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Lo que Leica no quiso fotografiar: one camera, one life

Modelo Ur Leica construida por Oskar Barnack en 1914 Leica Camera AG
Modelo Ur Leica, creada por Oskar Barnack, completada en 1914. Fotografía: © Leica Camera AG.

Jot Down para Fundación Telefónica

Los secretos no son oscuros. O no del todo. «Secreto» viene del latín secernere: poner algo aparte, donde no se pueda distinguir ni analizar. Por muy radiante —y salvador— que pueda resultar para su poseedor. Hay que cubrirlo de sombras.

Cuando después de la Segunda Guerra Mundial Ernst Leitz II fue llevado a un juicio de «desnazificación» lo contó casi todo. Que era el dueño de la empresa de instrumentos ópticos, fundada por su padre en la ciudad alemana de Wetzlar. Que bajo su tutela el ingeniero Oskar Barnack diseñó la cámara Leica en 1914, buque insignia de la compañía, lanzada en 1925. Pero el tribunal no buscaba escuchar el relato de éxito de la cámara, ni cómo revolucionó la historia de la fotografía. Sabían por qué la mayor parte de los retratos de Hitler se habían realizado con una de ellas. Buscaban constatación y Leitz se la dio: colaboró con los nazis. Fue contratista para el ejército alemán durante todo el conflicto y permitió que su fábrica fuera intervenida. Como protestante era inmune a las leyes de Nuremberg, pero al igual que otras muchas corporaciones, accedió a proveer de cámaras y demás materiales a las SS por temor a las represalias.

Pero jamás fue un nazi, pretextó. En el juicio, Leitz aportó documentos en los que insultaba la causa, a sus responsables, tratando de acreditar que sus ideales eran robustamente socialdemócratas (fue concejal de la ciudad antes de que estallara la guerra) y que su colaboracionismo fue una cuestión de supervivencia. Impugnó las incriminaciones de antisemitismo demostrando que gran parte de su plantilla era judía, a los que aplicaba unas condiciones laborales sorprendentemente avanzadas en la época (jornadas de ocho horas, seguro médico y jubilación). Que su complicidad con la causa era impostada era algo que ya había generado recelos y sospechas en los cuarteles de la Gestapo. Cuando estas se volvieron más sólidas, detuvieron al gerente de una de las factorías, Alfred Turk, y a la hija de Leitz para interrogarles. El empresario se zafó del asunto con sustanciosos sobornos y un forzoso ingreso en la partido nazi en 1941.

El juicio de «desnazificación» le exoneró. Pero Leitz no lo contó todo.

Tampoco dejó que otros lo contaran por él. Decretó un sepulcral silencio entre su familia, prohibiendo que su hija, Elsie Kuehn-Leitz, o su hijo Günther revelaran lo que había ocurrido en la compañía de Leica durante ese sombrío período. Particularmente entre 1935 y 1939. Por luminoso que fuera, debía ser olvidado.

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2 comentarios

  1. Interesante aportación a una magnífica exposición.

  2. Gracias Bárbara Ayuso. Gracias Telefónica. Gracias familia Leitz!

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