Fotografía: Jorge Quiñoa

Laura Fernández (Terrassa, 1981) dice que escribe sit-coms galácticas y quién mejor que ella para definirse. Ciencia ficción, fantasía, referentes, maternidad, periodismo. Es caótica pero sabe bien qué quiere decir y cómo quiere decirlo (con onomatopeyas, mayúsculas y paréntesis, BOOM): así es su vida, freelance con tiempo para todo, alergia a las redacciones y necesita trabaja en bares. Su hipersociabilidad la convierte en un animal observador y detectivesco, y de forma incansable busca pasárselo bien. Hasta que algún año, en el Celsius, la secuestre su Annie Wilkes particular, seguirá con sus cientos de personajes infantiles, ridículos y luminosos. Lo absurdo es su mejor material literario. Arturo, su hijo de nueve años, y Sofía, de cuatro (vestida con planetas y cohetes), se van a la biblioteca con su padre mientras nosotros preparamos el salón para la entrevista.
Empezaste a estudiar Periodismo porque querías hablar con Cristina Rosenvinge.
No exactamente.
Con tus ídolos.
Sí, exacto. Yo tenía fascinación por el periodismo porque me parecía una profesión de aventureros. Llegabas a los sitios y decías: soy periodista. Y podías pasar. Voy a pasar más allá de la gente. Cuando ves las series de televisión de policías, es lo mismo. Soy periodista, pasas por debajo del cordón policial, entras. La idea de tener barra libre en todas partes. También aparece en algunos de mis personajes. Me gustaba mucho. Pero también he sido siempre muy fan de mucha gente, y siendo periodista los podría entrevistar. Lo de Flaubert: tocar un poco la capa del héroe y quedarte con algo del oro de la capa. Esa idea de tocar al ídolo. Ahí entronca con mi época Superpop, porque yo era muy fan de la reportera en Los Ángeles, una tal Linda Skipper. Yo quería ser Linda Skipper de pequeña. Entrevistaba a Leonardo DiCaprio y toda esta gente. Y me hacía mis películas: me iré allí, me verá DiCaprio y caerá rendido. [Risas] Iré de intrépida, enamoraré a todo el mundo. Ese era el plan. Cuando llegué a Superpop, muchos años después, me di cuenta de que eran tres personas en la redacción, todo tristísimo, y les dije: ah, ¿todavía tenéis contacto con Linda Skipper? Y entonces se miraron todas entre ellas pensando: ooooh, la tonta se lo creyó. [Risas] ¡Nunca existió! Toda mi vida ha sido una farsa.
Basaste tu vocación en alguien…
En un personaje de ficción puro y duro. Todo enlazaba. Entrar en Superpop me cambió la vida en ese sentido. Dije: la realidad es mucho más absurda.
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Creo que el problema con las ventas de la Ciencia-Ficción escrita por mujeres siempre ha sido más por una cuestión de estilo que de sexo. El aficionado a la Ciencia-Ficción es casi por definición una persona de mentalidad abierta (con sus excepciones y sus sad puppies, claro), y no creo que se fije para nada en el sexo del autor.
Ahora bien, es casi tradición que las escritoras de Ciencia-Ficción se han centrado, generalmente, en temáticas alejadas de los temas más científicos, heroicos, o militares, lo que reducía bastante su mercado potencial. De hecho, ahí tenemos a Lois McMaster Bujold o C. J. Cherryh, que cultivando Space-Opera consiguieron vender muchísimo, siendo mujeres y sin que a nadie le importara ese detalle.
Por otro lado, grandes autoras como Ursula K. Le Guin, Octavia Butler, James Tiptree Jr, o Connie Willis, están en los altares del género y han disfrutado de notables ventas, cultivando una Ciencia-Ficción más feminista/humanista. Algo similar está ocurriendo con nuevos valores como N. K. Jemisin, Nnedi Okorafor, Lauren Beukes, Mary Robinette Kowal, o Aliette de Bodard. Están triunfando. Están vendiendo.
¿Podrían vender más? Pues sí, pero para eso tendrían que acercarse más a la Ciencia-Ficción que más vende. Ann Leckie lo está haciendo.
Yo no sé si Laura Fernández escribe ciencia ficción o siquiera si la lee, pero, como aficionado veterano, no me disgusta su elogio al género. Solo matizaría que una de las características más infantiles del escritor de ciencia ficción es tomarse en serio lo que escribe, por mucho que en las últimas décadas se haya vuelto más sofisticado estética e intelectualmente. No es un género que se lleve bien con la ironía posmoderna. Aunque precisamente por su seriedad, admite estupendas parodias, como las de Douglas Adams y Eduardo Mendoza.
?Acabareis agotadas!
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