There is a valley in Spain called Jarama (I)

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Homenaje a los brigadistas caídos en la batalla del Jarama en febrero de 1937. Fotografía cortesía de pdlhistoria.

«Hay un valle en España llamado Jarama» no es un relato neutral de la Guerra Civil: solo refleja la percepción, acertada o no, que los voluntarios británicos tenían del conflicto. Está basado en fuentes extranjeras: textos académicos, crónicas y biografías sobre el Batallón Británico de las Brigadas Internacionales. La primera parte abarca el inicio de la guerra y la movilización del Partido Comunista Británico. La segunda, desde el «bautizo de fuego» de la batalla del Jarama (febrero de 1937) hasta la disolución de las Brigadas en 1938.

«Sigue trabajando así de bien y presiona al Gobierno Nacional para que apoye al pueblo español en la lucha por la libertad contra la invasión fascista extranjera. Hazle entender a la gente que la defensa de Madrid es la defensa de Londres y de la democracia en el mundo entero». Joe Lees era uno de los diez jóvenes de Oldham que habían viajado a España para luchar por la República. Cuando escribió estas líneas le quedaban tres meses de vida. Murió el 18 de julio de 1937 en la batalla de Brunete, en el primer aniversario del alzamiento. «Espero que volvamos a vernos algún día, dale recuerdos a los compañeros», le decía a su destinataria, una chica llamada Leslie, en otra carta enviada desde Albacete. El muchacho se disculpaba por la «mierda» de papel en la que estaba escribiendo, hablaba de sus cuarenta días en el frente, de la lluvia, de las balas «gimiendo» sobre sus cabezas y de los «inquilinos» que le habían salido en la barba. También le decía que si le sobraba algún paquete de cigarrillos Woodbines, chocolate o galletas ya sabía dónde podía enviarlo («pero no digas que estoy gorroneando…»).

«Ve a tomar una bebida por mí», terminaba. «Ve también a dar un paseo al parque el próximo martes y te veré en mi mente».

Los «camaradas» de Lee en Inglaterra hacían campaña para que Gran Bretaña, que había suscrito un pacto de no intervención en la Guerra Civil, apoyase la causa republicana. También recaudaban fondos, material médico y provisiones para enviar a España. El acuerdo, suscrito por todos los grandes países europeos un mes después de la sublevación, les obligaba a «abstenerse de toda injerencia, directa o indirecta, en los asuntos internos del país». Pero Alemania, Italia, Portugal y la Unión Soviética lo habían violado desde el principio, convirtiendo España en el campo de batalla de una guerra mundial en miniatura. «Nos enfrentamos a infantería mora, ametralladoras y aviones alemanes y tanques italianos. Oh, sí, y también a unos pocos fascistas españoles», bromeaba el brigadista Walter Gregory, de Notthingham, en una carta a sus amigos.

Británicos y galos se aferraron a la política de apaciguamiento tras la Primera Guerra Mundial. Querían evitar un nuevo conflicto con los alemanes, aunque para ello tuviesen que plegarse al régimen nazi, que se había rearmado con Hitler —violando el Tratado de Versalles— y proporcionaba aviones, municiones y hombres al bando nacional. El primer mes, el Frente Popular francés había enviado ayuda militar a España, pero el gobierno de León Blum cerró el grifo cuando los británicos amenazaron con no ayudarles si Alemania tomaba represalias. Tampoco era un secreto que muchos conservadores británicos veían en Franco un aliado contra el avance del comunismo. Sin embargo, las grandes ciudades se posicionaron mayoritariamente a favor de la República por varios motivos: porque creían que la guerra en España no era civil, sino ideológica; por la visión romántica de Gran Bretaña como defensora histórica de la libertad; y por la capacidad de movilización del Partido Comunista en los núcleos obreros.

«La guerra parecía encarnar el gran conflicto ideológico del momento. Para muchos era una lucha entre la democracia y el fascismo; para otros, entre la cristiandad y el comunismo. En ambos casos, el tema común era la defensa de la civilización frente a un enemigo brutal», explica Tom Buchanan en Britain and the Spanish Civil War (2008), obra de referencia en el mundo anglosajón. El alzamiento fallido generó un mito fundacional: «Por primera vez, un pueblo armado había resistido al fascismo […] y tenía una oportunidad real de derrotarlo». El problema del antifascismo es que sabe contra qué está luchando, pero no necesariamente por qué. ¿Por una democracia socialista? ¿Por una utopía anarquista? Esta diferencia de objetivos entre los defensores de la República, especialmente en Cataluña, «refuerza la idea de que España fue el campo de batalla de las ideologías europeas». Muchos brigadistas vaticinaron sin saberlo la Segunda Guerra Mundial. Si el fascismo se impone en el sur, decían en sus cartas y diarios, Francia estará aislada y Reino Unido tendrá que luchar por su libertad en su propia casa.

***

Al principio de la guerra, la mayoría de los extranjeros que se unieron a las milicias fueron alemanes e italianos exiliados. Algunos británicos estaban en España por casualidad, como los atletas obreros que habían viajado a Barcelona para participar en las Olimpiadas Populares del 22 al 26 de julio, un evento paralelo a los Juegos Olímpicos de Berlín que se celebrarían en agosto. Los jóvenes buscaron su hueco en las milicias populares o en los batallones de otros países que se iban formando; el batallón británico no estaría listo hasta diciembre. «Hubo una considerable inocencia política en esta fase inicial», señala Buchanan.

Durante el verano, el joven comunista John Cornford no tenía muy claro el «relato» de la guerra. Había llegado en agosto como reportero del News Chronicle y había decidido unirse a las milicias marxistas del frente de Aragón. «La situación política no es fácil de describir, sobre todo porque aún no he oído a nadie que explique la postura del partido, y la milicia con la que estoy aquí es el POUM, una izquierda sectaria semitrotskista», escribía en su diario el tataranieto de Charles Darwin.

El Frente Popular había ganado las elecciones de febrero, en julio se produjo una «revuelta fascista» y los obreros se armaron para luchar contra los militares sublevados. «Hasta ahí todo claro. Pero en Cataluña las cosas son de otro modo», señalaba. «El poder real» estaba en manos de los obreros, el 75% de la industria se había socializado, los milicianos eran «muy conscientes de su libertad» —se sentaban en los cafés que solían pertenecer a la burguesía— y los anarquistas preparaban un ataque al Gobierno de la República. «En Barcelona uno puede sentir físicamente lo que significa la dictadura del proletariado», anotaba.

Cornford esperaba vivir un par de aventuras, disparar unas cuantas balas y volver a casa unos meses después. «Sonaba bien, pero no puedes hacer algo así. No puedes jugar a la guerra civil, o luchar pensando que no te van a matar. Enseguida me di cuenta de que o estaba allí en serio o era mejor que me largase». En otoño, Cornford viajó fugazmente a Inglaterra y volvió a España en diciembre, esta vez con las Brigadas Internacionales. Murió el día 28 en la batalla de Lopera. Acababa de cumplir veintiún años. Dos semanas antes había escrito una carta: «Un camarada inglés vuelve a casa y es mi única oportunidad de enviarte una carta sin censurar […]. Aguantaré hasta junio o julio, y si sigo vivo volveré contigo…».

La formación de las Brigadas

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Miembros de la Centuria Tom Mann en Barcelona, 1936. Fotografía cortesía de Richard Baxell.

La admiración inicial por el espíritu de las milicias se mezcló con la frustración por su falta de experiencia. «¿Cómo podrían estos valientes españoles controlar el arte, la ciencia y la disciplina de la guerra? Mediante el ejemplo y la formación proporcionada por extranjeros», opinaba Tom Wintringham. El militar y reportero del Daily Worker se unió a la Centuria Tom Mann, formada por ingleses y españoles. En 1937 sería nombrado comandante del batallón Británico.

En septiembre de 1936, la Internacional Comunista empezó a organizar la creación de las Brigadas. Franceses, alemanes y polacos fueron los primeros en formar sus batallones en la base de Madrigueras (Albacete). Los británicos llegaron más tarde, entre diciembre de aquel año y enero de 1937. Allí se unieron a otros tres batallones para formar la XV Brigada: el norteamericano (conocido como Lincoln), el balcánico (Dimitrov) y el franco-belga (Seis de febrero). En total, entre treinta mil y cuarenta mil voluntarios de cincuenta países lucharon por la República, la mayoría de ellos franceses. La estrella roja de tres puntas fue su distintivo, aunque muchos portaban la hoz y el martillo en sus banderas y uniformes. Las mujeres trabajaron habitualmente en los hospitales de campaña, pero no siempre: la primera víctima británica de la guerra fue la artista Felicia Browne, asesinada el 25 de agosto de 1936 después de intentar detonar un tren enemigo cargado de municiones.

La postura errática de los laboristas, divididos entre la no intervención y el apoyo a la legalidad de la República, fue aprovechada por los comunistas para reclamar su lugar al frente de la izquierda. «Hasta ese momento habían sido vistos como una fuerza política externa, los agentes de una potencia extranjera, pero el Frente Popular les permitió presentarse como defensores de las libertades tradicionales británicas», explica Buchanan. «El Batallón Británico hizo que los comunistas no fueran vistos como subversivos, sino patrióticos». El apoyo al bando nacional se limitó a grupos católicos de áreas urbanas y parlamentarios conservadores cuyas organizaciones —Friends of National Spain, United Christian Front— tuvieron poco éxito. Entre otras cosas, porque no parecía necesitar más ayuda de la que ya tenía.

Los británicos que apoyaron a la República lo hicieron en varios frentes: el propagandístico (atacando la inacción de su Gobierno), el económico (recaudando fondos para comprar material y «compensar» a las familias de los soldados), el militar (reclutando hombres) y el humanitario (enviando equipos médicos, donando ropa, comida enlatada y evacuando a cuatro mil niños bilbaínos en mayo de 1937). Este último aspecto se canalizó a través del National Joint Committee for Spanish Relief, una organización que agrupó a más de cien plataformas —de cristianos a comunistas— con el objetivo de «aliviar el sufrimiento de las víctimas de la guerra». En teoría era un cuerpo «no partidista, no político y no sectario», pero su inclinación fue claramente republicana. El comité funcionó hasta los años cincuenta, dando cobertura a los exiliados. A menudo se emplea la expresión Aid Spain para referirse a la ayuda británica como un todo organizado, pero no era un movimiento oficial, sino una corriente social capitaneada por los comunistas y, en menor medida, los laboristas.

***

Los reclutas debían tener entre veinticinco y treinta y cinco años y acreditar cierta experiencia militar. Si estaban afiliados al partido, procedían de la lucha obrera y no tenían cargas familiares, mucho mejor. Con el tiempo, el único criterio fue tener más de dieciocho años y ser antifascista. Los voluntarios cruzaban el canal de la Mancha, llegaban a París y una vez allí el Partido Comunista francés se encargaba de llevarlos a España. Las autoridades lo sabían, pero solían dejar que siguiesen su camino.

El mensaje de la «lucha por la libertad de España» caló especialmente entre los sindicatos de la clase obrera, de la que salieron la mayoría de los dos mil quinientos británicos que se unieron a las Brigadas. También entre muchos «intelectuales proletarios» educados o autodidactas, comunistas, laboristas o, en algunos casos, «niños de ciudad». Sus ideas sobre el socialismo y la lucha de clases provenían de sus lecturas y clubes de debate. Tenían pequeñas bibliotecas con clásicos ingleses (Charles Dickens y Jack London), textos políticos (el Manifiesto Comunista y Merrie England), literatura soviética y una novela fetiche sobre los primeros pasos del socialismo en Inglaterra, Los filántropos en harapos (Robert Tressell, 1914).

La prensa dirigida a los obreros (working-class journalism) fue clave para movilizar a los trabajadores, ya fuese para recaudar fondos o alistarse. El Daily Worker fue crucial en la construcción del relato bélico y nunca faltaba en el frente. Según George Orwell, los periódicos comunistas «informaban de grandes batallas que no habían tenido lugar y guardaban silencio cuando cientos de hombres morían […]. Vi cómo la historia se escribía no en términos de lo que había ocurrido, sino de acuerdo a lo que tendría que haber ocurrido según las líneas del partido». Sin embargo, el escritor no estaba con ellos, sino con el ILP, un diminuto contingente enviado por los laboristas para apoyar al POUM. Su experiencia quedó recogida en Homenaje a Cataluña (1938).

Los nacionales y la derecha británica se esforzaron en difundir la idea de que los voluntarios eran mercenarios sin empleo. «Abandonan sus hogares y sus trabajos para hacerse ricos en España», decía el Manchester Guardian. El Daily Mail aseguraba que, además de rojos, eran ignorantes: los habían engañado «con la promesa de que estarían recogiendo naranjas la mayor parte del tiempo». Es cierto que algunos de los que se alistaron estaban desempleados, buscaban aventuras o creían que la guerra les reportaría algún beneficio económico. Pero los que pensaron de ese modo fueron pocos y desertaron en la primavera de 1937, después del baño de realidad de la batalla del Jarama.

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Discurso de Harry Pollitt en el exterior del British Museum, 1941. Fotografía: Imperial War Museums (DP).

Las brigadas tenían una estructura de inspiración soviética: junto a la jerarquía militar había un mando político en cada batallón, brigada y compañía. La tarea de los comisarios, siempre comunistas, era garantizar que los soldados tenían la conciencia adecuada y establecer una «disciplina moral» dentro del grupo. Es decir: los hombres no debían «cumplir órdenes», sino actuar voluntaria y conscientemente en defensa de sus ideales. Este modelo tenía, al menos, dos problemas: el primero, que los comisarios políticos participaban en las decisiones militares aunque no siempre tenían experiencia; y el segundo, que la ausencia de una cadena «vertical» de mando restaba solidez a las brigadas. La teoría de los comunistas es que una nueva república exigía un nuevo tipo de ejército, uno formado por iguales, unidos por la entrega a su cometido.

Los comisarios rendían cuentas ante el Partido Comunista de cada país; en el caso británico, ante Harry Pollitt, secretario general en Londres. También controlaban el flujo de noticias y libros que llegaban al frente. El brigadista Dick Hearn siempre tenía varios a mano: «De vez en cuando puedo leer un poco. Las balas cuestan dinero, así que a veces hay que contenerse… En la mochila llevo una copia de Dos tácticas [de la socialdemocracia en la revolución democrática] de Lenin, pero requiere más concentración de la que tengo ahora mismo. Ayer me pasaron una copia de Jew Süss y estoy deseando leerla, estoy interesado en el autor». Pese al control, los soldados consiguieron algunas copias del Daily Mail, un periódico que los humillaba a menudo. Su corresponsal en España, Harold Cardozo, apoyaba a los nacionales «en cuerpo y alma», según él mismo presumía. «Han hecho mucho ruido con el número de británicos que han muerto. Claro que hemos tenido algunas pérdidas. Nunca he oído hablar de una batalla que se haya librado en ninguna guerra en la que no haya habido bajas…», se quejaba Hearn. Medio millar de británicos murió durante el conflicto, aproximadamente la mitad en la batalla del Jarama.

Los mandos políticos también vigilaban el correo. «Querida Leslie, te escribo de nuevo para ver si tus cartas se han extraviado u ocurre algo malo porque no he recibido ninguna carta desde casa. Esta es la tercera que te envío y la sexta a casa…», empezaba Joe Lees la carta con la que arranca este texto. Los soldados no podían dar detalles sobre su posición o labor en el frente, pero la censura iba más allá, «impidiendo a los voluntarios escribir con honestidad a sus camaradas y seres queridos y viceversa» (Into the Heart of the Fire, James K. Hopkins, 2000). «Cuando escribía a casa… las únicas noticias que podíamos enviar eran un montón de mentiras alabando al Partido Comunista, y por ese motivo muchos nunca escribieron nada», contaba un voluntario a su regreso.

Otros mensajes que nadie esperaba sí que llegaron. Como el que recibió Mrs. McKie, de Sunderland: «Acabo de enterarme de la muerte de mi marido. Ha sido un shock terrible. No ha vivido para ver a su hijo recién nacido. Es como su padre. Lo criaré para que sea un luchador y odie el fascismo. Un amigo me ha dicho que no tendría que haber dejado que se fuese. Le dije que era su deber y que yo le apoyaba, aunque haya perdido a uno de los mejores hombres que hayan existido jamás».

(Continua aquí)

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8 comentarios

  1. Pingback: There is a valley in Spain called Jarama (I) – Jot Down Cultural Magazine | BRASIL S.A

  2. Qué época terrible, terrorífica. Pero qué gente aquella.

  3. Gracias por el artículo, espero la segunda entrega. Me gustaría matizar que Delicia Browne murió el día 25 y no el 22. Y no fue asesinada. Murió en combate mientras atendía a un compañero italiano herido. Un saludo

  4. Diantres, el 22 no el 25, jejeje… Menudo corrector estoy hecho ;)

  5. Enhorabuena por el artículo, Estefanía. Me gustaría recomendar a tus lectores la lectura de ‘Volver a las trincheras’ http://bit.ly/1T64cqV de Alfredo González Ruibal. Es la primera historia arqueológica de la Guerra Civil y se detiene en los restos de la batalla. Vale la pena también visitar el museo que Goyo Salcedo ha construido en Morata de Tajuña rescatando proyectiles, armas, restos de uniformes… Un saludo cordial.

  6. luchino

    Pues yo recomiendo «La guerra civil española», de Paul Preston. En formato cómic ( dibujos sin diálogos, solo ilustran el texto, muy detallado y razonado ), editado por Debate y dibujado por J. Pablo Garcia.

  7. Ciudades 30

    Artículo muy interesante. A veces se trata de sacar a relucir aquellos episodios que han quedado algo tapados por el paso del tiempo. Internet es una gran herramienta para conseguirlo :)

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