El fin del mundo puede ser como te lo imaginas

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Un insurgente baluche ejerce como vigía en la región de Dera Bugti, Baluchistán, 2006. Fotografía: John Moore / Getty.

Colgaba de la pared de una peluquería al oeste de Londres: en un pedazo de papel amarillento enmarcado, el New York Times informaba de que Kalat, el antiguo reino que corresponde aproximadamente a la actual provincia pakistaní de Baluchistán, era un «Estado independiente y soberano desde el 12 de agosto de 1947».

«Tuvimos un país, ¿sabe usted?», resumió el barbero, mientras remataba la faena con su navaja. Parecía un hombre afable pero de pocas palabras, quizá porque aquel recorte de periódico era una prueba suficientemente elocuente de la existencia de su pueblo. Como la libra palestina que Arafat solía enseñar para denunciar la ocupación de su tierra. Salvando las distancias, eso sí, porque, a diferencia de los palestinos, el resto del mundo ni siquiera sabe que los baluches existen.

Baluchistán es un topónimo sonoro y exótico, tanto que el procesador de textos lo sigue subrayando en rojo. Pero pregunten por el Beluchistán a aquellos que intentaban entender el mundo desenterrando volúmenes de entre el polvo de bibliotecas seculares. Luego dirijan su mente hacia el este, y piensen en aquel peluquero de Londres como un náufrago de un navío que nadie echó nunca en falta. También sobrevivieron camelleros y taxistas; estudiantes, profesores, guerrilleros, refugiados, nómadas… incluso aristócratas. Sus historias coinciden en que empiezan, o acaban, en uno de los lugares más desconocidos e inhóspitos del planeta.

La vida en Marte

La retirada de los británicos del subcontinente indio posibilitó que los baluches declararan un Estado propio durante siete meses antes de ser este anexionado a Pakistán. Era una historia de manual: tras la retirada de las potencias coloniales el pez grande siempre se comía al pequeño; desde el Sáhara Occidental hasta la pequeña isla de Papúa. Irán había hecho lo propio con sus baluches en 1928, mientras que los de Afganistán nunca han sabido realmente quién mandaba en Kabul. ¿Acaso alguien sabe quién manda hoy?

Baluchistán es un erial del tamaño de Francia dividido por las fronteras de tres de los países más convulsos del mundo. Los baluches llaman baluchi a su lengua, que es prima del farsi y hermana del kurdo. Un proverbio pastún dice que viven en el lugar al que Dios arrojó los escombros tras la creación, y un grupo de geólogos norteamericanos fue aún más allá: «Es lo más parecido a Marte sobre la tierra». Pero no se fíen de las apariencias: es oro, uranio y, sobre todo, gas, mucho gas, lo que se esconde bajo las sandalias de los baluches. Mientras en Islamabad llevan más de medio siglo cocinando con gas entubado desde Sui —a novecientos kilómetros al sur—, en Sui lo hacen con estiércol de camello.

«Dígame, ¿qué nos ha dado Pakistán?», se preguntaba Akhtar Mengal desde su residencia en Quetta, la capital provincial del Baluchistán pakistaní. Líder tribal y presidente del Partido Nacional de Baluchistán, Mengal posaba en 2009 con dos rifles sobre un mapa de la región y un retrato del Che a sus espaldas. Como líder político, pedía la independencia de Baluchistán para desligarse de un país que, decía, estaba secuestrado por el ejército y los servicios secretos desde su creación en 1947. ¿Era posible que la provincia más grande y más rica en recursos de Pakistán pudiera convertirse en un Estado soberano? Mengal no arriesgó en su respuesta: «Hace treinta años nadie podía imaginar que la URSS pudiera desintegrarse, pero ocurrió. Y casi de la noche a la mañana».

Camiones en una ruta comercial en Baluchistán, ca. 2010. Fotografía: Bruno Morandi / Getty.

Desde Quetta, el camino hacia un Estado baluche propio parecía largo y, sobre todo, tortuoso. Levantada a mil seiscientos metros sobre el nivel del mar, la ciudad principal del Baluchistán pakistaní se encuentra a una hora de la frontera afgana y a dos de Kandahar. Decenas de miles de desplazados llegados desde Afganistán han convertido a los baluches en minoría en su propia casa, donde locales y foráneos sobreviven gracias al contrabando en cualquiera de sus versiones locales: ropa interior iraní, opio afgano, armas rusas… Muchos de aquellos pastunes eran talibanes que cerraban filas en torno al mulá Omar, su misterioso y escurridizo líder, muerto en 2013. Cuatro años antes se daba por hecho que se refugiaba en algún lugar de Quetta.

A la luz del día era una ciudad pakistaní más con su tráfico correoso, el bullicio de su bazar, sus muchos vendedores de globos y alguna que otra tienda de alcohol regentada por cristianos. Por supuesto, no faltaba la versión local de una conocida cadena de comida rápida americana: Quetta Fried Chicken. Pero de noche todo era muy distinto: era como si aquella gente que se miraba de reojo entre el marasmo se buscara para matarse cuando caía el sol. Al día siguiente, uno desayuna con té verde, sopa de lentejas y el parte de bajas. El último en caer podía haber sido un conocido pastún, un militar pakistaní o, como aquella noche, un líder baluche. Se llamaba Murid Bugti, y era uno de los hombres más significados del Partido Republicano Baluche. Dos días más tarde, su pueblo declaraba una «jornada de lucha».

¿Que qué se hace en una «jornada de lucha» en Quetta? Fácil: se colocan nuevas banderas baluches en postes y farolas, y se aprovecha para repintar aquellas en muros y fachadas. Y tampoco se descuidan los eslóganes. «¡Abajo Pakistán!» es el menos original pero el más recurrente, además de las siglas BRA (Ejército Republicano Baluche, por sus siglas en inglés) y BLA (Ejército de Liberación Baluche), dos de entre la plétora de grupos armados que luchan contra Islamabad. No se molesten en buscarlos en ningún sesudo manual COIN (acrónimo de «contrainsurgencia»), pero están ahí desde los setenta del siglo pasado. Casi medio siglo de lucha no ha evitado que los cadáveres se sigan apilando: líderes políticos o activistas de base, abogados, camelleros o simples desgraciados. A algunos los arrojan desde el aire —vivos, muertos, a menudo desmembrados— sobre sus aldeas natales. El terror siempre es un arma poderosa ante cualquier conato de rebelión.

El número de desaparecidos a manos de las fuerzas de seguridad se estima en decenas de miles, aunque nadie conoce la cifra exacta. Tampoco es extraño, hablamos de un auténtico «agujero negro» informativo. Declan Walsh, corresponsal en Islamabad para The Guardian y el New York Times durante nueve años, se encuentra entre los muy pocos que se han atrevido a escribir sobre la brutalidad a la que los baluches son sometidos bajo el Gobierno de Pakistán. Ni siquiera llegó a pisar Baluchistán, pero un artículo sobre sus desaparecidos le valió la expulsión del país en mayo de 2013.

«La de Baluchistán —contaba Walsh— no solo es una de las historias más difíciles de cubrir en Pakistán por lo restringido de su acceso, sino también por ser una de las más peligrosas. Al Gobierno no le gusta nada que periodistas extranjeros entren en la provincia sin ser escoltados y raras veces concede permisos. Es una zona donde la violencia llega de todas partes: están los talibanes, los que persiguen a los chiíes, los insurgentes baluches… Islamabad quiere evitar a toda costa que informadores pisen el terreno porque se trata de una provincia que apenas controla, o simplemente porque los servicios de seguridad pakistaníes mantienen estrechos lazos con muchos de estos grupos violentos».

Eran afirmaciones corroboradas por testimonios igualmente kafkianos. Imdad Baloch, miembro de la Organización de Estudiantes Baluches, había sido secuestrado en Quetta en 2005 junto con seis compañeros y torturado posteriormente durante dos meses. Sus raptores le «entregaron» después a la policía en la provincia de Punyab.

Policías paquistaníes en Quetta, Baluchistán, 2014. Fotografía: Banaras Khan / Getty.

«Tuvimos los ojos cerrados en todo momento. Sabíamos que nos habían metido en un avión, pero no adónde íbamos», explicaba aquel joven tocado con un kulla —gorro tradicional baluche— rojo.

«Tras entregar a cuatro de nosotros a la policía en algún lugar de Punyab, los periódicos al día siguiente publicaron que las fuerzas de seguridad habían capturado a unos terroristas baluches que planeaban poner una bomba en el aeropuerto de Hyderabad —suroeste de Pakistán—». Imdad desconocía las causas por las que finalmente fueron puestos en libertad. Fue entonces cuando empezó la segunda parte de su odisea: denunciar ante la justicia lo que había ocurrido.

«Lo has pasado mal, pero ya estás libre. ¿Por qué te empeñas en buscarnos problemas a los dos?», le dijo aquel primer juez. Y el segundo, y el tercero… Cuatro años más tarde, Imdad seguía intentando interponer una denuncia.

A los cerca de veinte mil desaparecidos documentados hay que sumarles los desplazados. Durante la última década, decenas de miles de familias baluches se han visto obligadas a emigrar a las afueras de Quetta o a las provincias de Sindh y Punyab, tras haber sido destruidas sus aldeas en diversas operaciones militares. La campaña se ha cebado especialmente en la zona colindante a Gwadar, un puerto de aguas profundas que está siendo construido por China, pero que se ha convertido en la principal amenaza contra los baluches de Pakistán. Islamabad pretende desarrollar la zona como hiciera con Karachi, cuya población pasó de los doscientos mil habitantes en 1947 a los más de veinte millones a día de hoy. Hacer algo parecido en Gwadar supondría convertir a los baluches en minoría en su propia tierra.

Opio para el pueblo

Aquel saudí de veintiséis años se estaba volviendo loco. Se llamaba Abdulá Mohamed, y llevaba más de dos meses intentando cerrar un trato de camellos baluches en Zahedán, la capital de la provincia iraní de Sistán y Baluchistán.

«Odio esta ciudad, odio este país y a los persas; los putos persas…», repetía desde el lobby de aquel hotel entre bocanadas de una pipa de agua. De vez en cuando decía algo interesante, como que había gente que usaba los camellos para traer heroína desde Afganistán.

«Se les enseña el camino, se les introduce la droga en la joroba y luego hacen la travesía ellos solos», explicó, apostillando que aquel era un negocio redondo que tenía que explorar. Pero llegaba tarde. Para cuando Baluchistán fue anexionado a Irán en 1928, los británicos hacía ya tiempo que habían introducido el tráfico de opio en la región. Comparado con otras partes del país, su uso aquí era aún poco común, limitándose a un puñado de líderes tribales. Ya con los Pahlevi (1925-1979) se arraigaría el consumo de heroína en esta parte de Baluchistán, y aquellas enormes oportunidades de lucro tampoco pasaron desapercibidas a los ayatolás. Cargos públicos locales —nunca baluches— siguen amasando enormes fortunas con la droga que llega desde la vecina Afganistán mientras Teherán mira hacia otra parte. Irán es ese país donde te dan latigazos si te pillan bebiendo una birra, pero te puedes chutar en vena a plena luz del día sin que nadie te levante la voz. Se dice que el 60 % de la población baluche local de Irán está enganchada a los opiáceos. O, lo que es lo mismo, que el número de disidentes se reduce en al menos un 60 %. Y es que, al hándicap que supone pertenecer a una etnia distinta a la persa —la dominante en el país—, la revolución islámica del 79 añadió el religioso. Los baluches son musulmanes sunitas, algo que choca frontalmente con el chii smo imperante en Irán.

Alí Khan, un desplazado baluche, junto a la tumba de tres de sus hijos, fallecidos en un campo de evacuados en Jafarabad, Baluchistán, 2006. Fotografía: John Moore / Getty.

Casi equidistante de las fronteras de Afganistán y Pakistán, en Zahedán todo lo «no persa» es susceptible de ser terrorista, traficante, o ambas cosas a la vez. Los ayatolás acusan a los baluches de colaborar con Occidente y a la organización armada Jaish ul-Adl —‘Ejército de la Justicia’, antes Jundallah, ‘Ejército de Dios’— de recibir ayuda tanto de la CIA como de Al Qaeda. Cualquiera que sea su marca, hablamos de una organización armada que nació en 2002 con una reivindicación autonomista y un fuerte corte religioso suní. Sus acciones iban desde atentados suicidas contra el aparato de seguridad persa a otros más selectivos. En septiembre de 2008 llegaron incluso a secuestrar a un científico nuclear iraní.

La insurgencia baluche en Irán, que no coincide ni en la forma ni el fondo con la de sus hermanos en Pakistán, acostumbra a mandar mensajes contradictorios: un día enarbolan la bandera baluche declarándose nacionalistas; al siguiente, son yihadistas de estandarte negro. En realidad, no se trata más que de globos sonda, de meros reclamos publicitarios, para recibir financiación desde el golfo Pérsico o de Occidente. De donde sea. El problema es que cualquiera resulta sospechoso. En su informe de 2017/18, Amnistía Internacional recoge que centenares fueron ejecutados «tras juicios-farsa» durante el año pasado, y que miles esperan en el corredor de la muerte. Se trate de combatientes, disidentes políticos, blogueros o incluso niños como Kabir Dehghanzehi, arrestado cuando tenía trece años y colgado el pasado año en la vía pública desde una grúa. Se hace a menudo. Las familias tienen que pagar para recuperar los cadáveres.

Paradójicamente, los ayatolás tienen una gran responsabilidad en el aumento del extremismo suní entre los baluches. Tras hacerse con el poder en el 79, la teocracia chií empoderó a sacerdotes suníes a través de dinero y poder para disolver un ideario comunista profundamente arraigado en la zona. En realidad, Jomeini no hizo más que dar continuidad a una política introducida en la región por los británicos. Como ya hicieron con el opio, ellos también fueron los primeros en utilizar el islam como una herramienta política para contrarrestar la expansión soviética.

Fue entonces cuando la viajera británica Rosita Forbes pasó por allí en la década de los veinte. En su libro Conflict: Angora to Afghanistan (Casse, 1931) describe a los baluches como «gente de pelo largo y piel más oscura que los persas» que sustituían sus inmensos turbantes por un sombrero pahleví —el que Reza Shah Pahleví introdujo en 1927 para «modernizar» el país— cuando iban a la ciudad. La aventurera británica aseguraba que en todas las aldeas baluches había al menos uno de aquellos sombreros a disposición de la comunidad. Casi un siglo más tarde, del medio millón largo de habitantes de Zahedán, seis de cada diez son persas. Mientras la población de colonos crece, los baluches se disuelven en la indigencia o, simplemente, desaparecen. Ocurre hasta con los topónimos: la misma Zahedán había sido Duzzap hasta que los persas se hicieron con el territorio.

Desde su campus universitario, Karim Jalabi, uno de los poquísimos profesores de etnia baluche en la Universidad de Sistán y Baluchistán, decía que la proporción entre persas y locales entre sus veinte mil estudiantes es de diez a dos.

Las fuerzas armadas paquistaníes vigilan el puerto de Gwadar, 2006. Fotografía: Jean-Hervé Deiller / Getty.

«En realidad es un reflejo fiel de lo que está ocurriendo aquí. Hace setenta años nuestra provincia se llamaba “Baluchistán”, más tarde “Baluchistán y Sistán” y hoy “Sistán y Baluchistán”», afirmaba aquel profesor de matemáticas.

«De seguir esta tendencia, en el futuro se llamará sólo “Sistán”».

Huir al infierno

Verano de 2014 en el extremo suroccidental de Afganistán. Un mulá cargaba contra el Gobierno en su sermón del viernes:

«¿A qué bolsillos ha ido a parar todo el dinero que llega de países extranjeros? ¿Han sido nuestros pecados tan grandes que no merecemos ni siquiera agua potable?», espetaba el sacerdote, con una voz ronca y airada que retumbaba por las calles vacías de la ciudad. Un centenar de hombres asentían con la cabeza y sudaban sin parar.

A más de un día de coche de la capital afgana, Zaranj es la capital de la provincia de Nimruz, la única que comparte fronteras con Irán y Pakistán. También es la más remota, la más despoblada, la más pobre —recuerden, de Afganistán—.

«¿Acaso es la voluntad de Dios que nos muramos de sed?», insistió el mulá, justo antes de acusar a Teherán de robar el agua de los nimruzíes. Y era verdad: la única fuente de agua en Nimruz es el río Helmand, pero Irán desvía la mayor parte de su cauce a un depósito gigante. Se puede ver por Google Earth. Añadan a eso las necesidades hidrológicas de los talibanes para regar sus campos de amapola y piensen que, antes de los ladrones de agua, la zona ya se llamaba Dashti Margo: el Desierto de la Muerte. Se harán una idea. Han pasado eones desde que el profeta persa Zaratustra calculó que, cuando el sol alcanzara su altura máxima sobre este arenal, sería de día en todo el hemisferio oriental. Así, llamó a este punto Nim Roz, ‘mediodía’ en lengua persa. Mil años más tarde llegaría el islam y Zaranj se convertiría en una de las principales paradas en la Ruta de la Seda hasta que Tamerlán, otro persa ilustre, la destruyó por completo en el siglo xiv. Desde entonces, este lugar donde las tormentas solo escupen polvo y arena quedaría relegado a la periferia de los sucesivos imperios: desde el safávida hasta el soviético.

Trabajadores en el puerto de Gwadar, ca. 2010. Fotografía: Bruno Morandi / Getty.

En el siglo xxi, el único objeto digno de pertenecer al escudo de armas de la ciudad sería uno de esos bidones de plástico omnipresentes por toda la ciudad. Pueden ser amarillos o verdes, con agua o gasolina de contrabando, siempre descargados de carros tirados por un burro o de los moto-rickshaws. Quitando las granadinas de Kandahar, o las uvas y sandías que llegan de la vecina Helmand, casi todo lo que allí se compra llega de Irán y se paga en moneda iraní. Son novecientos kilómetros hasta Kabul pero apenas dos hasta el puesto de frontera persa. Demasiado cerca: Teherán está construyendo un muro de hormigón de cinco metros de altura a lo largo de toda la frontera; exactamente doscientos veinticuatro kilómetros. Si nunca había sido fácil sembrar en mitad de este desierto, para muchos campesinos como Abdul Bazir resultaba ya imposible.

«Es de locos: cada vez que trato de llegar a mis huertas los guardias me disparan desde el muro», se quejaba aquel baluche de cincuenta y dos años que aparentaba veinte más. Aquella aldea de adobe sin agua corriente ni electricidad se llamaba Barichi. Además de con los cultivos, el muro había acabado con el contrabando, único modo de subsistencia para muchos. Dost Mohamed, otro vecino, se levantaba la camisa para mostrar las marcas de dos impactos de bala en su cuerpo. Los persas le habían disparado cuando intentó acercarse a regar sus tierras. Los guardias también disparaban a sus burros y ovejas, decía, «por pura diversión». Hoy Barichi ya no existe, ni tampoco decenas de otras aldeas de las que el mundo jamás tuvo noticia.

A diferencia de como ocurre en Irán o Pakistán, la ausencia de un Gobierno efectivo en el país ha hecho que los baluches aquí no sean masacrados por las fuerzas de seguridad; para sobrevivir basta con un poco de agua y no caer en el fuego cruzado entre talibanes que se matan entre ellos —generalmente por el control de las rutas del opio— o que atraviesan la provincia para atacar a las tropas de la coalición empantanadas en las vecinas Helmand y Farāh. Nimruz es el único lugar del mundo donde se puede ver un programa de televisión en baluchi —de 5 a 6 de la tarde— y donde los niños que van a la escuela pueden estudiar en su lengua materna. La ausencia de un Gobierno central ha convertido el último confín de Afganistán en un inesperado refugio para baluches que huyen de la represión en Irán y Pakistán.

Los hermanos Baloch llegaron en 2012 desde Khuzdar (Baluchistán pakistaní) tras la enésima operación del ejército en la zona. Desde el apartamento que compartían con dos familias más al sur de Zaranj, Karim, el mayor, recuperaba de una carpeta las fotos de dos de los cinco familiares que perdieron aquel día: su hermano Naim, muerto en la operación, y su padre Mohamed Rahim. No volvieron a saber de ellos desde entonces, pero es probable que sus cuerpos estuvieran en las fosas comunes que se encontraron en Khuzdar dos años después de su huida. No era ni la primera ni la última vez que los baluches se tropezaban con huesos humanos entre el polvazal.

Los náufragos llegados desde el otro lado de la frontera también se hacinaban en Haji Abdurrahman, una aldea de adobe sin asfalto, ni luz ni agua corriente a las afueras de Zaranj. Sattar Khan llevaba viviendo allí desde que llegó en 2007. Antes profesor de primaria en Pakistán, lamentaba no poder escolarizar a ninguno de sus cuatro hijos por su situación irregular, aunque los dos más pequeños tenían prioridades más urgentes:

«Tienen hidrocefalia. Conseguimos dinero entre todos para que les pudieran atender en Herāt —al oeste de Kabul—, pero necesitan de una operación cada dos años», explicaba Khan, mientras guiaba a su hija Sarah por la estancia. Había perdido la vista por la enfermedad.

Como refugiados, los Khan, los Baloch y otros muchos habían intentado pedir ayuda en la oficina que ACNUR tenía en Zaranj, pero decían que ni siquiera les habían dejado entrar. Desde la ONG admitían conocer la existencia de dicha comunidad, pero insistían en que ninguno de sus miembros había solicitado asistencia. Las versiones de unos y otros se contradecían igualmente en Kandahar y Kabul, donde ACNUR también tenía delegaciones.

«Tras tu visita nos dieron un número de teléfono, desde el que nos indicaron que teníamos que volver a la oficina a rellenar unos formularios para presentarlos en su oficina. Lo intentamos al día siguiente y nos volvieron a dejar en la calle», me decía Jamal, otro de entre aquel montón de desgraciados. Eso fue antes de pedir entrevista con el máximo responsable de la ONG en Afganistán. Se llamaba Bo Schack, y decía sentirse «muy sorprendido» por la cuestión que se le planteaba. «Ni a los baluches ni a nadie se les había denegado el acceso a ninguna de las oficinas de ACNUR». En cualquier caso, el proceso a seguir por la comunidad baluche para solicitar asistencia de la agencia de la ONU era algo que Schack decía desconocer.

Carreras en Londres

Tres años después de aquella entrevista, los icónicos autobuses de dos pisos rojos y los taxis negros londinenses paseaban el eslogan #freebalochistan por las calles de la capital británica. Hartos del ostracismo al que les había condenado tanto la prensa como las ONG, los baluches recurrían a una campaña que saltaba literalmente a las calles desde las redes sociales, y que incluía denuncias como «Stop a las desapariciones forzosas en Pakistán», o «Salven al pueblo baluche». Como era de esperar, la iniciativa no tardaría en recibir respuesta desde Islamabad, quien acabaría presionando al Gobierno británico para que abortara la iniciativa. El veto se mantuvo durante dos meses, hasta que el 20 de enero de este año el transporte público londinense volvía a denunciar en cada carrera una de las atrocidades más ignoradas de nuestro tiempo.

«¿Se te ocurre alguna otra idea para que el mundo se entere?», preguntaba Ahmad Marri, activista baluche en trámites de concesión de asilo político en Londres desde 2013. Tuvo más suerte que su hermano. Su familia en Quetta solo recuperó su cabeza. Hace cinco meses, Marri decía que salía a la calle solo para ver los taxis y los autobuses.

Una pequeña alegría es mucho.

Uno de entre los muchos baluches refugiados en Kandahar (Afganistán). Fotografía: Karlos Zurutuza.

4 comentarios

  1. Aquiles

    «Lo has pasado mal, pero ya estás libre. ¿Por qué te empeñas en buscarnos problemas a los dos?», le dijo aquel primer juez. Y el segundo, y el tercero…

    Impacta leer esto, como un puñetazo. Y mas viniendo de un juez. Aunque supongo que para ser un juez en un agujero de ****** como ese y dormir por las noches hay que tener una lobotomia moral.

  2. Kraken

    Excelente artículo. K. Zurutuza destacando siempre por un periodismo valiente y veraz, casi ausente en la mayoria de los medios de comunicación de los conflictos olvidados y abandonados.
    Aquiles: No es necesario vivir en un agüjero de ×××××× y ser juez para tener lobotomia moral.
    ”Una (y otra) lágrima cayó en Llarena, cayó en Llarena”. Como dijo ‘Peret’.

  3. Esclavo de gatos

    Es sorprendente qué formas toma la casualidad a veces. En esta ocasión, un bicho raro que se escurre entre sacos de pienso para camellos.
    Antes de ayer iba yo a la tienda de mascotas habitual para comprar pienso para mis gatos, situada en un zoco especializado en tiendas de animales de una ciudad emiratí. Aunque hay dos o tres tiendas de mascotas tal y como la entedemos en occidente, la mayoría son almacenes de pienso, principalmente para camellos, pero también para otro tipo de ganado y por supuesto para pájaros, sobre todo halcones. Llevaba yo en el parabrisas del coche un insecto enorme y rarísimo, negro y peludo, como con cuernos, y me perturbaba su presencia, así que accioné los “limpias”. Echó a volar hacia mi derecha y se metió en uno de esos almacenes, perdiéndolo de vista. Pues bien, me fijé en el rótulo del almacén: Balochistan LCC. Me llamó la atención porque no sabía dónde estaba ese ¿país?¿región india?¿afagana?¿pakistaní? Decidí que era una región india, porque fue lo primero que pensé. Creo. El tipo que regentaba el almacén, sentado en una silla de plástico en la puerta del mismo a la sombra (a unos 46 grados),me sonreía mientras pasaba con el coche, habiendo visto la jugada porque tampoco tenía nada mejor que hacer. Qué bicho raro, pensé, sin tener claro si me refería al hombre o al insecto. Quizá la próxima vez me pare a preguntarle cuál es su historia (al hombre), suponiendo que hable inglés, que lo dudo. Pero será divertido en cualquier caso. Mientras intento hablar chapurreando árabe y haciendo gestos ridículos, él pensará: ¡Qué bicho raro!

    Gracias por el esclarecedor artículo.

  4. Triste currante

    Para qué c… sirve la ONU, aparte de para pegarse viajecitos en primera clase y estancias en hoteles de lujo entre Nueva York y Ginebra? Bueno, en realidad lo pregunto por otros casos como lo que está ocurriendo en Siria, Rep. Centroafricana, Sudán del Sur, etc. En este caso parece estar claro: el sexto país que más contribuye a los fondos para esas pitanzas de señores gordos con trajes caros es…. Afganistán. Por delante de UK, Alemania, Francia….

    Gracias a Zurutuza por darnos a conocer esto, jugándose seguramente para ello el pellejo.

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