La madrina en el sur de Europa

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Fuente de Santa María, Baeza, Jaén. Fotografía: Turismo de Andalucía.

Jot Down para Turismo de Andalucía

Ocurrió una noche en la frontera del Rhin, cuando los legionarios romanos veían elevarse el vaho de su respiración a la luz de la luna. Huyendo del frío se acercaban a las hogueras de los puestos de vigilancia para fundir la escarcha de sus pestañas. Hasta que un inmenso tumulto acaparó toda su atención. Hombres, mujeres y niños, con carros y pertenencias, cruzaban en una inmensa caravana sobre las aguas, convertidas en puente gracias al hielo. Era 31 de diciembre, pero esa noche nadie iba a correr ninguna San Silvestre.

Muchos soldados desistieron de presentar batalla, uniéndose a los bárbaros. Aquellos protagonistas de la historia habían intuido ya que su destino era fundirse para sembrar la semilla de lo que un día iba a llamarse Europa. Lo que no hubieran podido imaginar nunca es que, en los mil años de barbarie que seguirían a la caída de su tiempo, una remota región en el sur del continente iba a ser la guardiana de su legado. Y que las obras grecorromanas, conservadas por los árabes, serían devueltas a la tradición occidental desde un lugar llamado Al-Ándalus. Posibilitando así el Renacimiento, ese resurgir cultural que puso las bases de nuestros días.

Alcazaba de Almería. Fotografía: Turismo de Andalucía.

No podemos por tanto extrañarnos de que en este Año Europeo del Patrimonio Cultural Andalucía esté teniendo un papel muy relevante. Una de cada tres personas que visita esta tierra lo hace motivada por conocer su cultura. Pero nada significaría poseer unos de los mayores patrimonios culturales del mundo sin el relato que los reivindica. Los monumentos, los vestigios, los lugares andaluces existen porque durante milenios han participado de la historia europea, actuando a veces como guardián de sus valores, y otras contribuyendo a su esplendor. Sin la madrina del sur, hubiera sido imposible llegar a ser la unión de los veintisiete que hoy somos.

Y aunque no importe el período a que dirijamos nuestro pensamiento, demasiado a menudo el importante legado andalusí ha ocultado el resto de sus tesoros. Como el de la cueva de Ardales, en Málaga. A principios de este año un estudio científico internacional dio a conocer que la antigüedad de sus pinturas es de 65 500 años. Lo cual no sería más que una cifra, de no ser porque en ese momento los sapiens, nosotros, aún no habitábamos Europa. Fue otra humanidad, la de los neandertales, quien las hizo. Como si hubieran querido dejar en Andalucía el mensaje de que la historia de nuestro continente es un relato de hibridación y mestizaje. La parte neandertal que hoy los europeos llevamos en nuestro ADN atestigua que la influencia de diversas culturas y la mezcla de sus pueblos constituye nuestra esencia. El legado que nos sale al paso en cada rincón de la tierra andaluza, la evidencia de que en ningún lugar como en este área sur se han producido y atesorado esos logros.

Tholos de El Romeral, Antequera, Málaga. Fotografía: Turismo de Andalucía.

Cierto que la idea del sur aislado y con retraso predomina aún en algunos, pero no es más que una manera equivocada de interpretar sus rasgos únicos. Olvidan que Andalucía ha sido siempre capaz de recoger las influencias y hacerlas florecer. La cultura de constructores de megalitos como los de Stonehenge dejaron en los dólmenes de Antequera la evidencia de que aquellas sociedades que se iniciaban en la agricultura y la ganadería querían cohesionarse y dejar huella de sí mismas. De igual modo las aguas del Mediterráneo trajo al pueblo de las construcciones circulares, y hoy en el tholos de El Romeral podemos contemplar una tumba análoga a aquella en que reposaron los héroes de la Troya de Homero.

Pero de qué vale soñar con el pasado si este no es más que palabras. En Andalucía el tiempo puede tocarse, olerse, cogerlo con la mano. Sus monumentos no se limitan a ser la huella que ha dejado el ser humano, sino la del paisaje mismo, de su naturaleza. Algunos rincones de Doñana conservan el bosque mediterráneo original y eso significa otorgarnos el privilegio de observar lo mismo que vieron los ojos de los romanos. Desde luego los árboles y la fauna, pero también el pueblo ibero que los conquistadores conocieron a su llegada. Ahora albergado en el nuevo Museo Íbero de Jaén, donde los vestigios de la civilización que da nombre a nuestra península despiertan la misma fascinación que hubieron de advertir en ella los hijos de Roma.

Mezquita-catedral de Córdoba. Fotografía: Turismo de Andalucía.

Las aguas del Guadalquivir son, como las del Rhin, un nexo de unión que vuelve a fundir a romanos y bárbaros, con tanta fuerza como aquella primera vez en la noche de San Silvestre. Para comprenderlo hay que adentrarse despacio en la Mezquita-Catedral de Córdoba, y antes de dejarse seducir por la arquitectura califal, mirar a un lado. En el lateral derecho, y cubiertos por una cristalera, están los restos de la iglesia visigoda de San Vicente, donde rezaron juntos cristianos y musulmanes hasta que la antigua Bética pasó a llamarse Al-Ándalus. Ese rasgo de convivencia, de capas que se superponen, no sin polémica, es tan absolutamente europeo que cuando siglos después volvió a construirse una catedral en su interior, Carlos V montó en cólera. «Habéis destruido lo que era único en el mundo, y habéis puesto en su lugar lo que se puede ver en todas partes. En todas las ciudades importantes hay bellas catedrales, pero solo Córdoba tiene una mezquita tan singular». Sus palabras parecen seguir vigentes. Y aunque el emperador del Sacro Imperio Romano Germánico​ no pudiera parar los excesos de los pueblos a los que gobernaba, aseguró para el continente la herencia recibida de sus abuelos. El testimonio de los conocimientos andalusíes, que aceleraron el final de la Edad Media.

Hubo en los árabes desde el principio de su conquista un deseo de permanencia y de gestión de ese inmenso territorio que acababan de ganar a los restos del Imperio romano. Y mientras los monasterios cristianos del norte se centraban solo en indagar en la filosofía para sustentar su fe, el islam eligió recuperar el saber científico. Las matemáticas de Euclides, la física de Arquímedes, la astronomía de Ptolomeo. Con esos conocimientos en sus manos perfeccionaron la navegación, los cálculos, hasta devolver a la Europa cristiana a través de Al-Ándalus unos conocimientos capaces de poner en contacto de nuevo sus territorios. Fue el comercio, el intercambio recuperado entre nuestros pueblos, lo que logró sacarnos de la Edad Media. Y también la medicina de Abenzoar, los conocimientos de Averroes, los de Ibn al-Jatib, los de Abulcasis, y los de tantos otros científicos andalusíes que se estudiaron con veneración en las incipientes universidades europeas del medievo. Uno de los templos góticos más amplios del mundo, la catedral de Sevilla, parece seguir anunciando todavía, con su grandeza, ese renacimiento que ya estaba comenzando a producirse. Desde aquí.

La Alhambra, Granada. Fotografía: Turismo de Andalucía.

Los territorios europeos que devoraron el tesoro del saber andalusí olvidaron pronto su origen. Pero Andalucía, única tierra capaz de reconocerse en él, lo custodió, esperando al tiempo en que pudiera ser apreciado de nuevo. Ahí tenemos conservados hoy los tres grandes monumentos de esa cultura, la mezquita cordobesa, la Giralda sevillana y la Alhambra granadina. Y una vez más es en el detalle pequeño donde reconocemos el papel de la gran madrina europea. Concretamente en el palacio renacentista que Carlos V construyó en un extremo del patio de los Arrayanes de la Alhambra. Como hoy los más altos reyes y los más humildes ciudadanos, el emperador se sintió absolutamente fascinado por el lugar. Y cuando para vivir en él dio orden de que le fuera erigida una residencia, propició un movimiento de vanguardia en el Renacimiento, el manierismo. El conjunto nazarí sería conservado gracias a ello, y además las ciudades de Úbeda y Baeza iban a consolidarse como los dos grandes centros renacentistas de la península. Con templos, alcázares, palacios, casas y universidades solo equiparables los de Italia.

Andalucía comenzaba así a devolver al mundo lo que le tenía reservado. Pero apenas era el principio de su aportación, porque al puerto de Sevilla no dejaban de afluir las maravillas de América. La Lonja de Mercaderes de la ciudad, ordenada construir por Felipe II, siguiendo los planos de su arquitecto del Escorial, Juan de Herrera, iba a dejar huella patente de las dos culturas entremezcladas para siempre en la península. Su patio central, que dirige la vida hacia el interior, es la enseña de la arquitectura islámica. La fachada de ordenadores ventanales y la nave exterior, el rasgo de ostentación e hidalguía de los cristianos. Como un símbolo más de Europa, el edificio se inició en el cénit del imperio de los Austrias, y fue concluido cuando ya se derrumbaba. Otros pueblos pedían paso para ser protagonistas, pero ni siquiera en el ocaso quedó dormida Andalucía. La Ilustración de Carlos III, ese intento modernizador del país siguiendo el modelo europeo, convirtió la lonja en Archivo General de Indias, y hoy sus cuarenta y tres mil legajos ocupan ocho kilómetros de estanterías. Son la más completa y documentada visión histórica sobre la gestión española del Nuevo Mundo.

Museo de Bellas Artes de Sevilla. Fotografía: Turismo de Andalucía.

De los últimos esplendores de gloria que en el Siglo de Oro de las artes y las letras alumbró Andalucía, hay uno que destaca por encima de los demás. Los cuadros de Murillo, que reflejan la luz y los rostros de los protagonistas de esta tierra, y que fijaron iconos repetidos por siglos hasta el día de hoy. La imagen de esos bebés sonrosados y regordetes que anuncian pañales, o llenan las series de televisión y páginas de los cómics, están basados en los querubines del maestro sevillano, que inventó la idealización de la infancia. Entre otros muchos símbolos. El Museo de Bellas Artes de Sevilla, que celebra los cuatrocientos años de su nacimiento, reúne la mayor retrospectiva sobre el autor, devolviendo a la luz pública obras restauradas y permitiendo ver tanto su evolución en el tiempo como la huella dejada en la cultura universal.

Tras la decadencia vino el sueño. Del que pareció despertar este sur entre guitarras, bailes y figuras de bandoleros, semejantes en su voluntad de justicia redistributiva a Robin Hood. Al menos eso pensaron los viajeros procedentes de todo el mundo, prendados de la vieja magia andalusí. Escritores como Alejandro Dumas, convertido ya en autor famoso por los tres mosqueteros y el conde de Montecristo, hizo de Andalucía protagonista de sus diarios de viaje. El neoyorquino Washington Irving no solo escribió los Cuentos de la Alhambra, sino que narró además su búsqueda de los lugares colombinos, persiguiendo la esencia del descubridor de América. Hubo muchos más, a los que precedieron escritores soldados, que en los ejércitos napoleónicos o en las tropas británicas, durante la Guerra de la Independencia, iban dejando sus impresiones sobre esa tierra tan distinta a sus lugares de origen. De los quinientos noventa y nueve relatos sobre viajes del Romanticismo por España, trescientos dieciocho se refieren a Andalucía, escritos en francés, alemán, e inglés. Aquellos libros desataron la fiebre por los andaluz, pero también construyeron un mito, el del paraíso en la tierra, donde seducía su autenticidad, su clima, y el sublime arte de sus rincones. Si uno quisiera recrear sus pasos no sabría a dónde dirigirse, de tanto como repasaron las ciudades, las sierras, los paisajes. Hoy son orientación del visitante las Rutas Románticas de Cádiz, la Ruta del Tempranillo, la visita a los patios de Córdoba, los lugares de Arcos de la Frontera, Ronda y Moguer, o la Ruta Bético-Romana. Esfuerzos todos ellos por orientar al interesado en este ingente patrimonio del sur.

Convento de San Francisco, Moguer, Huelva. Fotografía: Turismo de Andalucía.

Hay quienes defienden que los viajeros románticos construyeron una mentira sobre Andalucía. Olvidan que su cultura siempre ha trabajado en dos direcciones, aportando y recibiendo influencias, engrandeciéndose con el mestizaje. De la pasión por los andalusí, hecha universal por los viajeros románticos, surgió la voluntad de reivindicar el legado del sur. Medina Azahara fue devuelta a la luz, y aunque hoy solo veamos un diez por ciento de su totalidad, una verdadera ciudad califal, erigida desde la nada, nos recibe. Podemos recorrer sus rincones y ver parte de los mármoles portugueses que la cubrieron, los estanques y jardines que la rodeaban. Poner el pie donde estuvo el de los abderramanes y el de los embajadores llegados de Europa, y de todo el mundo. Eso es romanticismo, sí, pero realidad palpable también.

Andalucía ni se detiene ni se acaba, y el esfuerzo por conservar su patrimonio se multiplica de día en día, reforzado por el gran número anual de visitantes. La Unesco sigue añadiendo su patrimonio a la lista de herencias materiales e inmateriales de la humanidad. Singularmente, y a diferencia de otras regiones, ni necesita ser un museo ni un parque de visitantes. Si late con la misma fuerza que en sus orígenes es porque el legado ancestral se emplea y se vive como parte de lo cotidiano. Ahí está el Real Alcázar de Sevilla, el palacio en uso más antiguo del mundo, desde el final del siglo XI hasta nuestros días. Ahí está el flamenco, renovándose otra vez en un fenómeno llamado Rosalía, porque lo andaluz ni se acaba ni se limita a su tierra. La madrina del sur prevalece como guardia y custodia de Europa, impregnándola y haciéndola renacer con su cultura cuantas veces sean necesarias. Por eso el viejo dicho sigue vigente. Quien no la ha visto, al menos una vez en la vida, no ha visto nada.

Baelo Claudia, Cádiz. Fotografía: Turismo de Andalucía.

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1 comentario

  1. Excelente relato, señor, que no puede no emocionar a quien tiene, aunque sea a mitad, orígenes ibéricos, y que afirma una vez más con pruebas tangibles que la humanidad es un continuo mezclarse porque intuye que la pluralidad es más beneficiosa que la singularidad, haciendo caso omiso de prejuicios parroquiales y peregrinos. Durante siglos la grandeza histórica española fue ignorada, y en el mayor de los casos menoscabada, talvez porque otra potencia, con mayor fortuna, ocupó su lugar, pero “il tempo é galant’uomo” y le devuelve el lugar que le corresponde, incluyendo a los humildes neandertales sin los cuales otra hubiera sido la historia europea. Brindo por su prosa clara, por la madre Europa y en especial modo por la “madrina” andaluza y sus tesoros de memoria colectiva.

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