Lo que se fue con River Phoenix

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Mi Idaho privado (1991). Imagen: New Line Cinema.

Cuando cumplí dieciocho años River Phoenix era todo un héroe para mí. Siempre quise conocerle y una noche, durante una fiesta de Halloween, me crucé con él de repente. Estaba increíblemente pálido, totalmente blanco. Antes de que pudiera decirle hola se metió en un coche y se fue al club Viper Room. Allí se desplomó en la puerta y murió. Fue toda una lección de vida.

Leonardo DiCaprio, 2010.

River Phoenix falleció por una intoxicación masiva de drogas en la puerta del Viper Room de West Hollywood el 31 de octubre de 1993, y a mí me gusta imaginarlo esa última mañana de muerte no como un cadáver tirado en la acera con la cara cubierta de espumarajos, sino más digno y en mejor lugar: en una playa a las afueras de Roma, concretamente, vestido con traje blanco y camisa oscura, de pie junto a un monstruo marino varado en la arena y lanzándonos un último saludo nostálgico, sabiéndose ya perdido para siempre. Y lo imagino así porque ese mismo día fue a morirse Federico Fellini, y estos azares románticos de calendario y efeméride hay que saber aprovecharlos.

Hay que tirar de romanticismo porque no queda otra. O eso o la evidencia de que la muerte absurda de Phoenix a los veintitrés años es una de esas tragedias artísticas irreparables, pues esa estúpida sobredosis truncó un currículum tan precoz como ciertamente asombroso: a su edad Phoenix ya había rodado con Rob Reiner (Cuenta conmigo), Peter Weir (La costa de los mosquitos), Sidney Lumet (Un lugar en ninguna parte), Steven Spielberg (Indiana Jones y la última cruzada), Lawrence Kasdan (Te amaré hasta que te mate), Gus Van Sant (Mi Idaho privado), Sam Shepard (Lengua silenciosa) o Peter Bogdanovich (Esa cosa llamada amor).

Por eso conviene evocarlo en aquella noche de Halloween fatal de la mejor manera posible. Puestos a imaginar, podemos también entregarnos a varias suposiciones sobre el cine que habríamos visto estas últimas dos décadas si Phoenix, probablemente el actor americano más capacitado de su generación, no hubiera fallecido. Porque en la vida tan importante es no morirse como hallar siempre algo con lo que entretenerse.

Muchos ya lo han hecho: existe de hecho una teoría bastante extendida que asegura que con Phoenix vivo Leonardo DiCaprio seguiría hoy viviendo a la sombra de su ídolo, y se basa en el hecho aproximado de que Diario de un rebelde y el Rimbaud de Vidas al límite habrían sido dos papeles pensados para Phoenix que DiCaprio interpretó en 1995. Se dice también que James Cameron no habría dudado en poner a Phoenix a correr con Kate Winslet por la cubierta entre los trozos de iceberg. A mí esto último me parece mucho suponer, pero sí estoy parcialmente de acuerdo con la teoría general: no tanto porque Phoenix hubiera amenazado la hegemonía del DiCaprio de los noventa, cuando Leo era carne de carpeta forrada de instituto, sino porque de haber estado vivo Phoenix quizá no habríamos conocido al respetadísimo titán de la interpretación que es hoy ese DiCaprio que explota en 2002.

Hoy casi lo hemos olvidado, pero hubo un tiempo en que el gran talento de Leonardo DiCaprio, bien evidente desde sus primeras películas, pudo irse por el desagüe del olvido, fagocitado por el remolino de Titanic. Muerto de éxito, como el barco. De haber sucedido, en vez de entregarnos a comidillas sobre cuándo terminarían por darle su Óscar lo habríamos condenado injustamente al pozo en el que cayeron actores que no aguantan comparación con él, como John Travolta en los ochenta, o Patrick Swayze. Ese momento es 2002, cuando DiCaprio bien pudo convertirse en esa parodia de sí mismo que bordó para Woody Allen en Celebrity (1998). Y es que Leo salió de Titanic siendo efectivamente «el rey del mundo», pero sin saber que el destino le reservaba El hombre de la máscara de hierro (1998) y La playa (2000). En 2002 llegó el doble rescate, y qué rescate: Steven Spielberg (Atrápame si puedes) y Martin Scorsese (Gangs of New York).

Yo creo que de haber vivido River Phoenix el cuarto Indiana Jones habría llegado mucho antes, que en él Phoenix habría tenido nuevamente su momento estelar, y que de ahí habría surgido una colaboración duradera con Spielberg con Atrápame si puedes como un capítulo más. Pero sobre todo me parece que siendo Gangs of New York un monumental proyecto que Scorsese persiguió durante treinta años, seguramente se habría ahorrado la arriesgadísima (aunque a la postre acertada) decisión de dar el papel del turbio Amsterdam Vallon al guapo adorable del Titanic, y habría apostado por River Phoenix, ese actor en el que Scorsese seguramente veía ecos no ya de James Dean, sino de Montgomery Clift, del primer Brando y de decenas de ejemplos de otros «rotos por dentro» que seguramente pueblan a cada instante la insondable vastedad de su memoria cinéfila. Imagine ahora a Phoenix en todos los Scorseses-DiCaprios que han seguido y ya tiene para entretenerse una tarde entera.

De todas formas, se trata aquí no solo de pasar el rato especulando sin fundamento acerca del Phoenix que conocimos, sino de hacerlo también (y sin ningún tipo de fundamento) sobre el que no llegamos a ver: su muerte nos lo ha dejado ahí anclado como una especie de foto fija de la juventud de los noventa, una pieza de museo de la década. Su icónico personaje de Mi Idaho privado, esa película rodada parcialmente en Seattle el año de la explosión planetaria del grunge, contribuye a ello. Tendemos a quedarnos, quizá influidos por su muerte, con su recurso más reconocible, el del joven inadaptado, aferrado a cualquier tipo de cariño, frágil, delicado, atormentado. Y sin embargo nunca conocimos al hombre maduro, sin tupé y con calva incipiente. Y solo entrevimos otros registros: el actor de comedia, por ejemplo. O de musical. O el héroe de acción (volviendo a Spielberg, quizá Phoenix, y no Tom Cruise, habría rodado Minority Report y La guerra de los mundos).

A lo mejor tendemos un poco a aventurar (su trágica muerte, nuevamente, contribuye) una intachable carrera de aciertos y algunas obras maestras, pero conviene suponer que Phoenix también habría coqueteado con las modas más previsibles del momento. La comedia romántica con Meg Ryan habría caído fijo. O (¿por qué no?) alguna gamberrada de los hermanos Farrelly. ¿Y si hubiera rodado Armageddon con Michael Bay para después, asqueado, poner rumbo a Europa para rodar con el primer Von Trier que pasara? La imaginación se dispara de hecho figurándose los saltos al vacío y las apuestas arriesgadas de la carrera de un tipo que en plena explosión de su fama no dudó en interpretar a un chapero en Mi Idaho privado, en un muy lejano (en todos los sentidos) 1991.

Lo de Armageddon viene bastante al pelo porque a lo mejor el talento de Phoenix no habría dejado espacio para el advenimiento de Ben Affleck. Ni de Matt Damon: ambos actores fueron de hecho descubiertos cuando Gus Van Sant, ese cineasta que por entonces ya no podía seguir trabajando con Phoenix, dirigió el guion de El indomable Will Hunting que Affleck y Damon habían escrito conjuntamente. De hecho, volviendo al héroe de acción: ¿es mucho forzar imaginar a Phoenix como Jason Bourne? ¿Acaso alguien imaginaba a Matt Damon repartiendo tanta estopa? Y, volviendo una vez más a Spielberg (siempre hay que volver a Spielberg), ponga un traje de soldado a su rubio noventero preferido y ya tiene a River Phoenix como el perdido soldado Ryan.

Es fácil suponer que Phoenix habría repetido no solo con Spielberg, sino también con Peter Weir (¿El show de Truman?) o con Sidney Lumet, que se despidió a lo grande en 2007 con Antes que el diablo sepa que has muerto regalándole un papel protagonista a otro compañero de generación de Phoenix que también ha reconocido en varias ocasiones haber tenido al fallecido como modelo: Ethan Hawke. De hecho, no es muy aventurado imaginar a Phoenix reemplazando a Hawke en la trilogía Antes de… de Richard Linklater. O incluso en Boyhood. Porque tan fácil es suponer que Phoenix habría repetido con los cineastas con los que trabajó en su corta carrera como trabajado con los grandes nombres del momento: David Fincher (¿Seven?¿El club de la lucha?), Terrence Malick (algo le habría caído en La delgada línea roja), Paul Thomas Anderson (algo habría pescado en Magnolia), David Lynch (¿Carretera Perdida?), Clint Eastwood (¿Mystic River?), Christopher Nolan (¿he oído Batman?). Por no hablar, claro, de las películas que directamente no existieron, del cine que habría nacido por propia reacción a su talento. Uno se imagina a Sofia Coppola escribiendo películas a su medida sobre la soledad, el tedio y otros vacíos existenciales.

Pensar en un Matt Damon sin carrera en el cine, trabajando de oficinista en algún oscuro despacho de su Boston natal, y en River Phoenix sustituyendo a DiCaprio como niño de los ojos de Scorsese regala una paradoja interesante: ¿qué duelo habríamos visto en Infiltrados? Mi preferido habría sido el de River Phoenix contra su hermano. Y es que hay que abrir y cerrar aquí capitulo Joaquin Phoenix para hacer justicia, porque aparte de la teoría sobre el supuesto ostracismo de Leonardo DiCaprio de haber vivido River Phoenix, circula por ahí también otra deducción algo discutible: la de que sin la noche trágica del Viper Room no habríamos conocido a Joaquin Phoenix, porque por lo visto no salen dos estrellas de una misma familia.

Se dice esto en el mismo mundo en el que viven Kirk y Michael Douglas. Y Ben y Casey Affleck. Se dice con injusticia, como si Joaquin Phoenix no hubiera tenido bastante con haber estado junto a su hermano mientras este languidecía en la acera frente al Viper Room. Y se dice con ligereza, porque se obvia el raro, inclasificable y fascinante talento de Joaquin Phoenix, en nada parecido al de River. Ni siquiera parecen hermanos. Yo creo que de haber vivido River Phoenix habríamos tenido otro Joaquin, quizá menos interesante. Aunque seguramente nos habríamos ahorrado I’m still here (2010).

A lo mejor he imaginado esa confrontación entre los dos actores hermanos en Infiltrados porque Joaquin es un gran actor de duelos fratricidas: el de La noche es nuestra (2007) contra Mark Wahlberg es uno de ellos, pero palidece ante otro mayúsculo: el de The Master (2012), clase magistral de cómo aguantarle la mirada a todo un Philip Seymour Hoffman.

Porque el cine actual son esas películas que estamos viendo ahora, es decir, todas esas que no está haciendo Philip Seymour Hoffman. Y así otra vez.

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9 comentarios

  1. Vigasito

    Interesante What if?

  2. New_Rodro

    Se te ha olvidado «Entrevista con el vampiro», pelicula que estaba a punto de rodar sólo unos días antes de fallecer. Su papel lo hizo Christan Slater, pero antes de eso se lo ofrecieron a… Leonardo DiCaprio. 😉

  3. Tergiversador de Enredos

    Se te ha olvidado encontrarle hueco en el gran álbum de cromos cinematográfico del Siglo XXI: ¿Qué papel habría interpretado en la saga de Harry Potter?

  4. Starluxx

    Precisamente, compartió debut con Ethan Hawke en Exploradores

  5. Un canto a la nostalgia que, encierra en una de sus frases, una gran verdad. River será siempre un chico joven, guapo, atormentado y sin futuro. Quizá si fuera ahora un cuarentón regordete con una colección de exnovias modelos no tendría ese brillo especial de las leyendas. Supo irse antes.

  6. Ramón

    O a lo mejor se habría convertido en un Haley Joel Osment y sería un regordete demacrado como Mickey Rourke. Este artículo es mucho suponer.

  7. GERARDO

    Corta, pero sustanciosa la carrera cinematográfica de River Phoenix, su participación en la inmensa My own private Idaho le reporto un sitio destacado entre los grandes personajes juveniles del cine independiente. Esperaba una mejor nota acerca de este malogrado pero genial actor. Este artículo es sólo una gran paja acerca de lo que pudo haber sido la carrera de Phoenix. Es válido especular, pero no al grado de desbarrar en «lo que pudo ser» en películas que por cierto, fue mejor que no apareciera. La paja mental no es igual a periodismo

  8. Javier

    Interesante punto de vista ! A mí me falta otra comparación : con el Johnny Depp de los años 90, que estaba en el mismo grupo de actores americanos independientes, guapos y con gran talento.

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