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Hablemos de ciencia ficción (I): La anticipación

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Caricatura de Jules Verne en la portada de la revista L’Algerie, 15 de junio de 1884.

Ningún plan de batalla sobrevive al primer contacto con el enemigo. (Helmut von Moltke, militar alemán)

El futuro no se puede buscar en Google. (William Gibson, escritor de ciencia ficción)

Imaginen que hubiesen llegado hasta nosotros las memorias escritas de la primera persona que encendió un fuego o de la primera persona que utilizó ruedas para transportar una pesada carga. ¿Qué nos dirían? Es de suponer que nada parecido a «imagino un futuro de ciudades iluminadas» o «dentro de miles de años, el mundo estará repleto de carreteras por las que circularán millones de vehículos provistos de mi gran invento, la rueda». No había ciencia ficción en el Neolítico o el Paleolítico. De hecho, no la hubo hasta hace dos siglos.

Lo más probable es que aquellas personas no fuesen conscientes del impacto que sus creaciones iban a provocar en el futuro y que, de habernos legado alguna crónica, se hubiesen limitado a comentar las comodidades específicas que, en ese momento concreto, les ofrecían esos descubrimientos. Dos de los más grandes innovadores en la historia de la humanidad, cuyos rostros y nombres por desgracia no conocemos, hubiesen dejado tras de sí unas memorias muy pedestres, centradas en ideas como «ya no pasamos frío en la cueva» o «ya no tenemos que acarrear piedras y troncos a pulso». Poco más que una descripción escueta de ciertas ventajas momentáneas.

La falta de perspectiva histórica sobre los efectos a largo plazo de la tecnología y la ciencia no implica creer que aquellos humanos fuesen menos inteligentes que nosotros o que sus elaboraciones intelectuales fuesen menos profundas que las nuestras, solo que sus pensamientos seguían otras direcciones. No sabemos cómo fueron las primeras ruedas, pero las más primitivas no debieron de inspirar la visión de una sociedad en la que personas y bienes fuesen transportados a grandes distancias con relativa brevedad. Quienes empezaron a dominar el fuego debían de contentarse con calentar e iluminar una caverna y, huelga decirlo, no imaginaban algo como el motor de combustión o la máquina de vapor; ni siquiera hubiesen concebido el faro de Alejandría.

Esto fue cierto para muchas otras invenciones que tardaban un tiempo en extender su uso y alcanzar un diseño óptimo. La concepción del avance tecnológico como un proceso de cambios repentinos resultaba impensable. Los inventos que ayudaban a mejorar la vida aparecían de manera paulatina y no solían estar disponibles hasta mucho después de que se hubiesen formulado las ideas teóricas que los inspiraban. En el caso de que hubiese tales ideas, pues otras invenciones aparecían sin grandes hipótesis científicas que las respaldasen más allá del genio práctico de determinados inventores o ingenieros. Incluso hoy a la mayoría de nosotros no nos importa demasiado qué principios teóricos se esconden detrás de los inventos que usamos a diario, salvo que seamos profesionales especialistas o que nos dejemos arrastrar por una curiosidad ociosa. Podemos disculpar, pues, el desinterés de los antiguos por estas cuestiones. La tecnología era vista como un conjunto de herramientas útiles con aplicación concreta en el presente, no como un contexto filosófico desde el que ponerse a conjeturar sobre un lejano futuro o sobre la naturaleza misma del ser humano. La especulación sobre las secuelas que el progreso produce a largo plazo no formaba parte de su visión del mundo.

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8 comentarios

  1. Me ha gustado. Cada época crea sus propios mitos, nosotros estamos viviendo la consecuencia de ese fin de la historia, otro mito, donde no existen posibles divergencias a un camino ya trazado, donde las utopías se miran con recelo y el mundo se queda pequeño mientras se consume. Pero las divergencias existen y adoptan la forma de nuestras peores pesadillas. No sé que podrá salvarnos de esta cárcel de racionalismo irracional que hemos construido.

  2. Es curiosa la etimología de la palabra «anticipar»: hacer que algo suceda antes de tiempo, adelantarse. En este sentido, toda literatura de anticipación tendría la forma de un exorcismo, mostraría aquello que puede pasar, para que no pase.

    El comienzo del articulo es muy sugerente. Me hace preguntarme que pensarían las personas del pasado si pudiéramos mandarles a su tiempo una novela actual. o incluso un ensayo de historia. Dudo que entendiesen nada.

    Cualquier obra de ciencia ficción que fuese realmente «anticipatoria» sería indistinguible de un disparate.

    Por cierto, me recuerda a lo que me estoy leyendo ahora.

    https://www.amazon.es/Fin-del-Tiempo-los-H%C3%A9roes-ebook/dp/B07FKTYC5K/ref=tmm_kin_swatch_0?_encoding=UTF8&qid=1536654320&sr=8-1

  3. Tergiversador de Enredos

    Interesante artículo.
    La Ciencia Ficción lleva en su ADN, no la pretensión de adivinar el futuro, sino la de PENSAR en el futuro. ¿Qué podría ocurrir? ¿Qué queremos que ocurra? ¿Qué queremos que NO ocurra? ¿Cómo lo evitamos? ¿Qué camino nos lleva allí? ¿A dónde nos lleva el camino actual? ¿Qué peligro encierran las decisiones que se nos ofrecen?
    De hecho, un mismo tema nos puede llevar a múltiples conclusiones, si así lo queremos (hay mucho de voluntad en la especulación). Por ejemplo, la Inteligencia Artificial, la Singularidad Tecnológica de Vernor Vinge (escritor de Ciencia Ficción, por cierto). Mientras que en las historias cinematográficas de Terminator son eminentemente negativas, en las de Isaac Asimov tienen un carácter mucho más amable, y en las de la serie de La Cultura de Iain M. Banks directamente suponen la salvación idílica de la humanidad.
    Como digo, esta especulación tiene mucho de voluntad, y esta voluntad está muy atada a la sociedad de la que nace. La Ciencia Ficción norteamericana siempre fue optimista, mientras que la soviética directamente bordeaba el desprecio por el ser humano, por ejemplo.
    ¿Quién puede decir qué autor era más o menos realista? ¿Ser realista es ser pesimista? Es más, ¿ser realista es necesariamente ser certero? John Brunner fue terriblemente certero («El jinete de la onda del shock» sigue siendo asombrosa), y también realista, pero, ¿fue las dos cosas, o es que una llevaba a la otra? Stanislaw Lem era realista y pesimista, pero no se puede decir, a día de hoy, que resultara tan certero.
    ¿Ser certero es ser pesimista? Arthur C. Clarke fue certero en muchas cosas, y nunca dejó de ser un empedernido optimista.
    ¿Se me está yendo la olla? Seguramente. Así que mejor me callo, aguardando con impaciencia la continuación de este artículo.

  4. Cada período histórico ha creado su utopía, y el nuestro no va a la zaga, solo que el desafío es mayor. Nuestros antepasados jamás estuvieron de frente a un palpable desastre geológico como lo percibimos nosotros, y visto que los viajes inter espaciales en busca de otro hogar virgen son imposibles, una solución sería transferir nuestro ser a un programa externo, no en un soporte como los conocidos actualmente, sino que pueda manifestarse en cualquier medio, sea este gaseoso, líquido o mineral y aquel que nos depare la realidad cuántica. Sus componentes atómicos podrían ser manipulados para que actúen a guisa de nuestras neuronas con sus estructuras inherentes, dándonos un yo y una conciencia sin tener que alimentar nuestra realidad física. El antiguo anhelo laico religioso de ser solo “espíritu”, sin necesidad de nuestro cuerpo finito se vería cumplido porque a este universo energía no le falta. Y ahí andaríamos, “observando” la maravilla del cosmos sin angustiarnos por su finitud, talvez cruzándonos con otros en la misma situación sin los instintos de tribu, ciudadanos del universo como lo insinúa el cuento El Gran Escarmiento. Excelente artículo que moviliza la reflexión. Gracias por la lectura.

  5. Sanuki Haruki

    La primera edición de «Frankenstein» se publicó el 11 de marzo de 1818, no el 1 de enero.

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