
Admito que el título suena confuso. Unir tres conceptos que, en un principio, no parecerían tener ninguna relación de interés entre sí. De hecho, voy más allá: el pop art, tal y como ha sido concebido y estudiado hasta hace no mucho tiempo (y hablo de muy pocos años) es un movimiento artístico que crearon, desarrollaron y popularizaron hombres en su totalidad. Hombres que dedicaron gran parte de sus obras a tratar el cuerpo femenino usando los presupuestos de los medios de comunicación de masas; es decir, como un objeto de exposición, venta y consumo, bien con intención crítica, social, o de mera apropiación de la tendencia imperante, volviendo a reobjetivizar lo ya explotado y sometido en la vida real. No hay en la historia del arte un momento como el pop art. El arte se convierte en parte de lo cotidiano, y confiere una serie de valores añadidos a los objetos de consumo. Todo el mundo deviene en objetos de compra-venta, los propios sujetos inclusive. Esto es cierto, pero elimina del campo de análisis el trabajo de las artistas femeninas pop art que desarrollaron sus carreras al mismo tiempo, pero con un mensaje mucho más radical y comprometido. Sus nombres, sus obras, han quedado —hasta hace poco, como digo— fuera de las exposiciones, los estudios, y no hablemos de los reconocimientos y demás besamanos.
Esta actitud no es nueva en el mundo del arte, como tampoco lo es en otra cualquier esfera de la creación o producción. Pero en este caso es mucho más llamativa y su omisión, denuncia de una contradicción permanente. Desde el pop art se pretendieron derrumbar, o eso decían, las antiguas barreras del arte como elitismo y poder. Fue cuando se revisaron las categorías del gusto y la distancia entre el público y el creador. Con la antorcha de dadá, aunque desde un presupuesto político y moral mucho más conservador, las revueltas juveniles se apropian del discurso y hacen burla de los principios de autoridad, empezando por el arte conceptual y expresionista. Se vuelcan con las técnicas de la publicidad, el cómic y el diseño para ironizar sobre el híperconsumismo y las tensiones de la sociedad del ocio, además de dar cabida a las ideas de la emancipación (sexual, racial y política). Las críticas a la manipulación de las noticias, las guerras y los sistemas totalitarios, así como las demandas de colectivos como comunidades negra, feminista, proletarios del tercer mundo, etc. aparecen continuamente en las obras pop art… pero siempre firmadas por artistas y colectivos masculinos. Las mujeres parecen no existir. Si el pop art se concebía como una expresión circunscrita al mundo anglosajón y ejecutada por hombres, es difícil de comprender el fenómeno global que sin embargo supuso, y dentro de él, la participación de mujeres.
Este artículo de nuestro archivo está completo para lectores registrados. Registrarse es gratis y solo lleva un minuto.






Guau! Gracias
Pingback: Red Corsaria #10: Librerías, libreros, escaparates e Iggy Pop
muy buen artículo, me ha encantado! gracias