¿Quiénes son los malos de esta historia?: la formación del Estado español, Austrias y Borbones

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Carlos I de España y V del Sacro Imperio Romano Germánico. Juan Pantoja de la Cruz, copia de un retrato de Tiziano (DP).
Carlos I de España y V del Sacro Imperio Romano Germánico. Pintura de Juan Pantoja de la Cruz, copia de un retrato de Tiziano (DP).

¿Cuál es la situación a la muerte de los Reyes Católicos? España, lo que más tarde será España, sigue siendo un conjunto de reinos con unas estructuras básicamente feudales y que se mantienen unidos de puro milagro. Han hecho falta unas cuantas muertes muy oportunas, además de la muy oportuna locura de Juana la Loca, para que Fernando II haya podido dejarle a su nieto los reinos españoles, pero Carlos I además, gracias a otras muertes también muy oportunas, heredará también enormes posesiones en Europa y la posibilidad de ser nombrado emperador. Una posibilidad muy posible, pero enormemente cara e inútil, porque, ¿a quién demonios le interesa que Carlos sea emperador, además de a él mismo? Lo cierto es que ni los castellanos ni los aragoneses quieren pagarle el capricho al nene y la cosa les va a salir muy cara, muchísimo más cara de lo que todos imaginan. Naturalmente hay que decir que Carlos no era el único rey que quería ser emperador. Otros reyes castellanos también lo habían pretendido, además de reyes de toda Europa. La vieja idea de reconstruir el Imperio romano, renacida brevemente con el Imperio carolingio, aún no estaba olvidada. Y además, qué leches, alguien le tenía que plantar cara al papa, que desde la Edad Media, y a pesar de la Querella de las Investiduras, los cismas, las herejías, los ataques de turcos y demás infieles, no había hecho otra cosa que aumentar su poder terrenal, sin perder un ápice de su poder religioso.

También hay que decir que el joven Carlos es impetuoso, que no conoce nada de lo que se cuece por aquí y, la excusa de siempre, puede estar un poco mal aconsejado. La verdad es que la lía bien liada, con las Comunidades, las Germanías y la invasión francesa de Navarra, pero he aquí que los grandes nobles, después de divertirse un ratito con el espectáculo, deciden salvarle el culo, como en el fondo no podía ser de otra manera. ¿El precio? Ya lo he dicho, saldrá carísimo. Prácticamente la destrucción de la economía peninsular, de lo mejor de la economía peninsular, de los únicos que podían sacar al país de la economía de autosuficiencia y podían meterlo en el incipiente capitalismo artesanal y comercial. Pero bueno, al final, muy lentamente, la economía se recupera, y mira tú por dónde el rey, o mejor dicho, la monarquía, sale reforzada.

Algunos dirán que 1524 es pronto para hablar de absolutismo, pero aquí, en este país aún no llamado España, al rey ya no le discute nada nadie. Si en la Edad Media los tres poderes estaban igualados, ahora los nobles y la Iglesia pasan a un segundo lugar. El que manda es el rey. Y si no llega al absolutismo no es porque tenga ningún contrapeso sino porque para afianzar el absolutismo necesita unos instrumentos de los que aún no dispone. ¿Y cuáles son estos instrumentos? Pues en dos palabras: administración y burocracia.

Felipe II. Pintura de Tiziano. (DP)
Felipe II. Pintura de Tiziano. (DP)

Volvamos a los Reyes Católicos. He dicho que sus reinos eran básicamente feudales. Ellos son los primeros en poner las bases del Estado moderno. Hace falta un ejército profesional (y con eso, de paso, quitamos poder a los nobles), hace falta un sistema eficaz de recogida de impuestos (y hace falta, por supuesto, aumentar estos impuestos todo lo que se pueda), hace falta un cuerpo de funcionarios, un cuerpo de funcionarios profesional y totalmente fiel a la monarquía (para lo cual hay que prescindir, en la medida de lo posible, de los nobles y de la Iglesia, y volvemos a lo mismo: cuanto menos se cuenta con ellos menos poder tienen). Hace falta tener un territorio unificado, lo cual va contra los fueros, las leyes consuetudinarias, las monedas y medidas propias, los señoríos feudales y todo lo que huela a siglos anteriores, incluidas, cómo no, las órdenes militares y el poder terrenal de la Iglesia. En fin, que está todo por hacer. Y se hará, poco a poco, pero se irá haciendo.

Lo primero es lo más fácil: los corregidores, los impuestos, usar su poder para ir desplazando lentamente a los grandes nobles y quitándole un poco de poder a la Iglesia, como el Patronato Regio o el disolver las órdenes militares. Luego crear un cuerpo diplomático y un ejército más o menos profesional. Con los fueros y las cortes aún no conviene meterse. Enfrentarse directamente a los grandes nobles aún sigue siendo inviable.

Todo esto cambia después de 1520-1524. Con la derrota de las Germanías y de las Comunidades se abre una enorme brecha y por esa brecha se cuela la larga mano del rey.

Pero no hay absolutismo real, ni teórico, porque aún no existe esa teoría política como tal. Y sin embargo el rey es dueño y señor de sus reinos. Y nadie le discute nada. Y pobre de quien lo haga, porque aquí tenemos a Felipe II y el asunto del Justicia de Aragón, Juan de Lanuza. Pero no, no hay que ir tan deprisa, no lo hagamos tan evidente, se puede matar a una persona, y hasta se pueden retocar un poco los fueros, pero mejor no quitarlos, mejor mantener las apariencias.

Esta será la línea de actuación de todos los Austrias. La línea roja que solo se traspasará con Felipe V y los Borbones.

Pero que ningún Austria se atreva a saltar la línea roja no quiere decir que se estén quietecitos. Felipe IV la vuelve a liar. La lía más que Carlos I a su llegada a la Península, que ya es decir. Su Unión de Armas estuvo a un paso de hacer saltar su imperio por los aires, pero ya se sabe que los imperios, vistos de lejos, parecen monolitos compactos y duros, pero de cerca se ven las estrías y por esas estrías se cuelan las fuerzas que los destruirán. La gelifracción de los imperios la trae la burguesía, que es el grupo en el que siempre se apoya el rey, que no se fía ni de los nobles ni de la Iglesia por muy domesticados que los tenga. La burguesía empuja por salir al mundo moderno, y el rey está muy interesado en hacer un Estado moderno. La burguesía tiene los funcionarios que el rey necesita. Los burgueses necesitan que alguien les despeje el camino y les haga su hueco y el rey está encantado con ellos, siempre que no les den fiebres nacionalistas o quieran utilizar sus plumas para otra cosa que contar sacos de trigo y hacer loas a la monarquía.

Imperios más sólidos se desmoronaron, por lo que muy bien se podía haber desmoronado el Imperio español (o esa cosa que llamamos pomposamente «Imperio español») en 1640, esto es, por querer ir demasiado deprisa en la construcción del absolutismo real, que existía pero aún no tenía forma concreta, que no tenía enemigos que pudieran parar su avance, pero tenía demasiado territorio virgen delante de él, y un desierto se traga a un ejército y de ese modo un rey puede ser derrotado por su propia ambición. Los últimos Austrias se estuvieron verdaderamente muy quietecitos, no fuera que el chiringuito se les desmontara del todo.

Felipe de Francia, duque de Anjou proclamado rey Felipe V de España en Versalles. Pintura de François Pascal Simon Gérard. (DP)
Felipe de Francia, duque de Anjou proclamado rey Felipe V de España en Versalles. Pintura de François Pascal Simon Gérard. (DP)

Pero un rey que quiera ser rey, aunque sea mínimamente, nunca se está quieto del todo. A fin de cuentas los reyes franceses, que tenían el mismo problema, aprendieron muy bien que para destruir un Parlamento no hace falta destruir un Parlamento, basta con no convocarlo nunca o casi nunca o basta con ir quitándole funciones hasta dejar solo el caparazón exterior, pero nada dentro. Y para eso nadie como las hormiguitas de los funcionarios, aprobando ordenanzas y rebuscando en los legajos, siempre dispuestos a desdoblarse en órganos consultivos y más órganos consultivos, y ramificarse en despachos y más despachos. Dejemos las cortes convertidas en ilustres ruinas y dejemos que el peso del gobierno lo lleven los consejos y los secretarios, y a estos consejos y a estos secretarios pongámosles otros consejos y otros secretarios, y hagamos los mismo con la administración municipal, porque para cargarse el poder de los municipios no hace falta entrar a sangre y fuego, como en otros tiempos, basta con poner a los consejeros y a los síndicos y regidores que sabemos que nos son fieles y desplazar muy sutilmente a todos los demás.

Si algo no para de crecer en los doscientos años de los Austrias es la administración. La economía va bien o mal, las guerras van bien o mal, pero la administración siempre crece como un gráfico perfecto, con su curva ascendente y metódica, las hormiguitas saben hacer muy bien su trabajo y al rey no le discute nadie. Los nobles se adaptan como pueden a los nuevos tiempos y la Iglesia suspira con resignación: se habían enfrentado a muchos problemas pero ahora les había salido una serpiente con siete cabezas dentro de su propio nido, los protestantes, y con ellos no les valía ni la cruzada ni la excomunión, necesitaban al rey, y aun así lo tenían muy mal. Ningún obispo o cardenal español volverá a tener el poder que tuvo, por ejemplo, el cardenal Mendoza, y cuando el rey ponga o quite o apoye o retire la confianza a alguno de los suyos, como en el caso del arzobispo Bartolomé de Carranza, los demás se callarán y mirarán para otro lado, porque al rey no se le discute. Han visto lo que ha pasado en el Sacro Imperio. Han visto lo pronto que los nobles se han pasado al luteranismo para quedarse con las rentas de los monasterios. No, no pueden molestar al rey, el único que puede defenderles.

Y el rey lo sabe. El rey sabe que los nobles ya no pueden nada contra él, que el papa ya no puede nada contra él (y si se mete mucho peor, como con el asunto del divorcio de Enrique VIII), que los municipios y los Parlamentos tampoco pueden nada contra él, pero sin embargo el absolutismo está en el aire pero no llega a concretarse, porque para concretarse tiene que quitarse la máscara y para quitarse la máscara tiene que usar la violencia.

Por eso las cosas seguirán tranquilas en la superficie hasta que llegue Felipe V y diga: «Ahora sí, ahora sí se han acabado los miramientos, qué fueros ni qué narices, Decretos de Nueva Planta y a tomar por…». En fin, no hace falta ser más explícitos porque se entiende, ¿verdad? No hay como una guerra para que el buen pastor se quite la máscara y el rebaño comprenda que el pastor es el pastor y las ovejas son las ovejas. Luego, una vez resuelto el malentendido, el pastor ya puede arreglar los pequeños detalles. Ya puede sacar la escoba y barrer todos esos consejos y todos esos Parlamentos que no pintaban ya nada desde hacía mucho tiempo, y de paso hasta puede reforzar los muros de la administración, que unos cuantos intendentes y unas cuantas secretarías nunca vienen mal, y ya puestos, porque el pastor es el mayor interesado en el bien de su rebaño (o lo que es lo mismo: la teoría del absolutismo pura y dura, ahora ya explicada sin rodeos), también puede dedicarse a mejorar la economía, porque si la economía va bien los impuestos irán bien y si los impuestos van bien el Estado va bien, y todos tan contentos.

Carlos III en traje de cazador. Pintura de Francisco de Goya. (DP)
Carlos III en traje de cazador. Pintura de Francisco de Goya. (DP)

En realidad los que crean el Estado español, ese país que en su momento pudo llegar a ser un país moderno, serán los Borbones, los tres primeros Borbones, Felipe V, que empezó fatal por la guerra de Sucesión y por el tratado de Utrecht, Fernando VI, que no pudo hacer mucho pero sí dejó claro el camino a seguir (el Catastro del Marqués de la Ensenada, por ejemplo) y desde luego el bien conocido pero no siempre entendido Carlos III, el único que tuvo tiempo suficiente y contó con las personas adecuadas y los medios necesarios para hacer todo lo que había que hacer, que aún era mucho. Y que además tuvo ganas de hacerlo. Lo que no se puede decir de los que le siguieron.

Carlos III mandó a Olavide a colonizar Sierra Morena, creo «reales fábricas», construyó canales, atacó el poder de la Iglesia (más aún) ampliando el Patronato Regio de los Reyes Católicos, limitando el poder de la Inquisición, expulsando a los jesuitas, decretó el libre comercio con América, fundó un banco, intentó reformar la enseñanza creando Escuelas de Artes y Oficios y atacando a los colegios mayores, organizó expediciones científicas, intentó racionalizar el difícil, casi imposible, asunto de los impuestos, con proyectos que fracasaron y que luego volverían a ser planteados una y otra vez para controlar mejor los Ayuntamientos, y de paso, para congraciarse con el pueblo después del enojoso asusto del Motín de Esquilache, creó el cargo de «síndico personero del común». En fin, hizo muchas cosas, incluso llegó a decretar que el trabajo manual no era deshonroso (la Real Cédula del 18 de marzo de 1783) para ver si los rancios hidalgos y los más rancios nobles se espabilaban, pero de todas sus medidas la que más éxito tuvo fue la creación de la lotería nacional, lo cual en el fondo no deja de ser triste. Cuando Carlos III murió en 1788 dejaba un país con problemas, con un imperio comercial con problemas, pero con la capacidad de mantenerse a flote o incluso, siendo optimistas, de llegar a buen puerto.

Lo que vino después es otra historia.

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