Algernon Blackwood: un estruendo sobre las frondas

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Foto: Chris Rice (CC).

Jot Down para Hermida Editores.

«La emoción más antigua y más intensa de la humanidad es el miedo. Y el más antiguo y más intenso de los miedos es el miedo a lo desconocido».

Con estas palabras, Howard Phillips Lovecraft invitaba a los lectores a asomarse a El horror sobrenatural en la literatura, un ensayo que revolvía las entrañas de la narrativa gótica y la weird fiction rastreando sus orígenes, evolución y herederos. En sus páginas, el escritor estadounidense se sumergía en la naturaleza del horror para investigar la percepción humana de aquellos mundos irreales que se han asentado en el imaginario colectivo a través del folclore, los sueños y la espiritualidad. El estudio, publicado en 1927 y revisado en 1934, navegaba a través de la literatura de terror antigua, medieval y renacentista repasando plumas de leyenda como Edgar Allan Poe, Guy de Maupassant, Ambrose Bierce o Nathaniel Hawthorne, destripando sus piezas clásicas para desgracia del neófito (porque en aquella época aún no se había inventado la etiqueta spoiler) y desembocando en los artesanos del horror contemporáneos de su época.

Literatos entre los que Lovecraft encumbraba las figuras de Lord Dunsany (el nombre de guerra de Edward John Moreton Drax Plunkett), Montague Rhodes James, Arthur Machen y el inglés Algernon Blackwood, siendo este último el objeto de una auténtica admiración por parte del progenitor de Cthulhu. A lo largo de su correspondencia y apuntes, Lovecraft alabó (y envidió) con frecuencia la extraordinaria habilidad que parecía demostrar Blackwood a la hora de sembrar miedos en lo cotidiano, hasta el punto de calificar el relato «Los sauces», publicado en 1907 dentro de la colección The listener and other stories, como el mejor cuento sobrenatural en la historia de la literatura inglesa. Una historia que las páginas de El horror sobrenatural en la literatura definieron como «Un texto donde el arte y la rigurosidad narrativa llegan a su desarrollo más elevado, produciendo una impresión perdurable y conmovedora sin un solo párrafo forzado y sin una falsa nota». A estas alturas estamos hablando de palabras mayores y profundas: H. P. Lovecraft, un escritor tan virtuoso como para convencer a su público de que una criatura era indescriptible a base de utilizar toneladas de adjetivos para describirla, ambicionó la elegancia con la que Blackwood era capaz de impregnar el miedo en el lector ante los horrores cósmico, invisibles y omnipresentes.

Blackwood

La vida de Algernon Blackwood resulta casi tan fascinante como novelesca. Nació al sureste de Londres, estudió en el Wellington College de Berkshire y dedicó sus años mozos a deambular entre toda clase de oficios al otro lado del charco: granjero y regente de un hotel en Canadá, minero en los yacimientos de oro de Alaska, periodista en Nueva York , profesor de violín, secretario, camarero e incluso de modelo para dibujantes como Charles Dana Gibson o William Thomas Smedley del Harper’s Magazine. Toda una desmadrada galería de vaivenes laborales que explicó con detalle en su autobiografía Episodios antes de los treinta. Superada la treintena, regresó a Inglaterra para dedicar su vida a la escritura sobre mundos sobrenaturales, a las aventuras en mundos cercanos y a las reuniones de gente que pretendía acercarse a lo sobrenatural. Para lo primero se convirtió en un prolífico escritor de temáticas fantásticas mientras lo segundo lo logró practicando todo tipo de actividades al aire libre (desde el montañismo hasta el piragüismo, pasando por el esquí y la exploración de terrenos salvajes).

Finalmente, su interés por lo oculto le llevó a formar parte de asociaciones londinenses tan exóticas como The Ghost Club, un organismo dedicado a investigar fenómenos paranormales, o la organización rosacruz de la Orden Hermética de la Aurora Dorada, una fraternidad repleta de gente con hobbies esotéricos como la magia, la alquimia y el ocultismo en general. De entre tantas ocupaciones, el hombre logró destacar especialmente en la que demandaba sostener una pluma y afilar el ingenio. Porque Blackwood no tardó demasiado en convertirse en un escritor respetable de producción literaria tan abundante como para que él mismo fuese incapaz de acotar con certeza el número de trabajos que llevaban su rúbrica: más de ciento treinta historias cortas de naturaleza fantástica (recopiladas en colecciones y leídas en la radio o la televisión por el propio Blackwood), ochenta relatos de carácter más convencional (enfocados a un público joven, cotidianos o propagandísticos), quince novelas, varias obras de teatro y un par de libros para niños. Las mayores alabanzas le llovieron como consecuencia de aquellos cuentos que cortejaban con lo sobrenatural. Historias de fantasmas y horrores de entre las cuales los paladares más versados en su literatura, como H. P. Lovecraft, insistían en destacar «Los sauces» y «El Wendigo».

Algernon Blackwood (1951), por Norman Parkinson, cortesía de Hermida Editores.

Los sauces

«Los sauces» arranca con una canoa en las aguas del Danubio, descendiendo en dirección hacia el mar Negro, tripulada por dos compañeros de aventuras, el narrador y su camarada de origen sueco. Una expedición, en apariencia ordinaria, durante la cual los dos exploradores se ven obligados a acampar en una de las isletas formadas por la crecida de un río que parece embravecerse según la embarcación avanza a lo largo de su lecho. Los protagonistas se instalan en aquel escenario aislado, alejado de cualquier civilización, dominado por los elementos («el agua, el viento, la arena y el gran fuego del sol») y enmarcado por cadenas de sauces que se mecen ante las ventiscas. Pero pronto comienzan a intuir que la pequeña ínsula que han invadido contiene una amenaza poderosa, antigua e inexplicable a la que no saben cómo enfrentarse.

La grandeza de esta novela corta de Blackwood reside en su fabulosa capacidad para exprimir al máximo los elementos con los que juega. Dos personajes, una isla en el interior de un río salvaje y un bosque de sauces cuyas hojas plateadas bailan con la brisa. Esas son todas las piezas que necesita el escritor inglés para perfilar una historia aterradora, una que apunta al miedo más esencial del ser humano: la sensación de que existe una amenaza subyacente, incomprensible e inevitable. Los dos anónimos protagonistas del relato comienzan a sospechar de manera gradual que su presencia ha despertado un poder que permanecía aletargado. Y todos los elementos que rodean a los aventureros, entre los que destacan unos sauces desafiantes cuyas ramas parecen dibujar siluetas imposibles, se alían para dinamitar cualquier tipo de escepticismo y alimentar unas conjeturas que divagan sobre horrores cósmicos y mundos paralelos al nuestro. La atmósfera erigida por el escritor inglés resulta tan poderosa como para lograr que el lector se empape de ese miedo que provocan sobre los protagonistas aquellos terrores desconocidos, una sensación a la que nadie puede decir ser ajeno. En este cuento no existe la paranoia o la alucinación, sino algo muchísimo más aterrador: la certeza, la total y absoluta convicción de que algo está ahí, esperándote.

«Los sauces» se publicó originalmente en 1907. El año pasado, Hermida Editores se encargó de publicar por primera vez el texto en castellano con una traducción a cargo de Óscar Mariscal. Han pasado ciento diez años y el relato sigue resultando tan aterrador como cuando se editó por primera vez. Eso probablemente signifique algo, que Lovecraft tenía razón al considerar aquel texto como una pieza de terror atmosférico exquisitamente afinada, pero también que Blackwood era un maestro en lo suyo. Y, sobre todo, que el horror es inmortal.

Un  estruendo sobre las frondas

El crítico literario S. T. Joshi, un estudioso de Lovecraft que también ha buceado profundamente en la obra de literatos ilustres como Ray Bradbury o Ambrose Bierce, publicó en 1990 un ensayo titulado The weird tale que repasaba la weird fiction a través de sus mejores autores. Un texto donde Joshi  se atrevía a definir a Blackwood como «el escritor de terror más completo y alegre que conozco» al entender que el grueso de su obra estaba marcado por el optimismo humano y, ante todo, una profunda admiración por la naturaleza. No se trataba de una afirmación desencaminada teniendo en cuenta que Blackwood brilló especialmente en las historias que huían de la telaraña, las sombras o el susto fácil. En realidad sus mejores cuentos seguían un patrón exquisito: se detonaban con la admiración por los parajes naturales (invadidos por los protagonistas) para poco a poco ir desvelando horrores ocultos que crecían tras aquellas ramas. Joshi, aquel estudioso de la literatura del miedo, se llegaba a preguntar por qué Blackwood se molestaba en introducir temores en sus relatos cuando el mensaje predominante de sus narraciones era «optimista con respecto a los seres humanos, sus almas y su lugar en el cosmos». La respuesta posiblemente sea muy sencilla: porque podía.

Hermida editores publica esta misma semana Un estruendo sobre las frondas con Óscar Mariscal encargándose de nuevo de la traducción. Un libro que recopila «El bienamado de los árboles» y «El Wendigo», dos relatos de Blackwood que junto a «Los sauces» podrían considerarse como el pack perfecto de escritos para llevarse a cualquier escapada en el bosque, especialmente si uno tiene planeado no pegar ojo durante las acampadas.

«El Wendigo» (1910) utiliza un punto de partida similar al de «Los sauces», con travesía inicial en canoa incluida, pero sustituye los horrores cósmicos por el folclore que aviva las leyendas terroríficas de los entornos salvajes. En los boscosos terrenos de Ontario un grupo de caballeros se divide con intención de rastrear la zona en busca de alces a los que dar caza. Una batida que para dos de aquellos monteros se convierte en pesadilla ante la posible presencia de una amenaza mitológica, un ser sobrenatural incubado en leyendas indias, escondido en el bosque y conocido como Wendigo. Blackwood se atreve a desatar aquí una criatura monstruosa capaz de arrastrar a sus víctimas en una carrera inexplicable hacia la locura. Un terror que resulta tan feroz e inmediato como sutil gracias a la elegancia del novelista para evitar recrearse de manera explícita en la violencia y lograr que se intuya a través de pisadas, nieve teñida por tonos ocres, alaridos sobre las frondas, alucinaciones y visitantes extraños. Para algunos lectores, esta aventura rebozada en la demencia conformó una las piezas más excepcionales del escritor. Para todo el mundo, el relato supuso el nacimiento oficial y pop (el Wendigo antes de Blackwood solo existía en forma de mito oral) de un monstruo fabuloso.

«El bienamado de los árboles» (1912) sitúa la narración en un entorno tan idílico como sobrecogedor: una casa inglesa emplazada en el límite de un bosque. La residencia de un matrimonio, el señor y la señora Bittacy, que durante una jornada cualquiera invitan a su hogar a un pintor especializado en plasmar sobre lienzos el alma de los árboles. Una visita que se convertirá en detonador de una peligrosa obsesión por el bosque cercano. Y un relato incluido en Un estruendo sobre las frondas que no solo se aleja de «El Wendigo» de manera geográfica (de las inexploradas tierras canadienses hasta la campiña inglesa de gente con posibles), sino que también se distancia de la esencia de aquel horror con nombre propio: «El Wendigo» representaba un terror gradual pero inmediato, mientras «El bienamado de los árboles» apuesta por fabricar un nuevo tipo de temor porque puede. El ensayista S. T. Joshi reverenciaba en sus estudios la capacidad de Blackwood para guiar a los lectores entre las frondosidades psicológicas de sus personajes, y probablemente «El bienamado de los árboles» sea uno de los textos que mejor reflejan esa extraordinaria habilidad del escritor para hacerlo. Porque en esta historia corta el autor se atreve a ejecutar un malabarismo maravilloso al revolotear entre las cabezas de tres personajes distintos, jugando deliberadamente a ocultar al verdadero protagonista. Aunque lo más sorprendente de «El bienamado de los árboles» es su capacidad para lograr que el mal adopte un nuevo tipo de forma y genere un nuevo tipo de miedo, porque se trata de un mal que no colecciona víctimas sino adeptos profundamente felices, y eso provoca un desasosiego más hondo que cualquier chillido fantasmal a bocajarro. Situado en la linde de un bosque, y con un pequeño cuento, Algernon Blackwood demuestra que es capaz de convencernos de una verdad alarmante: que la silueta de un árbol puede ser algo profundamente bello, pero al mismo tiempo también absolutamente terrorífico.

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