Sociedad

Sirenas, la maldición de la geografía

1
Un hombre en Puerto Lempira, 2014. Fotografía: Jorge Cabrera / Cordon.

I

En el norte de Honduras, dos amigas llevan un restaurante pequeño, discreto, limpio y ordenado. Vacío. Que mira a una playa de palmeras, viento, aguas marrones y arenosas, ya revueltas incluso antes de la lluvia. Sonríen ante la llegada de clientes. Hablando quedito y con la segunda cerveza que, pese a los cortes de electricidad, está bien fría, ofrecen langosta. Es mayo, la veda no se ha abierto aún. No lo hará hasta julio. Que no está permitido venderla —porque son crías— lo explican ellas mismas. Su sonrisa es sincera, en paz con la ley y con su ausencia, la realidad. Es barata, aquí son diez dólares el plato. En Estados Unidos o Europa, en función de la elegancia del lugar, sube hasta treinta dólares por pieza. La cocinera dice que vienen de allá, de la Mosquitia. Se sirve «típica»: rodeada de tajadas, arroz con frijol y ensalada. «Se meten los misquitos al mar, bien abajo y tiran esa lanza que llevan».

Invitan a la cocina, que lo es de una casa, y muestran. Se saca del freezer, se pone en agua para que descongele y, al mismo tiempo, otra olla a calentar. Cuando el agua hierve —va haciendo mientras habla— se echa la langosta —un minuto o dos— y se saca para que el cascarón se ponga blandito. «Ponés una tabla y le pegás con una piedra, que no se vaya a romper», dice. «Que se vaya descascarando despacito, porque tiene puya. Hay que saber. En medida con el cuchillo, para que saque la tripa. Ahí ya le añadimos el ajo y los condimentos».

Está deliciosa. Pero el deleite dura poco. Dos hombres entran en el local. Piden cerveza. Se sientan en la esquina de la barra. Se instala la desconfianza. Trabajan en el mar. Uno, de esos rubios de ojos azules, origen estadounidense, gorra calada hasta los ojos, hondureño de Roatán con el inglés como lengua materna, malencarado y desconfiado, dice que fue capitán de bote langostero. Ya sabe lo que se pregunta, lo que se dice, sobre la langosta. Habla escueto, como si escupiera balas. El problema en Honduras es que no hay respeto, dice. No hay ley, dice. Mala industria, la de la pesca. Los buzos misquitos, sus accidentes, su culpa. No hacen caso. En vez de ganar dinero trabajando, en vez de permitir que el negocio avance, buscan sacar dinero de los barcos. Se drogan, beben, dice. Tienen accidentes y luego piden para curarse. Luego calla. Cae la noche.

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