Juego de tronos V: Danza de cabrones

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Este artículo contiene SPOILERS

Vale su peso en vidriagón, pero ni por esas. Seis años y la reliquia perdida de Juego de tronos sigue sin aparecer, y eso que ni siquiera está perdida. Está guardada, que no es igual. Bajo siete llaves en algún oscuro sótano de HBO, cuyos directivos han jurado por los viejos dioses y los nuevos que antes morir que perder la vida. Es Winter is coming, el episodio piloto de Juego de tronos. No el que usted ha visto, no. El otro. El de verdad. El que se grabó en 2009, dos años antes del estreno de la serie, en Escocia y Marruecos, no en Irlanda del Norte y Croacia. Aquel del que no han trascendido más que unas pocas imágenes, entre ellas las de Theon Greyjoy como la ambición rubia e Ian McNiece vestido de reina Amidala. A Sophie Turner, la actriz que interpreta a Siesa Sansa Stark, se le escapó en una entrevista que la network estuvo a punto de no hacer Juego de tronos cuando tuvo este piloto sobre la mesa, con que imagínese el tostón. Y los mismos creadores de la serie, David Benioff y D.B. Weiss, reconocen que les quedó un poco, cómo decirlo. Dadá. Según han confesado ellos mismos, le pusieron el misterioso piloto a varios amigos y colegas de profesión y la mayoría ni siquiera se enteró de que Cersei y Jaime Lannister son hermanos. Y, quieras que no, eso desluce mucho un incesto.

Finalmente, la HBO se contentó con practicar cambios y volver a grabarlo todo. Con nuevas localizaciones, decorados, vestidos e intérpretes, entre ellos las actrices que dan vida a Catelyn Stark y Daenerys Targaryen, Michelle Fairley y Emilia Clarke, que sustituyeron a las originales, Jennifer Ehle y Tamzin Merchant. Aunque la verdadera transformación tuvo que ver con el guion, específicamente con la adaptación del texto literario de George R. R. Martin, el creador de la Canción de hielo y fuego. Por la copia del mismo que circula por internet sabemos que este piloto era mucho más literal con su libro, y que seguramente ese lastre fue lo que hundió la nave. Para reflotarla, Benioff y Weiss lo reescribieron no aligerando, sino cambiando el material de Martin, y así fue como el motor dejó de renquear y finalmente arrancó. ¿Por qué le contamos todo esto? Para que lo recuerde la próxima vez que se vaya a lamentar con grande pena y amargor de que las tramas de la serie no sean exactamente las de los libros, que es precisamente de lo que vamos a hablar hoy. Aunque siempre se deban censurar algunos de los cambios, conviene tener presente que sí, Benioff y Weiss ya probaron la literalidad. Y que no, no funcionó.

Acaba de concluir la quinta temporada de Juego de tronos y en Jot Down es tradición que comentemos en este punto el rumbo que lleva la adaptación en catorce puntos, siete para lo mejor y siete para lo peor. Así que vaya sacando el martillito de pedir silencio en la sala y haciendo ejercicios de precalentamiento con el dedo de juzgar, porque esta vez tenemos mucho de lo que hablar y un primoroso post de comentarios para que usted, fiel seguidor de la serie, pueda verter con comodidad sus apreciaciones y amenazas de muerte. Y una advertencia, otra vez: incurriremos en SPOILERS en tres, dos, uno, ya. Porque hablaremos de todo lo que ha ocurrido hasta el momento, aunque vamos a intentar no destripar lo que ocurrirá, es decir, la acción ya descrita en las novelas pero que aún no se ha retratado en televisión. ¿Entendido? Estupendo. Como dijo Alliser Thorne, el que avisa no es traidor.

Lo mejor

1. Canción de hielo… (la batalla de Casa Austera)

Imagen: HBO / Canal +.

Usted no sé, pero nosotros llevábamos cinco temporadas esperando esto. Desde la primera secuencia de Juego de tronos, sin ir más lejos. Y desde que la Vieja Tata anticipase en el tercer episodio ese invierno sobrenatural que se cierne sobre Poniente, «cuando el sol se oculta durante años y los niños nacen, crecen y mueren en la oscuridad, cuando los caminantes blancos andan por los bosques». Grumpkins y snarks, decía entonces Tyrion. Pero usted y yo sabíamos que no, y por eso nos quedamos a mirar. Porque la cosa se titula Juego de tronos pero entonces el Viejo Oso se preguntaba si «cuando los muertos y cosas peores vengan a darnos caza por la noche» importaría mucho quién estuviera sentado en el dichoso trono.

Fue lo que se prometieron Martin, Waiss y Benioff entre culos y decapitaciones: un apocalipsis. Concretamente, uno de naturaleza paranormal. Y por eso muchos de nosotros nos sentamos a mirar lo que, hasta ahora, ha sido fundamentalmente un culebrón medieval con aderezos de fantasía. Un año, y otro, y otro más. Y así cuatro, que se dice pronto. Hasta llegar a 2015 y seguir como entonces, mano sobre mano, el Gran Biruji sin llegar y con un elefante en la habitación del que nadie quiere hablar, pero que responde a un nombre: PER-DI-DOS. Temiendo que lo que esté viniendo no sea el invierno, sino otra Gran Tres Catorce. Y que la Canción de hielo y fuego se complete sin el prometido trance fantástico final, al que no pueden sustituir las conspiraciones palaciegas, los locuaces duelos dialécticos ni las atrevidas escenas de cama. Debe ser acción y fantasía, y solamente eso. Muertos vivientes, caminantes blancos y dragones. Hielo, fuego y nada más.

Y por suerte, después de cinco temporadas, la decisión con la que han chocado uno y otro elemento en la batalla de Casa Austera demuestra que esa sigue siendo la intención de Martin, Weiss y Benioff. Quizá sea el primer motivo por el que celebrarla, pero no el único. También es una batalla estupendamente facturada, aunque las legiones cagalástimas ya le estén criticando la abundancia de efectos especiales. De cinco contendientes —zombis, caminantes blancos, gigantes, salvajes y hermanos de la Guardia, más la aparición estelar de algunos miembros de Mastodon— solo dos son seres humanos, pero todavía hay quien piensa que esto es neorrealismo italiano. Y aunque la escaramuza tenga lugar súbitamente y acabe quizá demasiado pronto —en las novelas el choque se narra por referencias externas a la acción e involucra a muchos personajes fulminados de la adaptación—, seguramente es lo mejor. Como decíamos el año pasado, el último capítulo monográfico sobre una batalla, en el octavo episodio de la temporada anterior, no fue demasiado bien. Ni contaba con un chimpún como este, pura gloria en televisión para escarcha de nuestros pezones. Quiera R’hllor que no volvamos a tardar otra temporada entera en vernos la caras y los cuernitos con este supervillano, que por cierto no es el legendario Rey de la Noche.

2. Y canción de fuego… (el retorno de Drogon)

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Nos aterraba la escena de los juegos en Mereen. Era fácil convertirla en un pastiche entre Gladiator y la confusa batalla del Coliseo de El ataque de los clones. Pero la secuencia arranca con buen pie: las coreografías de lucha son variadas y atractivas, en particular el duelo desigual de Jorah con el espadachín braavosi. Y tras las peleas, el susto: ser Jorah Pagafantas Mormont arroja una lanza a mil metros de distancia, cual lanzador olímpico de jabalina. El objetivo del lanzazo es el nuevo marido de Daenerys, convirtiendo a la reina en viuda y dándole un ticket de salida a Jorah de la friendzone… o esa es la impresión que asalta al espectador hasta ver la lanza clavándose en un enmascarado. Entre el público se han infiltrado Hijos de la Arpía enmascarados, como tropas de asalto de Anonymous irrumpiendo en el Parlamento con máscaras de Guy Fawkes. Se desata una tormenta de espadas, y lo que en la escena de la muerte de ser Barristan quedó ridículo aquí logra parecer amenazador. En el momento clave aparece la bomba atómica de Essos: el dragón negro que despierta de una patada el sense of wonder del espectador.

La escena no es perfecta: hay algún cante de croma y momentos WTF (¿no es raro que un Jorah infectado de psoriagrís se deje tocar por Daenerys?), pero todo se perdona ante la visión de una Targaryen montando (¡al fin!) a lomos de un-puñetero-dragón. En el octavo episodio llegó un reto en forma de canción de hielo, y aquí Drogon entona su propia canción de fuego en respuesta. No es aún una sinfonía, pero sí el primer movimiento del concierto que se aproxima. El dragón aún no está plenamente desarrollado y es posible herirlo: la escena transmite bien la sensación de un triunfo arrollador amenazado por un peligro enorme.

Ah, y Tyrion. Fíjense en el careto de Tyrion… Ahí se refleja el auténtico sentido de la maravilla. La épica. La hostia en verso.

3. La reina de las malas decisiones

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Llevamos cuatro años agradeciendo a Peter Dinklage que enchufara a Lena Headey para encarnar a Cersei, pero quizá ha llegado el momento de enviarle unos bombones. En esta temporada que no por casualidad se abre y cierra con ellael personaje explota definitivamente, protagonizando uno de los arcos argumentales con más chicha y ya de paso llevándose por delante un par de riesgos que sobrevolaban a la mala malísima oficial. Cersei se aleja de la caricatura de reinona pérfida y chalada, que está a tres lexatines de charlar con su espejo porque teme que Margaery le mangue también el título de Miss Buenorra de Poniente. Gracias a la susurrante Headey y a esa pincelada de su niñez con la premonición de la bruja, el desquicie y la felonía de la Lannister van cobrando sentido, añadiendo al personaje una textura dramática que le viene al pelo para el lío en el que se mete ella solita. Vuelve a perseverar en su cualidad más destacable creerse más inteligente de lo que esideando una estratagema que como todos veíamos venir, acaba estallándole en la cara como colosal chaparrón de mierda.

Que Cersei querría muy fuerte ser Olenna Redwyne pero no le llega el riego era algo que ya sabíamos. Que tomaba decisiones así un poco a tontas y a locas, también. Pero ha estado francamente bien esa soledad forzosa sin Jamie ni un Tyrion cerca para advertirle de que la gente que vive en casas de cristal es mejor que no lance piedraspara dejarle entretejer una alianza con los más malrrolleros del lugar: los fundamentalistas religiosos. Fantástica la comprensión del arco de los Gorriones (liderados por un turbio Jonathan Pryce) y también, no lo neguemos, ver a Cersei dándole lametazos al suelo. Porque si poderosa era volcánica, herida y humillada lo es aún más. Que pague un poquito por haber sido tan hija de puta es algo que regocija: la reina del bitchface en un walk of shame por sus pecados no, no son precisamente los devaneos de alcobaes un giro retorcido, pero necesario. Cosa más dudosa es lo de usar una doble para el desnudo. ¿Que igual se les ha ido un poquito la mano con la crueldad? Piensen en el ISIS tomando la batuta, a ver qué tal. Cersei finaliza recolocada en un punto del tablero acojonante, en los brazos de la Montaña resurrecta y con una cara que haría desdecirse a Tyrion: porque ni el amor a sus hijos ni los pómulos la van a redimir esta vez de la que va a liar. O quizás ha aprendido algo.

4. Esas locas buddy movies en Poniente

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De un tiempo a esta parte, la serie nos ha dado grandes momentos de buddy movie, especialmente desde el loquísimo emparejamiento de Arya Stark y el Perro Clegane, dos personajes tan nihilistas y kamikazes que juntarlos era como hacer Arma letal pero con dos Martin Riggs. Esta temporada, la cosa sigue por el mismo camino. Para empezar, la relación entre Sansa Stark y Ramsay no es lo que se dice una fiesta loca, pero más allá del buen ojo que tiene la muchacha para arrimarse a los elementos más sádicos del tablero de juego (lo que ya es meritorio si hablamos de un tablero donde los peones son señores despellejados), lo cierto es que tener delante al entrañable psicópata de Ramsay nos ha ofrecido por primera vez a una Sansa mínimamente interesante y de la que cabe esperar algo de iniciativa. Buen cambio para quien había sido el personaje más insoportable y pavisoso del reparto, incluso durante la temporada anterior… y eso que solo hay una cosa tan difícil como encontrar un novio más cabrón que Joffrey: resultar insulsa cuando tu sparring verbal es Tyrion Lannister. Lo hemos visto con otras dos parejas cómicas ilustres esta temporada: primero, el enano y el bueno de Jorah Mormont, que aunque duraron poco nos depararon algunas conversaciones memorables. Después, la crema del pastel: Tyrion frente a frente con Daenerys Targaryen. Su larga conversación fue para un servidor el punto álgido del octavo episodio, y ni siquiera el ataque zombi en modo Abismo de Helm pudo hacerle sombra. La esgrima verbal entre los dos («después de todo, quizá os mande matar») fue digna del William Goldman que escribió el duelo de ingenio de La princesa prometida («no beberé del vino que está frente a vos»).

Pero si hay un dúo que parecía predestinado a entenderse, es el formado por Jamie y Bronn. Porque, ya que hablamos de aciertos, donde la serie se está luciendo de verdad es en el reciclaje de lo que en las novelas de Martin eran claras oportunidades perdidas, y adjudicarles a estos dos la tarea de infiltración not-so-secret en terreno dorniense (en sustitución de Personaje intercambiable #1) ha arrojado un porcentaje de compatibilidad entre ambos que ya lo habría querido Jesús Puente para su programa. Aunque Bronn le haga caída de ojos a cierta víbora peinada a lo garçon

Ahora que no podemos saber lo que tendrá pensado Martin para el futuro, solo queda esperar que Weiss y Benioff sepan seguir sacándose de la manga combinaciones tan disparatadas y maravillosas, sin miedo a experimentar en su celestineo. Al fin y al cabo, ¿quién nos iba a decir que juntar a Bruce Willis con Cybill Shepherd podía ser una buena idea?

5. Ramsay motherfucker Bolton

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Las que caímos rendidas ante Iwan Rehon cuando hacía de inadaptado romanticón en Misfits llevamos tres temporadas boquiabiertas observando de cuánta maldad es capaz Ramsay Bolton y cómo borda el papel el actor galés. Con esa cara de alucinado y sádico a más no poder, Ramsay recuerda al ultraviolento Alex de la película de Kubrik, o incluso al maquiavélico Joker. Abrimos la temporada viéndole ascender desde la bastardía a la legitimidad, después asistimos a su boda con Sansa, en la que protagonizaron fuera de escena uno de los momentos más truculentos y polémicos de la serie (y en Juego de tronos, esto es decir bastante), y cerramos con el intríngulis de lo que estará planeando para su madrastra y futuro hermanastro. El propio Rehon confiesa pasarlo bastante mal interpretando algunas escenas y en esta casa, aunque Theon nos inspira desprecio y Sansa hace varias temporadas que nos resulta indiferente, nunca les desearíamos un ratito con Ramsay. Es más, temblamos ante la idea de que los gorriones descubran el potencial del joven Bolton. A buen seguro formarían una combinación, ejem, inquisitoria.

6. Arya Stark

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La iniciación de Arya en los misterios del Dios de Muchos Rostros está narrada con una agradable contención y cierto respeto al material original, un bien escaso esta temporada. Llegamos a temer al principio que intentasen espectacularizar el aprendizaje de Arya añadiendo, yo qué sé, entrenamiento ninja, más asesinatos o una amenaza inventada cualquiera. En cambio hemos tenido escenas lóbregas y oscuras, reflexiones sobre la identidad y la renuncia (¡ese momento sencillo y fantástico en el que Arya esconde su espada Aguja!), e incluso momentos de incómoda tanatopraxia salidos de A dos metros bajo tierra. Un detalle de esa escena: Arya limpiando el pelo del cadáver usando los mismos gestos con que Myranda, más tarde en el mismo capítulo, lavará y desteñirá el cabello de la pobre Sansa.

Más allá del catártico momento de venganza final genuinamente starkiano, nos quedamos con una escena, o más bien un escenario: la fantásticamente creepy Sala de los Rostros que alberga las miles, decenas de miles de caras puestas en fila que los Hombres sin Rostro han ido coleccionando (¡hazte con todas!) a lo largo de siglos. No podemos evitar preguntarnos, eso sí, cómo llegan hasta los estantes de más arriba y lo que debe costar limpiarle el polvo a todo eso.

7. Bye bye, Jon Nieve

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Que retengan las fanfarrias los lectores cínicos, que si incluimos la muerte del efímero Lord Comandante entre lo mejor no es porque nos alegre. Sí, en la vida moderna lo molón es depreciar el amor, la luz y el bien porque nos parecen sosos, y asumimos que el bastardo lo era un rato. ¿Intensito y emo? Más todavía. Pero si disfrutamos de una serie plagada de un elenco de personajes complejos en sus tonos de gris entre el bien y el mal, también celebrábamos que hubiera alguno que nos recordara esa época en la que éramos niños, el invierno estaba lejos y quien queríamos ser era el bueno. ¿Por qué su muerte está entre lo mejor, entonces? Por cómo se ha narrado, por lo que implica y por lo que explicita. Que la serie se ha salido de los cauces del libro es algo que ya sabemos, y en muchos casos ha sido para bien (exceptuemos lo de pervertir por completo el personaje de Stannis). Benioff y Weiss acertaron al trasladar a Jon Snow a la batalla de Casa Austera, mientras que en el libro el líder de la Guardia que estaba allí era un personaje de una relevancia similar a la del tercer concejal suplente en las listas de UPyD para las elecciones al Ayuntamiento de Morata de Tajuña. Con Jon allí vemos lo que ya intuíamos y ahora sabemos: las intrigas de poder en Poniente son juegos de niños ricos, lo que viene con el invierno es una lucha entre el Bien y el Mal, así, con mayúscula. Jon ha pasado de no saber nada a saber lo esencial. Y toma las decisiones más importantes que jamás tomó un Lord Comandante de la Guardia de la Noche, aunque a esta no le guste un pelo. Nadie más que él es consciente de que no se construye un muro de hielo de trescientas millas de longitud y setecientos pies de alto solo para protegerse de los guitarristas de Mastodon. De que el enemigo es otro. Y ante los malos hay que estar unidos, aunque no todos entre nosotros sean los buenos.

Pero la ficción es tan inverosímil como la realidad, así que la alianza de civilizaciones no es muy bien recibida. Prejuicios conservadores, ya saben. Y hay una especie de crescendo narrativo («he visto cuchillos en la oscuridad», le profetizaba Melissandre en los libros, como César debía guardarse de los idus de marzo, miradas torvas de sus compañeros y diálogos muy precisos con Olly en la serie) que conducen a ese final tan shakespereano del último capítulo, puñaladas traidoras y el propio Olly ejerciendo de Bruto. Una coreografía perfecta que no acaba ahí, porque después de Jon Snow solo queda el caos. ¿Quién mantendrá la frágil paz entre salvajes y la Guardia? ¿Quién advertirá al mundo de lo que se viene desde más allá del muro?

Pues probablemente él. Pero esto ya sería hacer spoiler-ficción; no se alarmen: oficialmente está muerto y bien muerto, no les descubrimos nada. Si regresa o no, y cómo de cambiado estará de hacerlo, queda en el terreno de las teorías. No sabemos nada. O sabemos algo: el verdadero Mal va ganando.

Lo peor

1. Matar a un ruiseñor

Imagen: HBO / Canal +.

No diga nada, que todo lo que puede decirse ya lo dijo mejor Kay Cannon, guionista y productora de 30 Rock: «Estoy mayor para ver a nadie ardiendo en la televisión».

Y eso que verlo, verlo, no lo vio. Lo oyó, como todos. Durante cuarenta segundazos, los que pasan desde que la cámara se aparta definitivamente de Shireen Baratheon hasta el final de la secuencia en la que resulta quemada viva. Los que Weiss y Benioff consideraron que debíamos escuchar los gritos desgarradores de esta niña entrañable por la razón última de que hey, why not. Podríamos hacer como que nos creemos los motivos que aportan ellos, pero mira. La carne de niño churruscada le quita a cualquiera las ganas de ruedas de molinos de postre. Y eso que tenemos el estómago a prueba de fuego valyrio, o no hubiésemos aplaudido la muerte de Joffrey Baratheon como auténticos bellacos. Pero la de su prima, que ha sido bastante menos explícita, sin embargo ha sido mucho peor. Lo sabe usted, lo sé yo y lo saben Weiss y Benioff por más que digan que no: se han cargado a Shireen así, con ensañamiento y muy mal gusto, para darle al final de la temporada un chute de morbo y shock. Para sostener la atención del espectador —y esto es lo verdaderamente jodido— a cualquier precio.

Y además de forma torpe y patatera, porque a ver una cosita. Si hubiesen matado a Shireen sin montar el número, todavía. Como han hecho con Barristan Selmy o Jojen Reed, entre otros que siguen vivos en las novelas. O incluso cuando así fuera, pero entonces muriera sacrificada por las verdaderas enajenadas, que son Melisandre y Selyse. Y no artificiosamente a manos de su padre. Stannis, el Stannis televisivo que nos han vendido durante tres temporadas, no sacrificaría a su hija en una pira. Y no solo por amor, que también. Por política, que de hecho es lo único que le importa. Shireen es la última Baratheon, ojito. Aunque Weiss y Benioff lo pasen por alto para vendernos esta burra incomprensible, que un hombre obsesionado con el objetivo de reinar mate a su única descendiente porque le han dicho que trae buena suerte, como pisar mierda. Que a la postre es lo más parecido que tiene Poniente a una aspirante al trono a la vez a) legítima y b) deseable. Y que lo haga, además, por motivos religiosos, cuando hasta hoy se han dedicado a matizar constantemente que Stannis es creyente, pero no «un fanático». Palabras suyas, no nuestras. Evangelio de san Weiss y Benioff, temporada dos, capítulo cinco. Antes de medirse en el campo de batalla, Renly y Stannis Baratheon se encuentran en su región natal, la Tierra de las Tormentas, y Renly le dice lo siguiente a su hermano mayor: «Nunca me creí que realmente fueras un fanático. Alguien sin carisma, rígido, aburrido, eso sí. Pero no un hombre piadoso». ¿Eh? A ver si ahora va a resultar que nos inventamos nosotros las cosas.

2. Los gorriones

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Un mundo fantástico, que en el fondo no es más que la recreación de la Edad Media con todos los añadidos que puedan hacerla atractiva para el espectador —los dragones, los magos, las razas mutantes, los dientes sin cariar y las putas perfumadas— no puede ser creíble sin religión. En Poniente, y no indagamos más allá del mar que nos llevaría a tierras bárbaras por no llevarnos un chasco, la religión es lo bastante absurda como para ser creíble, pero queremos más detalles, qué diantre. La fe de los siete parece haber desarrollado una teología tan compleja que resulta imposible de explicar. Conceptos como la transubstanciación y la Santísima Trinidad, que tan afines y queridos son para los hijos de la Transición, relucen con prístina claridad al lado de ese galimatías de septones, maestres, ándalos, primeros hombres y la madre que los parió más allá del muro.

Hemos visto bodas, sí, pero muy poco flamencas —otro gallo habría cantado en la boda roja si cada señorona hubiera lucido su peineta— y ni siquiera sabemos si en los Siete Reinos, por ejemplo, las familias bien van a misa de doce los domingos, como debe ser, a cantar las alabanzas del Señor y comerse su cuerpo y beberse su sangre y aquí haya paz y después gloria. Ahí los querría haber visto yo, horas y horas escuchando el «santo santo santo santo es el Señor, dios del universo», siempre rezando por que aligeren el tempo, que lleguen al prestissimo e tanto troppo y esto termine cuanto antes, y no andarían ahora con tantos melindres a la hora de hacer frente a una reata de zombis desaboríos. Y ahora, para terminar de joder la marrana —con perdón— nos sacan a una panda de desharrapados meapilas que, para más INRI, presumen de una vomitiva pureza e incorruptibilidad moral que nadie que no estuviera ciego dejaría de relacionar con, con… ¡Mirad, es el primo Lannister de Albert Rivera! Añadid: se llaman gorriones y no les gustan los maricones. Mucho menos si practicas el sexo grupal con tu hermana. ¿Has engendrado retoños de tu misma sangre? Al hoyo, por salida. Están con los pobres y los piojosos, pero muy rojos no parecen. O sí. Yo qué sé. No era necesario, HBO. Mandad un dragón y que los queme a todos, a todos, a estos sí, en fila india, mientras cantan:

Juntooooooos como hermanos (atiende, Cersei)

Miembrooooooos de un septooón…

3. La muerte de Ser Barristan

Imagen: HBO / Canal +.

Amanece en Mereen. Al paso del inmaculado Gusano Gris y sus hombres, las lugareñas se giran preguntándose si al castrarlo le habrán dejado flauta o platillos. De repente, un grupo de extras enmascarados surgidos de la orgía final de Eyes Wide Shut prosiguen su juerga de after apuñalando transeúntes. En su papel de Guardia Urbana, los guerreros más temidos del mundo (a pesar de su estúpida costumbre de patrullar estrechos callejones portando lanzas de dos metros) plantan cara y caen como moscas frente a los juerguistas. Un anciano caballero que pasaba por allí desenvaina la espada y ataca de frente; siguen unos minutos de confusa y acelerada coreografía de lucha a empellones, durante la que el caballero jubilado rebota de un lado a otro como en un pinball. Tras un par de planos que no logran ser dramáticos aunque se filmen en un extraño contrapicado inferior, el caballero es apuñalado… Y uno de los pocos personajes que brillan con luz propia en el libro de Danza de Dragones resulta expulsado ignominiosamente de la Casa del Gran Hermano de HBO.

Matar a ser Barristan es un insulto al infrautilizado Ian McElhinney, que lleva desde el primer año sacando oro de sus pocos minutos en pantalla. Quizá se ha intentado darle así a Tyrion algún valor para la reina de Mereen (¿de qué le sirve a Daenerys un consejero de Poniente si ya tenía uno?), o introducir algún suceso relevante en la insípida primera mitad de temporada. Pero yo quería ver las dudas del honorable caballero crepuscular al verse de repente al mando de un lugar traicionero que no comprende; quería verle dirigir la batalla que ha quedado probablemente relegada a la sexta temporada. Para un personaje que hay con gravitas shakesperiana, se lo cargan una panda de borrachos. Así no, joder.

4. La violación de Sam

Imagen: HBO / Canal +.

La crudeza con la que se muestra el sexo en Juego de tronos no iba a ser menos en el caso del desfloramiento de Samwell Tarly. El pinchito más penoso de esta temporada goes to los secundarios más anodinos de Poniente, y seguramente está motivado por la lástima. Todo precioso.

La escena comienza cuando nuestro blandengue favorito, el que hace parecer duro a Jon Nieve, siempre dispuesto a defender a su chica, recibe una soberana manta de hostias que si no llega a aparecer el lobo huargo por allí igual ni lo cuenta. Tras desmayarse, es cargado hasta el catre por la sufrida Elí, que por si no tenía bastante con haberse casado con su padre y tener un hijo-hermano, ahora tiene que criarlo junto a este ñoño entre la caterva de criminales confesos que forman la Guardia de la Noche. Total, que cuando está Elí haciéndole de enfermera, Sam le lanza una de sus acostumbradas indirectas intensitas. Ella, visiblemente incómoda, intenta marcharse, pero él la retiene agarrándole del brazo. Ese gesto dispara en ella algún tipo de mecanismo regresivo por el que acto seguido se arremanga las faldas, se sube encima de él y hace todo el trabajo sin ponerle ningún entusiasmo, ni ternura, sin siquiera jadear o respirar fuerte. Sam, esa calamidad mórbida de pelo churretoso y pinta de no haber alcanzado la pubertad, no solo mantiene una pasividad total, sino que además cierra los ojos y lanza unos ays que no sabe una si está follando o le están haciendo la cera. Repelús máximo. Por suerte para nosotras, el asunto se resuelve en tres segunditos, pero como espectadores nos quedamos con un regusto amargo, de que mejor si no nos lo hubiesen enseñado.

En los libros, el encuentro sexual llega a producirse, pero con la trama bastante más avanzada y copichuelas de ron mediante. No obstante, el de la novela es un polvo peripatético también: cuando Sam procede a chuparle los pezones, Elí, que está con la lactancia, le llena la boca de leche. Amamantando a su amante. Es que no se puede ser más triste ni intentándolo.

5. Del reino progre a la tribu caló

Imagen: HBO / Canal +.

No haremos sangre con el yo-ya-lo-dije pero recordemos los presagios: Dorne olía a pescaíto frito y a españolidad arrabalera en la anterior temporada y ahora ya sabemos por qué. Weiss y Benioff no albergaban la menor intención de darle una adaptación digna al reino del sur, ni en cuanto a trama ni en cuanto a estética. La temporada ha reducido Dorne a una serie de jardines absurdos sacados de un anuncio de Chanson d’Eau, poblados por unas gentes agitanadas que tienen toda la pinta de disfrutar de la vida a base de taconeos y gazpachitos. Ojo también a ese mashup con Lawrence de Arabia que viven Jamie y Bronn en nombre del exotismo, donde echamos de menos a Aladdin aterrizando con la alfombra mágica. El verdadero espíritu e identidad de este reino el más progre de Ponienteni ha asomado las orejas, porque eso de que son muy salerosos y lo mismo les da carne que pescado era algo anecdótico que ni de lejos sintetiza las peculiaridades del territorio, que van más allá del calorcito: el único de los Siete Reinos donde no importa si se es hombre o mujer a la hora de heredar primogenitura, se vive la homosexualidad en público o no avergüenza ser un bastardo. Los Martell eran carismáticos, complejos y con bastante más enjundia, y no es difícil entender la decepción de los lectores al verlos despachados como mero relleno discursivo.

Tampoco nos rasgamos las vestiduras rompemos la camisay asumimos que la intención era condensar y adaptar la trama, eliminando el intento de llegar al trono de los de Lanza del Sol, que ya suficiente conspiraciones hay en ciernes como para calentar la mollera con otra más. No vaya a ser. Pero de eso, a reducir todo lo ocurrido en Dorne a una venganza personal de una Rosarillo desnutrida (Ellaria Arena) pues mira, no. Y lo de las Serpientes de Arena no se solventa con una ubre saltarina y un par de coreografías con lanzas en mitad de los Monegros. Eso sí, muy a favor del añadido de la muerte de Myrcella, la más insulsa de los amantes de Teruel, aunque ya puestos podían haber aprovechado para cebarse también con la guapa de la pareja, Trystane, antes de que se escape a protagonizar una campaña de cualquier perfume lánguido.

Como Jaime, nos largamos de Dorne en ese barco sin mirar a atrás, deseando no tener jamás que regresar al reino transmutado en celebración de la absurdez. Absurdamente también conservamos cierta esperanza de que el retorno de Weiss y Beinoff a España como plató en la próxima temporada salga algo mejor. Peor que Marina D’orne Ciudad de vacaciones va a estar complicado.

6. ¿Y los Greyjoy?

Imagen: HBO / Canal +.

Vamos a confesarlo de una vez: la quinta temporada nos ha gustado. Seguro que los odiadores tienen razón y aquí estamos equivocados en esto de disfrutar de la vida y no darle muchas vueltas. Pero buscando fallos significativos hemos encontrado pocos. Entre ellos, la completa desaparición de una de las grandes Casas de Poniente (porque Theon ahora es Hediondo, no cuenta). ¿Alguien recuerda a los Greyjoy y a Yara? Nosotros sí, aunque solo sea porque nos gustan los calamares. Y porque todo su arco argumental se ha borrado de un plumazo y no sabemos muy bien si no volverán o si toda la sexta temporada consistirá básicamente en un monográfico de la única chicha esencial que queda sin contar de los libros, esto es: su movida. Que sería una brasa de temporada entonces, la verdad. Y es esencial porque, sin querer spoilizar mucho a los que no hayan leído Festín de Cuervos, puede que los Greyjoy hayan encontrado una especie de arma de destrucción masiva que influirá en los equilibrios de poder de Poniente. O no, que esto ya es un sindiós.

7. Y aquello

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Aquello, sí. Aquello, guiño, codazo. Aquello que el año pasado llamábamos «eso» y ahora «aquello», porque ya empieza a quedar lejos. Hoy como entonces no revelaremos de qué se trata, pensando en quien no haya leído los libros, y a quien sí lo haya hecho baste decirle que nos referimos al epílogo de Tormenta de Espadas, el tercero de la saga. Y a lo que le sigue, una trama completa protagonizada por uno de los personajes más singulares de la Canción de hielo y fuego. Weiss y Benioff, sin embargo, decidieron no sacarlo en la temporada anterior y tampoco lo han hecho en esta, que es cuando se esperaba. Flipa. Teniendo en cuenta que hemos acabado con la quinta y que Juego de tronos seguramente tendrá siete temporadas, parece poco probable ya que el personaje vaya a aparecer en pantalla, aunque cuesta mucho imaginar las razones que se dan los adaptadores para habérselo cargado. De momento, resulta decepcionante no haberlo visto ya, cuando hace tiempo que correspondía, pero nos aferramos al clavo ardiendo: preguntados por este asunto, Weiss y Benioff no confirman ni desmienten, pero sí han dicho que antes de quejarse mejor esperemos a que hayan hecho las setenta horas de Juego de tronos. Menos da una, ejem, piedra. Así que prestaremos mucha atención a las diez siguientes, y ustedes también deberían. Nos vemos entonces.

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