Ellos se beberán tus lágrimas

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Up. Imagen: Pixar.

Down

Durante los diez primeros minutos de Up, ahí fue el momento exacto en el que te diste cuenta de que ya no volverías a estar a salvo al sentarte en una sala de cine ante una película de dibujos animados. Años atrás, Disney ya había regado traumas infantiles matando a la progenitora de un cervatillo, un crimen elaborado con tanto éxito como para ser capaz de distorsionar la memoria colectiva logrando que el subconsciente popular rememorase una escena muy gráfica y espantosa cuando en realidad la madre de Bambi en aquel film perecía fuera de plano.

En Pixar también tenían antecedentes en lo de bailar con las fatalidades y destilar lágrimas: Buscando a Nemo no se cortó a la hora de aniquilar durante su prólogo a la mujer e hijos del protagonista. Y la despedida entre un monstruo de pelaje azulado y una niña traviesa provocó cabalgatas de pañuelos entre la audiencia de Monstruos S.A. Pero la desgracia del cervatillo funcionaba como un drama seco que buscaba más el impacto que la congoja, y las osadías de Pixar en su época primigenia eran tan solo el calentamiento de lo que estaba por venir.

En cambio, lo de Up fue un golpe a traición. La historia te calzó las gafas de un infante regordete y te permitió enamorarte de una niña con un diente ausente en cuestión de segundos para a continuación condensar las alegrías y aflicciones de toda una vida en pareja: una casa desvencijada erigida en hogar, tardes sobre hierba contemplando nubes de formas caprichosas, una dolorosa visita a una consulta médica, promesas de aventuras en tierras extrañas y un nudo de corbata que siempre requiere ayuda. El cariño a través de los años resumido en dos ancianos bailando en el salón de su casa y un globo azul que vuela hasta la cama de un hospital. Y entonces, de manera inesperada como sucede con todas las fatalidades, te clavó una puñalada en forma de deceso.

Aquello era un golpe a traición, te habían convertido en cómplice de una vida para después reducirte a escombros con un mazazo. La película había jugado a barajar temas como el amor, la ilusión, la infertilidad, la esperanza y la muerte sin utilizar ni una palabra y nadie se dio cuenta de lo que estaba pasando hasta que era demasiado tarde. En la pantalla un anciano solitario sostenía otro globo azul en una capilla, en la sala de cine el público sabía exactamente cómo se sentía ese hombre porque ellos habían experimentado lo mismo. El nudo ya no apretaba corbatas, sino gargantas.

Plañideras

Entre la marea de realidad artificial centelleante de Las Vegas se yergue el Colosseum, un gigantesco teatro del Caesar’s Palace con apariencia de coliseo romano y unas tripas que alojan sillones suficientes para acomodar a cuatro mil doscientas noventa y seis personas frente a una gigantesca pantalla de cine. En aquel lugar, una mañana de abril de 2015, las luces se encendieron tras los créditos de una película para revelar a más de cuatro mil almas entre las que escaseaban los ojos secos. Se acababa de proyectar un pase exclusivo de la película Del revés y las primeras reseñas en lugar de hablar sobre lo que ocurría en pantalla lo hicieron sobre lo que ocurría en las gradas: la CBS señaló que aquella premiere dejó todas las mejillas de la audiencia a remojo, en Vulture calificaron la película como un «drenaje de lágrimas», The New York Times alertó del talento del film para entretener a los jóvenes mientras obligaba a sorber lloros a los adultos.

Tras el estreno de Up, Drew Magary escribió, con abundantes palabras malsonantes, en un artículo titulado «Dear Pixar, stop making me crying like a bitch», una reseña cómica para Deadspin: «Esta vez en Pixar ni se molestaron en perder tiempo sacándome el corazón para romperlo en pedazos. Decidieron que no tenían que esperar hasta el final de la película para convertirme en una mierda llorona. No, tenían que hacerlo nada más empezar, empaquetando en los primeros diez minutos de esa maldita cosa toda la mierda triste que pudieron […] Eh, un millón de gracias, Pixar. Gracias por removerme las entrañas con un raspador de pescado, me ha encantado, de verdad. Joder ¿lnfertilidad? ¿En una película sobre globos?». Tess Riley confesó en The Guardian que se puso la película durante un viaje en avión y el baile de pañuelos acabó poniendo muy nerviosos a sus compañeros de vuelo. Aquella nueva criatura de Pixar parecía tener la asombrosa capacidad de lograr que brotasen tantas lágrimas como carcajadas.

Pixar ha depurado su leyenda hasta lograr que las lágrimas en el cine parezcan incluidas en el pack a la hora de ver sus películas. En realidad, su producción no siempre ha apostado por invocar el llanto: Bichos, Cars 2, Monstruos University, Los increíbles o Toy Story no se preocupaban de ello. Pero con la historia de Jessie en Toy Story 2 o el extraordinario flashback del crítico gastronómico en Ratatouille ya escarbaron tímidamente un potencial emocional de ciertas ideas, la soledad y la niñez olvidada, que a la larga se convertirían en vetas muy valiosas para el estudio.

Otras producciones, como El viaje de Arlo o Brave, se quedarían a medio camino, pero un buen puñado de ellas se volverían legendarias gracias a su total falta de contención a la hora de dinamitar la patata con aquellos temas que remueven sentimientos: la soledad y su tristeza reflejadas en las aventuras de peces en busca de una familia, la vida de un anciano después de perder a su mitad en Up o un robot abandonado llamado Wall-E. La infancia perdida en forma de amigo imaginario en Del revés, una despedida en Monstruos S. A. y casi todo el último tercio de Toy Story 3, una película que pilló al mundo con la guardia baja («Llorar con Toy Story, hombre no me jodas, lo que me faltaba» comentó en círculos selectos Jairo G. C. tras su estreno). En Bustle llegaron a elaborar un ranking del cine Pixar basado en lo mucho que hace llorar cada uno de sus filmes. Y el canal Above Average convirtió aquella fama que había cultivado Pixar en un sketch cómico, un falso documental en las entrañas de un Pixar’s sadlab, un laboratorio ficticio de la compañía dedicado a encontrar la mejor manera de exprimir tus lágrimas:

Los seres humanos son los únicos animales capaces de producir lágrimas como respuesta a un estímulo emocional y no doloroso o con fines prácticos. Charles Darwin creía que dichas lágrimas carecían de un auténtico propósito (y por extensión que no tenían una función adaptativa) aunque reconocía que el proceso parecía aliviar el sufrimiento. El científico William Henry Frey, autor de Crying: the mystery of tears, lleva toda una vida lamentando la poca importancia que Darwin y la ciencia han otorgado a las lágrimas.

Frey ha comandado desde los años setenta numerosos estudios donde cientos de voluntarios anotaban diariamente sus episodios de lloros. Y los resultados obtenidos le han conducido a la conclusión de que los factores que detonan con más frecuencia las lágrimas emocionales son las relaciones interpersonales y el cine o la televisión. Según Frey, para el ser humano moderno la tristeza es el principal motivo del llanto, y las personas son más propensas a llorar entre las siete y las diez de la tarde, horas en las que la gente tiene más probabilidades de estar cerca de sus seres queridos, viendo la tele o ante alguna película.

Los resultados de sus encuestas sentenciaban que un ochenta y cinco por ciento de las mujeres y un setenta y tres por ciento de los hombres se sentían mejor después de llorar, «lo ideal sería consolar a las personas sin decirles que dejen de llorar» apuntaba Frey. El psicólogo Ad Vingerhoets, autor de Adult crying, también estudió a miles de personas para confirmar que tanto hombres como mujeres experimentaban mejoría física y mental después de llorar. En la actualidad, teatros y cines se benefician de las sombras en las que habitan sus butacas para convertirse en lugares públicos donde la gente suele desatar la llorera.

Del revés. Imagen: Pixar.

La ficción siempre ha funcionado como canalizador de todos estos sentimientos; Frey aseguraba que existen mundos y lugares nunca antes vistos capaces de invocar dentro de nosotros nuevos conjuntos de emociones. En el caso de Pixar la compañía ha perfeccionado el modo en que maneja y combina los temas capaces de producir una respuesta emocional y la forma en la que los inyecta en sus criaturas animadas para transmitir emociones. Entretanto, ha ido afinando poco a poco todos los pequeños detalles que rodean la producción para potenciar el tono. En YouTube, el canal Sideways ha dedicado un vídeo muy interesante a analizar cómo la música del cine de Pixar agudiza el tono del film utilizando el contraste y evitando embalar las escenas más tristes en la música más triste, «Si quieres jugar con las emociones de la gente necesitas proyectar un mensaje conflictivo entre lo que escuchan y lo que ven»:

Pero a la hora de la verdad, en el momento de redondear el conjunto no existe una fórmula o ciencia perfecta que pueda ir más allá que el contar historias que realmente caminen cercanas a los espectadores. Relatos donde brote el cariño por sus protagonistas y la empatía por haber vivido situaciones con las que el espectador puede identificarse. La soledad, la tristeza, el miedo o la perdida de la inocencia son territorios conocidos para el público maduro y eso hace que su aparición en la pantalla sobrevuele las cabezas de los más pequeños y aterrice golpeando sentimientos en los más adultos.

Coco fue la última de producciones del estudio en apuntarse a remover entrañas, una película que apostaba por tocar temas tan cercanos y humanos como el recuerdo de los familiares fallecidos, y donde la honra a los seres queridos se convirtió en tema central del film al utilizar como escenario el Día de los Muertos. Una obra que también utilizó la música para tocar ciertas cuerdas en el interior de los espectadores y que apostaba por la emotividad desde su propio título: «Coco» ni siquiera era el nombre del protagonista, sino el de una anciana con demencia senil incapaz de reconocer a su propia hija pero que, noventa años después, aún rememoraba la esperanza de que su padre volviese a casa después de abandonarla cuando era una niña. Uno de los mazazos emocionales que propinaba Pixar en aquella fantasía repleta de Catrinas era descubrir por qué el progenitor nunca había regresado a casa.

Coco. Imagen: Pixar.

Sus lágrimas

En diciembre del 2005, los médicos diagnosticaron un cáncer vascular a Colby Curtin tras localizar un tumor en su hígado. Curtin tenía tan solo siete años. Tres primaveras después, la pequeña acudió al cine para ver una de dibujos animados (la producción Monstruos contra alienígenas de DreamWorks) y quedó tan fascinada con el tráiler promocional de Up proyectado previamente como para salir de la sala olvidándose de monstruos y alienígenas pero apuntando en la agenda que necesitaba visitar una casa atada a un puñado de globos: «Esa película es tan guay que necesito verla».

Dos días después, la salud de la niña comenzó a empeorar gravemente. A lo largo de las semanas posteriores, su madre intentó obtener una silla de ruedas para, llegado el momento, poder acercar a la niña hasta una de las proyecciones y cumplir la ilusión que tenía la pequeña de ver la película, pero fue incapaz de hacerse con una. De haberlo conseguido, hubiese servido de poco porque cuando se estrenó Up el cuerpo de la niña estaba tan deteriorado por el cáncer como para que fuese imposible desplazarla hasta una sala de cine. Tenía diez años, pesaba veinte kilos y su estómago había dejado de funcionar correctamente.

Una amiga de la familia llamada Terrell Orum-Moore se obsesionó con intentar encontrar un modo de cumplir el deseo de la niña de ver aquella película protagonizada por un niño y un anciano. Orum-Moore localizó el número de teléfono de Pixar e intentó entrar en contacto con algún miembro de la empresa que pudiese echarles una mano. La compañía utilizaba un contestador automático para filtrar las llamadas, un control donde era necesario nombrar al trabajador específico con el que se quería conversar. Orum-Moore adivinó el nombre de uno de los miembros de la plantilla y el sistema le permitió acceder a un teléfono en el interior de la compañía. La persona que contestó al teléfono escuchó la historia de Curtin, informó al resto de la empresa y a la mañana siguiente un empleado de Pixar salió por la puerta de la compañía con un DVD de la película (que se estaba proyectando en cines), un póster, una bolsa llena de peluches y la dirección de una niña de diez años aquejada por una enfermedad extraña.

El trabajador de Pixar llegó a la vivienda de Colby Curtin al mediodía. Unas horas antes la niña había asegurado a su madre, Lisa Curtin, que intentaría aguantar para ver la película. Cuando el DVD se puso en marcha, la pequeña se vio incapaz de abrir los ojos para mirar a la pantalla a causa del dolor, pero su progenitora se dedicó a narrarle todo el film plano a plano. Al acabar, la madre preguntó a su hija si le había gustado la película, Colby Curtin respondió que sí con un gesto.

Siete horas más tarde la niña fallecía en su casa acompañada de sus padres.

La noticia saltó a los medios exclusivamente por parte de la familia de la pequeña Curtin. En cuestión de horas la historia ablandó el corazón de medio planeta y Lisa Curtin se vio sepultada en una montaña de emails repletos de condolencias, palabras de ánimo y todo tipo de confesiones. Entre los miles de correos recibidos, se encontraba una carta remitida por un neoyorquino anónimo: «El hombre duro y estoico como una roca que soy se ha convertido en una pila sollozante de clínex sobre el sofá. Siempre he sido una persona sin emociones hasta que la historia de Colby me ha hecho llorar. Mi corazón, aquel que hasta el día de hoy ni siquiera sabía que tenía, ahora está con los amigos y familiares de la niña».

Desde Pixar decidieron no comentar el asunto ni especificar el nombre de los empleados que participaron en el último deseo de la niña. Ellos se bebieron sus lágrimas.

Entre las cosas que el empleado de la empresa de dibujos animados había llevado hasta la casa de Colby Curtin a modo de regalo se encontraba un Adventure book, un libro de aventuras como el que aparecía en Up.

Up

Aquellos diez primeros minutos de Up fueron una revelación, pero no la única. El golpe de gracia de la película llegó mucho más adelante, cuando ya creías estar completamente seguro, cuando parecía que la película no podía volver a jugártela y pillarte por sorpresa. Entonces ocurrió, alguien pasó las páginas de un álbum de aventuras y descubrió una colección de fotos junto a un mensaje a modo de última despedida, uno que fue firmado en la cama de un hospital junto a un globo azul: «Gracias por esta aventura, ahora ve y vive una nueva. Te quiere, Ellie».

Y por segunda vez tuviste la certeza de que ya nunca volverías a estar a salvo.

Up. Imagen: Pixar.

4 comentarios

  1. Marcos

    Lo inquietante es que haya personas que aprendan más con esos diez primeros minutos de Up que en las posibilidades que da la vida para aprender el arte del consuelo y el acompañamiento.

    Hablando en una ocasión con una psicóloga que llevaba grupos de duelo (yo hacía acompañamiento en un tanatorio) concluí que el alejamiento de esta parte de la vida podía estar relacionada no con el alejamiento al fenómeno de la muerte, sino a su reducción al ámbito de la ficción, de manera que se igualaran las pérdidas de las películas, las de los informativos, y las cercanas a nosotros hasta que nos costara desencadenar reacciones saludables.

    Una de las tareas recurrentes en el tanatorio era desactivar el discurso de las personas que impedían, por sistema, que los demás lloraran.

  2. kilgore

    A lo mejor lo malo es que se necesiten grupos de apoyo en los tanatorios, psicólogos y demás parafernalia para que la gente gestione la muerte. O la vida que no deja de ser lo mismo.
    Por lo demás Up, es maravillosa. Absolutamente maravillosa.

    • Marcos

      Ese es el síntoma, pero no la causa. El tanatorio nace con la reducción de la familia extensiva a unidades de menos miembros, que además están dispersos por la geografía debido a las migraciones a la ciudad o al extranjero (por trabajo, sobre todo), y la reduccón del tamaño de las viviendas que impiden el velatorio en casa. Lo del psicólogo es similar, pero no idéntico.
      Es cierto que la desaparición de los rituales de acompañamiento saludables y el tabú del tema son el caldo de cultivo de estos profesionales, pero también es cierto que algunas dificultades en la salud mental relacioanadas con el duelo no se detectaron hasta finales del XIX, pero existían antes, incluso en suciedades que, en principio, gestionaban la muerte de forma natural. Pero me estoy saliendo del tema, Up me pareció maravillosa en esos diez minutos. Necesaria, díría.

  3. Sr.medusa

    Cualquiera que haya visto el episodio de futurama sobre Symour sabe que nunca estaremos a salvo de la animación

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