Sociedad

El fin del mundo fue ayer

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Toa Baja, Puerto Rico, 2017. Fotografía: Alvin Baez / Cordon.

Una anciana camina por la calle principal de la que hasta hace unas semanas era la animada capital de un país. Lleva en la mano un pequeño bidón de plástico lleno de diésel. Es cuanto ha podido conseguir después de una larga cola de cuatro horas. Un éxito, si lo comparamos con su intento de obtener dinero en efectivo en el banco. Después de otras tres horas esperando su turno, los ordenadores dejaron de funcionar al mismo tiempo que ella llegaba al mostrador. Un día más dependerá para alimentarse de sus vecinos. Son paradojas como esta, la de tener a la vez dinero y no tenerlo, las que caracterizan el Apocalipsis.

Pero no puede quejarse, porque no está enferma. Sin refrigeración las dosis de insulina se han estropeado. Las máquinas de diálisis no funcionan. Las de soporte vital en los hospitales, tampoco. Con el fin de la electricidad desapareció también el agua corriente. Y ahora al menos la sed se ha vuelto tolerable. Era peor los primeros días, cuando lloraba por no poder beber, con la boca y garganta tan secas que no podía pronunciar palabra. Da gracias por vivir en la ciudad, a la que llega alguna ayuda, y cuyos problemas son visibles. De los pueblos del interior nadie sabe nada. Sin comunicaciones telefónicas, ni internet, y con las carreteras destruidas, no hay forma de conocer su situación. Ni de saber qué ayuda necesitan.

Mientras camina de vuelta a casa, la naturaleza a su alrededor parece destruida por un incendio. Los árboles que siguen en pie no tienen ni una sola hoja, ni un fruto. Parecen secos. Las aves, reptiles e insectos que dependen de ellos mueren por docenas. Los cocodrilos salen a morir a los caminos. El viento ha soplado a 250 kilómetros por hora, destruyendo la selva ecuatorial y su ecosistema.

Algunas viviendas están en pie, pero sus tejados han desaparecido. Camas, mesas, muebles, y elementos de la vida cotidiana permanecen a la vista del cielo. Los propietarios que tienen paredes duermen a la intemperie. Otros, con peor suerte, se sientan en sus sofás, en medio de la nada. Junto a un montón de escombros, que fueron anteayer su casa.

Esto podría ser ficción, y formar parte de una novela con trama posapocalíptica. Pero en realidad es el relato agrupado de las situaciones que están viviéndose en Puerto Rico. Tras el paso del huracán María el país vive una situación apocalíptica. Como en la narrativa distópica y de ciencia ficción, la estructura del Estado ha quedado prácticamente destruida. Los portorriqueños están ya habituados a vivir en una zona azotada por los huracanes. Los han sufrido, y se han recuperado. Pero el nuevo factor climático compromete la capacidad del país para reponerse. En 2017 la temperatura del Atlántico ha subido, por áreas, entre 0.5 y 1ºC, aportando un 7% más de humedad a la atmósfera. Y ello ha provocado una mayor intensidad en los huracanes. En el plazo de un mes, tres de ellos han arrasado consecutivamente extensas áreas de Estados Unidos y el Caribe.

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3 comentarios

  1. Aun recuerdo la imagen de Trump repartiendo rollos de papel higiénico, arrojándolos con ese gesto prepotente y casi diría que burlón … ¿que decir?

  2. LosSantos Collages

    Siempre han existido los desastres naturales. La Naturaleza nos muestra frecuentemente su poder. Pero si dejaran de una vez por todas de hacer pruebas nucleares, de las que por supuesto no nos informan, quizás no serían tan devastadoras.

  3. Como puntualización, la capital de Texas es Austin, no Houston, que creo que sí que es la ciudad más poblada

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