Te has vuelto a enamorar del malo

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Mad Men, 2007–2015. Imagen: Canal+ España.

Si el cine era una enfermedad, como decía Frank Capra, la televisión de los últimos años se ha convertido en un tratamiento de choque. Según Los Soprano, Mad Men, House of Cards y Breaking Bad, no solo no sabemos quiénes somos ni a dónde vamos sino que ya no sabemos distinguir entre el bien y el mal y, cuando sabemos, elegimos el mal.

Ya se lo dice el psiquiatra a Carmela, con Tony no podemos decir que nadie nos lo advirtió. Esos patos en la piscina (un truco sucio robado de J. D. Salinger) son un punto de fuga para Tony Soprano y nuestra excusa para simpatizar con el padre angustiado que no sabe compatibilizar la familia y el trabajo, pero es que su trabajo es el asesinato, el tráfico de drogas y la extorsión.

Es parte de nuestra cultura emocional el pensar que alguien que tiene un código de conducta y alguien a quien proteger no puede ser tan malo. Esto es porque  nosotros no nos identificamos con Tony sino con los suyos y nos creemos la excepción. Al igual que Carmela, tenemos la misma doble moral que las viudas del asesino en masa (¡Tenía un gran sentido del humor! ¡Amaba mucho a sus hijos!). Desde el primer día vemos a Tony matar a sus rivales y golpear a sus mujeres pero, hasta que no rompe el código y traiciona a los suyos, nos afectan más los abusos de su madre, cuyo nombre tampoco es casual (Hallo, Yo Claudio) y nos caen peor la juzgadora psiquiatra Dra. Melfi y su petulante exmarido. Por eso, cuando llega la sesión de terapia de Carmela, el guantazo que se lleva ella nos lo llevamos nosotros también: nos hemos enamorado del malo y, si seguimos a su lado (o seguimos viendo la serie), somos tan cómplices de sus crímenes como el resto de la familia DiMeo. Pero, como sabe Matthew Weiner, que escribió la primera temporada de Mad Men cuando aún trabajaba en Los Soprano, esa es una lección que todos sabemos y que nos negamos a aprender.

Desde el minuto cero sabemos que Don Draper engaña a su mujer, ignora a sus hijos, estafa a su jefe, desprecia a sus colegas, explota a sus empleados y trabaja en publicidad. Pero estamos distraídos mirando a un hombre despiadadamente guapo con un traje hecho a medida y grandes palabras en el bolsillo ganador. ¿Qué sería Don sin esa poderosa mandíbula, sus profundos ojos oscuros, su cuello de toro y su espalda interminable? No contesten porque ya lo ha hecho Weiner: sería Pete Campbell, el personaje al que todos odiamos por hacer todo lo que hace Don, sin ser Don.

Objetivamente, Don carece del carisma de Tony Soprano porque no es un sociópata sino un narcisista. El sociópata no tiene conciencia pero sí tiene una identidad, mientras que los narcisistas no tienen personalidad propia sino que se visten con una ajena, un «tipo» de persona, un cliché. Aunque su perfil de dios griego y sus trajes a medida nos hacen olvidar lo aburrido, estirado y predecible que es, pero tiene la dimensión de un sello de correos. Cuando es pobre y quiere trepar, se busca una muñeca con complejo de Electra; cuando es rico y no quiere envejecer, se busca una veinteañera que le cuida a los niños y canta en francés. Su lista de amantes es larga y deprimente, incluyendo la esposa del vecino/amigo cirujano que le recuerda a la fulana que le robó su virginidad. Es interesante que todas sus amantes le dejan a él, y nunca al contrario, porque no son niñas de veinte años y, cuando huelen el agujero negro de negra miseria del que se han encaprichado, huyen para no volver.

De hecho, las siete temporadas de Mad Men han sido un poco como estar casados con Don: el narcisista solo brilla cuando hay espectadores y tiene que vender un Jaguar, pero una vez te conviertes en su mujer, la carroza se convierte en calabaza contigo dentro y pasas a ser un mueble más de su bonito apartamento. A una primera temporada deslumbrante le ha seguido una larga travesía del desierto en la que hemos visto sus ciclos de reinvención, del prostíbulo a Vietnam, del concesionario de coches a Sterling Cooper. Su historia es la típica del pringao que quedó desfigurado en un cubo de ácido y se convierte en villano pero atención, hembras pubescentes con delirios de romance: todos los narcisistas son animales heridos, por eso son narcisistas. Y doble atención, treintañeras con alma de veterinario: no es un lindo gatito, es una hiena.

Su anuncio de la playa, donde un hombre se quita el traje y desaparece en el mar, fue interpretado por todos como una metáfora del suicidio. Para Don, sin embargo, la escena describe su liturgia de liberación, abandonar el pellejo de su vida anterior (el traje) para empezar desde cero. «No es que estés en otro sitio distinto —les dice a sus escépticos colegas—, ¡es que ERES distinto!». A Don solo le gustan los principios de las cosas porque todo narcisista es devorado por su personaje. En cada reencarnación, su mujer-muñeca y sus hijos le asfixiarán con sus necesidades, sus colegas identificarán sus patrones y le perderán el respeto, la casa soñada se convertirá en ataúd y el alcohol, en medicina. El final del ciclo es el lugar donde le vimos la última vez, cuando su mujer le ha dejado, su empresa le ha dado de baja, su hija le desprecia y su protegida no ve el momento de librarse de él.

El suicidio parece acechar a Don desde los títulos de crédito pero también nosotros los estamos interpretando mal porque el narcisista es una cáscara hecha de pura supervivencia y para deshacerse del ennui, solo le hace falta otra casa, otra oficina y otra chica que le mire como si fuera Dios. Le pasará otra vez lo mismo, pues nunca mejora su estado quien muda solamente de lugar, y no de vida y costumbres, aunque eso es algo que sabemos nosotros pero no él. Un hombre sin identidad no puede conocerse a sí mismo.

David Chase le perdió el cariño a Tony Soprano a partir de la tercera temporada, pero el proyecto de Vince Gilligan era desde el principio convertir a Mr. Chips en Scarface. El propio Walter nos lo dice en su primera clase: «Chemistry is, well technically, chemistry is the study of matter. But I prefer to see it as the study of change». Y el gemelo malo de Walter White (su Scarface) lleva el nombre del físico nazi cuyo principio de incertidumbre demuestra que nunca podremos conocer totalmente la naturaleza de las cosas. Todas las señales estaban ahí pero no quisimos verlas porque, a pesar de sus delirios de grandeza científica, Walter es tan patético y tiene tan poco carisma villanil que, cuando vuelve a casa después de matar al capo de la zona, le tiene que gritar a su mujer para que lo entienda: «Yo no estoy en peligro, yo SOY el peligro». Pero sus humillaciones, su cáncer y sus momentos a lo MacGyver son tan tramposos como los patos de Salinger y los trajes de Don Draper porque Justine no puede convertirse en Juliette más de lo que un gato puede transformarse en murciélago.

¿Qué habrían hecho cualquiera de estos hombres ante la vicisitud que tortura al protagonista de Homeland? Walter no se ha convertido en un sociópata por culpa del cáncer y la clandestinidad; era un sociópata desde el principio. La ilusión de humanidad —de cordero con piel de lobo— era una invención nuestra, porque estábamos tan distraídos con su mala suerte que nos creímos todas sus bolas. La Carmela/Peggy de Walter es Jesse, que deja de creerse sus justificaciones al mismo tiempo que nosotros, el día que mata a Mike y no le deja morir en paz. Walter empieza la serie justificándose (como dice Mike, parafraseando a Flannery O’Connor, «todo el mundo suena como Meryl Streep cuando les apuntas con una pistola en la cabeza») pero nunca somos lo que decimos y mucho menos lo que pensamos, somos siempre lo que hacemos. En otras palabras, no somos nuestras circunstancias sino nuestras decisiones. Como dice mi nuevo líder espiritual, si todos tus novios resultan ser sociópatas o narcisistas, el problema no son ellos, el problema eres tú.

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1 comentario

  1. Sebastián

    «A una primera temporada deslumbrante le ha seguido una larga travesía del desierto en la que hemos visto sus ciclos de reinvención, del prostíbulo a Vietnam, del concesionario de coches a Sterling Cooper.»

    Don estuvo en Corea, no en Vietnam. Y vendía abrigos de piel, no coches.

    Por lo demás, gran artículo, Marta. Bien lo decía David Mamet en su Masterclass de escritura dramática: nos han hecho creer que esto va de personajes cuando no existen los personajes. Sólo existen las acciones visuales. En otras palabras, somos lo que hacemos.

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