¿Quién votó a Hitler?

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Cartel en una calle berlinesa en 1932, «Nosotros queremos trabajo y pan, vota por Hitler». Foto: Corbis.
Cartel en una calle berlinesa en 1932, «Nosotros queremos trabajo y pan, vota por Hitler». Foto: Corbis.

Uno de los debates más comunes de nuestro tiempo, durante estos últimos días aún más frecuente si cabe, es el que contrapone libertad y seguridad. En realidad se trata de una distinción falaz, pues la segunda es condición necesaria de la primera, ya que nada coarta más nuestra libertad que el miedo que provoca la inseguridad. El origen de este malentendido se lo debemos, al menos en parte, a Erich Fromm y a su libro —por otra parte bastante recomendable— El miedo a la libertad. Para quien no lo haya leído venía a decir que el auge del protestantismo en el siglo XVI y del nazismo en el XX tenían una misma raíz, anunciada en el propio título de la obra. La modernidad traería consigo una ruptura de los lazos que ataban al individuo en las sociedades tradicionales, lo que genera tanta independencia como desasosiego. De manera que, expulsado de ese apacible útero a un mundo en el que debe manejarse en plena libertad, el sujeto intentaría rehacer como fuera ese vínculo primitivo, bien a través de un mayor rigorismo religioso o de una ideología totalitaria. 

El nazismo sería un caso paradigmático de esto, con su énfasis en el colectivo por encima del individuo, con sus grandes mítines en los que cualquier personita, con sus miserias, temores y debilidades pasaba a sumergirse en una masa invencible que lo trascendía: Deutschland über alles. El libro se publicó en 1941 después de que el autor, judío alemán, huyera de unos compatriotas que no tenían nada bueno reservado para él, así que pudo verlo todo desde primera fila. Algo hay de cierto en su planteamiento, sin duda, pero con el paso del tiempo hemos podido saber con mucho más detalle los motivos del ascenso de Hitler al poder y hay algunos puntos que matizar. Para ello deberemos conocer quién y por qué se unió al nacionalsocialismo.

El 14 de septiembre de 1930 las elecciones al parlamento alemán ofrecieron un resultado que marcaría la historia del país y del mundo. El partido más votado fue, tal como era de esperar, el socialdemócrata. Pero estaba seguido de cerca —con más de 6,3 millones de votos y el 18,2% del total— por el NSDAP, una formación hasta entonces marginal que había multiplicado por ocho sus votos respecto a las elecciones previas celebradas solo dos años antes. Fue una auténtica sorpresa y un acontecimiento crucial, pues una vez ganada esa posición ya no hubo vuelta atrás: sus resultados irían en aumento en una República de Weimar ya agonizante hasta que el 30 de enero de 1933 Hitler fue nombrado canciller. ¿Cómo había sido posible? Aunque el partido había sido refundado solo trece años antes, las ideas que en una peculiar mezcolanza lo conformaban ya estaban en el ambiente desde tiempo atrás.

El antisemitismo por ejemplo llevaba siglos firmemente instalado en Europa, aunque en Alemania la población judía (que no llegaba ni al 1%) estaba notablemente asimilada en la vida económica, social y cultural; eran frecuentes los matrimonios mixtos y su identificación patriótica era plena hasta el punto de que muchos se consideraban orgullosos excombatientes de la Primera Guerra Mundial. Curiosamente la Cruz de Hierro al valor que obtuvo Hitler en dicho conflicto fue por recomendación de un oficial judío. Pese a ello el antisemitismo aún era una idea ocasionalmente empleada en algunos discursos políticos, que pasaría a incorporarse con inusual énfasis en el NSDAP, aunque tamizada por un nuevo enfoque que ya no sería religioso sino (pseudo) científico.

Ese nuevo enfoque estaba relacionado con un acontecimiento clave en la historia de la humanidad ocurrido unas décadas antes: la creación en Londres de una red de alcantarillado. Tal vez no suene muy épico, pero aumentó considerablemente la esperanza de vida en todas las ciudades que rápidamente la imitaron. La higiene pasó a ser un principio fundamental, casi obsesivo, de la medicina y de la salud pública, de manera que se extendió a otros ámbitos, se cruzó con otra idea también puesta de moda durante el siglo XIX como el darwinismo y algunos comenzaron a rumiar el concepto de «higiene racial». En 1905 se fundó en Alemania la Sociedad de Higiene Racial, cuyos fundadores reivindicaban la vieja idea espartana de decidir si los recién nacidos debían vivir o ser eliminados si presentaban problemas de salud. Aunque lo debía decidir un médico, ojo, que no eran ningunos bárbaros. El caso es que la eugenesia entusiasmó a todo el mundo de tal forma que los programas de esterilización involuntaria en esa época pasaron a estar activos en nada menos que veintiocho países. En Estados Unidos el simpático doctor Kellogg, por ejemplo, además de promover el desayuno de cereales y los enemas de yogur, también inauguró la Fundación para la Mejora de la Raza. Y por supuesto en el NDSAP la idea también se hizo un hueco. Hitler para 1920 ya había interiorizado a la perfección esa retórica científico-sanitaria para hablar de los judíos: «No creáis que vais a poder combatir una enfermedad sin matar la causa, sin aniquilar el bacilo, y no creáis que podéis combatir la tuberculosis racial si no os esforzáis por que la gente deje de estar expuesta a la causa de la tuberculosis racial».

La Catedral de Luz, ideada por albert Speer con focos antiaéreos para las reuniones del partido en Nuremberg. Foto: DP.
La catedral de luz, ideada por Albert Speer con focos antiaéreos para las reuniones del partido en Nuremberg. Foto: DP.

Como vemos el ideario nazi, aunque exótico y grotesco para la sensibilidad contemporánea, no tenía elementos particularmente lejanos de la cosmovisión de cualquier alemán de su tiempo, que podía votarlo o repudiarlo, pero en ningún caso sentir demasiada extrañeza ante él. Poseía ingredientes tan familiares como por ejemplo el colonialismo, que tanta importancia seguía teniendo para Europa por entonces y que inspiró al geógrafo Karl Haushofer la idea de que Alemania necesitaba expandir sus territorios hacia el este, un «espacio vital» que pasaría a formar parte del ideario del NSDAP por influencia del propio autor, que militó en el partido desde su misma fundación… aunque luego caería en desgracia cuando su hijo participase años después en la Operación Valkiria, el atentado frustrado contra Hitler.

Hablar de colonialismo nos lleva a otro elemento con el que está estrechamente emparentado, el nacionalismo, paradójicamente la seña de identidad más íntima del partido y al mismo tiempo aquello que más extendido estaba en la sociedad alemana, facilitando así su crecimiento explosivo. La reunificación del país llevada a cabo por Bismarck unas décadas antes conocida como Imperio alemán o II Reich era un episodio que encendía muchos corazones germanos, al que añoraban con la misma intensidad con la que expresaban su repudio por lo que hoy llamados República de Weimar. El discurso nacionalista-romántico era hegemónico en las universidades del país (y en parte de la alta cultura, como las óperas de Wagner), y el hecho de que estas ofrecieran además una enseñanza de alto nivel que habían colocado a Alemania en la vanguardia científica y técnica reforzaba su prestigio por asociación y marcaba así a las élites que luego ocupaban posiciones influyentes. Parte de esas élites formaron en Múnich la llamada Sociedad Thule, una agrupación secreta cuyo emblema era una esvástica y cuyos intereses oscilaban entre la investigación de los orígenes de la raza aria, el ocultismo y la lucha contra el comunismo. Este grupo fundaría el DAP en 1919, que un año después de su creación sería refundado por Hitler como NSDAP. Su nacimiento al término de la Primera Guerra Mundial no era casual y de nuevo estamos ante una seña de identidad del partido que al mismo tiempo estaba profundamente enraizada en la sociedad del momento. Como dice Richard J. Evans en La llegada del Tercer Reich:

Los modelos castrenses de conducta habían sido algo generalizado en la cultura y la sociedad alemanas antes de 1914, pero después de la guerra se hicieron omnipresentes. El lenguaje de la política estaba impregnado de metáforas del periodo bélico, el partido rival era un enemigo al que había que aplastar, y la lucha, el terror y la violencia se convirtieron en armas ampliamente aceptadas y perfectamente legítimas en la contienda política. Había uniformes por todas partes. La política, invirtiendo un famoso adagio del teórico militar de principios del siglo XIX Carl von Clausewitz, se convirtió en una continuación de la guerra utilizando otros medios.

Buena parte de los altos cuadros del NSDAP empezando por el propio Hitler, así como de las camisas pardas que ejercían de milicias del partido, eran veteranos que habían quedado irremediablemente marcados por el conflicto. Hasta tal punto era importante esa experiencia vital que Goebbels atribuía en los mítines su cojera a una herida de guerra (en la que nunca participó). En ella habían encontrado su lugar en el mundo, una camaradería, unos valores… y repentinamente todo eso había terminado. La censura del gobierno les hizo creer en todo momento que estaban ganándola, de manera que interpretaron el armisticio como una traición judeo-socialista, fue el mito de «la puñalada por la espalda» que les hizo odiar al nuevo régimen surgido tras ella y, muy especialmente, al Tratado de Versalles que le puso fin. Consideraban una monstruosa afrenta al orgullo nacional la cantidad de territorios (más de la décima parte del país) que el tratado exigía, así como el desarme impuesto y las compensaciones económicas exigidas. 

Dichas compensaciones, junto con la carga que suponían las pensiones a veteranos incapacitados y huérfanos, terminaron estrangulando la economía alemana, que en 1923 sufrió una hiperinflación por la que, por ejemplo, un kilo de pan de centeno paso de costar ciento sesenta y tres marcos a doscientos treinta y tres mil millones en algo más de nueve meses. Con el dinero perdiendo todo su valor llegaron esas imágenes que todos hemos visto alguna vez de niños jugando a construcciones con pilas de billetes, muchos pequeños ahorradores se quedaron en la ruina y la delincuencia —obviamente no para robar dinero sino bienes personales y alimentos— se multiplicó. La economía pudo estabilizarse a partir de 1924, pero años después llegaría el crac del 29 y en torno a un 30% de los trabajadores se quedaría en el paro. Una cifra elevadísima, aunque en España no nos llame mucho la atención.

Finalmente, otro factor que no podemos dejar de mencionar es la revolución rusa de 1917. Las noticias que llegaban de la violencia que estaba desatando no eran nada tranquilizadoras y apenas un año después Karl Liebknecht y Rosa Luxemburgo fundaron el Partido Comunista de Alemania y casi simultáneamente tuvo lugar la Revolución de noviembre, que derivó en el intento de instaurar una república de inspiración soviética. Aunque finalmente resultó frustrado y ambos dirigentes asesinados, los insurrectos secuestraron y mataron a varios miembros de la mencionada Sociedad Thule, que pasaron a ser mártires e impulsaron así la reacción nazi. La escalada en el enfrentamiento entre comunistas y extrema derecha no se detuvo ahí y la Liga de Combatientes del Frente Rojo encontraría la horma de su zapato en las SA o Camisas Pardas. Hay una novela muy interesante al respecto, supuestamente autobiográfica, que se titula La noche quedó atrás y fue escrita con el seudónimo de Jan Valtin. Digo supuestamente porque la cantidad de aventuras que protagoniza este agitador al servicio del Komintern no se viven ni en diez vidas, irradiando tal heroísmo que fascinó a Pío Moa hasta el punto de fundar el grupo terrorista GRAPO para emularlo. 

En cualquier caso el libro recrea muy bien ese ambiente de radicalismo político y lucha callejera con huelgas constantes, sabotajes, asaltos a sedes de otros partidos, peleas multitudinarias y, en definitiva, cientos de muertos con el paso de los años. Un conflicto que iba polarizando la sociedad y que permitió a Hitler mostrarse como el hombre que llegaría para restablecer el orden. Lo cual no deja de ser paradójico pues buena parte de esa violencia fue originada por los propios nazis, verdaderos maestros de la violencia política. Puede decirse que el nacionalsocialismo era, al menos en este punto, marxista. Pero de la escuela de Groucho: «La política es el arte de buscar problemas, encontrarlos, hacer un diagnóstico falso y aplicar después los remedios equivocados». Solo que en vez de buscar problemas, los creaban.

Espartaquistas en una barricada en 1919. Foto: DP.
Espartaquistas en una barricada en 1919. Foto: DP.

Los sectores que más lo apoyaron

Este breve esbozo de la doctrina y el contexto del NSDAP visto hasta ahora nos muestran dos cosas, que en parte desmienten o al menos matizan la tesis de Fromm con la que iniciábamos el artículo. El partido tenía arraigo en la mentalidad y las tribulaciones de la sociedad alemana, de manera que no era —al menos de cara al electorado— una organización al servicio exclusivo de un grupo, unos intereses o una psicología determinadas. Era lo que los politólogos llaman hoy un catch-all party con aspiración de ser interclasista y entrar en todos los nichos. No había pues un votante arquetípico de Hitler. En segundo lugar quienes le votaron no es que tuvieran miedo (o no solo) a la libertad. Lo que les daba miedo era la violencia callejera, el desmoronamiento de las instituciones y el caos económico. No se sentían abrumados por las múltiples posibilidades que se abrían ante su futuro, sino por la frustrante ausencia de todas ellas.

Dado que en las elecciones de julio de 1932 lograron acaparar el 37,2% de los votos está claro que llegaron a todos los segmentos sociales, pero aun así pueden señalarse algunos en los que el apoyo fue superior a la media. En primer lugar la población rural, evidentemente muy receptiva al lema de «sangre y tierra» que pregonaban los nacionalsocialistas y que pasaba así a ser la guardiana de las esencias nacionales. De nuevo queda en entredicho la idea de Fromm del votante nazi como un urbanita desarraigado nostálgico de la tribu. De hecho Berlín, una enorme metrópolis de cuatro millones de habitantes, mantuvo hasta que ya no le quedó más remedio unos niveles bajos de adhesión al movimiento.

Otro pilar fundamental fueron los jóvenes. Aquella ocasión en la que Hitler afirmó que «cuando un opositor dice: “no me acercaré a vosotros”, yo le respondo sin inmutarme: “tu hijo ya nos pertenece”» resultó especialmente inquietante y vampírico entre otras cosas porque tenía, además, toda la razón. Su doctrina encajaba como un guante en la mentalidad juvenil y adolescente al primar la acción sobre la reflexión y la visión maniquea de la realidad frente a la escala de grises que suele proporcionar la edad. El énfasis en la fuerza, el vigor, la camaradería y la esperanza en el futuro encandilaba a la chavalería y quedaba reflejado en la importancia que se concedía a la organización de las Juventudes Hitlerianas y en que el mártir oficial del nacionalsocialismo —que dio nombre a su himno y protagonizó infinidad de exequias— fuera Horst Wessel, un joven muerto a los veintitrés años a manos de un comunista. En torno a la cuarta parte de los votos que lograron en 1930 provenían de gente que acudía a las urnas por primera vez.

También logró una gran aceptación entre las mujeres. El propio Hitler se jactaba de ello cuando decía que «las mujeres siempre han estado entre mis apoyos incondicionales» y que «hemos ganado más mujeres para nuestra causa que todos los demás partidos juntos». Cabe suponer que lo apoyaban porque, obviamente, compartían su visión de cómo debía ser el futuro de Alemania. Ahora bien, ¿por qué en una mayor proporción que el sector masculino? Se han planteado varias explicaciones y una de ellas que creo convincente es que se trata de un electorado levemente más conservador. Por poner un ejemplo próximo, en el referéndum escocés el «no» representaba la opción continuista, mientras que el «sí» entrañaba un salto al vacío (o al menos así lo describían sus detractores), de manera que entre los hombres la diferencia fue de seis puntos a favor del no, mientras que entre las mujeres se elevó hasta los doce puntos. Pues bien, en el contexto de violencia desatada en las calles e incertidumbre económica de la República de Weimar, la promesa de orden y autoridad tal vez resultara clave para aquel apoyo incondicional femenino del que hablaba el líder del NSDAP. Para conocer más detalles sobre esta cuestión pueden leer el artículo Our Last Hope: Women’s Votes for Hitler de la historiadora Helen A. Boak.

Por su parte, los protestantes mostraban más del doble de apoyo al partido que los católicos y también tenían mayor representación los funcionarios y la clase media baja, y el norte del país más que el sur. El NSDAP logró atraer a una buena parte de los que previamente votaban a los nacionalistas y a los conservadores aunque su éxito fue menor del que esperaban con los obreros y parados, que permanecieron relativamente fieles a los partidos socialdemócrata y comunista.

En conclusión, en mayor o menor medida en todos los grupos sociales un buen número de electores se inclinaron por esa opción ante la inusual combinación entre unas circunstancias históricas, sociales y económicas excepcionales, el intimidante uso de la fuerza en las calles de las SA y la formidable maquinaria propagandística ideada por Goebbels. La solución que escogieron fue el comienzo de otros muchos problemas y ni con el mayor de los sarcasmos se podría decir que disfrutasen de lo votado pero, de eso no hay duda, hicieron historia.

Hitler da un discurso en la Ópera Kroll. Foto: DP.
Hitler da un discurso en la Ópera Kroll. Foto: DP.

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25 comentarios

  1. Echo de menos una mencion a la traicion, como asi lo sentian de aquella, de la Kaisermarine y sus alzamientos en 1918 en Kiel y que provocaron la caida del Kaiser Guillermo II. Hay que decir que la marina era partidaria de las tesis socialistas, y que con el tiempo muchos de ellos fueron casualmente depurados por el nazismo, ya fuera paramilitarmente con sus cuerpos, o politicamente una vez en el poder

  2. Pingback: ¿Quién votó a Hitler?

  3. Sixto Dueñas

    Habría que recordar que durante el gobierno nazi los alemanes primero consintieron y después disfrutaron el expolio de los judíos y las invasiones de los territorios.

    http://www.abc.es/hemeroteca/historico-10-03-2006/abc/Cultura/gotz-aly-todos-los-alemanes-nazis-o-no-sacaron-provecho-del-asesinato-expoliador_142679311584.html

    No expongo esto para deducir nada propio o congénito sobre Alemania y los alemanes, solo lo constato y me hace ver la sustancia débil y torcida del ser humano.

    • No tiene idea de lo que ocurrió economicamente entre 1919 y 1930.
      Alemanes en su pais pidiendo limosnas, y la minoria gozando de su incalculable riqueza.

      • Sixto Dueñas

        Vale, y en qué contradice eso que los alemanes se aprovecharan del expolio?

        Ya indiqué además que no hacía juicios. Es un hecho.

  4. carlos

    Me resulta un tanto curiosos los apoyos y las justificaciones.

    Primero, que tanto el mundo rural como los jóvenes le dieran un apoyo superior a la media.

    No sé si en los años 20/30 sería tan contradictorio como ahora, pero nadie se imaginaría que a Podemos y Ciudadanos, a parte de los jóvenes, donde más les votasen fuese en las zonas rurales …

    Y luego no me encaja que las mujeres, por “conservadoras”, votasen al partido nazi.

    Había opciones bastante más conservadoras, conservadoras de verdad como los democristianos, digo yo. En España conservador es votar al PP o al PSOE, que han gobernado alguna vez o están en el gobierno actualmente, no votar a los nuevos que tienen un discurso y una estética “rompedora”. No entiendo por qué el NSDAP pudiera ser considerada una opción conservadora.

    Luego lo de los protestantes no me sorprende en absoluto, visto el racialismo en general que desprenderían en EEUU hasta mucho más tarde.

    Sí me resulta interesante que no tuvieran éxito entre las clases obreras. Podemos/Ciudadanos tienen el mismo problema. PP y PSOE siguen arrasando entre las clases más bajas que no tienen estudios.

  5. casiopeo

    Bueno,el aticulo esta bastante bien hasta que la caga, culpar a la revolución alemana de 1919, aún indirectamente , del ascenso del NSADP, es bastante falaz y lamentable, asaz tendencioso, incluso. Es el estado mayor del ejercito alemán, con la connivencia de ciertos sectores del partido socialdemocrata el que alimenta el discursito de que la derrota de noviembre de 1918 es debido a la famosa ” puñalada en la espalda” dejudios, liberales e izquierdistas, idea que alimenta el resentimiento aleman y sostiene a los grupos ultraderechistas como la organización “Casco de Acero·, o el propio partido nazi. La revolución alemana es producto de la derrota, y ante la amenaza al status quo que supone el estado mayor alemán, con Lunderdoff a la cabeza, y el traidor Ebert pactan acabar con la revolución usando a antiguos soldados afiliados a milicias derechistas. Y de esos lodos, aquellos polvos.
    Con todas las distancias guardables, como cuando los americanos se dedicaron a alimentar la fiera muyahadin en Afganistan contra los socvieticos. A veces el enemigo de tu enemigo termina siendo tu enemigo.

    • Inocente

      Para un buen conservador (Hayek, “Camino de Servidumbre”) o un buen izquierdista siempre habrá un socialdemócrata (socialtraidor) al que culpar de cualquier mal. De Ebert y la historia del SPD en esos años la verdad no tengo un conocimiento profundo .-un capítulo de “El Rodaballo” de Grass, leído no hace mucho con motivo de su muerte.- pero me fío mas de su juicio. Una visión de la sociedad alemana, la burguesía que acabó aceptando el nazismo, la tenemos en “El súbdito” de Thomas Mann.

      • casiopeo

        Bueno, pues le recomiendo que lea “La revolución alemana” de Sebastian Haffner, un estudio histórico, no una novela donde describe perfectamente el vergonzoso pacto de Lunderdorf con ciertos sectores del SPD para cargarse el movimiento obrero que nace en Kiel y se extiendia por el resto del pais. Y como utilizaron a fuerzas de extrema derecha en ello.

      • Inocente

        Fe de erratas: “El súbdito” no es de Thomas Mann, es de su hermano Heinrich Mann. (si no me vuelve a traicionar la memoria)

  6. Gonzalo

    Leer el artículo y encontrar mil similitudes con nuestra Cataluña. Cuanto odio por la mentira y el nacionalismo (oxímoron)

  7. Lo siento Javier, pero creo que no has entendido la tesis de Erich Fromm. La URSS tenía mucha seguridad para la población, era un estado del bienestar sin libertad alguna. USA sería un ejemplo de libertad “absoluta” con mínima seguridad para la población. A Hitler se le votó como führer, como jefe, como caudillo. Si a eso no lo llamas miedo, miedo que Hitler iba a paliar si le votaban…
    Sí que hay miedo a la libertad. En España se demuestra desde el 39.

    • No estoy de acuerdo, la URSS no era una sociedad del bienestar, ése término se acuño en los países escandinavos, las condiciones de vida en la URSS eran duras.

  8. rutolf

    Puestos a pedir, yo hecho de menos que se mencionen los referéndums organizados a posteriori como el del 36 en el que se aprueba el partido Nazi único y la ocupación de territorios por un 99% :D

  9. germán

    “el intimidante uso de la fuerza en las calles de las SA”. Hay que recordar que los comunistas ejercían un uso de la fuerza más intimidante que el de las SA, por medio de bombas y ametrallamiento de sedes políticas, amén de las manifestaciones uniformadas al estilo de las SA. A los alemanes y a los italianos les gusta un uniforme más que a un ton.. un lápiz

  10. Rainer Funk

    En primer lugar, las interpretaciones que realiza usted sobre las tesis de Erich Fromm son bastantes sesgadas, por no decir que no tienen fundamento. Se olvida usted que una de las partes esenciales de la tesis de que se encuentra en “El miedo a la libertad” está referida al CARÁCTER SOCIAL. El carácter social viene condicionado tanto por las ESTRUCTURAS ECONÓMICAS que rigen una sociedad como por la BASE IDEOLÓGICA o ideas que esta tiene, todo ello en una perpetua interacción. (Ver también su obra “Más allá de las cadenas de la ilusión”). Estas dos estructuras modelan, repito, lo que podría ser el perfil psicológico de una sociedad. Una vez conformado el carácter social lo que hace Fromm es indagar, precisamente, en el rasgo de carácter o rasgos de carácter individuales (no el carácter individual completo) comunes a todos sus miembros que definen un carácter social particular.

    Como demostró EMPÍRICAMENTE con su famoso estudio sociológico efectuado entre 1929 y 1931 (la célebre encuesta), esa que usted interesadamente no alude en este artículo, y que se encuentra publicada para su disposición en “Obreros y empleados en vísperas del Tercer Reich” (2012; Fondo de Cultura Económica. En p. 39 hay un breve resumen), se encontró que solo el 15% de los empleados tenían una estructura de carácter democrática; que el grueso, un 75%, tenía los dos tipos de carácter (democrático y autoritario), y que el resto serían fervientes nazis (también la encuesta, su interpretación, se halla en la obra de Fromm “La condición humana actual”, 1981; Paidós, p. 59). Estos datos después los traslado a la población alemana en su conjunto. Esto quiere decir que, al rasgo de carácter autoritario que poseía la mayoría, incluyendo tanto a socialdemócratas y comunistas (no digamos ya el de los nazis), solo habría que activarlo con unas ideas o ideologías determinadas como con una situación económica también definida. En resumen, lo que ocurrió en el Tercer Reich fue lo que predijo Fromm con la famosa encuesta: que la mayoría del pueblo alemán (un 85% aproximadamente) comulgaría con las formas de vida e ideológicas del régimen nazi. Desde luego, no se puede refutar algo que después lo corroboran unos hechos sociales como los sucedidos.

    Aparte de las obras citadas de Erich Fromm, le recomiendo las lecturas del libro “Soldados del Tercer Reich. Testimonios de lucha, muerte y crimen”, de Sönke Neitzel y Harald Welzer, editado por la editorial Crítica (2012), y el ensayo de reciente aparición (2015) sobre Erich Fromm: “Neoliberalismo y otras patologías de la normalidad. Conversando nuestro tiempo con Erich Fromm”, del escritor y filósofo Enrique de Rodrigo, editado por PenBooks Editorial.

    Muchas gracias

  11. El artículo me parece bastante limitado. Juguetea con algunas historietas que en absoluto fueron fundamentales para explicar el ascenso del partido y su apoyo. Muy pobre el no presentar la evolución del voto y cómo hasta 1929 este partido era un tema menor. La crisis económica se hace pasar como algo más cuando fue la clave del proceso junto a la actitud política de la derecha alemana más tradicional y sus manejos. Se obvia igualmente el descenso iniciado en las últimas elecciones del 32, las últimas realmente libres, una vez que la recuperación parecía iniciarse y los excesos pasaban factura.

    Decepcionante.

  12. Pingback: ¿Quién votó a Hitler? - Coruña Daily News

  13. Andrés Hernández

    Suscribo el lúcido comentario de Rainer Funk, que contextualiza las ideas de Fromm. Sólo añado que el autor del artículo omite citar el trabajo académico más importante de Ciencia Política sobre el asunto. Se trata de la obra del profesor emérito de la U. de Maguncia, Jürgen Falter, “Los electores de Hitler”, basado en un exhaustivo trabajo empírico y no en las especulaciones de este novel autor.

  14. Víctor

    El otro día vi un gráfico que mostraba que en las últimas elecciones polacas el partido ganador, el ultraderechista Ley y Justicia, había ganado gracias al apoyo masivo de las mismas zonas rurales que, antes de la guerra, pertenecían a Alemania, y fueron precisamente donde Hitler cosechó más apoyos. No deja de ser curioso teniendo en cuenta que todos los alemanes que vivían en esos territorios fueron obligados a irse tras la guerra, y todo aquello fue repoblado por polacos. Por lo tanto, son gente sin ningún tipo de lazos con los alemanes de 1932, más que el sentimiento de pertenencia a un país humillado y pisoteado. Lo dicho: curioso. Las conclusiones se las dejo a alguien con más capacidad de análisis, yo no quiero mojarme :)

  15. GUILLERMO

    QUE BIEN ESCRIBE EL SENOR BILBAO

  16. Rodrigo Gonzales

    Al autor le sugiero la lectura del excelente libro de Götz Aly titulado La utopía nazi. Cómo Hitler compró a los alemanes, editado… sí, en España por Crítica. Si lo lee, podría yo ahorrarme una síntesis.

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