Judit Carrera: «El cuerpo va a ser sin ninguna duda el espacio privilegiado de las principales batallas políticas del siglo XXI»

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Fotografía: Edu Bayer

Cuando entramos en el despacho de Judit Carrera (Barcelona, 1974) no podemos dejar de admirar la cantidad de libros que se amontonan sobre su mesa. Obras sobre filosofía, política, feminismo o arte; piezas que resumen en gran medida de dónde viene y hacia dónde va esta politóloga y promotora cultural que desde octubre del año pasado ocupa el cargo de directora del CCCB (Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona).

Conversamos con ella sobre sus primeros meses con esa nueva responsabilidad, sobre los planes a corto plazo y sobre su visión de la gestión cultural en una ciudad con las peculiaridades de Barcelona. Hablamos de educación y tecnología, de fake news y de pensamiento crítico, de creación artística y de nuevas formas de narrar. Porque todo tiene cabida en el futuro que Judit se plantea para una institución cultural que en 2019 cumple veiticinco años de andanza.

Cerca de medio año tras el nombramiento, ¿te has aburrido del título de primera mujer dirigiendo el CCCB o crees que es bueno que se hable de ello?

Bueno, yo creo que mientras sea una anomalía es importante hablarlo. Lo que me gustaría es que dejara de ser una anomalía y una excepción. «La primera mujer en veiticinco años en el CCCB», y lo mismo sucede en tantísimas instituciones. Creo que lo importante es que el acceso de las mujeres a puestos de responsabilidad pública y privada se vaya normalizando, y que encontremos la fórmula de que esto deje de ser una noticia.

De hecho, la plantilla del CCCB en gran parte está compuesta por mujeres.

Es una plantilla muy feminizada, efectivamente, está compuesta por muchas mujeres.

En cuanto a ese nombramiento, no tenías del todo claro presentarte al puesto a pesar de, por decirlo así, las quinielas.

Decidir optar a un puesto de responsabilidad es siempre un reto, es una cosa que te la tienes que tomar con responsabilidad y mucha seriedad y con mucho compromiso. Era un paso nada evidente y no era fácil por lo que supone de esa mayor responsabilidad. Cuando se habla de relevos generacionales para mí no es tanto de acceso a un supuesto poder o a una supuesta responsabilidad pública sino también de asumir responsabilidades. Nuestra generación lo sabe, nos toca asumir responsabilidades en el sentido de comprometernos y así me lo tomo,  como un compromiso con la institución y con el entorno que nos rodea.

Y hasta entonces habías trabajado en la misma institución como jefa de debates y educación.

Quince años, sí.

Cuentas con una extensa experiencia en el ámbito cultural a nivel internacional en distintos centros. ¿Qué peculiaridades has encontrado en el público de Barcelona?

Yo creo que en Barcelona hay una grandísima pasión por la ciudad. A veces es una pasión positiva, de amor, y a veces una pasión conflictiva con la ciudad, pero diría que a nadie le es indiferente. Hay un compromiso cívico que viene de una larguísima tradición de ser una ciudad con una sociedad civil muy fuerte, del hecho de no haber sido capital pero al mismo tiempo ser una ciudad que aspira a una cierta capitalidad. Esto le da un dinamismo a la vida cultural barcelonesa que creo que es bastante singular.

También la posición geográfica de Barcelona, el hecho de que somos una ciudad portuaria a una hora de Francia, acostumbrada al bilingüismo, siempre con esta cosa de traducción permanente entre diferentes lenguas, una potencia editorial, una capitalidad editorial muy grande, está una cierta obsesión por cuestionarnos. Esto es una singularidad de la ciudad que se traduce en su vida cultural y le suele dar un dinamismo grande, una vitalidad y una capacidad de cuestionarse. Y, a veces, hay momentos en que entramos en crisis. Nos preguntamos ¿por qué no somos mejores? Una cosa un poco ciclotímica en la vida cultural de la ciudad que yo creo que responde a esta pasión que todos compartimos.

Esto sería una reflexión un poco más general y en términos de público. A mí lo que me parece interesante es la tendencia de los últimos años a una mayor movilización del público, una experiencia bastante compartida en muchos equipamientos de la ciudad. Hay un cierto retorno a la presencialidad, a las ganas de estar juntos, a compartir una cierta conciencia o  de compartir actividades culturales para pensar juntos quiénes somos, qué es lo que nos preocupa y qué responde al momento de crisis, de las varias crisis políticas que estamos viviendo simultáneamente, tanto a nivel local como a nivel internacional.

Es un mundo mucho más incierto en todas las grandes categorías del saber: qué es el ser humano, cuál es el futuro, cómo será el trabajo. Una serie de grandes categorías ontológicas que están en crisis y de las que nadie tiene respuestas. Ahí la cultura ofrece respuestas. Algo que no es específico de Barcelona, pero que en todo caso lo vivimos como un momento de mucha intensidad cultural.

Ya que hablas de presencialidad, el CCCB siempre ha destacado por traer a pensadores de primer nivel internacional y de acercarlos a un público amplio. ¿Eso se entendió bien desde principio, el hecho de no centraros exclusivamente en el público clásico de este tipo de actividades?

 

Bueno, yo creo que ha sido un trabajo progresivo, es una cultura que hemos ido creando a lo largo de los años. Las instituciones culturales tienen el deber o el reto de no solo atraer un público, sino también de crear un público, de crear comunidades y en este sentido hemos hecho un esfuerzo grande para crear un espacio intermedio en el seno de la sociedad civil. Un espacio entre nuestra vida íntima, nuestra vida privada y el poder del Estado, que también es el espacio donde está la universidad, los medios de comunicación, las ONG y el activismo. Y ahí la cultura tiene que jugar un rol en cuanto a los principales principios de la democracia, como la libertad de expresión, el pluralismo o la igualdad. Había un espacio para crecer, un espacio para divulgar este conocimiento de las primeras figuras internacionales. Una especie de plataforma de divulgación de pensamiento global. Lo que me gustaría reforzar en el futuro es este papel de puente, un puente entre Barcelona y el mundo en los dos sentidos. Cuando invitamos a gente de fuera no es un acto unidireccional, también creamos alianzas con el tejido cultural, académico, intelectual, científico de la ciudad, con lo cual estamos haciendo de interfaz entre dos mundos. Este papel de puente es el papel que tiene que jugar la cultura, el papel de puente entre el aquí y afuera, entre la gente mayor y la gente joven, entre el mundo de la universidad y el mundo de fuera de la universidad.

Y precisamente en ese entramado la tecnología juega un papel esencial.

Sí, yo creo que la revolución tecnológica ha sido sin duda la revolución que ha transformado más radicalmente el mundo de la cultura en las últimas décadas. El CCCB de ahora no tiene nada que ver con el CCCB de hace veinticinco años cuando nació en la era preinternet. Internet ha facilitado ese papel de puente y nuestra capacidad de conexión entre diferentes comunidades, entre nosotros y el mundo, y al mismo tiempo ha dinamitado un poco las figuras de mediación y de prescripción. Por un lado se ha aproximado el mundo del prescriptor cultural y el programador cultural al de su público potencial. El público tiene más capacidad de incidencia y de influir en las programaciones culturales.

Por eso quiero construir un espacio de mediación que permita reconstruir puentes o abrir las puertas de los museos o centros culturales para encontrar una nueva forma más creativa y más acorde con los tiempos tecnológicos de vehicular las vocaciones culturales y los intereses culturales de las nuevas generaciones. Creo que es un papel importante. Cuando hablo de la presencialidad de los museos, nosotros somos un centro de 18 000 metros cuadrados, tenemos una presencia física muy fuerte, unos muros… es un edificio muy imponente y creo que las nuevas tecnologías lo que hacen es obligarnos a ser más porosos y a encontrar nuevas formas de apertura para relacionarnos mejor con estas nuevas generaciones. La presencialidad y el mundo digital son absolutamente complementarios y creo que lo hemos demostrado en los últimos años. Hemos tenido un aumento bastante sustancial del público presencial que demuestra que en realidad no hay incompatibilidad entre el público presencial y el público virtual.

Ya que mencionas a las nuevas generaciones, en alguna ocasión has comentado que la intersección entre el mundo educativo y el cultural es donde se juega el futuro de la cultura. ¿Cómo ves ese mundo educativo hoy en día?

Bueno, como todos los mundos, no es homogéneo. Por un lado se encuentra en un momento de transición. En el mundo educativo se ha demostrado que la forma de transmisión de conocimiento se ha transformado y esto afecta inevitablemente a las escuelas. Se habla desde hace muchísimos años de la educación a lo largo de toda la vida y hay un mundo educativo reacio a los cambios, también desorientado, diría yo, por esta incertidumbre de la que estamos hablando. También por la incertidumbre de estar formando a ciudadanos con trayectorias que son muy inciertas. Antes se marcaban unos caminos y lo máximo que tenía que hacer un niño era escoger entre ciencias y letras. Hoy en día realmente estás formando a niños y niñas que no sabes muy bien a que podrán dedicarse porque los cambios son acelerados y profundos. Entiendo la desorientación del mundo educativo, pero al mismo tiempo este momento ha generado iniciativas realmente interesantes. En Barcelona y en Cataluña en general hay una renovación pedagógica muy interesante y se han creado muchos proyectos en la intersección entre el mundo cultural y el mundo educativo que demuestra que hay un entendimiento posible. Estos dos mundos comparten objetivos como el aprendizaje, la formación, la educación estética, el desarrollo de la capacidad de imaginación o de la empatía, que son los valores de la ciudadanía. Deseamos crear ciudadanos autónomos y críticos que se den la mano y que no se entienda la educación como el periodo de formación hasta los dieciocho años, y a partir de los dieciocho años lo toma la cultura. Todos los grandes museos del mundo, desde el MOMA al Tate Modern, están trabajando con adolescentes; con las escuelas de los barrios colindantes se están repensando como instituciones culturales de la mano del mundo educativo, y hay todo un campo por inventar en este terreno que me parece que es interesante y en el que el CCCB tiene mucho espacio para crecer.

Pero la educación está en manos del poder y al poder no le interesa un ciudadano crítico. ¿Un tópico manido?

Yo creo que el poder es siempre reticente, siempre hay una tensión entre la libertad y el poder que lo que hace es tender al abuso. De hecho, se demuestra que en muchas de las derivas autoritarias que estamos viendo hoy en día en el corazón de Europa, desde Hungría, Italia a otros países, lo primero que hacen es intentar incidir en los currículums escolares y universitarios. Por lo tanto, creo que el poder tiene intencionalidad cuando lo que hace es intentar determinar o marcar un poco las pautas de la educación para intentar subordinar o tener ciudadanos sumisos pero hoy en día hay muchísimas otras formas de silenciar los ciudadanos.

Muchas veces, las nuevas tecnologías, que también nacieron como una forma de liberación y de acceso al conocimiento de libertad, de ampliar los límites de lo que puede ser dicho, en muchos casos pueden ser una tiranía, una forma de control, una forma de distracción. Hay una serie de compañías vinculadas al internet que ya sabemos que lo que buscan también es influir en el comportamiento de los ciudadanos y de marcar un poco las pautas de comportamiento. Nos tendríamos que preguntar hasta qué punto tener el monopolio de la atención de los ciudadanos es también un elemento que contribuye a evitar que tengamos ciudadanos más críticos y más libres.

También nos han traído las fake news.

La información veraz es fundamental en una democracia. Esta confusión entre lo que es verdad y lo que es mentira es muy perniciosa y se está demostrando en muchísimos lugares del mundo. Aquí el CCCB puede contribuir modestamente, al menos en su entorno más inmediato, a alimentar un debate informado, razonado, contraponiendo visiones diferentes del mundo, intentando contribuir a la calidad del debate público.

Luego que cada uno tenga sus opciones personales y políticas, pero que en cualquier caso tener un debate público de calidad sea sinónimo, o al menos una precondición, de tener una democracia fuerte. No sé si hay estudios sobre esto pero la coincidencia temporal entre el auge de todas estas nuevas tecnologías, las redes sociales y las derivas autoritarias en países tan importantes como Estados Unidos o Brasil, bueno, no me parece casual. Hay muchas otras causas, que son lo que hablábamos antes, la incertidumbre, el miedo. La incertidumbre relacionada con el futuro. Pero también hay una coincidencia con estos nuevos medios de transmisión, esta confusión entre lo que dice Facebook como si fuera lo que dice un periódico. Entonces, esta capacidad de investigar hechos, la importancia del buen periodismo de investigación como una forma de control de los abusos del poder me parece fundamental, y esto muchas veces las redes sociales no lo permiten.

Lo de contribuir modestamente está claro. Los presupuestos con los que os movéis actualmente son un 25% menos que hace unos diez años. ¿La cultura es realmente una apuesta por parte de Barcelona?

Apostar por la cultura siempre es insuficiente, creo que se desprecia la capacidad que tiene la cultura para resolver los problemas de fondo, pero esto es un rasgo común de todos los gobiernos. La clave de la inversión en la cultura es entender que es una inversión a medio plazo, que nunca será una inversión que te dé rendimiento a cuatro años vista, lo que son los mandatos electorales. El gran político será el político que entienda que su inversión le sobrepasará. En este sentido, cualquier apoyo suplementario a la cultura es muy, muy importante e imprescindible.

¿La figura de ese gran político es un animal mitológico o existen casos reales y documentados?

Déjame pensar un poco esto. Yo creo que si se observa a nivel internacional y se hace una comparativa entre diferentes países del mundo, existen casos. Esto es una cosa que veía cuando trabajaba en la UNESCO en París y que me marcó mucho. Recuerdo trabajar con estadísticas comparativas a nivel mundial donde se demostraba que los países que invertían en cultura y en educación eran países más estables, más democráticos y en los que acababa habiendo más crecimiento económico y más distribución de la riqueza. Acababas teniendo una sociedad mucho más prospera. Entonces, si miramos no solo Europa, sino todos los países que han invertido más en estas cuestiones, y te preguntas porqué este país lleva veinte años invirtiendo de forma sistemática en cultura y educación, entiendes los resultados. Y para mí es algo que no lo olvido y que sigo observando y me parece que es interesante.

Supongo que es chocante que los datos estén ahí pero los gobiernos miren para otro lado.

Bueno, hay muchísimas necesidades y los recursos públicos han disminuido. Gobernar hoy en día tampoco es sencillo pero hay que abogar por esta puesta combinada.

Y hablando de relaciones con el poder, ¿dónde están los límites de la libertad de expresión del artista?

La libertad de expresión es la primera libertad. Es la libertad de la cual dependen todas las otras y en este sentido hay que plantearse que no puede tener límites. Luego hay que analizar caso por caso, ejemplo por ejemplo, pero como principio me parece que si en algún espacio la libertad de expresión tiene que campar es en el cultural.

Y hablando de libertad de expresión, en tu programa para el CCCB el primer punto al que quieres dar prioridad es la palabra.

Justamente hablando de libertad de expresión, que está tan en riesgo en tantos países del mundo y también aquí, creo que es necesario tener un espacio en el cual la palabra pueda campar libremente y donde se pueda fomentar el debate razonado, el debate libre, el debate de intercambio de ideas en un momento en que todo tiende a restringirse, a cerrarse. Utilizar la palabra como un medio no solo de reflexión y del pensamiento sobre el presente sino también como espacio de ficción, como instrumento de ficción y por lo tanto de literatura.

Cuando hablo de la palabra me refiero a defenderla como elemento intangible y también tangible central del mundo cultural contemporáneo. Los espacios culturales como el nuestro tienen un deber de estar enraizados en la sociedad que los hace crecer y nacer y al mismo tiempo ser muy abiertos y muy cosmopolitas. En ese sentido, esta preminencia de la palabra también responde a Barcelona, a una ciudad y a una sociedad que ha sido potencia editorial, que es una potencia editorial en dos lenguas, que tiene en traducción y en multilingüismo una forma de estar en el mundo y que me parece que son valores que hay que defender y que hay que promover como estandartes del mundo que viene. El mundo que viene es cada vez más plural, más multilingüe, más complejo y tener una sociedad acostumbrada a este intercambio constante a esta traducción, traducción entendida como una metáfora de la capacidad de entenderse a pesar de las diferencias. En una traducción siempre se pierde algún matiz pero se prioriza la capacidad de entender. No puede haber traducción perfecta pero al mismo tiempo la traducción es posible, lo que creo que es un elemento simbólico importante para una institución como el CCCB. Cuando hablo de priorizar la palabra, hablo de hacer del CCCB uno de los centros del pensamiento y de literatura más relevantes del sur de Europa.

Y en esa línea tenéis festivales como Kosmopolis.

Exacto.

En Kosmopolis habláis de nuevas formas, de esas nuevas maneras que tenemos de…

De narrar, de comunicarnos. Se habla desde series a cómics, se habla de la literatura entendida en el sentido más clásico, más tradicional de la palabra sino en todas las formas de expresiones. Es una fiesta de la palabra, al final.

También te interesa la visión de la ciudad como laboratorio. ¿En ese sentido es importante la colaboración entre artistas y investigadores de distintos ámbitos?

Sí, la ciudad es el espacio de convivencia prioritario en el mundo contemporáneo y el CCCB nació fundado en la idea de espacio público como espacio cultural del mundo de hoy. Es un espacio abierto pero también complejo en el que hay miles de múltiples relaciones. La ciudad sería también un poco el sinónimo de un espacio de convivencia entre diferentes disciplinas y personas de diferentes procedencias. El CCCB también tiene que fomentar este lenguaje, este encuentro entre personas diferentes, este encuentro entre personas que quizás no se conocen y crear comunidad alrededor de esto me parece también fundamental.

Crear espacios de encuentro como la tercera cultura.

Bueno, la tercera cultura nace justamente de ahí, es este concepto que nace para defender que ya no hay una división clásica entre el mundo de las letras y de las ciencias, las humanidades y las ciencias, sino que las ciencias tienen una dimensión humanística muy importante y que es un entendimiento necesario, imprescindible. Esto es una cosa que ha ido a más y es mi tercer gran tema. Yo lo había denominado la tecnoesfera pero en realidad es reflexionar, por un lado, el impacto del mundo tecnológico en la condición humana, pero también de los progresos científicos en la propia noción del ser humano. Cuando tú tienes la capacidad de crear productos tecnológicos que te superan y que pueden llegar a hacer que el ser humano sea prescindible, la creación del robot, la inteligencia artificial, bueno, es una de las fuentes de incertidumbre de la que te hablaba antes pero también es una fuente de posibilidades. Es esta reacción ambivalente que siempre crean los progresos científicos. Por un lado están llenos de posibilidades y de horizontes positivos, la capacidad de curar enfermedades y al mismo tiempo la incertidumbre de pensar que quizás vamos a crear el hombre inmortal. Qué vamos hacer si la muerte deja de ser un final inevitable. Todas estas cuestiones que tienen que ver con el desarrollo científico y que no es que van a llegar dentro de unas décadas, es que ya están aquí. Es muy importante que las humanidades intervengan en estos debates científicos y se pregunten por todas estas cuestiones.

Ahí la ciencia ficción puede echar una mano.

Sí, sí, claro. La ciencia ficción es un precursor, es un género que ha tenido la capacidad de adelantarse a todas estas cuestiones y de utilizar otros lenguajes para incidir en este debate, sin ninguna duda.

Y tu cuarto punto habla del cuerpo y el género.

Sí, trata de vincular con la revolución en todo lo que tiene que ver con el cuerpo y el género. Bueno, está todo relacionado en realidad porque tiene que ver con los científicos y el impacto tecnológico pero va un poco más allá porque tiene que ver con la ampliación de los derechos civiles. Muchos autores denominan que el cuerpo va a ser sin ninguna duda el espacio privilegiado de las principales batallas políticas del siglo XXI. Nosotros lo estamos viendo desde hace unos años, todas las reflexiones, las actividades que hacemos alrededor de la cuestión del género, del cuerpo, del feminismo. Son cuestiones que movilizan muchísima gente joven y que demuestran que hay ahí realmente una cuestión muy de fondo sobre cuál es el papel del cuerpo, al final, esta batalla histórica de feminismo sobre si el cuerpo es político, y en ese sentido nuestra definición, la definición de nuestros cuerpos, es una batalla cultural de primer orden.

 

Ya que hablamos de grandes movilizaciones, ¿la cultura debe pensarse para todos?

Mi opción personal es que la cultura debe apostar por ser accesible y universal. Y en este sentido tiene la capacidad de, en este esfuerzo del que hablaba de la traducción, llegar a públicos diferentes y de ser universal. Es una utopía a la que tenemos que aspirar. Dicho esto, es cierto que a cada cual le interesan los temas que le interesan y por eso una institución cultural tiene el deber de diversificar un poco sus temas y no puede forzar o imponer nada. Crear programaciones diversas en las cuales diferentes comunidades se puedan sentir interpeladas en diferentes momentos, creo que forma parte de la libertad también que debe ofrecer el mundo de la cultura.

Pero a la vez tendréis que pensar en temas que atraigan al gran público. También hay que vender entradas.

Yo creo que es un debate permanente. La pregunta de para quién estamos trabajando me la hago todos los días. Qué sentido tiene lo que estamos haciendo y para quién. Y creo que la obligación de cualquier equipamiento cultural es aspirar al máximo número de público posible para llegar en este sentido, a esta aspiración a universalidad y a accesibilidad pero sin que esto sea el único parámetro, el único termómetro de medición. Creo que la relevancia de un equipamiento cultural no se mide de forma exclusiva por el número de público que tiene, tanto presencial como virtual, que el virtual es tan o más importante que el otro, sino también por la capacidad que tiene de abrir perspectivas, de plantear temas, de generar conversaciones. Hay que encontrar un equilibrio. Me gusta pensar que la calidad siempre lleva cantidad y tenemos muchísimos ejemplos que lo demuestran pero es cierto que esta capacidad de anticipación, de ser un faro, de marcar tendencias, de anticiparse hace que a veces plantees temas que son un poco más minoritarios y solo al cabo de cinco o seis años empiezan a ser más mayoritarios. Un equipamiento cultural como el CCCB tiene que jugar en los dos registros, no dejar nunca a aspirar al máximo público posible, tanto presencial como virtual y, al mismo tiempo, no ir a la programación fácil sino tener la capacidad de filtrar, de seleccionar y de anticiparse a cuestiones que van a ser relevantes en el futuro.

¿Y qué piensas de críticas como las que tachan la última exposición de Kubrick de blockbuster?

Es una exposición inédita en Barcelona, una exposición que incorpora muchísimos elementos nuevos en relación a los otros lugares en los que ha sido exhibida anteriormente. Cuenta con materiales inéditos, con materiales que nunca se habían mostrado en ninguna parte del mundo y con un comisariado local del nivel de Jordi Costa. Lo que pasa es que Kubrick es un nombre tan grande y tan universal que se asocia a una exposición blockbuster.

Tenemos que entender y asumir que el nuevo mundo o el nuevo contexto nos obliga a trabajar siempre con otras instituciones a nivel internacional. Todas las exposiciones que hacemos son siempre coproducciones internacionales porque es una cuestión de compartir costes pero también es un aprendizaje y esto me parece que es una cosa muy positiva. Entender que no puedes trabajar ya solo, que hay que trabajar en red y esto es un compromiso y es un aprendizaje muy importante en el cual cada sede aporta una cosa nueva a la exposición. Por lo tanto, no es un blockbuster en el sentido que para mí sería si fuera una exposición comercial pero cuando es el fruto de una colaboración de una red de instituciones internacionales que lo que hacen es reforzar unos lazos, reforzar por lo tanto Europa por debajo, por la vía de las relaciones culturales, me parece que es un punto muy fuerte. Al mismo tiempo creo que ninguna institución cultural tiene que renunciar a generar conocimiento propio.

Tal vez lo de blockbuster venga del eterno debate sobre alta y baja cultura. Lo mismo os pasará cuando trabajáis con series, con cómics, con áreas que han sido y son criticadas muchas veces porque no se consideran..

Alta cultura. Bueno, hay exposiciones blockbuster que son de alta cultura, como las de pintores clásicos. Para mí blockbuster es el significado de una exposición comercial que se ha producido en un lugar y que va circulando y que no se enraíza en la sociedad en la que está trabajando. La distinción entre alta cultura y baja cultura siempre está, lo que pasa es que los soportes para la cultura se van renovando con las generaciones y hoy en día las series o los videojuegos son los instrumentos a través de los cuales las nuevas generaciones se relacionan con el conocimiento y con el saber, con la imaginación. Hay guionistas extraordinarios de series o de videojuegos o de cómics, como tú conoces bien. Creo que la distinción entre alta y baja cultura es cosa de otros tiempos.

Supongo que nace de las mismas personas a las que les espanta la idea de democratizar la cultura.

Sí, pero yo creo que es un deber democratizar la cultura y dar acceso universal al conocimiento y al saber, y esto no va en detrimento de su calidad. Nosotros tenemos muchísimos ejemplos, lo vemos casi semanalmente en debates de filósofos de primer nivel a los que asisten cuatrocientas o quinientas personas semanalmente. A mí eso me da mucha esperanza y mucho optimismo. Es un deber democratizar la cultura. Y para mí es un reto, es esta tensión siempre entre la accesibilidad y mantener el rigor. Y para mí la calidad y el rigor no van en detrimento de la capacidad de divulgación y de difusión y hay miles de ejemplos que lo demuestran.

Y por otro lado, ¿crees que se puede llegar a abusar del concepto de cultura?

Bueno, cultura es uno de esos paraguas conceptuales que puede decir muchas cosas y puede ser un concepto muy vacío. Sí, se puede abusar del concepto de cultura, sin ninguna duda.

¿Qué esperas que suceda en la mente de quien sale del CCCB tras una visita?

Qué bonita pregunta. A mí me gusta pensar que la gente que haya venido al CCCB ha tenido una buena experiencia, una experiencia placentera, enriquecedora pero sobre todo lo que me gusta es pensar que salen con más preguntas que respuestas. Que lo que conseguimos es haber suscitado un interés, haber despertado la curiosidad y por lo tanto no tener respuestas. El mundo que tenemos es un mundo de complejidades y, por lo tanto, formular la buena pregunta es más importante que respuestas taxativas sobre todo. Me gusta mucho pensar que hemos estimulado la imaginación y el conocimiento de la gente que ha venido aquí.

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2 comentarios

  1. Esperemos que se cumplan sus deseos, señora. Buena suerte.

  2. Viejotrueno

    Hay qué ver cómo es de frívola y vacua la Kultura esa

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