
Jot Down para Fundación Telefónica
Lo imposible
La mañana del 20 de septiembre de 2015, Buenos Aires amaneció con la boca abierta al descubrir que el icónico obelisco, que desde 1936 se erigía orgulloso en la plaza de la República, se había despertado decapitado: la pirámide superior que coronaba habitualmente la estructura estaba desaparecida. Una monumental circuncisión que en realidad era el prólogo de varios fenómenos mucho más extraños. Los habitantes de la urbe no tardaron demasiado en descubrir que aquel vértice ausente en lugar de haberse desintegrado por completo se había mudado hasta una nueva ubicación, a pie de calle en los alrededores del Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires (MALBA), totalmente ajeno a las ansiedades urbanísticas de los bonaerenses. Pero lo curioso del trasplante inesperado es que permitió a los ciudadanos colarse en el interior de la pirámide y contemplar a través de sus ventanas algo tan inusual como las mismas vistas panorámicas que hubiese ofrecido el habitáculo en caso de continuar instalado en lo más alto del obelisco. Aquella porción del monumento se había trasladado en el espacio, pero inexplicablemente desde sus tragaluces se podían observar las vistas aéreas originales.
Mientras tanto, a varios kilómetros de todo aquello, en el lejano Japón, un hombre caminaba por el interior de una piscina cubierta de agua. Sin mojarse.
El arquitecto
Normalmente los espejos tienen la costumbre de devolver el reflejo del espectador, razón por la cual las cámaras suelen acobardarse al tener que encarar de frente dichos artefactos. Por eso mismo, cuando algún osado se atreve y consigue colocar un objetivo frente al espejo, regateando el reflejo propio en el proceso, todos los miembros de la audiencia comienzan a preguntarse unos a otros dónde se esconde el truco. Porque evidentemente ese tipo de cosas tienen truco. En el caso de la obra del argentino Leandro Erlich (Buenos Aires, 1973) encontrarlo es parte del juego.

Erlich es una persona de ocupaciones curiosas: ejerce de artesano de perspectivas, puede considerarse experto en driblar los reflejos de los espejos y se ha especializado en el oficio de arquitecto imposible. Es también un devorador ansioso de celuloide, fan de David Lynch y Alfred Hitchcock, lector de Jorge Luis Borges y se le puede adivinar como aficionado al arte de Magritte o Hopper y enamorado de cierto tipo de estructuras de la vida cotidiana como los ascensores, las ventanas o las fachadas. Su obra agarra todo lo anterior lo combina y juguetea con ello retorciendo la interpretación del mundo, volcando edificios, ensamblando ilusiones ópticas, erigiendo espacios improbables y atravesando espejos.
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