En todas las historias del Village hay alguna cama

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 Jack Kerouac. Foto: Corbis.
Jack Kerouac. Foto: Corbis.

No se puede beber un whisky en el White Horse sin ver a la muerte reflejada en el siguiente trago. Los fantasmas reclaman su ronda en la taberna en la que iban a morir los poetas. Y sobre la barra, en noches de alcohol interminables, hay quien jura haber visto la sombra transparente de la pirámide de vasos que acabó con la vida de Dylan Thomas. Podría haber muerto en cualquier momento, pero solo podía morir después de bebérselo todo en el bar donde quedan sus babas de borracho y sus versos vomitados. «No entres dócilmente en esa dulce noche», escribió. No salgas dócilmente podría ser su epitafio.

Dicen los testigos —testigos que nunca se pusieron de acuerdo— que Thomas llegó vivo hasta el Chelsea Hotel, donde los pecados se pegaban en los pasillos mugrientos. Dicen que antes de caer inconsciente le dijo a su amante, Liz Reitell, «me he bebido dieciocho copas de golpe. Creo que es un récord». Dicen que a la mañana siguiente todavía fue al White Horse a meterse unas cervezas reparadoras. Y que un médico le inyectó una dosis de morfina seis veces superior a lo que cualquiera habría aguantado. Lo siguiente fue el hospital de St. Vincent. Después, la muerte.

Dylan Thomas no volvería al falso pub inglés de la calle Hudson. Sí lo harían sus devotos en busca de las últimas gotas derramadas sobre la barra. Por si rimaban con algo. A Thomas hacía mucho que le había dejado de rimar la vida si no se la servían en una botella. «La bebida no era una gran musa que le hacía beber. Bebía porque era un alcohólico. Llevaba consigo todos los demonios y también algunos ángeles». Lo dijo años después Liz Reitell, que en algún momento debió ver algo de ese resplandor seráfico para darle a cambio su amor. Aunque en aquel tiempo todos amaban a Dylan Thomas.

Le amaban los que siguieron brindando en el White Horse a la salud de los vivos y de los muertos. De Norman Mailer a Allen Ginsberg, de James Laughlin a Frank O’Hara. En el baño de hombres apareció una noche una pintada que decía «Go home, Jack!». Pero JackKerouac— no era de los que se iban a casa. Los bares eran su hogar. El Chumley’s. El Julius, donde las hamburguesas lo absorbían todo. O el San Remo, el lugar del Village en el que el errante Kerouac decidió establecer su hogar improvisado. Allí empapaba sus horas. Tanto que un día se fue del local con Gore Vidal. Y no para compartir ideas sobre la inspiración y la literatura. La noche quedaría en la nebulosa de la amnesia para el autor de On the Road, pero no se le borraría de la memoria a Vidal. Después de años contándolo, inmortalizaría el relato en sus memorias en forma de episodio cinegético. En los recuerdos de Vidal, Kerouac llevaba una gorra de marinero y una camiseta como la de Brando en Un tranvía llamado Deseo. Junto a ellos estaba Burroughs, que vestía «como un vendedor que hubiera viajado demasiado lejos con aquel traje gris arrugado». Jack estaba excitado, escribe Vidal. Y aunque no lo especifica, es evidente que él también. Tan evidente como que Kerouac estaba bebido. Y que flirteaba con él. Si es que se le puede llamar flirtear a sugerir ir a una habitación de hotel. Del Chelsea Hotel, claro. Seguro de sí mismo y de su compañero de noche, Vidal le dijo al recepcionista que aquel registro de su libro iba a quedar para la historia de la literatura. Tenía razón. También para su cuenta personal de conquistas. Se pasó años repitiendo con su tono patricio y educado: «Como todo el mundo sabe, me follé a Kerouac».

La historia del Village es también la historia del sexo libérrimo que unió a sus personajes en distintas camas. Entre sábanas húmedas en verano y gélidas en invierno. Sobre colchones de hombres o de mujeres, de mujeres y de hombres y de las dos cosas. En lechos cambiantes sobre los que quedaban los fluidos, las culpas, las ganas y los versos. Gore Vidal no era más que un invitado pasajero en la fiesta privada de orgasmos y de inspiraciones de los beat originales. Aquello era el puzle de una orgía. Kerouac deseado por Ginsberg. Ginsberg rechazando a Burroughs. Ginsberg demasiado borracho para hacer algo con el demasiado borracho Frank O’Hara. Frank O’Hara seducido por el pansexual Larry Rivers —del que se decía que le gustaban los hombres, las mujeres, los animales, los perros y hasta las casas—.

Algo parecido a lo que le sucedía al omnierotizante Neal Cassady. El icono de la testosterona y de los beat no tuvo reparo en llevarse a Allen Ginsberg a la cama. Del aullido de aquel placer al «Aullido» convertido en poema no había más que un paso. «N. C., héroe secreto de estos versos», escribió Ginsberg como si las iniciales ocultaran algo.

N. C. fue también el héroe del viaje de Kerouac; el invitado especial de Hunter S. Thompson en medio de su pesadilla con los Ángeles del Infierno y el protagonista de un cameo para Bukowski. Cassady no necesitaba escribir porque los demás lo hacían por él. Le colaban en sus obras y en sus fantasías lúbricas. Aquel macho atractivo y rotundo había confesado que necesitaba sexo todos los días para seguir viviendo. Ahí estaban sus santos amigos para ayudarle.

En aquellos días, o en aquellas noches, las calles del Village vibraban con los placeres. De las ventanas abiertas escapaban gemidos y celebraciones. Las mismas ventanas que ahora guardan celosas la vida del vecino de al lado y la bocanada del aire acondicionado. Del Village en el que todos intercambiaban pasiones al Village donde todos se ignoran. Donde los saludos educados se cruzan fugazmente sin se que crucen de verdad los ojos. Del Village del pecado al del turista. Del suelo temblando bajo los orgasmos a la vibración única del metro atravesando el asfalto.

Ya no existe el San Remo. Aunque queda una placa en la que pocos se paran. Queda también el retrato del tugurio que hizo Kerouac en Los subterráneos. Y queda el peso de tantas juergas memorables. De tantas inspiraciones. De tantos versos que se fueron por sus desagües, vomitados en borracheras fenomenales. Si se pudieran recuperar las ideas que los beat dejaron perdidas en los baños de los cafés, el San Remo viviría de las reediciones de las obras nunca escritas. Y el Chelsea Hotel no habría sufrido tanto. Aunque el edificio resiste en el 222 W de la calle 23. Bajo los andamios todavía está el lugar donde todo pasaba. Más allá de las fronteras del Village, las cuatrocientas habitaciones del Chelsea se repartieron durante décadas el genio y la decadencia de Manhattan. De Arthur C. Clarke —que escribió allí su Odisea espacial— a Sid Vicious —que se despidió de Nancy en la habitación número 100—. De Bob Dylan al fantasma de Dylan Thomas. De Ginsberg narcotizado a un alucinado Kerouac aporreando su máquina sin pausa.

«El primer pensamiento es el mejor pensamiento». Kerouac quería escribir como sonaba Charlie Parker. Convertir su prosa en un hálito continuo sin reflexión ni marcha atrás. Como el que enciende un cigarrillo tras otro. Como el hombre que encadenaba copas y amantes en los antros del Village. Como el que convierte su vida en un rollo sin fin, ni fisuras, ni espacios en blanco. Si acaso, espacios en negro. El negro profundo de la sangre coagulada. De la porquería de una cárcel. El negro traicionero del túnel de la fama. A Jack Kerouac nunca le gustó que llamaran el Rey de los beat. La tapa de un váter donde vomitar era su única corona. Así acabó sus días: desangrándose entre arcada y arcada en el baño de su casa en la soleada Florida, muy lejos del Village y sus nocturnidades.

En algún lugar de este barrio, en el asfalto maltratado en el que arrastraron sus cuerpos los poetas, donde ahora los viajeros se quedan estabulados ante un palo de selfie, donde los neoyorkinos dejan las huellas de sus zapatillas de marca en carreras vigoréxicas a las ocho de la mañana, bajo las sombras de las escaleras de incendios y la nieve sucia, quizá en los charcos pastosos de los veranos húmedos, queda algo de aquellos tipos.

Serán las palabras que dejaban caer por las noches aquellos genios irresponsables. Los versos que se perdieron. Quizá los mejores.

Foto: The Nails (CC)
Foto: The Nails (CC)

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6 comentarios

  1. Me ha deleitado maliciosamente (esto tira a malsano, fijo que sonrojante lo menos) fisgar por la mirilla la muy privada vida de una decena de genios y sus puentes y sus paraísos y sus infiernos. Buenísimo. Y me encanta la foto.

  2. Pingback: En todas las historias del Village hay alguna cama (Jot Down) | Libréame

  3. Belacqua

    Supongo que el Chelsea Hotel es aquél al que dedicó una canción Leonard Cohen. Me ha encantado el artículo, ¡gracias!

  4. Me encanta, la autenticidad sin filtros buenos ni malos de esta generación será difícil de repetir

  5. imaib

    Disfruté mucho este artículo. Vivo cerca del Chelsea Hotel y, a veces, cuando paso en frente, me detengo un instante y pienso en las historias que quedaron atrapadas en sus paredes y en «Los versos que se perdieron. Quizá los mejores.», como dice tú en el cierre del artículo.

  6. El escrito, podría haberlo escrito un Poe tras una noche de resaca. Me encanta la pluma lúcida y directa de la autora; por algunos se nacen; por uno se vive y se escribe por traicionar al silencio hasta la muerte.
    Refrescante prosa y sin igual.
    Gracias Marta!

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