entrerríos, soldado de los Tercios metido a francotirador y con aspiraciones de salir en Sons of Anarchy, es porque, efectivamente, es el caramelo del elenco. Con sus arrebatos de caballeroso gorila y su ingenua sorpresa ante las maravillas del futuro se ha ganado el beneplácito de la audiencia. Y a la credibilidad del personaje contribuye la estupenda interpretación de Nacho Fresneda, que bascula sin dificultad entre la gravitas de los momentos intensos y el cachondeo de los leves.

Sin embargo, las actuaciones de sus dos compañeros son más planas. Por un lado, Aura Garrido en la piel de la decimonónica Amelia Folch, pero debido a unos diálogos algo romos o a que la actriz aún no se ha asentado del todo en el personaje. Y similar ocurre con Julián Martínez, posiblemente el personaje más desdibujado pese a que, supuestamente, es el hilo conductor de la serie y el sosias con el que se identifica el espectador. No es que estas interpretaciones menoscaben drásticamente la calidad general de la serie ni que nos saquen de la narración, pero se ven más irregulares, sobre todo al enfrentarlas a secundarios tan sólidos como Jaime Blanch.

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Fotografía: TVE / Onza Partners / Cliffhanger.

A quien, por cierto, El Ministerio del Tiempo debe más de lo que se suele conceder en las reseñas. Algo tiene, aparte de lo evidente. Lo evidente es que se trata de un gran actor, nada que haya que ponerse a reivindicar a estas alturas del carrete. Pero lo otro es enigmático. Algo que se tiene o no, aunque seguramente se explique sin necesidad de romanticismos. Mucho es la dicción. Esa curva tan suya, esa forma con la que disuelve el final de la oración. Y lo demás, técnica. Tiene que ver con saber encender y apagar la vis cómica varias veces en el curso de una secuencia, o acaso de solamente una escena. Así es como Blanch sitúa su Salvador Martí, subsecretario de Operaciones del ministerio, en el punto preciso donde debe estar: a medio camino entre aquel M de Ian Fleming y un superintendente Vicente.

7. Un texto espeso

El Ministerio del Tiempo parte de una idea muy potente, sigue un desarrollo más que robusto e introduce algunas apuestas en la realización tan arriesgadas que cuesta creer que vengan del mismo país que emite cimas del cutrerío televisivo como La que se avecina o Gym Tony. Con todo, no es una serie perfecta. Probablemente tampoco quiere serlo, pero eso no es óbice para considerar como tales ciertos errores apreciables en el texto de los ocho primeros capítulos.

Ya hemos mencionado los diálogos a veces algo obtusos, quizá demasiado teatrales, que salpican el texto aquí y allá. Chirrían particularmente por contraste con la locuacidad de los personajes cuando se trata de los chistes —«¿Qué es eso de servicio de habitaciones? / Lo que me sale de los cojones»—, que seguramente es donde el texto consigue brillar más. También hay que señalar ciertos mecanismos de guion un tanto dudosos. Aunque la serie toma forma bajo la estructura clásica de capítulo autoconclusivo con un par de arcos que orbitan por encima de todos los episodios, con frecuencia estos arcos no han acabado de funcionar. Por ejemplo, en lo referente a la historia de la boda entre Amelia y Julián. Podría ser una pistola de Chéjov, pero como nos hemos tirado tanto tiempo sin saber nada de ella, cuando reaparece en el último capítulo ya no tenemos claro si es una pistola o un arcabuz. O el personaje de Nuria, la esposa de Irene. Si resulta tan determinante que va a desencadenar la rebelión del personaje de Cayetana Guillén Cuervo, quizá deberíamos haberla conocido un poquito antes del penúltimo episodio. Si es así, deja de ser una persona y se convierte en un Deus ex Machina, un plot device, un mero artilugio para hacer avanzar la narración que incurre en el peor error: descubrirse como tal ante el espectador.

Con todo, lo que más ha derrapado es la resolución del, por otro lado, estupendo capítulo final, donde nos enterábamos sin comerlo ni beberlo de que nuestra particular Carmen Sandiego, Lola Mendieta, no era tan mala malísima, sino que la mala en realidad es Irene pero resulta que no, que el malo de verdad es Salvador. Y en medio Julián, resolviendo el Cluedo cual Jessica Fletcher, de manera un tanto forzada y por el simple hecho de que es el protagonista, cuando aquí la avispada es Amelia. Es, quizá, lo que más necesita El Ministerio del Tiempo: fluir bien, como lo hace en la realización, y perder un poco de espesor en el texto. Por lo demás, esperamos que Javier Olivares no cambie ni una coma y nos regale, a partir del próximo febrero, otra temporada tan estupenda como la que acaba de firmar.

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Fotografía: TVE / Onza Partners / Cliffhanger.

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