Sociedad Entrevistas

Ilya Topper: «A menudo, lo que parece un tsunami en Oriente Medio se queda en espuma»

Ilya Topper para Jot Down

Desde el balcón de su casa en Estambul, Ilya Topper lleva más de quince años observando el tráfico a través del Bósforo. Son buques cargados de grano, de crudo, de coches, de armas. Atracarán en puertos de nombres tan sonoros como Sebastopol, Odesa o Tartús. O quizá enfilen hacia el Atlántico por Gibraltar. Con un poco de suerte, dice este hombre de mirada azul, hasta podremos ver asomar algún submarino en esa corriente de agua entre varios mundos. Es hipnótico, sí, pero no pasa de ser un mero ejercicio de meditación. No estamos aquí por los barcos.

Nacido en Almería (1972) y criado en Marruecos, Ilya Topper empezó su carrera como periodista en Cádiz a los veintidós años y no tardaría en lanzarse a explorar Oriente Medio. Había tanto que contar en Irak, en Siria, en Líbano, en Israel… En 2011 se instaló en Estambul como corresponsal de la Agencia EFE, y su firma también es habitual en El Confidencial y, por supuesto, MSur, un medio digital que él mismo dirige desde aquí. Se trata de identificar las dinámicas de una región donde la violencia no deja de sacudir la geografía y, sobre todo, a las personas que la habitan. También es autor de Dios, marca registrada: una defensa de la laicidad (Hoja de Lata, 2023) y El sexo según la izquierda (MSur Libros, 2025), una reflexión sobre feminismo y patriarcado, así como coautor, junto con Andrés Mourenza, de La democracia es un tranvía: el ascenso de Erdoğan y la transformación de Turquía (Planeta, 2019).

Su atalaya sobre el Bósforo rebosa volúmenes y notas que asoman por los lugares más insospechados. Es la resaca de un cóctel de experiencia, curiosidad y, sobre todo, de una pasión inagotable; la misma que le ha llevado a dominar el árabe, el tamazight y el turco, además de varias lenguas europeas. Rebusca en su biblioteca mientras habla sin control del tiempo. Tampoco acota el espacio. De una gramática de arameo salta a los poetas persas, antes de continuar por un camino digresivo que atraviesa varios mapas. Es en ellos donde señala puntos con la misma pasión del primer día: Jerusalén, Gaza, el río Litani, en el sur del Líbano, el estrecho de Ormuz en las cabeceras de todo el globo…

La convulsión es máxima y la historia parece estar a punto de agotarse, pero tenemos una tarde de abril para intentar entender sus claves. Viajaremos por esa cartografía desplegada sobre la mesa en círculo, empezando y acabando aquí. Sobre el Bósforo.

¿Se deja sentir aquí, a las orillas del Bósforo, la onda expansiva de las bombas en Irán?

Los misiles no llegan… ni tampoco llegan otros efectos, por ahora. O no son visibles. Para empezar, a diferencia de lo que ocurrió con la guerra civil de Siria, no llegan refugiados. La frontera entre Irán y Turquía está abierta y hay poco más que el tráfico fronterizo habitual. Se explica: en Irán hay bombardeos, pero no existe un frente de guerra activo. Irse al pueblo, a zonas rurales, puede ser suficiente para huir del riesgo.

¿Tampoco se nota el efecto en la economía turca?

Ahí el impacto será notable, ya que el precio del petróleo es un factor clave para la economía turca. Turquía no tiene apenas yacimientos de petróleo y cuenta con muy poco gas, por lo que el carburante se importa casi en su totalidad. En consecuencia, cualquier aumento del precio del petróleo encarece los costes de producción, afecta a la industria y repercute en el conjunto de la economía.

Muchos analistas apuntan a la posibilidad de una guerra civil en Irán.

Yo no lo veo probable. La confrontación ideológica es entre un régimen con armas y gran parte del pueblo, y vimos en enero que esa parte opositora no está armada. El régimen puede caer; si lo hace, llevaría más bien a la aparición de un nuevo Gobierno, espero que realmente democrático. Si hubiera guerra civil, entonces sí cabría esperar la llegada de refugiados a Turquía, e imagino que, en ese caso, Turquía adoptaría una respuesta similar. Ya ha demostrado su capacidad de absorción con la población siria.

¿Qué impacto tendría para Turquía un colapso del régimen iraní?

Si se produjera un cambio de régimen, Ankara mantendría su posición pragmática y se adaptaría al Gobierno resultante. Al presidente turco, Recep Tayyip Erdoğan, no le conviene intervenir en Irán ni intentar influir en la naturaleza de su sistema político. Para Turquía, Irán es un vecino de gran relevancia por su tamaño, su peso histórico y su posición regional. En términos de volumen relativo, el comercio bilateral es más importante para Irán que para Turquía, pero Ankara tratará de mantener una relación estable con Teherán, independientemente del régimen que esté en el poder.

También se habla de una posible «balcanización» de Irán si colapsa el régimen.

Todo es posible, pero no lo veo verosímil. Irán presenta una gran diversidad lingüística —más que étnica—, con lenguas como el azerí y el qashqai, ambos de la rama túrquica. También está el kurdo, el lori, que es muy cercano al farsi, el mazandarani y el gilaki, también similares, además del turcomano en el norte, el árabe en el sur, el baluchi en el sureste… Es un mosaico complejo cuya definición en términos étnicos depende en gran medida del criterio que se adopte. Claro que existen identidades culturales y tradicionales locales diferenciadas. Pero salvo en el caso de los kurdos, entre los que sí hay una tradición política de reivindicación independentista en algunos sectores, y los baluches en el extremo suroriental, entre los que también hay grupos que aspiran a la autonomía, la mayoría de la población se ha sentido históricamente parte de la nación persa. De hecho, el líder supremo, Ali Jamenei, y ahora su hijo y sucesor, Mojtaba Jamenei, pertenecen a la etnia azerí. El presidente Masoud Pezeshkian no solo es azerí, sino que incluso lo afirma abiertamente: «Yo soy turco». Esto no impide que ejerza plenamente como presidente de Irán. Ser azerí o «turco» no está en absoluto reñido con formar parte de la nación persa.

Sin embargo, son muchas las voces que insisten en que esa diversidad puede acabar alterando el mapa de la región. El propio Reza Pahlavi, hijo del depuesto sah y líder opositor respaldado por Israel, habla de «preservar la unidad del país frente al caos».

Creo que este es precisamente un punto que muchos analistas externos no terminan de comprender. Desde hace siglos e incluso milenios, ser persa o ser iraní constituye una forma de conciencia nacional. No hablo de un sentido estrictamente estatal, sino de una nación entendida como legado cultural e histórico compartido. En ese marco, el idioma de referencia ha sido históricamente el farsi, especialmente en la cultura y en la poesía, aunque esa producción cultural la realizaban en gran parte personas cuya lengua materna en el hogar era otra, sobre todo el azerí, es decir, turco. De hecho, casi todas las dinastías que han gobernado Irán hablaban turco. Los safávidas, que fundaron el Estado iraní moderno en 1501, eran de origen túrquico, y sus sucesores también, con la excepción de una dinastía kurda que reinó brevemente. La dinastía Qadjar, que gobernó hasta 1925, también era azerí, y fueron ellos quienes declararon el farsi idioma oficial. Después llega la dinastía Pahlavi, que es mazandaraní, una lengua con una historia cultural estrechamente vinculada al farsi, pero distinta. Todos han contribuido a la construcción y persistencia de una nación iraní-persa, por lo que veo inverosímil la idea de la balcanización de Irán.

Ilya Topper para Jot Down

¿Cómo afectaría esta inestabilidad al equilibrio entre comunidades religiosas en la región? ¿Sigue siendo clave la división entre chiíes y suníes a la hora de definir políticas en Oriente Medio?

La importancia de esas divisiones ha aumentado notablemente en las últimas décadas. En el caso de Irak, la guerra civil entre chiíes y suníes es, en gran medida, un resultado de la invasión estadounidense de 2003. Antes de eso existían comunidades suníes y chiíes, sí, pero no se trataba de un factor políticamente determinante ni de construcción ideológica. Todo surgió después de la invasión. Irak tiene una mayoría chií, y el Ejército que combatía en los años ochenta contra Irán, que ya estaba bajo el liderazgo religioso de Jomeini, también era predominantemente chií. Al mismo tiempo, el único grupo de Irak que se alió con Teherán contra Saddam fueron los kurdos, que son suníes. Sin embargo, en la actualidad, la religión sí se ha convertido en un factor político relevante en Irak. Aun así, en el conjunto de Oriente Medio no considero que sea un factor determinante. Solo en el momento en que un actor externo financia y arma a una milicia es cuando esta puede organizarse bajo una bandera suní o chií y operar en ese marco.

Dentro del mundo suní, ¿hasta qué punto sigue siendo relevante la división entre el eje Turquía-Qatar y el formado por Arabia Saudí y los Emiratos Árabes Unidos?

Menos que hace diez años. Entre 2017 y 2021 sí existió una confrontación geopolítica: Arabia Saudí, junto a los Emiratos Árabes Unidos, impuso un bloqueo a Qatar, mientras Ankara apoyaba a Doha. Sin embargo, en los últimos cinco años, Turquía se ha reconciliado con Arabia Saudí. Erdoğan visitó Riad y, con la reconciliación entre Qatar y Arabia Saudí y el levantamiento del embargo, Turquía también normalizó sus relaciones. A partir de ahí, las diferencias han pasado a ser más puntuales, como en el caso de Libia, pero ya no constituyen una confrontación de bloques estructurada. El panorama se ha vuelto mucho más fluido. Por otra parte, en las últimas décadas Turquía ha sido un aliado estrecho de Qatar e incluso mantiene una base militar en el país. No obstante, en el contexto actual, Qatar parece estar siendo reinsertado en el bloque de alianza estadounidense-saudí por necesidad estratégica.

Sin embargo, sí que hay una línea roja clara entre ellos con la firma de los Acuerdos de Abraham. Emiratos, Baréin, Marruecos y Sudán han normalizado las relaciones diplomáticas con Israel, y hasta Arabia Saudí iba a sumarse al grupo cuando empezó la ofensiva sobre Gaza. ¿Ves a Turquía o Qatar en ese bloque a corto o medio plazo?

Turquía reconoció a Israel ya en 1950 y siempre ha sido uno de sus más firmes aliados; esto solo cambia con la llegada al poder de Erdoğan, pero, aun con los encendidos discursos de Erdoğan en defensa de Palestina y varias rupturas diplomáticas, las relaciones comerciales, turísticas y hasta militares seguían siendo muy estrechas. Solo a partir de la guerra de Gaza de 2023 Turquía anuló los vuelos a Tel Aviv y luego aplicó un embargo comercial, pero es una medida temporal por el conflicto. Los comunicados de Ankara nunca acusan a Israel, sino siempre al Gobierno de Netanyahu. Es un proceso totalmente distinto a los Acuerdos de Abraham de 2020, por los que varios países árabes reconocen por primera vez a Israel. Ankara retomará las relaciones en cuanto se vislumbre una solución en Gaza.

«Los pilotos que bombardean Gaza fueron entrenados en Konya, y el combustible para los aviones llega de İskenderun y la comida de los soldados israelíes se envía desde Alanya». Esto le soltó un parlamentario opositor a Recep Tayyip Erdoğan, el presidente turco. ¿No juega este también a varias bandas con Israel?

Eso lo dijo un diputado en noviembre de 2023, tres semanas después del ataque del 7 de octubre, precisamente para denunciar que las relaciones comerciales turco-israelíes continuaban. Solo medio año más tarde, en mayo de 2024, Ankara dio finalmente la orden de cerrar todos los puertos turcos al comercio con Israel, vetando la exportación e importación de bienes. Aunque luego siempre hay trampas y trucos. Ankara siempre es muy pragmática; sí que se puede hablar de un juego a varias bandas, y no solo en este conflicto.

Turquía tampoco ha cerrado el oleoducto del que bebe Israel.

Sí, se ha criticado que el oleoducto de Ceyhan siga sirviendo crudo a petroleros que van a Israel. Pero ahí hay un problema: si tú estás trasladando petróleo, no es tu petróleo. Cobras una tarifa sobre el traspaso, pero no lo puedes cerrar porque no es tuyo. ¿Sabes cuándo dejó Ucrania de vender gas ruso a Europa? El 1 de enero de 2025. Hasta entonces, Ucrania canalizaba gas de Rusia a Hungría y demás países europeos por su territorio, con su gasoducto, porque había un contrato, pese a los bombardeos rusos. Curiosamente, los contratos de gas no se tocan ni aunque se caiga el mundo entero.

Volviendo a Irán, ¿lo ves como potencia regional, tras perder aliados como Siria, con Irak en el punto de mira y Hezbollah en sus horas más bajas?

Siria no era realmente un aliado, sino un protectorado de Irán. Damasco poco podía ofrecerle a Irán, pero Teherán apoyaba el régimen de Bashar al Asad por motivos geopolíticos y como vía de enlace con Hezbollah, la milicia libanesa respaldada por Irán. En la guerra civil de Siria, la intervención de Hezbollah a favor de Asad responde a esa lógica geopolítica porque, en sentido ideológico, no tiene sentido que una milicia islamista como Hezbollah respaldara a la dinastía, muy poco religiosa, de Asad. En este sentido, más que alianzas entre potencias en pie de igualdad, lo que ha existido es una red de actores regionales que han dependido de Irán. Irán seguirá siendo una potencia regional importante tanto por su posición estratégica, incluido el control del estrecho de Ormuz, como por su tamaño y población, que supera los 90 millones de habitantes.

El que sí que parece que está ahora en sus horas más altas es Israel: su política de expansión en Cisjordania y en Líbano, e incluso en Siria, parece imparable. ¿Crees que es irreversible? ¿Cómo afectaría esto a los equilibrios de la región?

La dinámica de Israel sí es, en gran medida, irreversible porque es una continua huida hacia delante, buscando más confrontación, guerra y violencia, nunca un equilibrio o un arreglo duradero. Esta dinámica resulta difícil de revertir porque buscar una solución de paz implicaría establecer fronteras consensuadas, e Israel quiere evitarlo, porque no está dispuesto a renunciar a Cisjordania, pero ahora mismo tampoco tiene capacidad de anexionar este territorio con sus tres millones de habitantes dentro. Por lo tanto, busca un estado de conflicto permanente. Esto genera una espiral de violencia muy difícil de contener. Los acontecimientos recientes en Gaza han hecho esta dinámica más visible a nivel internacional, pero solo representan la continuidad de una tendencia de largo recorrido.

¿Y Líbano? ¿Cuánto más puede aguantar Hezbollah?

Israel no busca anexionar territorio en Líbano. Las proclamas de algunos activistas a colonizar parte del país no son pragmáticas, sino que se trata de mantener abierto un conflicto que permita a Israel seguir en estado de guerra. Hezbollah entra en esa misma dinámica: considera su cometido debilitar a Israel, pero el conflicto solo fortalece al Gobierno de Benjamin Netanyahu y, en realidad, a cualquier Gobierno israelí. Todos actúan en esta misma dinámica de confrontación con los vecinos; de hecho, incluso desde la oposición supuestamente centrista le han reprochado a Netanyahu aceptar la última tregua impuesta por Donald Trump.

¿Ves posible que la invasión del sur de Líbano vaya a más?

Es más fácil que vaya a más, sí, pese a la tregua momentánea. Ahora bien, puede convertirse en un desastre para Israel en términos de enfrentamiento, con un coste alto en bajas militares —unas decenas de bajas para Israel ya son muchas—, como ocurrió en 2006, y eso a Netanyahu no le conviene. Por otra parte, para Líbano en conjunto, una paz definitiva con Israel resultaría mucho más beneficiosa que la guerra. De hecho, existen sectores, como los de la comunidad cristiana, que acusan a Hezbollah de perjudicar al Líbano con sus hostigamientos a Israel en nombre de la causa palestina. Dentro de Líbano hay tensiones grandes respecto a esto; durante la guerra civil libanesa, varias milicias cristianas se aliaron directamente con Israel. El Gobierno actual está buscando esa paz, pero de forma cautelosa, porque Hezbollah limita su margen de maniobra y puede impedir, gracias a su poder militar —es la única milicia armada libanesa fuera del Ejército nacional—, unas negociaciones que lleven al Líbano a firmar una paz definitiva, como lo hicieron Jordania y Egipto y, más recientemente, Emiratos o Baréin.

Ilya Topper para Jot Down

Aunque apenas se le preste la debida atención, otro país siempre al límite es Irak. Su mayoría chií y la influencia de Irán también lo ponen contra la pared, ¿no es así?

Irak, desde el final de la guerra civil o a medida que se fue estabilizando, ha estado bajo la influencia de Teherán, aunque su sistema político no es comparable al régimen de los ayatolás. Durante la guerra civil no existía un ejército como tal, sino múltiples milicias esparcidas por el terreno. Con el tiempo, estas milicias se integraron en la estructura oficial, pero manteniendo sus propias cadenas de mando. No se desmovilizaron para formar un ejército nuevo, sino que pasaron a operar bajo el paraguas del Estado. Entre ellas, la más relevante es Hashd al-Shaabi, compuesta en gran parte por milicias chiíes alineadas con Irán. De hecho, cuando desde Estados Unidos se planteó la posibilidad de armar a grupos kurdos iraníes, exiliados en el Kurdistán iraquí, para lanzar una ofensiva contra Teherán, Hashd al-Shaabi y especialmente su facción más potente, Kataib Hezbollah —sin relación con Hezbollah del Líbano—, llevaron a cabo ataques con drones y artillería contra los cuarteles de estos grupos kurdos.

El frente kurdo es también una de las grandes cuestiones de Turquía. ¿En qué momento estamos en el enésimo proceso de paz, iniciado el año pasado, entre Ankara y sus kurdos?

El proceso está completamente estancado. Este es el segundo proceso serio, en mi opinión. Antes hubo treguas, pero el primer intento relevante ocurrió en 2013, cuando Abdullah Öcalan, desde la cárcel, hizo un llamamiento a poner fin a la lucha armada, abandonar la vía militar e integrarse en el sistema democrático de Turquía. El PKK asumió oficialmente ese cambio y durante dos años se negoció, pero en 2015 se reanudó el conflicto armado. Esta decisión respondió en gran medida a cálculos de política interna del presidente Erdoğan. Desde entonces, la continuación de la lucha del PKK resultaba difícil de justificar, dado que la organización ya había renunciado a la independencia como objetivo político. En diciembre de 2024, sectores de la ultraderecha turca comenzaron a recuperar la propuesta, lo que desembocó en una segunda carta en la que Öcalan reiteraba el mismo mensaje: fin de la violencia, abandono de las armas e integración en Turquía, reconociendo a los kurdos como parte plena de la nación. Pero para llevarlo a la práctica sería necesario un marco legal, posiblemente con mecanismos internacionales de verificación, que permita a los combatientes del PKK desarmarse y reintegrarse en la vida civil sin enfrentarse automáticamente a penas de prisión severas. Por el momento, siguen siendo considerados terroristas. Ese marco jurídico, que podría incluir algún tipo de amnistía o fórmula equivalente, sigue sin definirse. En el Parlamento se hacen declaraciones generales sobre estabilidad y paz, pero sin propuestas específicas de cómo llevar a cabo la desmovilización e integración de los combatientes.

Y esto está vinculado también a Siria y a Rojava. Con un exyihadista sentado en Damasco, ¿pueden los kurdos mirar al futuro con optimismo?

Hacia dónde irá Siria con un exyihadista como Ahmed Sharaa como líder es una pregunta difícil. Preocupa, pero en este momento no parece haber muchas alternativas más allá de confiar en que la situación evolucione a mejor, ya que todo lo demás ya se ha intentado. Una nueva guerra civil no parece una solución ni viable ni deseable. Y si no se puede derrocar a Sharaa, la única opción parece ser colaborar con él y ver hacia dónde evoluciona el país. En cualquier caso, Sharaa tampoco es una figura excepcional o de gran liderazgo, sino un miliciano con una base de poder propia dentro de un conjunto de milicias y grupos armados diversos. Ante algunas de las masacres ocurridas después de la caída de Bashar al Asad, surge la duda de hasta qué punto Sharaa las ha permitido o alentado, ya sea como forma de venganza o para debilitar a posibles adversarios, o si simplemente no controla a los grupos que lo apoyan. Es posible que su poder sobre esas facciones sea limitado y que tenga que navegar entre distintas alianzas dentro de su propio entorno.

¿Y esto no puede llevar a una nueva guerra civil?

No con los restos del régimen de Asad o sus simpatizantes: acaban de perderla. Los kurdos, por su parte, tampoco parecen tener capacidad suficiente para imponerse en un conflicto abierto contra Sharaa. Y, además, ¿para conseguir qué? Una hipotética independencia, que nunca han reivindicado, para empezar, resultaría difícil de sostener: Turquía se opone firmemente a ella, el Kurdistán iraquí bajo el clan Barzani mantiene una línea conservadora y contraria a los sectores vinculados al PKK o a Rojava, Irak tampoco tiene interés en un Estado kurdo independiente, y el resto de Siria está completamente en contra. Solamente funcionaría con un puente aéreo desde Washington para aprovisionar la región. Y eso con Trump no va a pasar. Antes era un arreglo temporal, ya que Estados Unidos quería una base ahí, pero nunca fue una solución a largo plazo. De manera que a los kurdos no les queda otra que buscar una forma de arreglo con el Gobierno de Damasco, aunque sea islamista, eso sí, intentando no perder las libertades que han ganado, ni su cultura ni, sobre todo, su idioma. Y también hay que decir que Sharaa está haciendo gestos para no aparentar un perfil tan yihadista o islamista. Cada vez lleva la barba más corta, ya utiliza traje y chaqueta, y ha incorporado figuras como una ministra de Trabajo que aparece en público sin velo y con un estilo completamente distinto. Es cristiana, y es ministra.

Con los últimos ataques en enero, ¿puede Rojava mirar hacia el futuro con optimismo?

Depende de qué entendamos por Rojava. Si se plantea como una entidad estatal o paraestatal independiente, no lo veo viable. En cambio, si hablamos del Kurdistán sirio en un sentido más amplio, es decir, de la población kurda dentro de Siria, entonces sí cabe contemplar algún tipo de encaje, aunque no sea sencillo. Los kurdos constituyen un bloque relevante, y cualquier actor central tendrá que llegar a algún tipo de acuerdo con ellos. Para Sharaa tampoco sería conveniente un nuevo escenario de conflicto interno. Por ello, es razonable que busque algún tipo de arreglo. Ahora bien, ese acuerdo difícilmente pasará por la independencia —que, en realidad, nunca ha sido una reivindicación pública— ni tampoco por una autonomía tan amplia como la que existía durante la guerra civil, con control territorial y estructuras propias. Este modelo respondía a un contexto de conflicto que probablemente no se mantendrá en el futuro.

Y el nuevo equilibrio de fuerzas internacionales cercanas hoy a Damasco tampoco parece ayudar.

Tras la caída de Asad, que era un protegido de Teherán, y la llegada de Sharaa, la situación ha cambiado por completo. El nuevo liderazgo sirio se encuentra más próximo a Estados Unidos y busca también un equilibrio con Israel, sin una confrontación directa pero sin una alineación plena. Siria tiene suficientes problemas internos como para involucrarse en nuevos conflictos externos. No parece que vaya a actuar como una fuerza geopolítica capaz de armar o apoyar a terceros; se centrará en su propia reconstrucción y estabilidad. Turquía mantiene una muy buena relación con Sharaa, y probablemente sea el actor regional al que Sharaa más está acercándose en busca de protección y apoyo. Esta relación tiene una base lógica: comparten frontera, existen fuertes vínculos comerciales y empresariales; es un entorno natural de cooperación. A Turquía, además, no le incomoda que el nuevo liderazgo sirio tenga un componente islamista, aunque tampoco desea un islamismo radical; prefiere un modelo cercano a un islam político moderado, en la línea del propio Erdoğan, pero alejado de corrientes yihadistas; no quiere talibanes. En ese sentido, Ankara probablemente intentará influir para que Siria evolucione hacia un Estado de carácter público islámico, pero dentro de un marco de orden y respeto a quienes no lo son.

Y volviendo a los kurdos, ¿cómo vería Ankara un empoderamiento del Kurdistán iraní? ¿No sería, de alguna manera, repetir el proyecto de Rojava?

Si se intentara plantear algo similar a una «República de Mahabad 2.0», en alusión a la república kurda independiente en Irán en 1946, que duró aproximadamente un año bajo protección soviética, la reacción de Turquía sería claramente negativa. No lo permitiría, o en todo caso trataría de impedirlo por todos los medios. De todas formas, considero que se trata de un escenario muy inverosímil. De hecho, si en un primer momento Trump planteó la posibilidad de una ofensiva con apoyo kurdo en esa zona y luego renunció, seguramente se deba a que militarmente no resulta viable. Sería necesario un levantamiento generalizado de varios millones de kurdos en toda la zona fronteriza con Irán. No hay sondeos y no está claro que exista un apoyo mayoritario a la independencia entre la población kurda iraní. Hay grupos en el exilio que sí la reivindican, pero no sé cuál es el grado real del respaldo a esa opción entre el conjunto de la población kurda.

Abriendo más el foco, ¿qué papel está jugando Rusia en todo esto? ¿Sigue siendo Moscú un actor con peso en Siria después de la caída de Bashar al Asad, a finales de 2024?

Rusia no tiene un peso relevante en Siria hoy. De hecho, cabe preguntarse cuál es su papel en la región. Resulta llamativo que no haya adoptado una posición más activa, por ejemplo, ante el impacto global que puede tener la reducción del suministro de petróleo por el cierre del estrecho de Ormuz. Aunque bueno, es verdad que la escasez de petróleo en el mercado internacional y el encarecimiento favorecen a Rusia como país exportador; no tiene un incentivo directo para presionar a favor de una desescalada del conflicto en Irán.

Ilya Topper para Jot Down

Rusia ha perdido el puerto mediterráneo clave de Tartús, al sur de Latakia, en Siria. Se dice que busca ahora un sustituto en la orilla este de Libia. ¿Están ahí o han vuelto a casa por el Bósforo?

Rusia tiene interés en aumentar su presencia e influencia en toda África, aunque en general mediante el envío de asesores y pequeños grupos de combatientes no oficiales, es decir, mercenarios, los antes conocidos como grupos de Wagner. En Libia, por supuesto, hay presencia rusa, en alianza con el bloque político oriental, encabezado por el militar Khalifa Haftar y con centro en Bengasi. Desde hace varios años se habla de que Moscú podría convertir esta costa, quizá el puerto de Tobruk, no solo en su puerta de entrada principal a África, sino también en un elemento de control sobre el Mediterráneo. Pero por ahora no parece que haya nada comparable a lo que fue Tartús, una base bien construida y acordada por contrato con Damasco.

¿Ha visto debilitada Moscú su influencia en Oriente Medio por la guerra de Ucrania? ¿O quizás estamos subestimando de alguna manera la capacidad de Rusia de capitalizar el caos de la región?

El papel de Rusia en Oriente Medio era limitado y se concentraba en Siria. Fue allí donde realmente tuvo una posición fuerte, especialmente a partir de su intervención militar. Sin embargo, más allá de ese escenario, no ha desempeñado un papel especialmente activo en otros conflictos de la región. No consta una implicación comparable de Rusia en crisis como las de Yemen o Libia, ni en otras tantas tensiones regionales. Con la caída del régimen de Bashar al Asad, Rusia perdió su papel en la región. En Oriente Próximo tiene poco que ganar por ahora, menos en todo caso que en África y, además, la guerra en Ucrania limita su capacidad de actuación, aunque es difícil medir con precisión el coste económico y militar de este conflicto.

¿Cómo lee Turquía la posición actual de Rusia en la región?

Turquía tiende a situarse en una posición intermedia y a mantener relaciones con todos los actores. Evita la confrontación directa en la medida de lo posible, en parte porque no puede permitirse lo contrario. Con la guerra de Rusia en Ucrania, Turquía mantiene una posición de neutralidad: por una parte, respalda públicamente la postura de Kiev respecto a la integridad territorial y la soberanía y le vende armas, especialmente drones de fabricación turca; por otra, pese a ser miembro de la OTAN, no ha aplicado sanciones a Rusia. Pero es que su economía depende en gran medida de Rusia: importa gran parte de su gas de Rusia, que a la vez es uno de sus mayores clientes en el sector agrícola, especialmente frutas y verduras cultivadas en el sur del país, y el peso del turismo ruso en Turquía es enorme: son más de 6 millones de visitantes anuales —solo por detrás de los alemanes—, que sostienen buena parte de la economía de la costa mediterránea turca.

¿Y China? ¿Qué papel está jugando en la guerra de Irán? De momento, parece haberse quedado en un discreto segundo plano.

Esa es, probablemente, la pregunta más relevante. La economía de China depende en gran parte del petróleo que transita por el estrecho de Ormuz. Parte de ese petróleo procede de Irán, otra parte de Irak y Arabia Saudí. Si ese flujo se ve interrumpido, China podría enfrentarse a problemas de abastecimiento en un plazo de semanas. Cabría esperar, pues, que China ejerciera presión para que el conflicto se resolviera lo antes posible. No está claro por qué no lo ha hecho, o tal vez no lo haya hecho de manera visible; es posible que esté actuando entre bastidores o que sus esfuerzos no estén teniendo efecto. A esto se añade el factor de incertidumbre que es Donald Trump: en la actual política exterior estadounidense resulta difícil prever nada; no hay coherencia en las decisiones. Los análisis geopolíticos razonables no funcionan con Trump.

¿Y cómo podría intervenir China?

No con una intervención militar directa, eso seguro que no. Cabría pensar en medidas de presión económica. Una opción teórica sería la venta masiva de deuda estadounidense. Hace dos décadas, China era el principal tenedor de dicha deuda; hoy, su peso es menor y Japón tiene una posición más destacada. Japón también depende del petróleo que transita por Ormuz, pero su capacidad de influencia geopolítica es inferior a la de China. En cualquier caso, vender deuda tiene también un alto coste económico para quien lo haga. El dólar sigue fuerte; parece que no se está utilizando esta medida por ahora. Resulta muy difícil prever si China actuará, cómo lo hará y en qué momento.

El Mediterráneo oriental es un punto de fricción habitual entre Ankara y Grecia, sobre todo en lo que respecta a la migración, convertida en arma política. Lo hemos visto con la llegada masiva de migrantes a Lesbos o al río Evros, en la frontera griega. ¿Puede Ankara volver a abrir esa puerta para presionar a Bruselas como ya lo hizo en 2015?

En 2015, el flujo de migrantes y refugiados era más natural a consecuencia de la guerra civil siria. Ankara no lo bloqueó hasta que la Unión Europea acordó financiar la acogida de los refugiados sirios en Turquía. El episodio más llamativo se produjo en 2020, cuando se generó, esta vez sí de forma intencionada, una oleada de migrantes hacia la frontera del río Evros para intentar cruzar a Grecia. Circuló un bulo en redes sociales según el cual Grecia había abierto la frontera, lo cual era falso. A partir de ahí, se organizaron autobuses en Estambul, supuestamente gratuitos —luego no lo eran—, que llevaron a miles de personas hacia la frontera. En apenas dos o tres días, la situación en Evros se desbordó, con decenas de miles de migrantes procedentes de distintos países, entre ellos muchos sirios que llevaban años viviendo en Turquía. Algunos habían vendido todo, incluso viviendas en propiedad, creyendo que podrían entrar en Europa. Este episodio parece un obvio intento de presión política a través de flujos migratorios. Las autoridades turcas nunca lo reconocieron, pero resulta difícil explicar la organización de aquellos desplazamientos sin, al menos, la benevolencia estatal. Grecia y Frontex respondieron cerrando la frontera y devolviendo, a menudo en condiciones inhumanas, a prácticamente todas las personas que intentaron cruzar el río.

Esto generó una fuerte controversia internacional, pero, como arma política, no tuvo éxito; Turquía no consiguió nada concreto de la Unión Europea, si bien demostró su capacidad de incomodar. Al fracasar aquel intento, no me parece muy probable que se vaya a repetir algo similar.

¿Hasta qué punto contribuye Turquía a la estabilidad en la región?

A Turquía le beneficia la estabilidad. Tanto el turismo como buena parte de su industria dependen directamente de esa estabilidad. En el caso del turismo, cualquier percepción de conflicto, aunque no afecte realmente al país —como la guerra de Irán—, provoca cancelaciones de viajes. La incertidumbre, por sí sola, ya tiene un impacto negativo. Y el modelo industrial turco se basa en gran medida en importar materias primas, transformarlas y exportarlas. Importa acero, algodón y trigo, y exporta coches, textiles, pasta, galletas. Europa es un mercado clave, pero también lo es el mundo árabe. Productos de alimentación y también electrodomésticos turcos están presentes en todo Oriente Próximo. Este modelo depende de la estabilidad regional; los conflictos interrumpen las rutas comerciales. Además, esta industria requiere petróleo a precios razonables para mantener un margen de beneficio. El sistema económico turco necesita paz y estabilidad en su entorno para funcionar de manera eficiente. El país no va a colapsar, pero la economía sí que se verá seriamente afectada si la guerra en Irán se prolonga.

Escuchándote, resulta difícil esquivar la idea de que estamos frente a un «antes» y un «después» en Oriente Medio. ¿Es así o solo se trata de una sacudida más de un terremoto sin fin?

Con Trump en el poder, hacer predicciones geopolíticas se ha convertido en una tarea ingrata. Es difícil predecir si de aquí a un año las cosas serán muy diferentes de como eran el año pasado. Puede… La guerra contra Irán, que llevaba quince años anunciándose casi cada verano como algo inminente, sí es una novedad y puede tener repercusiones a largo plazo… o no, si mañana Trump se dedica a otro continente y deja todo como estaba. Claro que la guerra de Israel contra Gaza ha multiplicado el nivel de violencia habitual y también la atención internacional, pero si esto lleva a cambios reales en el terreno no está muy claro ahora. De momento, en Palestina todo sigue igual que antes, solo que peor. En Líbano, por ahora, no hay novedad; quizá evolucione hacia la desaparición de Hizbulá, pero no creo que sea inmediata. El único giro definitivo es el fin de la dinastía Asad en Siria y su paso de aliado de Irán al otro bando, pero esto en sí no es un cambio mayor que la caída de Saddam Husein en Irak en 2003. Así que diría que estamos en un momento de muchos cambios dentro de lo que es nuestra década, pero no tantos si miramos los últimos treinta años, que es más o menos el tiempo que yo llevo en el periodismo. A menudo, lo que parece un tsunami en Oriente Medio se queda en espuma: durante la Primavera Árabe de 2011 creíamos estar ante una dinámica de cambios fundamentales; hoy, salvando la guerra civil siria y su desenlace, y Libia, aún sin desenlace, es difícil hallar las siete diferencias. En materia de libertades y democracia seguimos en invierno en todas partes.

Ilya Topper para Jot Down

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