Destinos Ocio y Vicio

El extraño eres tú

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Los noctámbulos, de Edward Hopper, 1942., The Art Institute of Chicago.

Nos observaba sonriente y eso nunca es buen presagio. Fingíamos no verle.

En el círculo central del Madison Square Park terminábamos la sesión de fotos de una entrevista. Yo sujetaba el paraguas de luz, ella posaba y él disparaba. El extraño estaba clavado a unos cincuenta metros de nosotros. No reía, no se movía. Solo nos miraba sin discreción, empeñado en que fuéramos conscientes de su presencia.

Nosotros intercambiábamos nerviosismo levantando las cejas y apuntándolas hacia él. ¿Qué hace? ¿Cuánto tiempo lleva ahí? Los movimientos se volvieron urgentes y algo incómodos. Parpadeábamos en exceso, quizás por sabernos observados. Aunque lo desquiciante era su estatismo: confiábamos en que en algún momento hiciera algo. Lo que fuera. Que saludase, que mudase el gesto… o que desapareciera.

Pero el pelirrojo seguía ahí. Impávido. Con una mano en el bolsillo de los vaqueros y la otra tapando relajadamente la parte central de la boca. Las comisuras alzadas, dejando escapar aquella sonrisa turbadora. Parecía alguien que había encontrado exactamente lo que estaba buscando.

«Prohibida la presencia de adultos si no están acompañando a niños menores de doce años». A su espalda, se divisaba el cartel del parque infantil como un presagio turbio. Quizás en otro lugar, en otra ciudad que no acumulase el mayor porcentaje de chalados gritándoles a las nubes, el tipo podría pasar por algo más que un voyeur inofensivo.

Cuando empezamos a recoger los bártulos, se esfumó. O, más bien, perdimos de vista por dónde se nos estaba aproximando.

Una mano se posó suavemente en mi espalda y, de nuevo, la sonrisa. El extraño se tomó unos instantes para escrutar mi cara estupefacta, en silencio. «¿Qué quieres?», escupí. «Hola, no te asustes», dijo. Me pregunto si esa frase alguna vez ha conseguido lo que dice pretender. «Me habéis hecho pasar un buen rato mirándoos. Sois los únicos de la plaza que parecen estar disfrutando. Gracias». Aquello estaba atestado de neoyorquina normalidad: mujeres con tacones inclinadas sobre sus tuppers, hombres con portátiles en las rodillas, el trasiego de gente que lee mientras camina. Niños a la sombra del Flatiron. Enjambres de paloselfis paseando turistas. «De nada», piamos.

Nos ofreció su mano pecosa, que aceptamos con cautela y una sonrisa básica. Si dijo su nombre, no lo recuerdo. Noté un crujido en mi palma cuando me llegó el turno de estrechar. Había deslizado algo entre sus dedos y los míos. Un sobre blanco con un elegante lacrado rojo en una eme mayúscula. Por primera vez le miré directamente a los ojos. Tenía unas frondosas pestañas naranjas y blancas. «Léelo a solas», murmuró. Y se fue.

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4 comentarios

  1. Muy bueno.

    • Tengo curiosidad de saber si a alguien más la situación le recordó «El club de los suicidas» de Stevenson.

  2. El artículo es un cuento, magnífico por cierto.

  3. Siempre genial, Claudia.

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