Sociedad

Si te tiran una granada, no corras

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Vietnam, 1967. Foto: Cordon.

De pronto la vida te empuja a una situación tan penosa como la de cortarte una mano. No cortarte en una mano. Cortarte una mano. Improbable, sí, pero factible. Podría ocurrir. Zas, adiós mano. Estas cosas pasan. Te queda el muñón, con un inimaginable dolor y un chorro de sangre saliendo al ritmo de lo que tu corazón bombea. Y sí, es como en las pelis: la sangre saldría como una especie de géiser mientras tú buscas tu mano que yace inútil en el suelo. Y no, eso es lo que no debes hacer. Lo que debes es centrarte en tu brazo, en lo que queda de él, y evitar desangrarte en, aproximadamente, quince segundos. No es fácil, no.

Por suerte, jamás experimenté tal cosa. Sí experimenté un simulacro de tal cosa. Fue en un pueblecito inglés a media hora de Oxford llamado Clanfield. Allí permanecí una semana asistiendo a un curso de seguridad militar, destinado a periodistas y trabajadores de ONG. Entre otras muchas cosas nos impartieron primeros auxilios. Una de las clases versó sobre cómo hacer un torniquete. Que es, precisamente, lo que habría que hacer si de verdad tu mano se separase de tu brazo.

A cada uno de los alumnos allí presentes (unos quince, éramos) nos dieron una especie de pequeña correa de velcro que, una vez colocada, podía apretarse dando vueltas a un apéndice de plástico. De esta forma, la correa bloquea, en gran medida, el paso de sangre. Todo muy agradable. En la primera parte de la clase aprendimos a colocar el chisme. Mi compañero —Emir, británico de origen egipcio— prestaba paciente su brazo y yo le colocaba la correa para salvar su vida. Después pasamos a la segunda parte, que consistía en colocarnos el asunto a nosotros mismos. En la pierna, concretamente. Al principio con calma. Después, la profesora, una enfermera militar escocesa que había estado en Afganistán, nos sugirió que espabilásemos. «Cada vez que yo diga “ya”, tenéis que colocaros el torniquete en quince segundos, antes de desangraros». Y gritó «ya». Y yo empecé a enredar mi torniquete bajo mi rodilla, metiendo la correa por donde no era y sintiendo que la vida se me escapaba por la pierna.

Avanzó la clase y la enfermera escocesa que había estado en Afganistán, sin previo aviso, volvió a gritar «ya». Esta segunda vez ni siquiera sabía dónde había dejado mi torniquete, así que morí rápidamente. Me propuse estar más atento en el siguiente «ya», y dejé el torniquete sobre mis muslos, ya colocado para poder introducirlo por el pie y subirlo, cual liguero. Solo tras el repentino «ya» me di cuenta de que había calculado mal y que la correa no entraba. Se me atascó en el zapato y morí de nuevo.

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3 comentarios

  1. Buena historia y bien contada. En otro sitio comentaban que ante una granada hay que tirarse al suelo, pero con los pies hacia donde probablemente explotará. Para que las piernas sean una pequeña barrera entre la metralla y la cabeza u otras partes vitales. Y que probablemente se perderá un pie o dos, pero suben las posibilidades de conservar la vida.

  2. Si te tiran una granada pues te la comes que están muy ricas. Aunque son difíciles de pelar, las jodías!

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