Yoshiro Tachibana: el pintor salvaje de Muxía

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Fotografía de Fran Russo cedida por la familia de Yoshiro Tachibana.

«Lo que intentaba era dar felicidad a la gente. Él sacaba lo mejor de sí y lo plasmaba con formas y colores luminosos. Y siempre decía: “¡Vive, vive!”. Fíjate en aquel cuadro de allí, qué intensidad…», Paz Puertas habla apresuradamente, sin espacio apenas para el aliento. Señala las pinturas de su marido como quien señala un horizonte al atardecer o un ave muy extraña, es decir, con admiración. Su esposo era un artista, «un hombre del Renacimiento», que pintaba para la gente que amaba la luz, un anómalo creador que encontró en Muxía un buen refugio para vivir los días. Hace solo unos pocos meses, el pintor japonés Yoshiro Tachibana (Kobe, 1941 – Muxía 2016) fallecía en su vivienda encastrada en el monte O Corpiño. Nino, como le llamaban todos aquellos que le querían, forma ya parte del patrimonio cultural de Muxía, una pequeña población pesquera coruñesa, cercana a Finisterre.

El periplo europeo

La biografía de Yoshiro está repleta de azares desde el mismo día de su nacimiento: el pintor que buscó constantemente la paz incluso en el nombre de la mujer con la llegó a casarse, nació solo una semana después de uno de los episodios bélicos más insignes de nuestro tiempo, el feroz bombardeo sobre Pearl Harbour. Su infancia se desenvolvió entre el hambre de la posguerra y el desfile de soldados norteamericanos. Confiando en los genes —Nino era hijo del pintor y catedrático Nakaba Tachibana— pronto se dio a la pintura. El mismo año que estrenaba mayoría de edad, inauguraba su pasión por Cézanne y Van Gogh. Dos años después, en la Escuela de Bellas Artes de Tokio, comienza a vibrar con la obra de Paul Klee. Un temblor que le duró hasta el final de sus días. Pero en Tokio encontró algo más: «Fue a Tokio a estudiar pintura pero se encontró con el flamenco. Fundó la peña flamenca Nana y conoció a los artistas españoles más importantes del momento: Marisol, El Habichuela, etc…», cuenta Taro Tachibana, uno de los tres hijos del pintor.

En el simbólico año 1968, fecha que conmocionó al mundo y que todavía sigue despertando nostalgia para quienes la vivieron, Nino se incorporó al grupo de pintores anarquistas Bandera Negra. Con ellos combatió, a través del arte y de la reflexión, para que cesara la Guerra de Vietnam. Los cinco años posteriores, desde 1969 hasta 1974, Tachibana no dejó de viajar: Rusia, Hamburgo, Oslo (donde se fascina con las pinturas de Edward Munch) o Kiel (donde conoce la obra de Emil Nolde) son solo algunos de esos lugares. Nino ejerció entonces todo tipo de trabajos: desde Dj en un barco noruego hasta cocinero en un restaurante alemán.

En aquel tiempo también hizo su primer viaje a España: «Partió de Toledo y para ir a Andalucía se fue a comprar una bicicleta», cuenta Taro. «Lo que él no sabía es quién era la persona que se la había vendido». No era otra que Federico Martín Bahamontes, el mítico ciclista español que ganó el Tour de Francia de 1959. En Andalucía se reuniría con la familia Habichuela y pintaría los paisajes, señoríos y mayorazgos de Villaharta. La siguiente ocasión que Nino visitó España, decidió quedarse en ella: «En principio, él vino a España atraído por el flamenco, no por Galicia», apunta  Paz. Encontró en Galicia una región extraña, melancólica y silenciosa que le recordaba a su tierra natal: «Yo creo que los japoneses se parecen a los gallegos; ellos son más refinados y sofisticados que nosotros, pero nos parecemos».

Hijo ilustre de Muxía

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Fotografía de Fran Russo cedida por la familia de Yoshiro Tachibana.

Muxía late a otro ritmo. Una velocidad disímil que, lejos de los vaivenes y chirridos de las ciudades, se impone en este pueblo de poco más de mil setecientos habitantes. A Muxía han acudido regularmente peregrinos que perseguían el misticismo más limpio, la paz más certera, la tranquilidad más ansiada. Uno de esos peregrinos fue Nino: «Un japonés en la Muxía de 1974 era como un extraterrestre», afirma Taro. Fue un amigo de Nino, el pintor Fuji, el que le sugirió entre dos localidades: Muxía o Laxe. Se decidió por la primera y, sin saberlo, llegó el día de la Romería de la Virgen de la Barca, la fiesta más importante de la Costa da Morte. Es fácil imaginar al veinteañero japonés deslumbrado por las notas bulliciosas y optimistas de los mozos que, a golpe de bombo y gaita, vibran de algarabía y jaleo. «Los gallegos tenemos mucha más intensidad que los andaluces porque somos más controlados. Él llegó y vio todo eso: las lucecitas como un paraguas, la gente corriendo a la Barca los tullidos…», relata Paz con los ojos repletos de chispas.

Nino llegó en el mítico autocar Celta, el único que por entonces conseguía arribar hasta aquella localidad. Durante el trayecto conoció a Santiago, el que después iba a convertirse en su cuñado. «Ser extranjero en tiempo de Franco no era fácil pero la gente lo aceptó desde el primer minuto. No sé el motivo. Tal vez por su personalidad y porque Nino traía cosas nuevas», afirma Javier Puertas, el otro cuñado de Tachibana. En Muxía conoció a Paz, una orensana que veraneaba en esta localidad. Juntos tuvieron tres hijos: Taro, Ziro y Namia. Ninguno se hizo pintor.

La familia Tachibana conversa y recuerda a Nino en la misma casa que él construyó. Los vecinos le ayudaron a subir los materiales hasta la colina que acogería un hogar en el que plasmaría toda su filosofía. «Al principio todo esto era piedra y aloe vera. Ahora mira, es casi un bosque, repleto de árboles y florestas», señala su hijo Taro. La capacidad que tuvo el pintor de esculpir el paisaje como si cincelara mármol fue realmente asombrosa. «Todo lo que tenía se lo gastaba en árboles. La naturaleza la vivía intensamente con su gran dedicación. Siempre decía que él nunca le fallaba a los animales ni a las plantas», explica su viuda. «Cuando cortábamos las ramas de árbol sufría y nos reñía, no nos dejaba podarlos», confirma su hijo. Su perro siempre le acompañaba al subir el monte o cuando se convertía, de pronto, en un explorador y surcaba los mares con el bote de madera que él mismo se había construido: «Es curioso, su perro agonizó y murió al mismo tiempo que Nino. Estuvieron diecisiete años juntos», revela María Jesús Pedrido, amiga de la familia.

La pintura de Nino

El guardián del agua sagrada.
El guardián del agua sagrada, de Yoshiro Tachibana.

El estilo de Yoshiro Tachibana mezclaba la abstracción y la figuración basadas en el minimalismo, el concepto de vacío, el primitivismo salvaje y la iconografía medieval. Poseía una mística maravillosa que tenía como inspiración la naturaleza y luz de su entorno. «La mujer es luz. Por eso retrato mucho el carácter femenino en mis cuadros», afirmaba el pintor. Y, en efecto, tal y como indica su mujer Paz, «la mujer y, sobre todo, la niña era lo primero para él; con cada niña que pintaba, se estaba pintando él mismo».

En su mesilla de noche siempre tenía una obra clásica que le obsesionaba, el llamado Beato de Facundo o Beato de Liébana, un manuscrito iluminado del siglo XI que lleva el nombre de su copista, Beato de San Isidoro de León. «No consigo el rojo de Facundo», recuerda Paz que le gritaba Nino nervioso cuando observaba el rojo vivaz de la ilustración del Apocalipsis de San Juan que contenía la obra. Pintaba con piezas de Bach, Mozart o Albinoni de fondo. «Tuvo una época en la que escuchaba mucho a Chavela Vargas, cuando quiso visitar México, y, por supuesto, el flamenco de Camarón o de Pericón de Cádiz», recuerda Paz, al tiempo que sonríe rememorando a su hija Namia en Kobe, bailando flamenco con el kimono puesto. Le gustaba cocinar el pulpo y el pescado. Echaba de menos el arroz blanco de su tierra a la que volvía cada dos años para no acumular morriña. Nunca pudo acostumbrarse a las comidas con pan.

Nino vivió el desastre Prestige como una de las grandes tragedias de su vida. Una de sus obras, El guardián del agua sagrada, homenajea a los voluntarios y recuerda esta catástrofe medioambiental. «Ahí puede verse un ser gigantesco que protege a la madre tierra, alejando con furia a la civilización actual del petróleo», explica su viuda.  

En 1987 hizo un viaje a Sri Lanka para empaparse del budismo primitivo y volver al origen, recuperar el instinto más puro del hombre para pintar como un niño. Él mismo, como profesor de dibujo en Muxía, se encargó de transmitir a los más pequeños una sencilla lección: pintar con la creatividad, imaginación y libertad de un niño. «Todos fuimos a clase de pintura con él. Toda una generación lo recuerda como el mejor profesor del mundo», afirma Lisi Búa, otra vecina muxiana. Nino murió en familia, rodeado de naturaleza, sin estridencias ni focos, exactamente del mismo modo que había vivido. No en vano su apellido ya le sirvió de guía: «Tachibana significa en japonés “naranjo silvestre”», explica Paz. Nino, el poeta de la naturaleza. El pintor salvaje.

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Fotografía de Fran Russo cedida por la familia de Yoshiro Tachibana.

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2 comentarios

  1. Héctor

    Precioso artículo, me ha hecho empatizar muchísimo con el artista.

  2. einbeck

    Bonito articulo. Hay personas que iluminan la vida de los demás con la magia de su existencia.

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