Rafa J. Vegas: «Rosendo es un icono, una responsabilidad que nunca ha querido tener»

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Fotografía: Lupe de la Vallina

Treinta años al lado de Rosendo Mercado, productor de Boikot y miembro de Vantroi, Gran Jefe y Tranquilitos, Rafa J. Vegas (Madrid, 1965), ha sido testigo privilegiado de los altibajos de la industria musical, y la del rock en particular, en España. Un país, sostiene, con poco aprecio por su propia cultura. Ahora que Rosendo ha colgado la Fender, Rafa inicia nuevos proyectos, entre ellos el de escritor. Está publicando todo lo que ha vivido durante estos años en una colección iniciada con Mil maneras de volver al hotel (Desacorde, 2018), largas horas de furgoneta y decibelios. Una vida de obrero del rock.

Tal vez tenga más prestigio el rock urbano ahora que hace treinta años.

Sí, ahora que nos separamos [risas].

Naciste en el Hospital de Santa Cristina, donde robaban bebés.

Ahora han reabierto el caso. Murió sor María y se cerró en falso. Tenían un tinglado montado de robar niños, supongo que se justificarían pensando que les hacían un favor a esas familias porque eran pobres. Solo justificándote moralmente puedes hacer una burrada así. ¿Cómo duermes por las noches? Tendrían que estar convencidos de que hacían el bien, aunque luego vendieran los niños. Había familias que no se creían que su hijo hubiese muerto, exigían verlo y cuando ya lo habían vendido o estaba en trámite, tenían un bebé muerto para enseñar, que estaría ya grisáceo, imagínate a la mujer que acaba de parir cuando se lo enseñasen, diría: «Vale, vale, lléveselo». Una cosa muy siniestra. Se supone que seguían eso de amarás a tu prójimo y tenían montada una… Luego a las familias que iban a adoptar les daban unas pautas a seguir, la mujer tenía que dejar de salir de casa para hacer el paripé de que estaba embarazada. Hay casos del 63 y ha sido hasta el ochenta y pico, cerca de los noventa. Trescientos mil bebés.

Y a ti no te robaron.

Tengo mucha suerte. La he tenido en toda mi vida, empezando por el día en que nací. Igual es porque fue domingo, que es fiesta de guardar, y ese día no robaban. Es pecado trabajar un domingo.

¿Cómo llegaron tus padres, andaluces, a Madrid?

En Andalucía no tenían futuro. Les ofrecieron ir a Australia y a Bilbao, pero al final mi madre tenía la ilusión por ir al barrio de la Concepción, que lo promocionaba José Banús, el arquitecto del régimen. Tenía esa ilusión, tener dos hijos, vivir en el barrio de la Concepción y tener una vespa. Se vinieron solos, sin sus padres, a un piso en el que vivían con otras dos familias. Los pisos se los repartieron los afines al régimen y muchos de ellos los realquilaban. Luego, del Monte Pío pasaron a la Seguridad Social, que los vendió y echó a mucha gente a la calle. Gente mayor. Mis padres se tuvieron que defender en un juicio. Era todo así.

Mi padre era aficionado al flamenco, al duro, al que no les gusta a los niños. Escuchaba martinetes, que solo están acompañados por un martillo en un yunque. Eso a los tres minutos para un crío era como… ¡cielos! Era muy purista mi padre, Camarón le parecía demasiado hippie. Le sacabas de Fosforito y Manolo Caracol y todo era hippie. Yo con el tiempo he logrado entender el flamenco y me gusta mucho, pero me inicié con otros más asequibles. También era muy taurino mi padre, y yo no soy aficionado, pero al menos pude verle presumir de que su hijo llenaba las plazas de toros, sobre todo Las Ventas, que fueron unas cinco veces, aunque hubo una que no se llenó del todo. Una fue con Burning, otra con M-Clan, otra en la gira de Otra noche sin dormir. La que no se llenó fue la de la gira de Para mal o para bien y hubo una más que fue en un concurso de saltos de moto, hicimos cuatro temas y fue muy gracioso, los que presentaban no tenían ni idea y nos anunciaron así: «Y ahora el espectáculo musical».

Casi mueres de crío.

Tuve una meningitis. Cuando se dieron cuenta de que estaba malo el médico no pudo venir a casa porque había obras en la calle. Fuimos en taxi al hospital, con el pañuelo por la ventana y tocando el claxon, como se hacía. En el Hospital de la Paz nos dijeron que no tenían medios para atenderme. Mi madre cuenta que le echaron la bronca los médicos por llevar a un niño comatoso. Me derivaron y me salvé de milagro, pero creo que mi timidez me vino de ahí, de la etapa de enfermedad que pasé de niño.

¿Y cómo te hiciste rockero?

Por el concierto de AC/DC del 81, eso me hechizó. Vi aquello y vi lo que necesitaba. Dije: «Ya». Y ese mes hice un grupo con los colegas. Había escuchado AC/DC por primera vez en una radio con las pilas por fuera pegadas con celo que tenía la madre de un colega. Fue el Highway to Hell y me quedé loco. Otro concierto que vi por aquella época fue, por ejemplo, en Antequera, de donde eran mis padres, a Mabel, que eran el grupo de Mike Tramp por aquel entonces, el que luego fue el cantante de White Lion.

¿Cómo recuerdas aquella España?

Tomé conciencia política en el 80, cuando asesinan a Yolanda González. Ahí ves que hay un problema, cuando se cargan a la gente. Fui a clase un lunes, había mucho alboroto y vi que traían un ataúd. Me quedé alucinado, preguntándome qué era eso y resulta que dentro estaba Yolanda, que era una de las cinco chicas que había en el instituto. La habían secuestrado y la habían matado. Yo solo era un crío.

Más tarde llegó la heroína, de la que yo me salvé por ser timidillo. Todos los que eran echados para delante cayeron. Pero creo que al yonqui lo crea la prohibición, cuando era legal y se compraba en la farmacia no había estos problemas.

Eran los años de la movida.

Fui al Rock-Ola y vi a Nacha Pop, tendría quince o dieciséis años. Para mí era un sitio especial solo porque había conciertos. Era como decir «he estado en el Rock-Ola, soy mayor», pero nada más. Luego toqué en el Villa de Madrid en el Marquee, que estaba al lado, pero lo recuerdo todo con niebla, no fue muy impactante. Además, la primera vez que me subí al escenario sentí un pánico terrible, subí con una gorra y unas gafas enormes para que no se me viera.

Años después grabaste una versión de Nacha Pop.

«Lo que tú y yo sabemos», sí. La del disco de homenaje a Antonio Vega.

A menudo se contraponen el rock urbano y los grupos señeros de la movida.

Había muchos grupos que eran así muy saltarines que eran los que se llevaban todo el éxito. Los del rock eran marginales y estaban mal vistos. Entonces tener el pelo largo era un problema. Para todo. Yo he tenido problemas para pillar taxis. El mánager de Rosendo, Eugenio Muñoz, sabe que cuando grabábamos en Box y salíamos a las cuatro o cinco de la mañana se tenía que venir conmigo a Alberto Aguilera a pararme un taxi porque a mí solo no me cogían. Y esto era no hace tanto. Lo mismo que en los bancos. En aquella época, si ibas corriendo al banco a cobrar un cheque a última hora y no te querían abrir, les notabas el miedo en la cara. Pensaban que ibas a atracar la sucursal solo por ir con el pelo largo. Yo a los taxistas les decía: «¿Pero ha visto usted alguna vez un etarra con melenas?».

Digo yo que tendrían más miedo de los atracadores.

Era todo por el cine. En las películas de serie B el melenudo siempre es el asesino.

El rock, al margen de la movida y la nueva ola, en la marginalidad si quieres, vendió muchos discos.

Tampoco te creas que tantos. Leño ha conseguido cifras considerables cuando ya estaban separados. Las cintas era lo que corría por ahí. Pero sí, era otra época, había programas de televisión o, fíjate, había hasta música en televisión, que ahora resulta difícil de creer. En ese aspecto ha degenerado todo. Antes tenías música hasta en las salas de cine. En Prosperidad estaba el Cine Covadonga, que se quemó, ahí dentro te dejaban beber y fumar, con los porritos y la oscuridad, que venían muy bien, y te ponían sesiones dobles con la película The Song Remains the Same de Led Zeppelin y el directo en Pompeya de Pink Floyd. U otras como Cha, cha de Nina Hagen o la de Hail Hail Rock and Roll. Era un cachondeo de la hostia.

Te hiciste bajista.

Curraba en aires acondicionados. También trabajé en el Banco de Proyecto e Inversiones, tres meses en la sala de máquinas vigilando un compresor industrial. Después de tres meses en esa cueva me compré el Fender. Me tuve que pasar ocho horas al día mirando el compresor a ver si echaba humo, que entonces tenía que llamar por teléfono. Era una sala de máquinas grasienta, con dos focos, no podía ni leer. Solo coger un trozo de madera y hacer digitación como si tocara el bajo.

Veo que uno de tus primeros curros como músico fue con José Luis Moreno.

En Entre Amigos, con el cuervo de José Luis Moreno, Rockefeller. Hice la cabecera del programa, que era los sábados o los viernes por la noche y se veía muslamen. Grabé la sintonía, que era una canción que había triunfado en Italia, pero para niños. Había vendido millones y querían repetirlo aquí, pero para adultos. El estribillo italiano era bastante infantil, aquí decía «Rock, rock, Rockefeller, todo marcha mal, cómprame otro mundo más redondo; rock, rock, rock, sé quién eres tú, el millonario estrafalario superguay, la locura en spray». Pero la primera parte, lo de «todo marcha mal», dijeron que no se podía decir y tuvimos que ir la semana siguiente a Hispavox, que ya no existe, a corregir solo esa frase por «todo marchará». La censura…

La música la adaptaron Javier de Juan y Manolo Aguilar, que eran los de la Década Prodigiosa. Hice voces con ellos también para la Década. Tenían decenas de cantantes, luego cogieron a cuatro, dos chicas y dos chicos y empezaron a actuar en directo, pero los discos eran de ellos.

Tocaste de telonero de los Nikis con tu primer grupo, RPM.

Fue nuestro primer concierto importante, íbamos con Manolo Camacho, que nos hacía el sonido y era el técnico de Leño. Vino también a vernos Jaime Asúa, el de Alarma!!!, pero al tercer o cuarto tema se subió un policía municipal, haciendo aspavientos, parando él los platos y buscando un micro para decirle a la gente: «Que no cunda el pánico, ha habido un aviso de bomba». Buen manejo de la masa tuvo: salió todo el mundo corriendo [risas]. Aunque, bueno, tampoco tanto. Andando rápido, digamos. Porque en esa época se hacía mucho eso de poner avisos de bombas, ya se sabía que habría sido un vecino al que le molestaba el sonido. Con los Nikis no tuvimos mucho contacto, pero recuerdo que estaban flipados con Manolo Camacho.

En tus memorias has revelado que sufriste acoso sexual de un empresario discográfico.

Quería sexo conmigo a cualquier precio. Me descolocó, me afectó psicológicamente. Sobre todo porque cuando el grupo se separó me sentí un poco culpable por no haber accedido a ese tipo de cosas. Pero estas coacciones a las chicas se las hacen más, ellas tienen un problema serio. Casi todas mis amigas, hablando de estos temas, todas han pasado por algún momento de este tipo en su vida. Es mucho más frecuente de lo que la gente cree, porque no se comenta. Y la música está manejada por tíos, así que…

¿Cómo entraste en el grupo de Rosendo?

Me llamaron para una prueba y me aprendí las canciones en una mañana, con mucho entusiasmo y unos guiones. A Rosendo ya lo conocía, me lo habían presentado en el concierto de los PIL en la Astoria. En la prueba no sabía a qué me iba a enfrentar, por eso memoricé tantos temas. Llegué y me enchufé a un ampli que tenían con mi Fender blanco comprado con lo del aire acondicionado. Le dije a Rosendo si tocábamos «Cara a cara». Y dijo Miguel, el batería de entonces: «”Cara a cara” no nos la sabemos». Como no estaba en el repertorio… Esto me tranquilizó bastante. Me preguntaron si me sabía «Pan de higo», la toqué y para dentro. Me pasó como el chiste: «—¿Qué tal las clases de bajo? —Bien, el primer día hemos aprendido el Do —¿El segundo? —Pues lo mismo pero con el Re —¿Y el tercer día? —Me salió una gira».

¿En qué situación se encontraba el grupo cuando entraste? Ibais a grabar … A las lombrices y en La Fonoteca dice que el anterior, Fuera de lugar, había sido «una decepción para la prensa y los fans del grupo».

Rosendo estaba en un momento muy bajo porque venía de Loco por incordiar, que había ido muy bien, fue un pelotazo de la hostia. Tuvo un buen momento, sobre todo para que le sacaran el disco en Latinoamérica, pero no se movió nadie y perdió esa oportunidad. El siguiente, Fuera de lugar, había bajado y eso para una compañía siempre es terrible… Para el tercero en solitario tuvo que presentar maquetas, y que te pase eso en un sello ya es raro. Estaba en ese momento. Entonces Auserón le recomendó a Joe Dworniak para la producción del nuevo, pero a mí me dieron libertad total.

No me dio ninguna pauta. Aunque él siempre ha reconocido la influencia de Rory, luego, cuando se cuelga la guitarra hace lo que le sale. Donde escuchábamos mucha música juntos era en la furgoneta, algo que se ha perdido. Siempre íbamos con lo que nos habíamos comprado y nos lo poníamos los unos a los otros. Ahora, con la última furgoneta que teníamos no iba el bluetooth y nosotros, que nos hemos adaptado a la tecnología más bien al arrastre, al más mínimo fallo que nos hemos encontrado ya no lo hemos superado [risas].

Dices en tu libro que muchos grupos salieron adelante gracias a las parejas de los músicos, que tenían su trabajo fijo.

En los grupos de esa época muchos chicos se pudieron dedicar a la música porque sus mujeres tenían un trabajo. Fue el caso de Rosendo en la época de Leño y el de mucha más gente. Hubo muchos casos. Eso debería tenerse en cuenta. Esas mujeres hicieron grandes sacrificios, porque podían coger trabajos que no les interesaban para que el chico pudiera seguir dedicándose a lo suyo.

A través de Capi grabaste con Alejandro Sanz, que entonces era Alejandro Magno.

Nos llamaron para grabar. Estaban haciendo un disco que se llamaba Rumba Pop, tipo la Década Prodigiosa, pero con rumba y ráfagas y tal. Él cantaba ahí algunos temas y tocaba. Nosotros hacíamos las voces de Los Payos, Rumba 3 y todo esto. Yo hice bajos y canté en ese disco. Y él, Alejandro Sanz, cantó y metió guitarras. Toca muy bien la guitarra. Y como persona era majísimo.

¿Es verdad que era heavy?

Sí, sí, íbamos a Moratalaz a un garito que hacían conciertos. El Silicona, en la plaza del Encuentro. Luego me volvieron a llamar para tocar en su disco como Alejandro Magno titulado Los chulos son pa cuidarlos. Ahí metí un par de bajos, aunque estaba casi todo programado. Era una rumba ligera electrónica, digamos. Un estilo que dejó atrás y lo que le pasó después fue impresionante.

¿Es cierto que Capi era tan buen cazatalentos?

Era el típico productor que se rodeaba de buenos ingenieros, pero producir, realmente producir… Tenía muy buenos contactos, eso sí. Y supongo que sería eso, porque el trabajo de dirección y producción musical yo no lo vi. Era el tipo de productor que yo llamo «de periódico», que se sientan a leer el periódico y cuando algo no les mola dicen «¡eh!». Había muchos en aquella época. Por eso los ingenieros se pasaron tantos a la producción, porque lo hacían todo y se lo llevaba otro. Y ahora ha pasado lo mismo. Esos ingenieros metidos a productores necesitan un ingeniero de ProTools, porque no saben manejarlo, que es el que al final acaba haciéndolo todo. De modo que seguro que el ciclo vuelve a producirse.

Veo que en Cuenca os tiraron una oreja de cerdo al escenario.

No solo eso, tenía jirones de carne, de lo que tenía toda la pinta esa oreja era de estar recién arrancada. Al cogerla al tacto tenía temperatura… eso estaba… fue ¡Ay, por favor! Me acordé de Ozzy, que desde la historia del murciélago al que le arrancó la cabeza le empezaron a tirar de todo para que lo mordiera, pues lo mismo esto era un chaval americanizado… Por  demás, lo cierto es que a Rosendo nunca le han tirado muchas cosas. Como mucho, que hubiera un retraso y tirasen piedras al escenario, pero yo no recuerdo haber estado esquivando nunca nada.

El Drogas nos contó en su entrevista que una vez en la Barceloneta se montó una que arrasaron con todo el escenario y el bombo de Rosendo acabó en el mar, a merced de las olas.

El Drogas es un espectáculo, tiene tanto carisma sobre un escenario que, cuando he tocado con él, sentía que si me hubiera desnudado nadie se hubiera dado cuenta. El Drogas tiene un magnetismo… El día ese al que se refiere lo que pasó fue que la gente iba a destrozarlo todo. Habían clavado las vallas en la arena, la peña las tiró y cuando vieron el escenario a mano, lo invadieron. No creo que lo hicieran con mala fe, pero si está a tu alcance, pues lo haces. Acabó mal porque Barricada no tocaron, cargó la policía y la gente se indignó. El equipo acabó en el mar, flotando en el agua, luego hubo que ir a recoger cosas a las comisarías. Con lo que pillaron en la playa hicieron fogatas. Lo peor fue para los técnicos, que se tuvieron que quedar ahí salvando cosas.

Formaste parte de Tranquilitos, un grupo de rock urbano de San Blas con Ramiro de Leño.

Ramiro necesitaba un bajista y me dio un toque. Grabamos dos discos, pero no creo que vendiéramos más de mil copias de cada uno. Me han contado que las discográficas a veces utilizan a los grupos de rock para declarar pérdidas consentidas. Con Gran Jefe me pasó lo mismo y encima nos dijeron que se tenían que deshacer de nuestros discos por problemas de stock, que tenían que destruirlos físicamente. No tengo ni idea de por qué. Yo les preguntaba que por qué no los dejaban en la calle para que se los llevase alguien, pero nos decían que Hacienda lo quería así.

¿Milongas?

Seguramente. Pero esto es internacional, lo de las pérdidas lo tienes hasta en la biografía de Mötley Crüe, que un disco suyo se utilizó para dar pérdidas. Cuando crees que te está pasando a ti, piensas que estás paranoico, pero luego leyendo ves que le ha pasado a más gente. Los sellos declaran pérdidas si han ganado mucho dinero con un artista. Es decir, cogen a otro y dicen que se han gastado un montón en él sin rentabilizarlo, para lo que invierten mucho en un disco, pero luego lo dejan morir sin promocionarlo. ¿Y las salas de conciertos? Esas ganan dinero como discoteca, cuando montan un concierto echan corriendo a la gente porque hay una cola de peña que va a pagar doce euros por un cubata. Supongo que aquí también les vendrán bien los conciertos para cuadrar un poco.

Me acuerdo de que en la sala Arena, en Madrid, cuando vino Gerry McAvoy a homenajear a Rory, al final nos echaron al público con una especie de pala gigante, me quedé…

Y encima declararán que la pala es hidráulica y que les ha costado un montón y desgrava.

Rosendo no llegó a Sudamérica, pero sí que lo hizo a Japón, un disco en directo salió allí.

Un día llegó Rosendo diciendo que nos habían sacado el disco en Japón. Supongo que lo harían para hacer fans. Cosas raras de la discográfica. Y en ese disco en los créditos venían las letras, algo muy raro en los discos en directo. No veas qué traducción. Tuvieron que poner a algún japonés que hablase español y tradujo como pudo de oído. En «Navegando», una canción que dice «verás cómo naufragas en la barra de un bar», el tío puso «verás cómo naufragas en la mar guadalumpar». Era como de cachondeo.

En los noventa, cuando surgieron muchas modas nuevas con la llegada de la era grunge y demás, ¿notaste que eso afectara a los grupos de rock urbano como erais vosotros?

A mí lo que me afectó de los noventa es que llevaba una melena rizada crepada, como un new romantic calorro. Estaba en el rock urbano, pero mi cabeza estaba en otro lado. Menos mal que Rosendo nunca me ha dicho nada de estas cosas, pero cuando me lo quité, soltó: «¡Menos mal que te has quitado el casco!». Ese fue su único comentario. Nunca me dijo: «Joder, que estamos haciendo el ridículo», pero cuando veo las fotos me doy cuenta del daño que hicieron los ochenta. Yo no me di cuenta de nada con la llegada de las modas, lo que me pasaba es que estaba flipando con todo, vivía de la música y todo lo que me pasaba era maravilloso. El hecho de salir a tocar e ir de gira, que me pagasen…

¿El número de giras se mantenía?

Oscilaba bastante, pero lo de los mánagers y los Ayuntamientos es un mundo. A veces te llegan y te dicen: «Este año vamos a currar poco porque hay elecciones». Se supone que va a haber cambio de gobierno y los que están no quieren contratar por si los que vienen después se llevan el mérito, pero yo creo que lo dicen para asustarnos y que luego valoremos más lo que consiguen.

¿Notasteis que el equivalente a vuestro público en los ochenta en los noventa eran bakalas la inmensa mayoría?

Rosendo notó el cambio con su propio hijo, que le salió rapero.

En el libro has escrito en un capítulo lo que podría ser un pequeño anexo a Fariña, de Nacho Carretero, cuando comentas que en Galicia había una cantidad de conciertos desproporcionada por el dinero de procedencia misteriosa que había que lavar.

Había años en los que hacíamos diez conciertos en Galicia. Tocabas en una discoteca en un sitio y luego hacías otro a treinta kilómetros. Esto es impensable, un promotor cuando tiene una fecha no deja que se haga un concierto en doscientos kilómetros a la redonda, pero aquí era todo el rato así. Al principio no sospechábamos, pero luego… Además, en esas épocas, ir a Galicia era algo inhóspito. Solo había autovía hasta Benavente. Luego las lluvias… Era como ir a otro planeta, el planeta Galicia, que al menos era un lugar muy divertido.

Alfredo Landa hizo de ti en una serie de Telemadrid.

Rosendo tuvo que hacer la sintonía de una serie de ocho capítulos que era para enseñar la Comunidad de Madrid. Alfredo Landa y Miguel Rellán eran los actores e iban de viajeros por la región. En el último episodio, se iban a un concierto de Rosendo en la Universal sur. Landa no hacía de mí, era otro. Resulta que ese que hacía de mí se daba una hostia en la moto y ellos se ofrecían para sustituirnos. Para hacer eso estuvimos toda una mañana. Eran tres frases sumadas entre todos, ellos solo decían: «Nosotros hacemos nuestros pinitos», y estuvimos horas. Rosendo dijo: «Qué difícil es esto del cine», y me acuerdo de que le contestó Miguel Rellán: «¡Pues imagínate Apocalypse Now!». Alfredo Landa estaba todo el rato repasando su papel, hacía de bajista y sabía hacerlo. Nos dijo que en casa solía tocar la guitarra.

En Tarragona, en el transcurso de los Juegos Olímpicos del 92, os encontrasteis con el equipo de halterofilia ruso.

Estuvimos en el mismo hotel que ellos. Recuerdo que, según llegaban, se inscribían y se iban al bar. Imagínate lo que era eso, el equipo ruso de halterofilia. Los hombres más fuertes del mundo. Y estaban todos ahí juntos bebiendo. Cuando dejamos las habitaciones y nos marchamos a hacer la prueba de sonido, al ir a subirnos a la furgoneta en el parking del hotel, vimos que había por ahí uno, enorme, él solo. Se nos acercó, no sabíamos a qué, diciendo incongruencias, no sabíamos qué decía. Balbuceó algo… no sé. Se enfadó, por lo que sea, ¡no se entendía nada de lo que decía!, agarró la furgoneta por los bajos y empezó a zarandearla como si fuese de cartón. Nosotros dentro, de lado a lado, tuvimos que salir echando ruedas. Luego pensamos, tratando de averiguar qué había pasado, que en el bar habrían dejado de servirle alcohol y querría que le llevásemos a un bar.

¿Por qué Rosendo cambió en 1998 las Fender por Gibson?

En la tienda donde comprábamos los instrumentos, a Rosendo le dejaron una Gibson para probar, le hizo gracia y la llevó un tiempo. Pero sucede una cosa, que él llevó toda la vida Fender. Alfredo de Barricada habló con el responsable en España de Fender, eso nos contaron, y le dijo: «Tíos, que se os ha ido Rosendo a Gibson, darle algo». A veces te tienes que ir a la competencia para que te hagan caso, aunque él no lo hiciera por eso, pero de repente apareció Fender y le dijeron: «Rosendo, no, no, no, no te vayas». Aquí no es como Estados Unidos, no hay nada de patrocinios porque no hay volumen de negocio.

Hace poco pedí un sponsor de amplis EBS —¡Viva EBS! [risas]— y me lo dieron, pero me iba a comprar un bajo, localicé al distribuidor en España y su pregunta fue clarísima: «¿Cuántos seguidores tienes en las redes sociales?». A una empresa americana que tú saques su nombre en pequeñito en un disco que va a vender quince mil copias le da igual, quieren que tengas ochenta mil en las redes sociales. A partir de ahí hablan.

Cuando le dije que tenía ocho mil entre Facebook, Instagram y Twitter creo que separó el auricular de la boca para que no se le oyera reírse. El mercado de aquí para una empresa americana es de broma. Aun así, me fui a Nueva York a comprarme un bajo y pude sentir que allí hay otra cultura con respecto a la música. Por ejemplo, al marcharme del país, había sido el 11S hacía poco y te miraban más al salir, y yo llevaba un pedal wah-wah. Un policía no sabía lo que era, se lo enseñó a otro, que era negro, y este dijo: «Cry baby, man!». El pedal es un Cry Baby, y se quedó el agente mirándome como diciendo: «Estos blancos, que no saben…»..

De hecho, al entrar, en el cuestionario que me hicieron me preguntaron dónde vivía, en qué dirección, a qué me dedicaba, de qué era mi grupo, que a qué se parecía. Pensé en algo que no tuviera la pegatina de «Parental Advisory» y dije: «Spin Doctors». El policía se quedó pensando y me soltó: «Pocket full…?». Y dije: «Of kryptonite». Es el nombre del primer disco. Y ahí, en ese momento, me puso el sello y me dejó pasar. Me quedé: «Joder, qué nivelazo».

Rosendo logró un hecho insólito, que la gente quisiera colarse en la cárcel.

Pues sí, pero porque tocábamos en Carabanchel y la cárcel ya estaba cerrada. La gente saltó por encima del alambre de espino, que para escaparse de la prisión, vale, pero para entrar… se podían haber hecho daño. Otras veces he tocado en la cárcel cuando estaba funcionando, con Gran Jefe y también con Rosendo.

Me acuerdo de que la primera que vinimos vimos que los presos sacaban botellas de plástico por las ventanas de sus celdas y las movían. Estuvimos un rato, preguntamos y nos dijeron que hacían letras en el aire para comunicarse con las presas que estaban en el otro pabellón. Tenían conversaciones letra a letra. E incluso se han llegado a casar a distancia. Entonces vimos a uno que se dirigía a nosotros y después de un rato nos dimos cuenta de que ponía «e», luego «s», luego «e», «¿ese?», luego «r», luego «o»… «¡Coño!», dijimos, «Está diciendo “ese Rosendo”». Y el tío gritó: «Joder, llevo media hora y no os enteráis».

Mi conclusión esos días fue que en la cárcel, donde siempre te dicen que están los chungos, creo que en realidad lo que pasa es que los que están son los que no han tenido dinero para un abogado. Algunos son malos malísimos, pero luego, la mayoría… Me encontré con uno del barrio, que le fui a dar la mano y no me dejaron.

También has tocado en campos de refugiados.

En Esmara, en Argelia. Esto lo hizo Fernando Íñiguez a través de los Amigos del Pueblo Saharaui. Fuimos muchos, Pulgarcito, Mercedes Ferrer, Las abuelas fumadoras. Eran cuatro días. Este campo existía porque España abandonó la colonia cuando la Marcha Verde. A estos les empezaron a bombardear, se tuvieron que ir y les dejaron un trozo de desierto en Argelia, la Jamada, un desierto de piedras. Un desierto dentro del desierto. Llevan cuarenta y pico años ahí esperando un referéndum que nunca viene. Son ciudadanos españoles abandonados, tenían sus viejos DNI, y ahí siguen porque esto no tiene pinta de acabarse, España tiene muchos intereses con Marruecos. Se hacen conciertos de vez en cuando, un festival de cine, lo que se puede, para llamar la atención de la prensa.

El color del día es todo el rato el mismo. A las once de la mañana nos daba la sensación de que eran las cinco de la tarde. Se dilataba el tiempo. También se te caía el alma a los pies por cómo están. Los niños tenían todos las encías jodidas de no tomar vitaminas, de no comer frutas.

Nosotros allí tuvimos muchos problemas para cagar. Los servicios eran una caseta de adobe con una tubería con un agujero. Estaban llenos de cucarachas con alas. Lo veías y preferías irte al desierto, que era muy grande. Y cada vez que íbamos a intentarlo, venía un coche hacia ti. Luego me di cuenta de que estuvimos toda la noche intentando cagar en mitad de la carretera, pero es que con la arena no se veía que estaba ahí debajo.

Te fuiste de gira con Vantroi por México y Venezuela. Por cierto, cómo se parecía Vantroi a Reincidentes.

Sí, son de esa onda. De hecho, Fernando les ha producido, les hizo dos o tres discos. Esa gira fue especial también… Rosendo decidió tomarse un año sabático. Como a mí me habían dicho alguna vez que vivía muy bien porque estaba con Rosendo, pues decidí demostrar de lo que era capaz. Me metí en una de esas situaciones típicas del País Vasco cuando te dicen: ¡No hay huevos! Decidí irme a esta gira y la gente en España, cuando se enteraba, me lo preguntaba: «¿De verdad? ¿Estás seguro de querer irte con un grupo punk a Latinoamérica?».

En México hicimos un viaje a Colima, fueron quince horas, cinco pinchazos. Estábamos tirados, perdidos en carreteras que pensabas que te iban a matar ahí y no se enteraba nadie. Luego en Metepec tocamos y en el pogo murió una persona. Tuvimos que salir corriendo de allí porque la situación era grave. Si nos coge la policía, nos podían haber metido una mordida… Luego en Caracas el cantante se quedó afónico, al batería le acabábamos de conocer, no habíamos ensayado, me encontré un poco agobiadete con la situación, ya que hice de enfermero, bajista y mánager, estaba sobrepasado, y entonces apareció un redskin, que debía ser el tío más chungo de Caracas, pero hablaba como Boris Izaguirre, y me dijo: «¿Y qué vas a hacer, llamar a tú mamá?».

En Canciones para normales y mero dementes, de 2001, en el estilo clásico de Rosendo se notaron unas influencias un poco industriales.

Eso se hizo en Málaga, ahí Eugenio, que producía, empezó a meter muchas cosas de máquinas, ruidos. A los productores les gustan mucho esas cosas, que al final no entraron mal en el paquete. Probamos cosas nuevas para no repetir sonidos entre disco y disco, buscar… Ellos lo llaman evolucionar, aunque yo no estoy totalmente de acuerdo.

Y luego en Lo malo es… ni darse cuenta había como más introspección.

Nunca había nada premeditado. Rosendo hacía unas maquetas con una batería que había hecho él y un tarareado, porque nunca tenía la letra. Siempre nos íbamos fuera a grabar porque a Rosendo no le conocían y podía irse por ahí a hacer letras. Podía concentrarse dando vueltas por la calle. Porque, como le reconozcan, no puede ni tomarse una caña. Le brasean. Nuestra teoría era que tenía un pastor que le hacía las letras y eso de tanto paseo era en realidad que se iba a verle.

¿En qué estado se encuentra la industria musical en España?

Ni las compañías ni el público lo han estado haciendo bien del todo y los músicos hemos pasado de todo. Los músicos no vamos a las reuniones de la SGAE, y dejamos que pasen cosas terribles porque no vamos. El porcentaje de socios que van es mínimo. Esto se suma a que las discográficas se han sobrado durante muchos años, se ha hecho lo que ellos han mandado, todo lo que querían, porque siempre ha estado todo en sus manos. Aquí y en todo el mundo. Se han pasado con los precios y la gente se ha abonado al gratis total. Me acuerdo de cuando la gente no quería pagar los noventa céntimos al año del WhatsApp. ¡Noventa céntimos! Y luego está la gente a la que le parece caro pagar treinta euros por un concierto y paga ciento veinte por ir al fútbol.

Además, se ha tratado muy mal a la cultura, por un problema político se la ha castigado con un IVA desproporcionado, algo que viene ya de antes de Rajoy. España no tiene mucha tradición de este tipo de cosas. Cuando se desarrolla la industria musical en Estados Unidos e Inglaterra nosotros estábamos en un cuartel. Atrasados. España fue un páramo cultural que, por mucha fibra óptica que tengamos todos ahora, no se va a arreglar. Es una cuestión de educación y la educación también está siendo maltratada…

Tenemos una tara histórica de aislamiento, cuando fuera estaba la Ilustración aquí teníamos Inquisición. Por eso se nos dan tan mal los idiomas, por eso leemos tan poco. Y a la juventud ahora solo le interesa tener una pantalla delante… Hablo como una persona mayor, pero creo que los niños deben salir de casa y volver con chichones y raspaduras.

En resumidas cuentas, ahora mismo la música es gratis en internet. Pero ya no es solo música. Los taxistas tienen problemas con esto que sufrimos los músicos desde hace unos años. Ahora entienden de dónde viene todo esto. Ahora ellos tienen que competir con esas empresas y así les va…

¿Los artistas fueron el canario en la mina?

Algo así. Y luego hay otra cosa. Todo dios se deja la pasta en los macrofestivales, que se venden las entradas en nada, y luego no van a ver a un grupo en un bar, al que le tienen que pagar cuatro pavos porque han ido a verlos tres y no se ha hecho caja. Para mantener así los garitos hay que tener un par. Sin embargo, luego he conocido a músicos que en Australia están muy contentos tocando porque allí tienen esa cosa que no tenemos aquí, que es que los bares tengan música en directo, y te pasará lo mismo en Nueva York y en Londres.

Aquí hay una tara cultural. Mira el cine, dijo Resines el otro día que el ochenta por ciento de los actores no están trabajando. El mundo de la interpretación está… están todos los actores poniendo copas. Con internet, uno intenta entender algo, pero va más deprisa que nosotros. Nos está superando. A cierta edad no estás preparado. Es un idioma que no controlamos. Spotify nos da poquísimo, no da prácticamente nada.

Yo en el fondo soy optimista, pero cuando pasan estas cosas se criba mucho, se desperdicia mucho talento. Pero, bueno, hace poco vi en un documental que los del reggae en Jamaica, iban, grababan una canción en un single, y se la llevaban al DJ de turno que, si se la pinchaba un minuto, ya habían triunfado. Si no, les devolvían el disco, lo machacaban, fundían, hacían uno nuevo y volvían a intentar grabar otro tema encima. Y nosotros nos quejamos.

Te quejas también de que los sellos tampoco han tenido criterios muy sólidos.

Un ejemplo es «Me estoy quitando», de Extremoduro. Estopa habían estado mandando sus maquetas a todas las discográficas y se las habían rechazado. Cuando esta canción tuvo éxito, lograron firmar y fueron un éxito acojonante. Entonces se abrió una nueva rama en el árbol genealógico de la música española, la rama flamequito con rock transgresivo. A partir de ahí, cada discográfica quiso tener un artista con estas etiquetas y así surgió Melendi.

Y el mérito real es de Tabletom, que «Me estoy quitando» era suya.

Al menos a raíz de la versión de Extremoduro mucha gente conoció a Tabletom. Igual que Rosendo es conocido en Latinoamérica por Miguel Ríos, por su disco Rock & Ríos, que tiene un popurrí con un poco de Burning, de Topo y «Maneras de vivir» de Leño. Por ese trocito se conoce a Rosendo allí.

Tocas con un bajo de cinco cuerdas.

Es para apoyar el dedo pulgar. Normalmente, se apoya el pulgar en la pastilla, y así puedes apoyarlo en cualquier punto sin irte a la pastilla. Luego no se toca. O sí se toca, pero la gente no lo oye. Técnicamente, es para llegar a un tono más grave que con un bajo de cuatro. Surge con la tecnología, los teclados empezaron a llegar a tonos a los que no podía llegar un bajo.

Entonces los bajistas dijeron: «A mí no me quitáis el curro».

Sí, sí, seguro que va por ahí. Un día escuché al bajista de Lou Reed, el que salía tocando en la canción «Walk on the Wild Side», que son dos bajos, un contrabajo y un bajo. Le preguntaron sobre esa línea de bajo, que es la mejor de la historia, que cómo se le ocurrió. Y dijo: «Porque hice una línea y me pagaron esa sesión y, si doblaba ese bajo, me pagaban el doble, así que lo hice con el contrabajo». Y tú hasta entonces creyendo que había sido por un motivo armónico genial, pero no, era por pasta.

Has dicho alguna vez que muchos políticos quieren hacerse fotos con Rosendo.

Cuando íbamos por ahí, los alcaldes. Querrán hacerlo con todo el mundo que va, pero cuando lo hacen con Rosendo se ponen como un sello de autenticidad.

A él esto le ha quemado.

Le queman las fotos en general, eso no lo ha llevado bien. Todo eso le ha podido un poco. Está hasta los huevos de todo en general. Hizo la entrevista de Diego Manrique, en El País, pero fue hace seis meses, cuando se grabó el disco en Burgos. Yo a veces le digo: «Joder, que no eres minero, coño». Pero es que está un poco cansado. A mí al principio me daba vértigo que se acabara Rosendo, porque me quedaba sin trabajo, pero ahora he pasado la fase de negación, el duelo y ya estoy en la fase de aceptación. Me apetece también empezar proyectos nuevos, pasar página.

Treinta años.

Treinta y dos. Algo que me ha permitido vivir haciendo lo que me gusta, nunca he tenido la sensación de estar trabajando. Soy un privilegiado. Rosendo es un icono, pero es una responsabilidad que nunca ha querido tener. Se ha agobiado mucho con eso. Lo hablamos hace poco y decía que no es lo que quería. Se ha amilanado un poco. Creo que en España hacer rock es nadar a contracorriente y desgasta, sobre todo cuando llevas más de cuatro décadas. Por eso le entiendo. A Jeff Beck nadie le va a decir que está mayor, pero aquí sí se tiende mucho a acusar a los demás de estarlo. No me hizo gracia al principio su retirada, pero ahora la entiendo.

En tantos años, ¿cómo ha evolucionado vuestro público?

Ahora van familias. Tíos con sus hijos y a veces con sus nietos. Antes teníamos un público que casi todo era masculino y ahora tenemos el público de Víctor y Ana, básicamente.

Has acabado con un traumatismo acústico.

Muchos de nosotros lo tenemos. Son horas en los locales de ensayo que son… Tengo acúfenos leves, que son como un pitidito. Hay gente que lo lleva fatal. Tengo que llevar un pinganillo cuando toco con el que he conseguido que no vaya a más. Antes tocábamos a pelo con unos volúmenes que te echaban la melena para atrás. Nosotros hacíamos cuarenta bolos al año, imagínate un grupo de éxito que hace ciento cincuenta. Esa gente acaba con el oído frito.

Pulpul, el de Ska-P, salió el otro día en un reportaje y estaba tocado. Horas de ensayo, luego de bar. Pero son enfermedades dignas, a ver si las reconocen, porque… Una vez yo me caí a un pozo y tuve que poner la cara para no joderme las manos, con las que curro. Era en una jaima, en Almería. Había unas tablas de contrachapado, no se veía el desnivel, fui a mear, se rompió la madera y me caí, pero no puse las manos porque eso suponía lesionarme. Caí de cara. Fue algo instintivo. Una voz me dijo: «¡No las pongas, no lo hagas!». Y con la cara…

Me hice una erosión en el pómulo. No me hice mucho desastre en la cara porque el terreno era medio de playa. La gente allí se quedó con el rollo, fue de boca en boca. Después, en un concierto en la Penélope, Gorka Pastor, que toca en A-Pedreando con Pedro, el cantante de La Fuga, me soltó: «¿Tú eres el que puso la cara en lugar de las manos?». Estaba flipado. «Soy profesor de música y cuento esta anécdota para que mis alumnos sepan la importancia que tienen las manos para un músico».

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3 comentarios

  1. Blueberry

    Sucesión de anécdotas. Entrevista floja.

  2. Qué grima me da el cuento del pueblo saharaui. Primero piden la independencia de España. Se la dan. Y desde entonces quieren que el ejército español se dedique a defenderlos de Marruecos.

    Ya son independientes. Qué lo disfruten.

  3. Creo que deberías revisar la historia del pueblo saharaui, Hans. Su tierra fué anexionada por Marruecos con el beneplácito de España. Ningún organismo internacional reconoce a Marruecos como propietario de ese territorio. España sigue siendo potencia administradora. Llamar cuento a esa historia, que mantiene a mas de 150000 personas en campos de refugiados hace mas de 40 años…Espero no tengas que disfrutar de un campo de refugiados en tu vida.

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