Política y Economía

Vidal vs. Buckley o cómo dejamos de debatir y empezamos a amar el barro

Gore Vidal y William F. Buckley Jr. en Best of Enemies, 2015. Imagen: Magnolia Pictures.

Hace casi medio siglo la televisión cometió su pecado original. Mordió una manzana con veneno suficiente como para que la infección llegara hasta hoy. Fue, como tantos pecados capitales, un desliz. La caída inocente de quien no espera una maldición. Pero la maldición llegó. En directo. Y los espectadores no podían dejar de mirar. Había pasado algo. A partir de ese día encenderían la tele para ver si se repetía aquel momento de estupefacción.

«Me sentaré con cualquiera menos con un comunista o con Gore Vidal». William F. Buckley Jr. había puesto sus odios sobre el tapete. Ni rojos, ni soviéticos, ni el pervertido autor de Myra Breckinridge. Vidal representaba todo lo que el muy respetable y conservador Mr. Buckley aborrecía: un librepensador, libre escribidor, libre sexual, libre bon vivant sin respeto por la ley ni por el orden. Buckley era para Vidal la imagen de lo detestable: un republicano rancio, reprimido y dogmático. Y sin embargo los dos eran lo mismo: las dos caras reflejadas en el espejo de la ideología, cada uno en un lado. Dos intelectuales de educación patricia y verbo desatado, capaces de cortar al rival con el filo de sus argumentos. Una deidad bicéfala que en los sesenta se idolatraba: el intellectual-celebrity. El controversialist. Esa palabra que no se acomoda a una traducción exacta en castellano porque no estamos acostumbrados al cruce de un polemista con el de un pensador.

Ese pensador envuelto en el halo de la fama resultaría ser una especie en vías de extinción, pero en aquellos tiempos en Estados Unidos se trataba de un espécimen floreciente. Noble sin el azul de la sangre pero con mucho gris en las neuronas, delicado piruetista verbal, estrella del saber ansiosa de presumir de rutilancia ante audiencias cegadas de admiración. Fundaban revistas, escribían artículos, discursos de presidenciables, novelas y obras de teatro. Lo mismo triunfaban en Hollywood que en Washington. Y el público quería saber qué pensaban. Aquella América que reflexionaba sobre sí misma, sobre sus jóvenes muertos en Vietnam, aquella América asfixiada por la nube de remordimiento del napalm en aldeas lejanas, aquella América que quería ser imperio, la que exportaba una libertad ilusoria y la que la pedía para dentro de sus fronteras, aquella América que se debatía ansiaba ver debatir a los cerebros más brillantes de su generación. De un lado y de otro. Al muy circunspecto republicano Buckley y al muy liberal demócrata Vidal.

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6 comentarios

  1. Es interesante pensar que si hoy se quisiera hacer algo así en España el resultado sería en el mejor de los casos un ¿Verstrynge vs Sánchez Dragó? ¿Pérez Reverte vs Monedero? ¿Muñoz Molina vs Delgado-Gal?

    Desde luego sería mejor que Gran Hermano 25 o la Isla de los Gilipollas, o el consabido partido de la Selección, aunque yo personalmente en tal tesitura elijo muerte. De hecho hace tiempo que prescindí de la televisión como tal. Las nuevas generaciones también, el problema es que la han sustituido por esa alcantarilla denominada Youtube. Seguramente dentro de 50 años alguien ¿escribirá? ¿hará un cómic? sobre las polémicas de los grandes youtubers de nuestro tiempo y quedará claro de una vez por todas que la civilización occidental alcanzó su cenit en la segunda mitad del s. XX para luego comenzar un imparable descenso a los infiernos.

    En fin.

    • Inquietantes posibilidades todas. Sólo me queda una pregunta: en el Verstrynge vs Sánchez-Dragó en qué lado ideológico se sienta cada uno? Han cambiado tanto que no me aclaro.

  2. Pingback: Vidal vs. Buckley o cómo dejamos de debatir y empezamos a amar el barro – Jot Down Cultural Magazine | METAMORFASE

  3. Young Frankenstein

    Buckley, padre de Tim y abuelo de Jeff. ¡Qué genes, dios mío!

  4. Injusto el retrato que se presenta de Buckley, un intelectual conservador de primera categoría que de nazi no tenía ni un pelo. Vidal ya apuntaba al ‘identity politics’ que está minando a los países occidentales.

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