Stuart Sutcliffe: vida y muerte de un Beatle

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Stuart Sutcliffe. Fotografía: Cordon.

A mediados de 1959, cuando estaba a punto de arrancar la década en la que medio mundo se rendiría a The Beatles, Stuart Sutcliffe era la clase de músico que cualquier joven británico querría tener en su banda. Era escocés, lo que siempre imprime carácter, vestía botas y chupas de cuero, se peinaba con tupé, llevaba gafas de sol y poseía cierto atractivo salvaje y enigmático, como de felino solitario. No sabía componer ni tocar ningún instrumento, pero eso era lo de menos. Quién necesita a un guitarrista en una banda pudiendo tener a un tipo con carisma. En el caso de Stuart te bastaba con verlo apoyado en la barra de un bar, frunciendo el ceño como si le doliese el mundo y dando un sorbo apático a su cerveza para darte cuenta de que lo querías en tu grupo. El chico no tendría ni idea de música, pero era una estrella del rock.

Stuart acababa de cumplir los diecinueve años y estudiaba en el Liverpool College of Art. Trabajaba como basurero para pagarse las clases, pero tenía un gran talento como pintor y destacaba entre el resto de los alumnos. A uno de ellos, llamado John Lennon, no le importaba incluso reconocer que sentía una profunda admiración por él. De hecho, tal y como declararía su mujer, Yoko Ono, varias décadas más tarde, lo consideraba su alter ego. A John le fascinaba su seguridad en sí mismo, su espíritu rebelde, su alma atormentada y su talento como músico, aunque no tuviese ninguno. Daba igual. Lennon sabía perfectamente que, a veces, con una melodía decente y un buen halo de malditismo tenías mimbres suficientes para construir un himno.

El joven Stuart, que por aquel entonces todavía no lo sabía —y tal vez falleciese sin llegar a saberlo—, estaba deseando formar parte de una banda de rock. Una circunstancia que Lennon aprovechó para convertirlo en su compañero. Él tocaba en un grupo recientemente bautizado como Johnny and the Moondogs —venían de llamarse The Quarrymen— con otros dos chavales de la ciudad: Paul McCartney, dos años menor que John y Stuart, y George Harrison, que todavía era un año más joven que Paul; tenía solamente dieciséis. Los tres eran guitarristas, así que Lennon les propuso incorporar a Sutcliffe como bajista. El principal escollo era el orgullo de McCartney, quien sentía celos de Stuart por haber ocupado su lugar como mejor amigo de John, pero finalmente aceptó. A principios de 1960 se reunieron con él en el Cabash Coffe Club, regentado por la madre de Pete Best, le explicaron que la vida consiste en perseguir los sueños de uno, aunque ignore cuáles son, y lo convencieron para que se comprase un bajo Höfner President 500/5 y se uniese a su grupo. Poco tiempo después, también se incorporaría el propio Pete Best como batería. Así nacían The Beetles; literalmente, los escarabajos.

El nombre de la banda había nacido por similitud con The Crickets —los grillos—, el grupo de Texas liderado por Buddy Holly, a quien John y Stuart admiraban. Sin embargo, los dos sabían que hace falta un buen nombre para construirse un buen destino, así que en mayo lo cambiaron por The Silver Beetles —los escarabajos de plata—. No era difícil darse cuenta, no obstante, de que la cosa estaba yendo a peor, por lo que en el mes de julio, influenciados por la música beat y, en concreto, por el movimiento Merseybeat, referente a los grupos nacidos a las orillas del río Mersey, modificaron una letra del nombre y pasaron a ser The Silver Beatles. Lennon explicaría tiempo después a la prensa que a los doce años había tenido un sueño en el que se le había aparecido un hombre subido sobre una tarta llameante que le había revelado que su grupo se llamaría «The Beatles, con a». La realidad es que, en agosto, cuando el grupo ya había sido contratado por el promotor alemán Bruno Koshmider para tocar durante varios meses y en condiciones miserables en su club de Hamburgo, Stuart y Lennon decidieron suprimir la palabra «silver» y pasaron a llamarse sencillamente The Beatles. Un nombre que terminaría pasando a la historia.

En Hamburgo vivían en un almacén húmedo y frío situado detrás de un cine al que se accedía por un callejón muy poco recomendable. John y Stuart tenían ya veinte años y los dos provenían de familias torcidas y rotas. Habían madurado a la fuerza. Pero Pete todavía no había cumplido los diecinueve, Paul acababa de cumplir los dieciocho y George ni siquiera era mayor de edad. A sus familias, al principio, no les hacía gracia la idea de que lo dejasen todo para irse a tocar en un antro cualquiera de una ciudad alemana, pero las quince libras a la semana que les pagaban a cada uno era más dinero del que entraba en sus propias casas en Inglaterra. Su trabajo consistía en resistir toda la noche tocando en el escenario. A veces, durante más de doce horas, recurriendo al consumo de estupefacientes para lograr mantenerse en pie. Lennon la recordaría como una de las etapas más felices de su vida.

George Harrison, Stuart Sutcliffe y John Lennon; Hamburgo, 1960. Fotografía: Astrid Kirchherr / Cordon.

Tres meses más tarde, cuando las cosas iban viento en popa entre prostitutas, delincuentes, alcohol y drogas, Koshmider descubrió que el grupo había estado dedicando sus ratos libres a tocar en un club de la competencia a sus espaldas. Ya hay que tener vicio. Durante los primeros conciertos en Hamburgo, a Stuart le sangraban las yemas de los dedos y le salían ampollas. En apenas unas semanas había pasado de no tocar el bajo jamás a tocarlo a jornada completa. Koshmider montó en cólera y denunció a Harrison por haber mentido a las autoridades alemanas, ya que había obtenido un permiso de trabajo siendo menor de edad. Al mismo tiempo, consiguió que arrestasen a Best y a McCartney por haber provocado un incendio en su almacén. El fuego se había producido mientras hacían el tonto quemando un preservativo. Los tres jóvenes británicos fueron deportados en noviembre de 1960, por lo que, un mes más tarde, al no tener músicos con los que tocar, Lennon decidió regresar también a Inglaterra. Sutcliffe, que había iniciado una relación sentimental con la fotógrafa Astrid Kirchherr, no volvería hasta el mes de enero.

A su llegada a Liverpool, The Beatles se organizaron para ofrecer algunos conciertos en su ciudad. Al fin y al cabo, eran el grupo que venía de tocar en Alemania. De ahí a ser más grandes que Jesucristo solo había un paso. Después de una actuación en el club Lathom Hall en el mes de enero, Stuart se enzarzó en una pelea. Llevar unas Ray-Ban, vestir pantalones pitillo y poseer cierto magnetismo personal le había servido para ser un músico excelente, pero no tardó en comprender que de nada le valía todo aquello contra un montón de ingleses borrachos. Terminaron sujetándolo entre todos, elevándolo y lanzándolo de cabeza contra una pared de ladrillo, golpeándose seriamente el cráneo. Lennon comprendió que había llegado el momento de dejarse de niñerías y regresar a Hamburgo, donde se habían convertido en ídolos locales. Desconocidos e ignorados por todo el mundo, pero ídolos locales al fin y al cabo.

Fue de vuelta en Alemania donde Stuart conoció a la expareja de Astrid, el músico Klaus Voormann, e inmediatamente le pidió a su novia que le cortase el pelo como a él. Ni muy corto ni muy largo, con un voluminoso flequillo sobre las cejas. Al principio, a Lennon y a McCartney no les parecía muy apropiado para The Beatles. Chocaba con la imagen de roqueros que tenían de sí mismos. Preferían sus cazadoras de cuero y sus tupés. Sin embargo, durante un breve viaje a París en el que visitaron a su amigo Jürgen Vollmer, aprovecharon y se lo cortaron igual que Voorman y Sutcliffe. Aquel estilo de peinado, conocido como mop-top, sería definitivo para la estética posterior de The Beatles. Una de sus características más reconocibles. Stuart les había dado carisma, un nombre y una imagen. Normalmente se le conoce como «el quinto Beatle», pero a todas luces fue el primero.

Hasta mediados de año, los cinco muchachos de Liverpool iban y venían a Hamburgo desde Inglaterra para tocar. Era un estilo de vida rutinario y agotador. Por fin, en julio de 1961 Stuart tomó la decisión de dejar la banda. Quería ingresar en la Escuela Superior de Bellas Artes de Hamburgo y dedicarse a pintar. El grupo no podía cancelar los conciertos que ya tenía contratados, así que McCartney abandonó la guitarra y se echó al hombro el bajo Höfner President 500/5 de Sutcliffe. Poco después, adquiriría el modelo 500/1. Hoy en día resulta imposible imaginarse a Paul McCartney sujetando sobre el escenario otro bajo que no sea un Höfner.

Desde hacía unos meses —concretamente, desde el golpe que se había dado en la cabeza al ser lanzado contra un muro durante la pelea en el Lathom Hall—, Stuart venía sufriendo fuertes y frecuentes dolores de cabeza, así como una sensibilidad excesiva a la luz. No se encontraba bien, pero no le había dado importancia. Los médicos alemanes que lo habían explorado no veían nada extraño. Incluso acudió a un hospital en el Reino Unido cuando una vez, durante uno de sus dolores de cabeza, llegó a quedarse temporalmente ciego, pero le dijeron que no le ocurría nada grave. El 10 de abril de 1962, se desmayó durante una clase. Astrid llamó urgentemente a una ambulancia y fue con él hasta el hospital. Stuart falleció por el camino debido a la rotura de un aneurisma que le había provocado una hemorragia cerebral.

Astrid se reunió con el grupo tres días después en el aeropuerto de Hamburgo. Venían con su nuevo mánager, Brian Epstein, y la madre de Stuart, que regresaría a Liverpool con el cuerpo de su hijo. Al día siguiente, Astrid envió una carta a la madre de Stuart pidiéndole disculpas y explicándole que no se sentía capaz de asistir a su funeral. Lennon y ella, decía, lo querían muchísimo y lo echaban mucho de menos. «John no se puede creer que nuestro querido Stuart nunca vaya a regresar. Sencillamente no deja de llorar». Cinco años más tarde, The Beatles publicaron el álbum Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band e incluyeron en su portada una representación de setenta personajes célebres a nivel mundial. En la tercera fila, a la izquierda del todo, se encuentra Stuart Sutcliffe.

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6 comentarios

  1. Paul Spector

    Este artículo u otros muy similares, ya los he leído en Jot Down cuarenta veces. Cuidadín.

    • Jorge M.

      Pues no lo leas si tanto te molesta. A los demás nos gustan. He leido TODOS los articulos sobre los Beatles de JD, y sobre este personaje no se había ahondado antes. ¿Se ha podido mencionar él y el periodo de Hamburgo? Pues claro, es clave en la historia de los Beatles. ¿Se escribe un articulo cada 2 meses sobre los Beatles en una revista que publica 3 articulos diarios sobre cultura? Pues sí,¿Y qué?

      Como he dicho, si te molesta, no hagas click y deja de odiar (o ser un hater, si utilizamos el término de Internet

  2. Emocionante, sobre todo para uno de esas épocas. Sabía poco de este muchacho. Gracias por la lectura.

  3. Angel Morán

    La película Blackbeat, aunque se tome bastantes licencias, representa muy bien aquella época de los Beatles.

  4. Pingback: Leyendas y algunas verdades de un grupo llamado «The Beatles» – El Sol Revista de Prensa

  5. Henry Rodriguez

    Muy buen articulo, tiene detalles.q.desconocia, por ej. No sabia q la mama de Stuart habia viajado a Hamburgo con los Beatles, 3 dias despues de su muerte, pense q ellos no sabian q el habia muerto, sino hasta q llegaron al aeropuerto.

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