
Colgaba de la pared de una peluquería al oeste de Londres: en un pedazo de papel amarillento enmarcado, el New York Times informaba de que Kalat, el antiguo reino que corresponde aproximadamente a la actual provincia pakistaní de Baluchistán, era un «Estado independiente y soberano desde el 12 de agosto de 1947».
«Tuvimos un país, ¿sabe usted?», resumió el barbero, mientras remataba la faena con su navaja. Parecía un hombre afable pero de pocas palabras, quizá porque aquel recorte de periódico era una prueba suficientemente elocuente de la existencia de su pueblo. Como la libra palestina que Arafat solía enseñar para denunciar la ocupación de su tierra. Salvando las distancias, eso sí, porque, a diferencia de los palestinos, el resto del mundo ni siquiera sabe que los baluches existen.
Baluchistán es un topónimo sonoro y exótico, tanto que el procesador de textos lo sigue subrayando en rojo. Pero pregunten por el Beluchistán a aquellos que intentaban entender el mundo desenterrando volúmenes de entre el polvo de bibliotecas seculares. Luego dirijan su mente hacia el este, y piensen en aquel peluquero de Londres como un náufrago de un navío que nadie echó nunca en falta. También sobrevivieron camelleros y taxistas; estudiantes, profesores, guerrilleros, refugiados, nómadas… incluso aristócratas. Sus historias coinciden en que empiezan, o acaban, en uno de los lugares más desconocidos e inhóspitos del planeta.
La vida en Marte
La retirada de los británicos del subcontinente indio posibilitó que los baluches declararan un Estado propio durante siete meses antes de ser este anexionado a Pakistán. Era una historia de manual: tras la retirada de las potencias coloniales el pez grande siempre se comía al pequeño; desde el Sáhara Occidental hasta la pequeña isla de Papúa. Irán había hecho lo propio con sus baluches en 1928, mientras que los de Afganistán nunca han sabido realmente quién mandaba en Kabul. ¿Acaso alguien sabe quién manda hoy?
Baluchistán es un erial del tamaño de Francia dividido por las fronteras de tres de los países más convulsos del mundo. Los baluches llaman baluchi a su lengua, que es prima del farsi y hermana del kurdo. Un proverbio pastún dice que viven en el lugar al que Dios arrojó los escombros tras la creación, y un grupo de geólogos norteamericanos fue aún más allá: «Es lo más parecido a Marte sobre la tierra». Pero no se fíen de las apariencias: es oro, uranio y, sobre todo, gas, mucho gas, lo que se esconde bajo las sandalias de los baluches. Mientras en Islamabad llevan más de medio siglo cocinando con gas entubado desde Sui —a novecientos kilómetros al sur—, en Sui lo hacen con estiércol de camello.
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«Lo has pasado mal, pero ya estás libre. ¿Por qué te empeñas en buscarnos problemas a los dos?», le dijo aquel primer juez. Y el segundo, y el tercero…
Impacta leer esto, como un puñetazo. Y mas viniendo de un juez. Aunque supongo que para ser un juez en un agujero de ****** como ese y dormir por las noches hay que tener una lobotomia moral.
Excelente artículo. K. Zurutuza destacando siempre por un periodismo valiente y veraz, casi ausente en la mayoria de los medios de comunicación de los conflictos olvidados y abandonados.
Aquiles: No es necesario vivir en un agüjero de ×××××× y ser juez para tener lobotomia moral.
»Una (y otra) lágrima cayó en Llarena, cayó en Llarena». Como dijo ‘Peret’.
Es sorprendente qué formas toma la casualidad a veces. En esta ocasión, un bicho raro que se escurre entre sacos de pienso para camellos.
Antes de ayer iba yo a la tienda de mascotas habitual para comprar pienso para mis gatos, situada en un zoco especializado en tiendas de animales de una ciudad emiratí. Aunque hay dos o tres tiendas de mascotas tal y como la entedemos en occidente, la mayoría son almacenes de pienso, principalmente para camellos, pero también para otro tipo de ganado y por supuesto para pájaros, sobre todo halcones. Llevaba yo en el parabrisas del coche un insecto enorme y rarísimo, negro y peludo, como con cuernos, y me perturbaba su presencia, así que accioné los “limpias”. Echó a volar hacia mi derecha y se metió en uno de esos almacenes, perdiéndolo de vista. Pues bien, me fijé en el rótulo del almacén: Balochistan LCC. Me llamó la atención porque no sabía dónde estaba ese ¿país?¿región india?¿afagana?¿pakistaní? Decidí que era una región india, porque fue lo primero que pensé. Creo. El tipo que regentaba el almacén, sentado en una silla de plástico en la puerta del mismo a la sombra (a unos 46 grados),me sonreía mientras pasaba con el coche, habiendo visto la jugada porque tampoco tenía nada mejor que hacer. Qué bicho raro, pensé, sin tener claro si me refería al hombre o al insecto. Quizá la próxima vez me pare a preguntarle cuál es su historia (al hombre), suponiendo que hable inglés, que lo dudo. Pero será divertido en cualquier caso. Mientras intento hablar chapurreando árabe y haciendo gestos ridículos, él pensará: ¡Qué bicho raro!
Gracias por el esclarecedor artículo.
Para qué c… sirve la ONU, aparte de para pegarse viajecitos en primera clase y estancias en hoteles de lujo entre Nueva York y Ginebra? Bueno, en realidad lo pregunto por otros casos como lo que está ocurriendo en Siria, Rep. Centroafricana, Sudán del Sur, etc. En este caso parece estar claro: el sexto país que más contribuye a los fondos para esas pitanzas de señores gordos con trajes caros es…. Afganistán. Por delante de UK, Alemania, Francia….
Gracias a Zurutuza por darnos a conocer esto, jugándose seguramente para ello el pellejo.
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